Nunca nadie imaginó que un Presidente tan católico como el que tenemos viviera su propia vía crucis antes de tiempo.

Primera cruz: Fue la protesta social de la cual sus lacayos nunca vieron venir. Pero fue. La ex intendenta Karla Rubilar, hoy vocera de Gobierno venida a menos, tuvo que reconocer ante todo Chile que el mensaje de millones de chilenos y chilenas les entregaban una señal, de la cual se tuvieron que hacerse cargo. Fue, a poco andar, solo palabras de buena crianza, pues han sido miles de compatriotas que sufrieron una descomunal represión por las fuerzas del orden y seguridad. Solo basta ir a los archivos de este medio para hacer un repaso del error y el horror de la administración Piñera. Sin embargo, la revuelta popular y el descontento social trajo consigo un acuerdo político de su elite que consistió, a fin de cuentas, en un plebiscito para redactar una nueva Constitución para Chile. De cómo se fraguó, de cómo se hizo, de quiénes participaron o no, a estas alturas da un poco lo mismo, pues el referéndum tiene fecha y apellido, y será el próximo 25 de octubre, les guste o no, pero va.

Segunda cruz: En el contexto de la protesta social y aguantando todo lo humanamente posible, el mandatario se encontró con el problema global de una pandemia social que azotaba, por igual y sin distinción alguna, a todos los chilenos y chilenas. Para qué redundar en los errores y horrores -aunque uno no lo quiera se repiten al igual que la primera cruz-, de un Ministro de Salud que no dio el ancho para nada: falta de empatía, problemas comunicacionales que ya un estudiante de primera años de periodismo podría resolverlos sin problemas, cifras que no cuadraban, explicaciones inconsistentes, en fin, un drama de marca mayor.

A lo anterior, y no menos importante, todo el mundo se preguntabacómo solventar las carencias de los grupos más vulnerables -en los años ochenta se les decían pobres- en medios de cuarentenas dinámicas, que no sirvieron para nada, y con una series de medidas que, supuestamente irían en apoyo del descalabro y padecimientos de millones de personas. Los técnicos con cargos de ministros de Estados esbozaron otra idea para ir en su ayuda, pero esas alternativas por goteo y sin ninguna focalización no hicieron otra cosa que aumentar el malestar ciudadano. Ninguna de las iniciativas de los ministros sub 40 pudieron mitigar el malestar de los chilenos y las chilenas, incluida la risible oferta del plan de la clase media.

Tercera cruz: Nunca, pero nunca pudieron ni siquiera imaginar que la idea que rondaba que los chilenos y las chilenas pudieran retirar el 10 por ciento de sus fondos de pensiones estuvieran a un tris de hacerse realidad. Dar un fuerte golpe a una de las áreas del bendito y consagrado modelo neoliberal nunca estuvo en sus planes ni en las peores de sus pesadillas.

Esta vez ha sido a las pensiones, una especie de oasis financieros donde la ciudadanía es una especie de alcancía, de la cual está muy lejos de engordar ya que los dueños de las Administrados de Pensiones, AFPs, trafican con su dinero a diestra y siniestra, ganando millonarias utilidades y entregando siempre pérdidas a sus afiliados. Pero nada hacía presagiar, que el Congreso Nacional repondría un proyecto de ley constitucional para que quien quiera, libremente, retire su 10 por ciento frente a la dura pandemia que azota a nuestro país. Y el tema no es baladí. Hoy más de dos millones de chilenos y chilenas se encuentran desempleados, solo homologable a los peores porcentajes de la época más oscura de la dictadura cívico militar del General Augusto Pinochet.

La derecha más dura se opone a esta única y exclusiva posibilidad de retirar esos fondos, aunque todas las encuestas, las independientes y las cercanas a la administración Piñera, señalen que más de un 80 por ciento está de acuerdo con el retiro del 10 por ciento de las AFPs para saldar deudas y tener que comer.

Así, el Presidente se encuentra aislado, sin siquiera poder influir en su propia coalición de Gobierno para respaldar a sus colegas empresarios del mundo de las AFPs. En la soledad del palacio de La Moneda, se dice cada vez más, que el mandatario tiene ya poco que hacer. El “pato cojo” le llegó antes de tiempo y no tiene herencia alguna que dejar.