En tiempos de pandemia, de confinamientos, es bueno pensar y reflexionar cómo afecta ello a los cuerpos de las mujeres, que somos quienes de una u otra forma seguiremos después dando una larga lucha. Nos han precedido miles de mujeres, estuvimos en la post guerra, en los años 40 y 50 con el sufragismo como nuestra principal reivindicación, después nos volvimos trabajadoras y seguimos peleando por derechos laborales, en los años 60 peleamos por nuestros derechos reproductivos y desde el Mayo Feminista se hace patente la lucha por el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre todo un cuerpo libre de violencia.

Muchos críticos de feminismo insistirán en que como nos pusimos muy pesadas desde finales del siglo XIX nos dieron más o menos lo que queríamos; ya teníamos el voto. Nos dirán que nuestras antiguas reivindicaciones ya fueron satisfechas, por lo que cualquier otra que venga debe ser puesta en tela de juicio. Y en esta situación extrema como la pandemia, preguntarán ¿pero qué quieren ahora? A pesar de esas críticas, aquí estamos nuevamente reclamando hoy porque la postura hegemónica considera que el teletrabajo no nos afecta, no se logra percibir cómo las mujeres seguimos sosteniendo el peso del trabajo doméstico y además, que el confinamiento nos hace vulnerables a situaciones de violencia.

Y hoy podemos reflexionar y escribir estas líneas gracias al Mayo Feminista de 2018, el que se da en un contexto de movilizaciones feministas a nivel nacional e internacional; producto principalmente del acoso y violencia sexual que viven cientos de mujeres todos los días en los espacios universitarios y en diversos territorios. Emerge entonces la lucha de las mujeres contra la violencia, los femicidios, el acoso y la desigualdad; como referentes, el movimiento Me Too en EEUU; en Argentina y varios países de América Latina  el Ni Una Menos; la Huelga de Mujeres en España el 8 de marzo; la lucha en las calles por el aborto legal, seguro y gratuito, entre otros.

Es así, que en mayo de ese 2018 en Chile, tras varias denuncias de casos de acoso y abuso de poder en distintas universidades pertenecientes a distintas regiones a lo largo del territorio nacional, estudiantes chilenas comienzan las primeras tomas de espacios de sus casas de estudio.

En nuestra Universidad, el 8 de mayo se convoca a la primera Asamblea de Mujeres, con una figura de participación triestamental y abierta; el resultado de esa primera asamblea separatista, fue la acción consensuada entre mujeres de los distintos estamentos y edades que componen la comunidad UFRO. Esto se materializa en la decisión de la toma de los espacios por parte de las estudiantes, con el propósito de tener un espacio físico seguro y abierto para cualquier mujer que integrara la comunidad universitaria, que permitiera la elaboración de un petitorio, documento a levantar por las mujeres UFRO, el cual pudiese incorporar las diversas demandas en torno a la necesidad que evidencian las mujeres y sus distintos roles. Uno de los productos elaborados conjuntamente, fue el sancionar un protocolo contra el acoso y maltrato laboral, demandas en relación a los derechos reproductivos y no reproductivos, maternidad y paternidad de estudiantes; el reconocimiento de la diversidad sexual; precariedad de las mujeres con figura de contrato a honorarios frente al pre y post natal, educación no sexista en las mallas curriculares y las asignaturas dictadas, entre otros.

Existía una sensación de no reconocimiento y puesta en “valor” de las mujeres y su aporte a la comunidad universitaria, indistintamente su rol/cargo/posición a lo largo de la historia de la institución. Se visualizaba la inexistencia de políticas de acción afirmativas y una normativa que velara por el resguardo y promoción de derechos con enfoque de género y paritario.

El Mayo Feminista

Esta toma de espacios, da como resultado un proceso de negociación con el Gobierno Universitario, con el fin de llegar a diversos acuerdos, según cada uno de los puntos declarados en el petitorio. Luego, tras intensas jornadas de trabajo con representatividad y vocerías de estudiantes, funcionarias y académicas, se tienen como resultado acuerdos y la entrega al rector del Protocolo contra el Acoso Sexual, el Maltrato Laboral y la Discriminación Arbitraria. Durante dos meses ininterrumpidos, las mujeres movilizadas en la UFRO, nos organizamos en asambleas de figura bi y triestamentales de forma autoconvocada, creando ATMA, la primera Asamblea Triestamental de Mujeres Autoconvocadas, que aún al día de hoy persiste en la lucha interna por la disminución de las brechas de género al interior de la universidad.

Así se conforma un proceso que se articula en torno a una reivindicación, conformando espacios de encuentro y debate, y un gran movimiento anticapitalista y antineoliberal. Para nuestra universidad resulta ser el primer paso para la democratización efectiva de los espacios universitarios con dos hitos a destacar: la instauración de una cultura triestamental horizontal y democrática y la creación de una Dirección de Equidad de Género que vele por los derechos adquiridos y por la formulación de una política  de género.

Fuimos historia en la Universidad de La Frontera; logramos una organización enriquecedora para las mujeres que componen la comunidad universitaria; nos falta aún, reconocernos, remirarnos como organización y ver cómo favorecemos el necesario cambio cultural, partiendo desde nosotras mismas. Las mujeres tendemos a buscar afuera, en los otros y otras lo que tenemos adentro. Nuestro desafio mayoritariamente consiste en vencer las resistencias, las propias, las de los otros, y la de una estructura hegemónica que a pesar de los avances, aún nos hace responsables a nosotras del cambio, siendo que los responsables debiéramos ser todos y todas.