
Asesor del Presidente Tabaré Vázquez (2005/2009), Embajador de Uruguay (2009/2014 y 2015/2017) y ex Vice Canciller de la República (2017/2020)
Sesenta y nueve días después de iniciado su mandato el presidente chileno José Antonio Kast debió reajustar el gabinete ministerial reemplazando a las titulares de Secretaría General de Gobierno y Seguridad Pública. En Bolivia, el presidente Rodrigo Paz enfrenta virulentas protestas que reclaman su renuncia al cargo que asumió hace siete meses. En Uruguay, diversos estudios de opinión pública coinciden en señalar un sistemático y pronunciado descenso en la aprobación de la gestión del Presidente Yamandú Orsi: 46% en junio/2025 (primera medición del mandato iniciado tres meses antes) a 27% en mayo/2026.
Los análisis y los diagnósticos no se han hecho esperar y entre las causas de tan pronunciados desgastes en gestiones que recién comienzan o que aún no han cumplido un tercio de su mandato se identifican las turbulencias geopolíticas, económicas y comerciales que caracterizan al complejo e incierto contexto internacional y regional, las pesadas herencias de gobiernos anteriores y la ferocidad de la oposición de turno (cuyo desempeño, al menos en Uruguay, no tiene mejor aprobación que el Presidente: un magro 19% de aprobación y un no menos elocuente 46% de desaprobación).
En un plano más introspectivo, analistas y actores políticos señalan ambigüedad programática, falta de liderazgo político, insuficiente coordinación interna, desconocimiento de la realidad e improvisación ante la misma, desaciertos en la gestión, ausencia de un relato consistente, convincente y motivador sobre el rumbo del gobierno, avances y logros por debajo de las expectativas creadas, falta de épica y emoción, y fallos en la comunicación, entre otras causas de tan temprano desgaste en gobiernos recién instalados o que, como el de Uruguay, aún no ha cumplido un tercio del período de su mandato.
Seguramente hay dosis variables de los factores mencionados en cada uno de los casos aludidos (a los que podrían sumarse otros relativamente similares en distintas regiones del mundo), pero también hay algo más en todos ellos: los sentimientos de insatisfacción, descontento, impaciencia y desesperanza que caracterizan a la sociedad actual (nada nuevo ni sorpresivo, basta recordar, entre otras advertencias, “El malestar de la globalización”, ensayo de Joseph Stiglitz publicado en el año 2002), afectando tanto la vida de las personas como el valor y la función de la democracia, la representatividad y eficiencia de los sistemas políticos así como la gestión de los gobiernos y la opinión pública respecto a los mismos.
Si vivimos a las apuradas en un mundo complejo, violento, desigual e incierto, si según la cultura dominante las personas valen lo que tienen, si el individualismo nos lleva a desconfiar de todo ( las instituciones democráticas, los partidos políticos, la sociedad civil, los medios de comunicación, el futuro y hasta nosotros mismos); si las demandas y las urgencias son tantas (pobreza, desigualdad, trabajo y empleo, seguridad y convivencia, vivienda y hábitat, salud, educación, derechos y ciudadanía, etc) y el descontento y la impaciencia no le van en zaga, resulta lamentablemente lógico que los gobiernos de turno, más allá de luces y sombras propias, paguen las consecuencias en términos de aprobación/desaprobación. Más aún cuando también y más allá de los gobiernos de turno, los sistemas políticos no logran acompasar las siempre crecientes necesidades y expectativas de la sociedad con la a menudo pausada y sinuosa dinámica de la elaboración y gestión de políticas públicas.
Ante este cuadro tan poco alentador (y al que podrían otras pinceladas tales como la falta de transparencia, la corrupción, la chatura del debate público o la notoria percepción de que los políticos anteponen sus asuntos a los asuntos de la sociedad), cabe preguntarse si es posible revertir el descontento actual y qué futuro nos espera.
Nadie tiene los planos del porvenir y éste no se espera ni se predice sino que se construye entre todos, paso a paso pero con mirada larga. En tal sentido, y para revertir el malestar y el descontento que hoy erosionan a la democracia, ponen en jaque a los gobiernos y preocupan a la sociedad (excepto a quienes en su desapego democrático medran con el odio, el miedo y la desesperanza), un buen comienzo sería cuestionar esta nueva ola de pesimismo y hasta fatalismo global (porque no es la primera registrada en la historia de la humanidad, reivindicar el valor de la política y de la democracia (lo cual nunca está demás pues aún con sus insuficiencias son la mejor opción conocida y posible) así como apuntar a rediseñar los mecanismos institucionales que acompasen la representación y gestión política con la complejidad, necesidades, posibilidades y tiempos de la sociedad actual.
Y actuar en consecuencia, porque al igual que nosotros sus constructores, el mejor futuro posible -porque futuros perfectos no existen- no será el que digamos sino el que seamos capaces de hacer.





