Cuando José Antonio Kast apareció por primera vez en una papeleta presidencial en 2017, representaba una fuerza minoritaria en la derecha chilena; ocho años después, en 2025, alcanzó la jefatura de Estado. En ese intervalo, Chile atravesó el estallido social de 2019, la pandemia, el impacto inflacionario, la crisis migratoria, la expansión del crimen organizado, dos procesos constitucionales fallidos y un evidente agotamiento cívico. Sin embargo, la transformación más profunda y menos fiscalizada ocurrió en la infraestructura comunicacional donde la sociedad procesaba estos acontecimientos. Las redes sociales dejaron de ser plataformas de expresión espontánea para convertirse en un territorio profesionalizado de disputa política, habitado por candidatos, pero también por trolls, bots automatizados, perfiles anónimos, influencers pagados y algoritmos programados para premiar la indignación.
La evidencia acumulada entre 2017 y 2025 no permite sostener la simplificación de que una granja de bots «hizo presidente» a Kast, ni que existió un comando único e ininterrumpido durante ocho años. La hipótesis científicamente sostenible es otra: la consolidación progresiva de un ecosistema de intervención digital capaz de producir mensajes, multiplicarlos artificialmente, destruir reputaciones, fabricar falsos consensos y trasladar esas dinámicas hacia los medios tradicionales y la opinión pública. El problema democrático excede la captación de votos individuales; altera las condiciones mediante las cuales una sociedad descubre lo que piensa de sí misma.
El eclipse del ideal habermasiano
Este fenómeno ataca el corazón de la teoría deliberativa de Jürgen Habermas. Formulado tras la catástrofe del nazismo y el colapso de Weimar, el proyecto habermasiano buscaba establecer las condiciones de una esfera pública donde las decisiones colectivas se legitimarán mediante razones públicas y no mediante la manipulación, la violencia o la autoridad. Ese modelo presuponía interlocutores genuinos, una base compartida de verdad factual y una deliberación orientada al entendimiento mutuo o a la clarificación transparente del desacuerdo.
Nancy Fraser advirtió tempranamente los límites sociológicos de este planteamiento: el acceso al debate nunca fue igualitario, pues el capital económico, cultural y mediático determinaba quién podía hablar y qué temas eran considerados de interés general. Aunque la irrupción de internet prometió democratizar la palabra, la evolución de las plataformas introdujo una distorsión que Fraser no alcanzó a dimensionar: la capacidad de fabricar industrialmente la apariencia de presencia ciudadana. Diez mil cuentas coordinadas pueden simular el clamor de miles de ciudadanos, transformando la brecha comunicativa en una desigualdad en la capacidad de fabricar presencia pública.
Para analizar esta infraestructura es indispensable diferenciar entre el troll y el bot. El troll aporta la capacidad semántica e intencional: detecta vulnerabilidades, redacta acusaciones verosímiles, produce memes y diseña marcos de hostigamiento. El bot aporta escala: repite, retuitea y genera volumen a velocidades e intensidades imposibles para un ser humano. Entre ambos operan redes híbridas compuestas por cuentas semiautomatizadas, militantes coordinados en grupos privados y perfiles anónimos gestionados por agencias.
Esta arquitectura explota el diseño de las plataformas digitales, cuyos algoritmos no premian la validez argumentativa ni la verdad empírica, sino el engagement, la controversia y la retención de atención. Se invierte así la lógica habermasiana: la visibilidad ya no la obtiene el argumento más sólido, sino el contenido que genera mayor indignación o enfrentamiento. Una falsedad espectacular circula más rápido que su rectificación, y una acusación sin pruebas se transforma en tendencia antes de ser verificada. La literatura internacional denomina a este fenómeno «propaganda computacional», una práctica documentada por la Universidad de Oxford que permite a minorías intensas proyectar una influencia pública desproporcionada.
De la evidencia incipiente a la «ilusión de mayoría»
El rastro empírico de este fenómeno en Chile comienza en la elección de 2017. Los investigadores Luis Santana y Gonzalo Huerta analizaron casi dos millones de tuits y cientos de miles de interacciones en Facebook, identificando en Twitter la presencia de «brigadistas digitales» enfocados en simular apoyo orgánico. El estudio demostró que la técnica del astroturfing —la fabricación de apoyo ciudadano artificial— ya había ingresado al sistema electoral chileno, aunque aún no de forma centralizada.
El salto cualitativo ocurrió tras el estallido social de 2019 y se cristalizó en el plebiscito constitucional de 2020. La investigación publicada en 2022 por Pedro Santander, Claudio Elórtegui, Héctor Allende-Cid, Pedro Alfaro y Sebastián Rodríguez (PUCV y UTFSM) analizó la conversación en Twitter durante ese proceso. En las urnas, el Apruebo triunfó de manera aplastante con un 78,27% frente al 21,73% del Rechazo. Sin embargo, en el espacio digital, la opción Rechazo acumuló 3,68 millones de menciones frente a 2,46 millones del Apruebo, e instaló 123 trending topics en el mes previo a la votación.
Los autores caracterizaron este desajuste monumental como una majority illusion (ilusión de mayoría). Una minoría electoralmente equivalente a una quinta parte del electorado logró proyectarse como hegemónica en la red. El estudio identificó que entre los nodos más influyentes y conectados del ecosistema del Rechazo figuraban José Antonio Kast, Gonzalo de la Carrera y Sergio Melnick, articulando una red marcadamente homofílica y cerrada sobre sí misma que operaba como una cámara de eco.
Este hallazgo evidencia el doble flujo informativo de las redes sociales: transmiten un mensaje explícito, pero también un mensaje implícito sobre la supuesta distribución del clima de opinión. Como teorizó Elisabeth Noelle-Neumann en la espiral del silencio, los individuos observan su entorno para evaluar qué opiniones son mayoritarias; al percibir una postura como hegemónica, quienes la comparten se ven estimulados a expresarla, mientras que los disidentes tienden a la autocensura por temor al aislamiento o al hostigamiento. Así, una mayoría fabricada digitalmente puede alterar conductas políticas reales sin necesidad de convencer individualmente a cada votante.
Automatización y aprendizaje acumulativo (2021-2025)
La elección presidencial de 2021 aportó evidencia directa sobre la presencia de automatización. Un estudio publicado en Scientific Reports (Nature) mediante la herramienta Botcheck confirmó la intervención de cuentas automatizadas con roles diferenciados: amplificar candidaturas o atacar adversarios. En paralelo, el DFRLab analizó 6,4 millones de tuits durante la campaña, detectando una inusual concentración en la etiqueta #KastPresidente2022, la cual registró 553.304 publicaciones producidas por solo 36.810 cuentas (un promedio de 15 tuits por cuenta), patrón indicativo de manipulación coordinada.
Aunque Gabriel Boric ganó la segunda vuelta en 2021, la derrota no significó la desarticulación del ecosistema digital opositor, sino el inicio de un proceso de aprendizaje acumulativo. Las redes de la derecha radical probaron qué encuadres (framing) y detonantes emocionales generaban mayor tracción algorítmica y cobertura mediática.
Este aprendizaje coincidió con el deterioro de las condiciones materiales en Chile entre 2021 y 2025: crisis de seguridad, crisis migratoria, estancamiento económico, inflación descontrolada y frustración tras el fracaso de dos procesos constituyentes consecutivos. La propaganda computacional no necesitó inventar la angustia ciudadana; la organizó y le asignó culpables políticos mediante atajos cognitivos (framing y priming) que vinculaban de forma reiterada a la izquierda con la permisividad delictiva o el caos migratorio y económico.
Hacia 2025, investigaciones periodísticas expusieron los vínculos entre cuentas anónimas de ataque y equipos políticos. Un reportaje de CIPER reveló conversaciones del administrador de la cuenta @JackedIn («Neuroc»), dedicada a difundir contenido difamatorio contra autoridades de gobierno y la candidata Evelyn Matthei. El administrador afirmó pertenecer a una red de militantes de derecha que mantenía contacto frecuente con el equipo digital de Kast. Además, un informe interno de Chile Vamos citado por CIPER determinó que aproximadamente el 38% de las cuentas que participaban en ataques coordinados contra Matthei y la candidata presidencial Jeannette Jara expresaban simultáneamente respaldo al Partido Republicano.
La campaña contra Matthei ilustra el uso del priming o preparación cognitiva. A través de decenas de cuentas anónimas, se difundieron videos manipulados para instalar la falsa narrativa de que la candidata padecía deterioro cognitivo o Alzheimer. El objetivo estratégico de esta operación no era necesariamente lograr una persuasión clínica universal, sino asociar el nombre de la figura política con la idea de incapacidad, preparando al observador para interpretar cualquier error posterior bajo ese marco preinstalado.
Este mecanismo genera una paradoja para el afectado: si guarda silencio, la mentira circula sin contrapeso; si la desmiente, contribuye a su difusión. Cuando los medios tradicionales titulan sobre el desmentido, trasladan inadvertidamente la asociación difamatoria a audiencias masivas. Académicas como Alice Marwick y Rebecca Lewis denominan a esto attention hacking: la instrumentalización de las rutinas periodísticas para elevar polémicas originadas en redes anónimas a la agenda nacional.
Financiamiento, redes y la prueba del Estado
Investigaciones de los medios Reportea y Vergara 240 (UDP) rastrearon los flujos de financiamiento y la circulación de profesionales en este ecosistema. Documentaron que la Asociación de AFP financió campañas comunicacionales de la fundación Ciudadanos en Acción, presidida por Bernardo Fontaine, con un gasto de al menos $203 millones en publicidad en plataformas de Meta.
El reportaje identificó que Matías Lorca, administrador de cuentas participantes en los ataques contra Matthei y Jeannette Jara había trabajado generando contenidos para Ciudadanos en Acción, elaborando tanto material de defensa previsional como videos manipulados de las candidatas. Posteriormente, en agosto de 2025, Bernardo Fontaine se integró al comando presidencial de Kast. La evidencia no demuestra que la Asociación de AFP financiara directamente una granja de bots partidaria, pero confirma la circulación de recursos, agencias y personal entre campañas corporativas, fundaciones y la candidatura de Kast.
La dimensión institucional se agudizó tras la detención en Bolivia, en agosto de 2026, del consultor argentino Fernando Cerimedo, a quien las autoridades locales incautaron equipos descritos como una granja de bots. Cerimedo había reconocido previamente asesorías digitales para la opción Rechazo en 2020 a través de la plataforma Casa Común. Actores vinculados a ese espacio integraron posteriormente áreas estratégicas del gobierno de Kast, como Felipe Costabal en la Secretaría de Comunicaciones (SECOM) y Alejandro Irarrázaval en el Segundo Piso de La Moneda.
Las revelaciones posteriores elevaron el peso de esos indicios. Nadia Beller, expareja de Cerimedo, aseguró haber observado directamente una estructura en la que el consultor definía líneas comunicacionales, impartía instrucciones a equipos de influencers y señalaba los temas que debían ser amplificados mediante cuentas automatizadas. Según su testimonio, Cerimedo se atribuía además intervención en procesos políticos chilenos y afirmaba haber contribuido a instalar a un “nuevo presidente”. Beller no identificó quién habría contratado o financiado esas operaciones en Chile, por lo que su declaración constituye un antecedente relevante, pero todavía requiere corroboración documental independiente.
En agosto de 2026, el diputado Gonzalo Winter presentó un oficio parlamentario solicitando aclarar si la SECOM mantenía coordinación o financiamiento con cuentas anónimas como Neuroc, Dres Trumpi o Patito Verde, tras publicaciones donde dichos perfiles aludían al envío de «minutas» oficiales. Aunque el Ejecutivo negó categóricamente tales vínculos y las investigaciones penales no lograron configurar tipos delictivos procesables —marcando el límite entre la ilicitud penal y el reproche político—, el asunto expone la vulnerabilidad de las instituciones públicas frente al uso eventual de recursos estatales para prolongar operaciones de desinformación.
La evidencia disponible ya permite sostener con razonable fundamento que durante el ciclo político chileno 2017–2025 existieron redes organizadas de amplificación digital, cuentas automatizadas y trolls que participaron de la competencia electoral y constitucional, y que algunos de sus nodos mantuvieron contactos documentados con personas vinculadas al ecosistema republicano. Las declaraciones recientes de Nadia Beller y testimonios provenientes del entorno de la campaña de 2025 aumentan la plausibilidad de que esas capacidades no fueran meramente espontáneas, sino objeto de planificación estratégica. Lo que continúa pendiente de prueba es el grado de centralización, financiamiento, mando y relación formal con José Antonio Kast y el Partido Republicano.
La degradación de la deliberación pública
A partir de la evidencia reunida entre 2017 y 2025, la articulación digital de la derecha radical no debe entenderse como un comando único, sino como un ecosistema híbrido y descentralizado. En él convergen agencias de comunicación, fundaciones financistas, trolls productores de contenidos, bots de amplificación e influencers que legitiman las narrativas.
El impacto de este ecosistema sobre la democracia chilena es profundo:
Degradación factual: La proliferación de deepfakes, montajes y noticias falsas erosiona la base mínima de hechos verificables necesaria para el acuerdo cívico.
Degradación identitaria: La presencia masiva de cuentas fantasma imposibilita verificar si el interlocutor en el debate público es un ciudadano real o un código automatizado.
Degradación deliberativa: La sustitución de la argumentación por el acoso en jauría conduce a la autocensura de las voces moderadas y al repliegue del espacio público.
El triunfo de José Antonio Kast en 2025 responde a causas sociales y materiales complejas que no pueden reducirse a la manipulación algorítmica. Sin embargo, la infraestructura digital instalada durante ese periodo intervino decisivamente en la mediación de esas crisis, moldeando la percepción del clima de opinión e imponiendo marcos de interpretación autoritarios.
La advertencia de Habermas cobra vigencia en la era de la propaganda computacional: la amenaza más grave para la democracia no es solo la circulación de mentiras, sino la capacidad tecnológica de fabricar la apariencia de que esas mentiras representan la voluntad de la mayoría. Cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre la opinión ciudadana espontánea y la simulación algorítmica organizada, la esfera pública deja de ser el espejo de la soberanía popular y se convierte en un instrumento de control político.
