Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
El año pasado escribí una columna que titulé “La caída de los machos de izquierda” (1), donde cuestionaba esa idea bastante extendida de que ser de izquierda garantiza, por sí mismo, estar libre del patriarcado. El machismo también puede reproducirse dentro de culturas políticas verticales, caudillistas, competitivas y jerárquicas. Incluso algunas izquierdas han terminado reduciendo las luchas feministas y LGBTIQ+ a cuestiones “identitarias”, como si fueran secundarias frente a las grandes transformaciones económicas y políticas.
A partir de ahí, quisiera hacerme una pregunta todavía más incómoda: ¿y si la propia idea de revolución de izquierda, tal como la hemos imaginado durante la modernidad, también estuviera atravesada por la masculinidad hegemónica? No pienso que toda revolución sea necesariamente patriarcal. Mi pregunta apunta a una determinada forma de entenderla, asociada a la conquista, la guerra, la disciplina, el sacrificio y la concentración del poder. Cuando pensamos en una revolución, muchas veces imaginamos barricadas, fusiles, líderes carismáticos y hombres dispuestos a dar la vida por una causa.
Desde la Revolución Rusa hasta la Revolución Cubana y las guerrillas latinoamericanas, el cambio profundo ha sido representado muchas veces como una hazaña protagonizada por hombres. El revolucionario aparece como alguien duro, valiente, disciplinado, dispuesto a sacrificarse y capaz de imponerse sobre el enemigo. Y aquí me pregunto si no hay algo de esa masculinidad que también se nos ha metido dentro de nuestra propia idea de transformación social. ¿Es posible transformar la sociedad reproduciendo las mismas formas de liderazgo y dominación que pretendemos combatir?
Porque el patriarcado no desaparece necesariamente cuando cambian los gobiernos, las élites o los sistemas económicos. Podemos transformar las estructuras políticas y económicas y, al mismo tiempo, seguir entendiendo el poder como mando, control, competencia y capacidad de imponerse sobre otros. Podemos cambiar quién está arriba sin preguntarnos demasiado por qué necesitamos seguir teniendo a alguien arriba. En este sentido, Ivan Illich me parece especialmente interesante, porque su crítica no estaba centrada simplemente en quién controlaba el Estado, sino también en cómo nuestras propias instituciones podían terminar produciendo dependencia. Su idea de una sociedad convivencial apuntaba hacia la autonomía, la cooperación y el encuentro.
Algo parecido encuentro en Murray Bookchin, quien cuestionó tanto al capitalismo como al socialismo estatista por sus tendencias hacia la centralización, el productivismo y las estructuras jerárquicas. Frente a una revolución dirigida por una vanguardia, propuso pensar una democracia radical construida desde los municipios, las asambleas y la participación directa. Gustavo Esteva, desde otra perspectiva, también insistió en algo que me parece fundamental: transformar la sociedad no necesariamente significa tomar el poder. Quizás también pueda significar comenzar a dejar de organizar nuestra vida alrededor de él.
Esto no quiere decir que todas las experiencias revolucionarias puedan meterse dentro del mismo saco. El zapatismo, distintas experiencias de autonomía indígena y el movimiento kurdo inspirado en el confederalismo democrático han intentado precisamente cuestionar la idea de que transformar la sociedad significa conquistar y controlar el Estado. El “mandar obedeciendo”, la democracia directa, la autonomía territorial y, en el caso kurdo, la centralidad de la liberación de las mujeres, muestran que existen otras formas de pensar la transformación social y las relaciones de poder.
Por eso, mi crítica no apunta a la revolución como deseo de transformar profundamente la sociedad, sino a una determinada concepción de ella: aquella que identifica el cambio con conquistar, vencer, disciplinar y controlar. Una revolución puede modificar las estructuras económicas y políticas y, al mismo tiempo, reproducir relaciones patriarcales, coloniales, jerárquicas y antropocéntricas. La pregunta entonces no debería ser solamente quién toma el poder, sino qué hacemos con las relaciones de poder una vez que lo hemos tomado.
Aquí encuentro un diálogo muy profundo con el ecofeminismo y con las críticas al desarrollo que he venido trabajando. Pensadoras como Rita Segato, Yayo Herrero y Alicia Puleo han puesto en el centro cuestiones que la política moderna suele dejar en segundo plano: el cuidado, la interdependencia, la reproducción de la vida y nuestros límites. La vida no se sostiene gracias a héroes, ejércitos o dirigentes providenciales. Se sostiene gracias a una enorme red de relaciones cotidianas de cuidado y cooperación que históricamente han sido invisibilizadas y feminizadas.
Quizás por eso resulta insuficiente preguntarnos solamente si el Che Guevara, Fidel Castro, Lenin o Chávez fueron machistas. Esa discusión puede ser necesaria, pero me parece que hay una pregunta anterior: ¿por qué seguimos imaginando el cambio político como una guerra, una conquista o una hazaña protagonizada por hombres excepcionales? Y esta pregunta también vale para la derecha contemporánea. El hombre fuerte, el comandante, el caudillo o el salvador que viene a poner orden pertenecen, aunque estén en veredas ideológicas distintas, a una misma gramática del poder. Puede cambiar la bandera, pero la masculinidad hegemónica puede seguir intacta.
Tal vez la revolución pendiente no sea conquistar el Estado, sino transformar nuestra manera de entender el poder, la política y nuestra relación con la vida. No se trata de abandonar el deseo de cambiar profundamente la sociedad, sino de preguntarnos qué tipo de cambio queremos construir. Quizás necesitamos menos épica del poder y más democracia cotidiana; menos hombres providenciales y más comunidades; menos conquista y más cuidado. Porque si la revolución continúa hablando el lenguaje de la dominación, aunque cambie de bandera, quizás nunca deje de parecerse demasiado al mundo que dice combatir.
1: https://pagina19.cl/destacado/8m-la-caida-de-los-machos-de-izquierda/
