
periodista.
La cientista política y militante socialista Javiera Arce Riffo analiza los primeros seis meses del gobierno de José Antonio Kast, cuestiona el rumbo de su agenda económica y advierte sobre los riesgos de ampliar las facultades del Ejecutivo en materia de seguridad. También realiza una dura autocrítica al estado actual de la oposición y, particularmente, del Partido Socialista, al que sostiene de carecer todavía de un proyecto político capaz de disputar el rumbo del país.
Javiera Arce Riffo es cientista política, licenciada en Ciencias Políticas y Gubernamentales de la Universidad de Chile y magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y Procesos Políticos, de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Realizó un doctorado en ciencia política en el Institute of the Americas de University College London (UCL), donde estudió la organización interna de los partidos políticos de izquierda en América del Sur y su relación con la democracia, especialmente los casos del PT (Brasil) y el PS (Chile).
Militante socialista y especialista en política comparada, partidos políticos y sistemas electorales, Arce ha seguido durante años la evolución de la izquierda chilena y sus instituciones. En conversación con Página 19, aborda el primer semestre del gobierno de José Antonio Kast, sus prioridades económicas y de seguridad, los límites que debiera tener el poder presidencial y las dificultades que, a su juicio, enfrenta actualmente la oposición.
–A seis meses de iniciado el gobierno de José Antonio Kast, ¿cuál es su balance político de este primer período y qué tan cerca o lejos está el Ejecutivo del proyecto con el que llegó a La Moneda?
Ellos generaron al principio un framing, una especie de estrategia de campaña, que era lo que podríamos llamar “la emergencia”. El país estaba en una emergencia, había que arreglarlo porque estaba muy mal y ellos tenían todas las herramientas y competencias necesarias para restablecer sus condiciones.
Para eso tenían dos ejes fundamentales. Por un lado, la emergencia relacionada con la delincuencia y la seguridad pública, de la que también se desprendía la arista migratoria. Y, por otro, estaba la economía: que el país no crecía y estaba estancado. Ellos dijeron que iban a arreglar ambas cosas.
¿Qué ocurre? Que parten muy agresivamente por esta segunda arista. Pero no era una arista respecto de la cual uno pudiera decir “hicieron algo para que el país o la gente recibiera recursos”, sino que se preocuparon, bajo un prisma absolutamente ideológico y ortodoxo en materia económica, de recortar los impuestos.
También hay que mirar cómo se conformó el gabinete. Al principio era un gabinete muy débil en términos de figuras políticas. No eran figuras con una gran capacidad de agencia política.
Cuando tienes un gabinete, por lo general existen figuras políticas fuertes que pueden tener autonomía y capacidad de conducción. Estoy pensando, por ejemplo, en los gobiernos de Bachelet o Lagos, donde había personalidades políticas como Insulza o Solari. En este caso, incluso nos cuesta sabernos los nombres de algunos ministros. Eso denota mucho la concentración del poder y el foco en la figura presidencial.
Dentro de esa distribución, Quiroz llama la atención porque tiene un discurso muy fuerte y mucho poder dentro del gabinete. También está Iván Poduje, que es una figura más ruidosa e histriónica. Pero no ocurre lo mismo con otros ministros.
Al amparo de este plan de reconstrucción hacen una reforma tributaria tremendamente fuerte, que encuentra poca resistencia y pasa muy rápido. ¿Es ideológica? Sí. Pero tampoco nos sorprendió tanto porque ya lo habían dicho durante la campaña.
La otra gran prioridad era la seguridad. Y ahí también hubo problemas. La ministra que pusieron inicialmente en esa materia no tenía experiencia suficiente en políticas públicas de seguridad y su desempeño en el Congreso fue muy deficiente. Finalmente tuvo que salir.
En ese ámbito tuvieron que poner a Arrau a hacerse cargo porque tenía un poco más de manejo.
Pero en la segunda reforma troncal, que tiene que ver con seguridad, es donde comienza a notarse, a mi juicio, una vocación autócrata y autoritaria. No voy a hablar de “iliberal”, porque ese concepto me carga. Prefiero hablar de autocracia.
Es ahí cuando empieza a notarse una política pública que amenaza sustantivamente las bases de la democracia liberal.
–¿Dónde debería situarse el límite entre fortalecer las capacidades del Estado frente al crimen organizado y ampliar excesivamente el poder del Ejecutivo?
Esa es una gran pregunta. Porque, si tú me aprietas un poco más, todos los países tienen crimen transnacional organizado. Los países europeos tienen problemas de drogas, trata de personas y crimen organizado. También Estados Unidos y Asia.
No existe una varita mágica con la que uno pueda decir: “Ahora, ¡pum!, resolvimos el crimen organizado”.
Cuando observas la argumentación para este estado de excepción, aparece una idea que escuché en un panel en CNN junto al decano de la Facultad de Derecho de la Universidad San Sebastián, Gonzalo Arenas. Él planteaba que para combatir el crimen transnacional organizado había que reforzar el presidencialismo.
Yo lo miré y pensé: el presidencialismo chileno es uno de los presidencialismos más fuertes, no solo de la región, sino del mundo. Entonces, ¿qué más vas a fortalecer?
Esto tiene que ver con materias de política pública y persecución del delito. No tiene nada que ver con fortalecer la figura del Presidente. Es absurdo.
Además, después de todo lo que ocurrió con el alcalde White, nos dimos cuenta de que ni siquiera tienen capacidad suficiente para intervenir o realizar escuchas telefónicas. O sea, estamos muy mal en eso.
Esto requiere política pública especializada en el área y lo que está quedando claro es que no hay gente que sepa de este tema en el Gobierno.
–¿Entonces, considera que esa propuesta es desmedida y que puede vulnerar los cimientos de la democracia?
Yo diría que ni siquiera es desmedida. Es que no viene al caso. No existe una política en otro país que haya tenido esas características.
Incluso Evelyn Matthei dijo que no nos podemos comparar con El Salvador. Y efectivamente no tenemos ningún punto de comparación.
Yo soy experta en política comparada. Supongamos que nos ponemos en el caso de El Salvador: las políticas que ha implementado Bukele se desarrollan en un contexto de un gobierno autoritario. Su gobierno no es democrático. Él mismo se ha denominado “el dictador cool”, pero vive en un proceso autocrático.
Además, existen numerosos reportajes sobre la relación que habría establecido su gobierno con las maras. Por eso, no se puede simplemente tomar ese modelo y trasladarlo a un país democrático como Chile.
No hay ningún país del mundo donde estas políticas de intervención, de restricción de las libertades individuales y de debilitamiento de los controles cruzados entre los poderes del Estado demuestren que reforzar el presidencialismo sea una política efectiva para perseguir el crimen organizado.
Es una falacia. No tiene asidero científico ni técnico.
–Frente al avance del gobierno, ¿la oposición ha llegado tarde a algunas discusiones y ha terminado reaccionando a la agenda del Ejecutivo en lugar de instalar una agenda propia?
No solo está llegando tarde, sino que está llegando mal. Lo que veo es un cúmulo de individualidades, de personalidades que están más preocupadas de cuántos likes pueden conseguir en las redes sociales que de generar una especie de arco para poder atajar los goles que está metiendo el Gobierno. Y eso es muy preocupante.
Esto se debe a varios factores.
Primero, no existe conciencia colectiva de parte de los parlamentarios y parlamentarias. Y voy a hablar particularmente del Partido Socialista. No existe conciencia colectiva, y eso es preocupante.
Pareciera que mi fin como parlamentario o parlamentaria es tener mi propio chiringuito, mi propia pyme, y no aportar al partido. Y eso no puede ser, porque detrás de esto debería existir un proyecto político.
Pero esto demuestra también un segundo punto: el Partido Socialista, y qué bueno que está realizando su Conferencia Programática, todavía no tiene un proyecto político socialista.
Recién, después de no sé cuántos 20 y tantos años, estamos pensando en parte cómo sería un programa socialista. Y aun así creo que las preguntas son inadecuadas y no tenemos respuestas para muchas de ellas.
Deberíamos estar preguntándonos qué pasó en el estallido social. Todavía no escucho a nadie de nuestras filas buscando sus causas. No hemos analizado qué ocurrió en la Convención Constitucional, qué pasó en el Consejo Constitucional, qué pasó en el gobierno de Boric o qué pasó con la izquierda tradicional, que ya no es capaz de convocar ni generar un proceso de representación.
Y esto también es el huevo y la gallina, porque genera parlamentarios que tienen otro problema: no solamente son desideologizados, individualistas y personalistas, sino que esto también tiene que ver con el sistema electoral.
Cuando quisimos reformarlo, en 2014 o 2015, yo se los dije a los compañeros que eran diputados cuando fui convocada a las comisiones: había que cerrar la lista. Era la única forma de volver a los votos programáticos.
Ahí están las consecuencias: alta hiperfragmentación, hiperpersonalización, voto nada de programático e identificación partidaria cero.
Y hay partidos débiles que también están siendo controlados por parlamentarios para sus propios negocios y no en pos del socialismo.
Yo siempre pregunto, incluso cuando voy a regiones —y esto me da un poco de vergüenza—: ¿cuál es el sentido de militar en un partido político si nadie te escucha, nadie habla de política y todos están preocupados de sus propios negocios?
–¿Qué interrogantes deberían guiar la Conferencia Programática del Partido Socialista y qué proyecto debería construir un partido socialista en el siglo XXI?
La socialdemocracia está muerta. La socialdemocracia no existe. Además, existió en un proceso europeo con países coloniales que se aprovecharon de nuestros recursos y de los recursos naturales del sur global.
Nosotros nunca hemos podido, salvo con el proceso del presidente Allende, generar las bases para un sistema que no fuera, en este caso, el socialismo democrático, la vía chilena al socialismo.
Hoy no existe un modelo respecto del cual podamos decir simplemente: “Hagámoslo así”. Y precisamente eso es lo que esperaría que nosotros, como socialistas, tratáramos de proponer.
Yo estudié en Inglaterra, viví muchos años allá y me encantan los laboristas. Me encanta Gordon Brown, pero no me gusta Keir Starmer, por ejemplo. Tampoco me gusta todo lo que fue la Tercera Vía, que nosotros también emulamos. No me gusta nada de eso. Lo encuentro absurdo.
Nosotros tenemos que ser capaces de reinventar nuestro propio pensamiento político.
Y ahora están pasando dos cuestiones de las que no nos estamos dando cuenta.
La primera es que estamos teniendo un desarrollo tecnológico tan feroz que está haciendo pedazos nuestra democracia. Está interviniendo a tal punto que no solamente afecta el mercado laboral, sino que también tiene que ver con la inteligencia artificial.
Esto es una amenaza a la democracia. Lo que está ocurriendo en Brasil con las elecciones ha sido tremendo, incluso teniendo legislaciones fuertes.
Y, por otro lado, tienes las consecuencias de estos billionaires y trillionaires que ganan dinero a través de las tecnologías, junto con una excesiva acumulación capitalista que está dejando niveles de desigualdad y precariedad bastante insólitos.
En Londres vi el deterioro después del Brexit y, posteriormente, cuando terminó la pandemia. Empezaron a aparecer bancos de alimentos donde la gente repartía comida. Yo iba al supermercado, compraba un poco más y donaba. Todo eso fue aumentando con los años.
La campaña de los laboristas en 2024, en el caso del alcalde Sadiq Khan, tenía entre sus ejes la comida gratuita para los niños en los colegios. A diferencia de nuestra Junaeb, ellos no tenían un sistema equivalente y había niños que estaban llegando sin desayuno y sin almuerzo al colegio.
El costo de vida es tan alto que la gente está decidiendo incluso, en ciudades como Berlín, Nueva York o Londres, si comer o pagar las cuentas: el arriendo, la luz, el agua y el gas.
En Chile todavía no estamos teniendo eso, pero tenemos una inflación acumulada que está impactando absolutamente. No puede ser que el kilo de zanahorias esté casi a 2.000 pesos en la feria.
Tampoco estamos hablando del costo de la vida, de lo caro que está movilizarse o de que a una generación como la mía, entre los 40 y los 45 años, le esté costando incluso comprar una casa.
–¿Y cómo se construye un modelo de desarrollo distinto de la ortodoxia económica?
Ahí está la discusión. Me da un poco de vergüenza decirlo porque quiero mucho a nuestros colegas y compañeros economistas, pero la diferencia entre Quiroz y algunos de este lado son los puntos del impuesto de primera categoría.
No hay un pensamiento, una matriz de producción sobre cómo organizar la economía. No hay una discusión más allá de cómo generas PIB, de cómo haces PIB.
Ahí viene la discusión.
Creo que hay grupos de personas que nos estamos sentando a conversar y a discutir estas cuestiones, a repensarlas. Yo todavía no he visto que el Partido Socialista lo haga de la manera que debería.
Me habría parecido muy interesante que una de las preguntas de la Conferencia Programática fuera, por ejemplo, cuáles fueron las causas del estallido social.
No hemos analizado absolutamente nada. Tampoco hemos analizado los dos procesos constitucionales, ni lo que ocurrió durante el gobierno de Boric, ni nuestro rol como socialistas en todo eso.
La agenda internacional y el “Escudo de las Américas”
–En un escenario internacional que está cambiando, ¿cómo evalúa la postura mostrada por el presidente Kast en Naciones Unidas y la decisión de sumarse al denominado Escudo de las Américas, impulsado por Donald Trump? ¿Supone esto alinearse con la visión internacional de Trump?
Respecto de la última parte, no sé si nuestros militares están contentos con él. Yo quiero conocer la posición de nuestros militares. A pesar de que no son deliberantes, me encantaría saberlo, porque ya hay una diferencia que tú puedes observar entre Pérez Mackenna y Fernando Barros.








