Inicio Blog Página 2

¿Y dónde está el piloto?

 

El ministro de Seguridad, Martín Arrau -el segundo en menos de tres meses tras la caída de Trinidad Steinert- cambió por completo las prioridades de periodistas, editores y analistas políticos, que hoy se aprestaban a diseccionar los anuncios de la primera Cuenta Pública de la administración Kast y la posterior reunión oficialista en Cerro Castillo. Sin embargo, a las 8 de la mañana, la noticia era otra. Y en este rubro, la noticia siempre manda. Pero ¿por qué la decisión también sorprendió en La Moneda?

Hoy, cerca de las 8 de la mañana, Arrau pidió la renuncia al subsecretario de Seguridad, Andrés Jouannet, y a Ana Victoria Quintana, subsecretaria de Prevención del Delito. Ejecutada con la autorización del presidente Kast, el objetivo es -según fuentes de gobierno- rediseñar la cartera y ajustarla a las prioridades de la estrategia de seguridad. Pero, llama la atencion que el gobierno deje fuera a Amarillos y al Partido Nacional Libertario justo cuando más se necesita ese ancho de banda político.

Amarillos, aunque pequeño en representación parlamentaria, ha actuado como un socio confiable del Ejecutivo en votaciones estrechas, especialmente en materias de seguridad y orden público. Su militancia en el gabinete era una de las pocas cuotas que conservaban tras la debacle electoral. El Partido Nacional Libertario, por su parte, liderado por Johannes Kaiser, suma votos clave en la Cámara Baja y ha sido un aliado incómodo pero necesario para aprobar proyectos en comisiones mixtas. Con ambas fuerzas fuera del reparto de poder, La Moneda arriesga que esos votos se transformen en abstenciones -o peor aún, en rechazos- en momentos críticos. 

Entonces, si el capitán acaba de dar el discurso más importante del inicio de su gestión, con un foco casi absoluto en la agenda de seguridad, ¿por qué un copiloto cambia a la tripulación en medio del vuelo y, de paso, expulsa a dos socios de la nave?

Carta blanca

Si bien la nominación de subsecretarios es atribución exclusiva del Presidente, fuentes cercanas al Ejecutivo que han sido entrevistadas por otros medios nacionales confirmaron que José Antonio Kast le otorgó total libertad al secretario de Estado para «tomar sus definiciones y sacar adelante su agenda». Arrau, quien recientemente asumió la cartera tras la salida de la exfiscal regional, Trinidad Steinert, justificó el movimiento como un acto de gestión natural: «es normal que cuando hay cambios en los ministerios, cambien los focos, y las diferentes formas de gestión (…) Como siempre he dicho, estamos todos, incluyendo quien les habla, en constante evaluación», sostuvo al abandonar las dependencias de la repartición.

Pero, el timing es, cuando menos, explosivo. Arrau adoptó el ajuste ad portas de dar a conocer el plan de seguridad ante el Congreso Nacional. Hoy se enfrenta al Senado y mañana a la Cámara de Diputados. En lugar de llegar con un equipo consolidado ¿el ministro será acompañado por dos sillas vacías y una administración en plena reconstrucción?

La salida de Jouannet y Quintana tiene además un singular peso político. Andrés Jouannet, militante de Amarillos, era uno de los rostros de esa colectividad en el gabinete. Ana Victoria Quintana, por su parte, provenía del Partido Nacional Libertario, la tienda liderada por el exdiputado y excandidato presidencial, Johannes Kaiser. Con esta decisión, ambas fuerzas quedan fuera del reparto de cuotas de poder en la cartera más sensible del Ejecutivo.

El diputado del Partido Nacional Libertario, Pier Karlezi, afirmó que «vamos a ser críticos si no vemos una acción concreta». Un tono que, leído en clave política, suena más a un desmarque que a un respaldo. Desde Amarillos, en tanto, el silencio es sepulcral. No hay que ser un analista muy fino para preguntarse cuánto durará la lealtad de estos sectores después de haber sido desalojados de la mesa. 

Desde el sector que aún permanece en el avión, la jugada (aunque arriesgada) es vista como un “acto de liderazgo”, aunque no exento de presión. El diputado Jaime Coloma (UDI) respaldó «plenamente la decisión», argumentando que «en seguridad se requiere conducción clara, equipos cohesionados». En la misma línea, su par Francisco Orrego (RN) señaló que «Arrau tiene plena potestad para modificar sus equipos», aunque lanzó una advertencia velada: «Esperemos que los reemplazos estén a la altura del desafío y no les tiemble la mano. Chile necesita resultados urgentes».

El diputado del Partido de la Gente, Fabián Ossandón, puso el dedo en la llaga de la urgencia ciudadana: «La gente no está esperando cambios de personas, está esperando resultados. La hora de los diagnósticos ya pasó».

Oposición insiste en acusar «improvisación» y falta de estrategia

En la oposición, se interpreta como evidencia de desorden interno. «Esperamos que estos cambios no sean una nueva señal de improvisación y desorden interno. El gobierno llegó prometiendo que la seguridad era su principal prioridad, pero en pocos meses ya hemos visto renuncias, contradicciones y una preocupante falta de coordinación», afirmó la diputada FA, Erika Ñanco. Mientras que la también diputada Daniela Serrano (PC) aprovechó para vincular el hecho con la fallida puesta en escena de la cuenta pública: «El principal caballito de batalla de la campaña del presidente Kast sigue mostrando improvisación y la falta de una estrategia clara. No basta con tomar decisiones, hay que tomarlas bien».

Si el Presidente dio “carta blanca” a Arrau para imponer su sello, ¿es sólo a él o a todos sus ministros? Y, ¿por qué no lo hizo antes de la Cuenta Pública? La respuesta del ministro «estamos todos en evaluación» parece del todo insuficiente.

Así las cosas, mientras Arrau se prepara para sentarse hoy en el Senado -y mañana en la Cámara- para defender un plan sin ejecutores, La Moneda enfrenta una paradoja: el día después de prometer mano dura contra el crimen, tuvo que dedicar la jornada a defenderse de las acusaciones de desorden propio. Y, de paso, a debido explicar porqué dos de sus socios políticos -Amarillos y el Partido Nacional Libertario- bajan en paracaídas. Si la seguridad es la prioridad número uno, ¿dónde está el piloto? Y, aún más dramático: ¿el piloto conocía el puerto de destino antes de despegar? 

Edgar Morin y el pensamiento complejo frente a la fragmentación mundial

Captura de pantalla de Congreso Futuro en Youtube

A propósito del fallecimiento de Edgar Morin a los 104 años de edad, me gustaría dedicar algunas palabras a uno de los pensadores que más me ha aportado para comprender y buscar alguna salida a la actual crisis climática y civilizatoria, a través de su teoría de la complejidad.

Lo señalo de esa forma porque Edgar Morin desarrolló, a lo largo de su extensa vida, una mirada crítica sobre la fragmentación de la vida y de los conocimientos, propia de una modernidad occidental que ha impuesto lógicas de hiperespecialización en distintos ámbitos, imposibilitando una comprensión más integral del mundo.

De ahí que ver el mundo de manera compleja, como lo hizo Edgar Morin, constituyera un enorme esfuerzo por reunir los fragmentos dispersos dejados por las lógicas simplificadoras y cuestionar una visión moderna que ha separado artificialmente los saberes. Ello ha contribuido a generar un mundo carente de sentido y con escasa capacidad de reacción colectiva frente a las múltiples crisis que enfrentamos.

En otras palabras, Edgar Morin entendió que dicotomías modernas como cultura y naturaleza, individuo y sociedad, mente y cuerpo, o razón y emoción, no hacen más que mutilar el conocimiento y la vida misma. Por ello, defendió siempre la necesidad de conectar saberes, disciplinas y experiencias humanas, de manera de habitar el mundo de una forma diferente.

Por eso se opuso a cualquier mirada reduccionista, ya fuera biologicista, economicista, especista, antropocéntrica o disciplinaria, que empobrece nuestra visión del mundo y alimenta la desesperanza frente a los grandes desafíos que tenemos como humanidad para construir un mundo más justo y sustentable.

Pero también fue crítico de las miradas religiosas, nacionalistas y de los cosmopolitismos sin raíces, incapaces de reconocerse como parte de una casa común y de comprender que somos seres interdependientes, parte de la Tierra y, por tanto, responsables de cuidarla más allá de cualquier ideología particular.

Por lo mismo, no podemos seguir viviendo encerrados en nuestras pequeñas cajas y pequeñas verdades, algo que hoy se ve incluso reforzado por los algoritmos. Para enfrentar la crisis ecológica, las guerras, las migraciones masivas, las transformaciones tecnológicas y las crisis de salud mental, debemos comprender que todos estos fenómenos están profundamente relacionados.

No por nada Edgar Morin, siendo un judío sefardí de apellido Nahoum, fue una voz crítica frente a la colonización israelí de Palestina y a los horrores que se están cometiendo en Gaza, mostrando una consistencia ética y un compromiso con la vida que lo engrandecen aún más en el plano humano.

A nivel personal, teniendo un hijo de pocos meses, veo en el pensamiento de Edgar Morin incluso una forma de entender la crianza, donde lo vincular ocupa un lugar central, promoviendo una autonomía consciente de su entorno y cultivando una comprensión profunda basada en la empatía, al reconocernos como parte de la Tierra- patria.

En consecuencia, solo me queda agradecer el llamado que hizo Edgar Morin al diálogo de saberes y a la transdisciplinariedad, especialmente para quienes creemos que, para construir un mundo más justo socialmente y más sustentable ecológicamente, es indispensable conectar conocimientos, experiencias y formas de habitar el planeta.

Gracias, Edgar Morin, por enseñarnos que la complejidad no es un problema que deba resolverse, sino una condición fundamental de la vida misma.

Malestar, descontento, impaciencia…¿y después qué?

Sesenta y nueve días después de iniciado su mandato el presidente chileno José Antonio Kast debió reajustar el gabinete ministerial reemplazando a las titulares de Secretaría General de Gobierno y Seguridad Pública. En Bolivia, el presidente Rodrigo Paz enfrenta virulentas protestas que reclaman su renuncia al cargo que asumió hace siete meses. En Uruguay, diversos estudios de opinión pública coinciden en señalar un sistemático y pronunciado descenso en la aprobación de la gestión del Presidente Yamandú Orsi: 46% en junio/2025 (primera medición del mandato iniciado tres meses antes) a 27% en mayo/2026. 

Los análisis y los diagnósticos no se han hecho esperar y entre las causas de tan pronunciados desgastes en gestiones que recién comienzan o que aún no han cumplido un tercio de su mandato se identifican las turbulencias geopolíticas, económicas y comerciales que caracterizan al complejo e incierto contexto internacional y regional, las pesadas herencias de gobiernos anteriores y la ferocidad de la oposición de turno (cuyo desempeño, al menos en Uruguay, no tiene mejor aprobación que el Presidente: un magro 19% de aprobación y un no menos elocuente 46% de desaprobación). 

En  un plano más introspectivo, analistas y actores políticos señalan ambigüedad programática, falta de liderazgo político, insuficiente  coordinación interna, desconocimiento de la realidad e improvisación ante la misma, desaciertos en la gestión, ausencia de un relato consistente, convincente y motivador sobre el rumbo del gobierno, avances y logros por debajo de las expectativas creadas, falta de épica y emoción, y fallos en la comunicación, entre otras causas de tan temprano desgaste en gobiernos recién instalados o que, como el de Uruguay, aún no ha cumplido un tercio del período de su mandato. 

Seguramente hay dosis variables de los factores mencionados en cada uno de los casos aludidos (a los que podrían sumarse otros relativamente similares en distintas regiones del mundo), pero también hay algo más en todos ellos: los sentimientos de insatisfacción, descontento, impaciencia y desesperanza que caracterizan a la sociedad actual (nada nuevo ni sorpresivo, basta recordar, entre otras advertencias,  “El malestar de la globalización”, ensayo de Joseph Stiglitz publicado en el año 2002), afectando tanto la vida de las personas como el valor y la función de la  democracia, la representatividad y eficiencia de los sistemas políticos así como la gestión de los gobiernos y la opinión pública respecto a los mismos. 

Si vivimos a las apuradas en un mundo complejo, violento, desigual e incierto, si según la cultura dominante las personas valen lo que tienen, si el individualismo nos lleva a desconfiar de todo ( las instituciones democráticas, los partidos políticos, la sociedad civil, los medios de comunicación, el futuro y hasta nosotros mismos); si las demandas y las urgencias son tantas (pobreza, desigualdad,  trabajo y empleo, seguridad y convivencia,  vivienda y hábitat, salud, educación, derechos y ciudadanía, etc) y el descontento y la impaciencia no le van en zaga, resulta lamentablemente lógico que los gobiernos de turno, más allá de luces y sombras propias, paguen las consecuencias en términos de aprobación/desaprobación. Más aún cuando también y más allá de los gobiernos de turno, los sistemas políticos no logran acompasar las siempre crecientes necesidades y expectativas de la sociedad con la a menudo pausada y sinuosa dinámica de la elaboración y gestión de políticas públicas. 

Ante este cuadro tan poco alentador (y al que podrían otras pinceladas tales como la falta de transparencia, la corrupción, la chatura del debate público o la notoria percepción de que los políticos anteponen sus asuntos a los asuntos de la sociedad), cabe preguntarse si es posible revertir el descontento actual y qué futuro nos espera

Nadie tiene los planos del porvenir y éste no se espera ni se predice sino que se construye entre todos, paso a paso pero con mirada larga. En tal sentido, y  para  revertir el malestar y el descontento que hoy erosionan a la democracia, ponen en jaque a los gobiernos y preocupan a la sociedad (excepto a  quienes en su desapego democrático medran con el odio, el miedo y la desesperanza), un  buen comienzo sería cuestionar esta nueva ola de pesimismo y hasta fatalismo global (porque no es la primera registrada en la historia de la humanidad,  reivindicar el valor de la política y de la democracia (lo cual nunca está demás pues aún con sus insuficiencias son la mejor opción conocida y posible) así como apuntar a rediseñar los mecanismos institucionales que acompasen la representación y gestión política con la complejidad, necesidades, posibilidades  y tiempos de la sociedad actual.

Y actuar en consecuencia, porque al igual que nosotros sus constructores, el mejor futuro posible -porque futuros perfectos no existen- no será el que digamos sino el que seamos capaces de hacer.

Miles de personas visitaron la sede del Partido Socialista de Chile durante las Jornadas del Día de los Patrimonios

Hay barrios que guardan historias. El barrio París-Londres es uno de ellos. Sus calles estrechas cubiertas de antiguos adoquines, sus casonas centenarias y cada rincón cargado de memoria parecen recordarle a quienes lo recorren que el pasado sigue vivo. Allí conviven monumentos, organizaciones sociales y partidos políticos que han sido parte de la construcción de la historia democrática de Chile.

En ese entorno, marcado también por la memoria de Londres 38 —antigua sede socialista convertida por la dictadura en centro de detención y tortura—, el Partido Socialista de Chile  abrió este fin de semana las puertas de su sede central en calle París 873 para sumarse a las celebraciones del Día de los Patrimonios.

La respuesta ciudadana superó todas las expectativas.

Durante las dos jornadas, miles de personas llegaron hasta la histórica casona para conocer los 93 años de historia que resguarda una colectividad que ha sido protagonista de algunos de los momentos más relevantes de la vida política y social del país. Desde temprano, largas filas se extendieron por calle París y doblaban hacia Serrano. El frío del domingo no fue obstáculo para quienes esperaron pacientemente la oportunidad de ingresar.

La mayoría de los visitantes eran jóvenes. En grupos recorrieron cada una de las salas de la sede, acompañados por dirigentes, militantes y voluntarios que fueron relatando la historia que habita en sus muros. Conocieron los espacios dedicados a las mujeres socialistas que dejaron una huella imborrable, la historia de quienes asumieron la conducción clandestina del partido durante la dictadura y el Memorial de las y los Socialistas, donde están inscritos más de 500 nombres de militantes ejecutados políticos y detenidos desaparecidos.

Muchos se detuvieron en silencio frente a esos nombres. Otros preguntaron, escucharon y reflexionaron. Porque la memoria no solo se observa: también se transmite y se comparte.

Las y los visitantes también pudieron encontrarse con dirigentes y autoridades del partido. La presidenta del Partido Socialista, senadora Paulina Vodanovic; el vicepresidente y secretario general subrogante, Arturo Barrios; y las senadoras y senadores Danisa Astudillo, Alfonso de Urresti y Juan Luis Castro compartieron con quienes llegaron hasta la sede, conversaron, respondieron preguntas y participaron de numerosas fotografías.

Pero hubo un momento que se transformó en el símbolo de estas jornadas. Lo que inicialmente parecía una idea audaz terminó convirtiéndose en una experiencia inolvidable: la presencia de la figura de “Salvador Allende” en la que fue también su casa.

Desde los balcones de la histórica casona, las y los asistentes escucharon recreaciones de algunos de los discursos más emblemáticos del compañero Presidente. Volvieron a resonar las palabras pronunciadas la noche del 4 de septiembre de 1970 tras su triunfo electoral, su recordada intervención ante estudiantes en la Universidad de Guadalajara y, especialmente, sus últimas palabras del 11 de septiembre de 1973 desde el Palacio de La Moneda.

La emoción fue evidente. Muchas personas grabaron esos momentos, otras aplaudieron y varias se conmovieron hasta las lágrimas. Para las nuevas generaciones fue la oportunidad de acercarse a una figura fundamental de la historia de Chile; para quienes vivieron aquellos años, una forma de reencontrarse con recuerdos y convicciones que permanecen vigentes.

Durante apenas treinta minutos de recorrido, cada visitante recibió una síntesis de historia, memoria, luchas, esperanzas y sueños colectivos. Una experiencia que permitió comprender que el patrimonio no son solo edificios o documentos, sino también las ideas, los valores y las historias de quienes han contribuido a construir el país.

Al cierre de las jornadas, quedará en la memoria la imagen de miles de personas recorriendo esta casa socialista, demostrando que existe un profundo interés ciudadano por conocer la historia, valorar la democracia y mantener viva la memoria.

Porque durante estos dos días no solo se abrieron las puertas de una sede partidaria. También se abrieron los recuerdos, los afectos y las convicciones. Y una vez más quedó demostrado que la memoria, cuando se comparte, siempre será más fuerte que el olvido.

La reforma i-liberal de Kast: cuando la reconstrucción promete ordenar Chile desmantelando el Estado social

Chile no está frente a una simple discusión tributaria. Tampoco ante una reforma administrativa destinada únicamente a acelerar permisos, mejorar la eficiencia del gasto o atraer inversión. Lo que el gobierno de José Antonio Kast ha puesto sobre la mesa es algo más profundo: una tentativa de redefinir el contrato social chileno. Bajo el lenguaje de la reconstrucción, la urgencia económica, la disciplina fiscal y la certeza jurídica, se despliega una reforma ideológica de largo alcance: reducir el Estado social, disciplinar la demanda ciudadana por derechos y reinstalar al mercado como principio ordenador de la vida colectiva.

La clave está en no confundir forma con fondo. En la forma, la reforma aparece como un paquete técnico: rebaja de impuestos corporativos, reintegración tributaria, incentivos al empleo, repatriación de capitales, reducción de permisos, beneficios a la inversión y control del gasto. En el fondo, sin embargo, opera como una arquitectura política: debilita la capacidad fiscal del Estado, traslada riesgos hacia las familias, subsidia indirectamente al capital y limita la capacidad de futuras mayorías democráticas para modificar el rumbo del país. Esa es la matriz i-liberal del proyecto: usar instrumentos legales y democráticos para reducir los contenidos sustantivos de la democracia social.

La llamada “megarreforma” no debe leerse como un ajuste neutro, sino como una operación de economía política destinada a redibujar la relación entre Estado, mercado, ciudadanía y democracia. Una cosa es reformar el Estado para hacerlo más capaz, y otra distinta es utilizar sus fallas como argumento para reducir su función social, debilitar su capacidad fiscal y trasladar al mercado áreas esenciales de la vida colectiva.

El gobierno ha presentado su proyecto como una vía para recuperar crecimiento, empleo y esperanza. Según la información pública disponible, el plan contempla más de 40 medidas y tiene entre sus ejes la reducción gradual del impuesto corporativo desde 27% a 23%, estímulos tributarios, incentivos al empleo formal, simplificación regulatoria, repatriación de capitales y metas de crecimiento en torno al 4% anual. (El País) Pero el problema no está solo en las medidas aisladas, sino en la lógica que las conecta. La reforma parte de una premisa ideológica: Chile estaría frenado por exceso de Estado, exceso de impuestos, exceso de regulación, exceso de permisos y exceso de gasto social. Desde esa premisa, el remedio sería achicar el Estado, aliviar al capital y esperar que la inversión privada produzca, por derrame, empleo, bienestar y cohesión.

Ese razonamiento tiene una potencia comunicacional evidente, pero una fragilidad empírica considerable. Las rebajas tributarias son ciertas e inmediatas; el crecimiento compensatorio es hipotético y futuro. Los menores ingresos fiscales se producen desde ahora; la promesa de más inversión, más empleo y mayor recaudación depende de supuestos que pueden o no cumplirse. Esta asimetría temporal es el corazón del riesgo. Si la inversión no llega en la magnitud esperada, si las empresas destinan los beneficios tributarios a automatización, acumulación de liquidez, distribución de utilidades o reducción de deuda, el Estado habrá reducido sus ingresos sin asegurar mayor bienestar social.

Aquí aparece la primera consecuencia de fondo: la reforma puede convertir la política fiscal en una apuesta regresiva. No porque toda rebaja tributaria sea ilegítima en abstracto, sino porque en este caso se combina con recortes en planes, proyectos y programas sociales, subsidios indirectos al capital y compromisos de largo plazo. El Consejo Fiscal Autónomo ha advertido riesgos relevantes para las finanzas públicas, especialmente porque el proyecto dependería de ingresos futuros asociados al crecimiento, ingresos que son inciertos. También se ha señalado preocupación por el deterioro fiscal, la rebaja del impuesto corporativo y el aumento de presiones sobre la deuda pública. (El País)

La segunda consecuencia es social. Cuando el Estado pierde capacidad fiscal, no desaparecen las necesidades de salud, educación, vivienda, seguridad, cuidados o pensiones. Lo que ocurre es que esas necesidades se desplazan hacia los hogares. La familia paga más, se endeuda más, posterga tratamientos, ajusta consumo, busca soluciones privadas o queda atrapada en listas de espera. Así se produce una mutación silenciosa: la ciudadanía de derechos es reemplazada por una ciudadanía de consumo. Quien puede pagar accede; quien no puede, espera; quien queda en el medio, se endeuda.

Este punto es decisivo para comprender la profundidad del desmantelamiento propuesto. El i-liberalismo no elimina completamente al Estado. Lo reorienta. Reduce al Estado como garante social, pero lo mantiene activo como facilitador de negocios, garante de certeza jurídica y subsidiador indirecto del mercado. Por eso la idea de “Estado mínimo” es engañosa. No estamos ante un Estado ausente, sino ante un Estado selectivamente fuerte: débil para redistribuir, pero fuerte para disciplinar; débil para garantizar derechos, pero fuerte para blindar inversiones; débil para sostener políticas públicas universales, pero fuerte para reducir costos privados.

En este punto, se produce la paradoja del Estado mínimo: se critica el gasto social, pero al mismo tiempo se utilizan recursos públicos para beneficiar al capital mediante rebajas tributarias, reintegración, créditos al empleo e incentivos a la inversión. En otras palabras, no desaparece el Estado; cambia su destinatario.

La tercera consecuencia es democrática. La propuesta de invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones no es solo una señal económica. Es un cerrojo político. Se presenta como certeza jurídica, pero puede operar como una limitación a la soberanía democrática futura. Toda democracia necesita reglas estables, pero también necesita capacidad de adaptación. Las sociedades cambian, las crisis aparecen, las demandas sociales evolucionan, las tecnologías transforman el empleo y las urgencias ambientales se intensifican. Si una decisión tributaria queda blindada por un cuarto de siglo, futuras mayorías podrían encontrarse con menos herramientas para redefinir el pacto fiscal.

En ese punto, la reforma se conecta con una tradición histórica conocida en Chile: blindar institucionalmente decisiones económicas para protegerlas del conflicto democrático. No se trata de afirmar que el contexto actual sea idéntico al de la dictadura. No lo es. Pero sí existe una continuidad de racionalidad: desconfianza hacia la deliberación popular, temor al cambio político y preferencia por reglas que aseguren estabilidad al capital, aunque restrinjan la capacidad redistributiva del Estado. El documento “La Reinvención del Orden” lo plantea como una democracia atada: una deliberación futura maniatada por un blindaje institucional que prioriza la certeza jurídica del capital sobre la soberanía popular.

La cuarta consecuencia es económica. Una reforma de esta magnitud puede debilitar la demanda interna. Si el Estado reduce gasto social, inversión pública, programas territoriales, transferencias o servicios, no solo se reduce el tamaño del aparato estatal. También se reduce la circulación de dinero en territorios, comunas, pequeñas empresas y hogares. En economías desiguales, el gasto público no es solo contabilidad fiscal: es salario indirecto, consumo local, estabilidad de ingresos, provisión de servicios, empleo público y contención social. Cortarlo horizontalmente puede parecer eficiente desde una planilla, pero puede ser contractivo desde la vida cotidiana.

Aquí la promesa del crecimiento por inversión privada debe ser observada con prudencia. Chile necesita inversión, sin duda. Necesita productividad, innovación, infraestructura, energía, litio, cobre, ciencia, tecnología, empleo formal y encadenamientos productivos. Pero la inversión privada no reemplaza al Estado social. Una minera, una empresa energética o un proyecto de hidrógeno verde pueden generar capital, exportaciones y empleo especializado, pero no sustituyen por sí solos la salud pública, la educación, la vivienda, las pensiones o los cuidados. El crecimiento puede aumentar el PIB y, al mismo tiempo, deteriorar la cohesión si no se traduce en capacidades reales para la población.

El PNUD, en su informe regional 2026 sobre democracia y desarrollo, advierte precisamente que la democracia no se sostiene solo con elecciones. Su estabilidad depende del vínculo entre democracia, Estado y desarrollo humano. Cuando esos vértices se desconectan, la democracia puede seguir funcionando formalmente, pero pierde legitimidad social. (UNDP) Esta advertencia es clave para Chile: una democracia que conserva procedimientos electorales, pero debilita bienes públicos, puede transformarse en una democracia vaciada de experiencia ciudadana. Se vota, pero no se siente que la vida mejore. Se eligen autoridades, pero no se accede a salud oportuna. Se habla de libertad, pero la libertad real queda mediada por la capacidad de pago.

Desde esa perspectiva, la reforma de Kast no solo tensiona la caja fiscal. Tensiona la idea misma de ciudadanía. Si los derechos sociales se transforman en servicios comprables, la ciudadanía deja de ser una condición común y pasa a depender del ingreso. El resultado es una sociedad estratificada por capacidad de consumo: educación según bolsillo, salud según plan, seguridad según barrio, vejez según ahorro, vivienda según deuda. Esa no es una democracia social robusta; es una democracia formal con mercado totalizante.

La quinta consecuencia es política. El relato oficial puede tener apoyo inicial porque conecta con malestares reales: inseguridad, lentitud estatal, frustración de la clase media, abusos, permisos eternos, déficit habitacional, listas de espera, bajo crecimiento y desconfianza institucional. Sería un error negar esos problemas. El Estado chileno necesita modernización, evaluación, eficiencia, presencia territorial y capacidad de respuesta. Pero una cosa es reformar un Estado insuficiente para hacerlo más capaz, y otra muy distinta es usar sus fallas como excusa para desmantelar su función social.

Ahí se juega la disputa ideológica. El i-liberalismo de Kast no dice simplemente “vamos a administrar mejor”. Dice, en el fondo, que la protección social es sospechosa; que el gasto público es grasa; que la regulación es obstáculo; que los impuestos son castigo; que la inversión privada es salvación; que el mercado disciplina mejor que la política; y que la ciudadanía debe aprender a vivir con menos Estado. Esa pedagogía política es profunda porque busca modificar el sentido común. Quiere que las personas dejen de verse como sujetos de derechos y comiencen a verse como individuos responsables de resolver solos su bienestar.

El problema es que Chile ya conoce las consecuencias de una sociedad organizada sobre endeudamiento, abuso, segmentación y promesas de movilidad individual. El estallido social de 2019 no surgió únicamente por un alza del transporte. Fue la expresión de un malestar acumulado frente a pensiones insuficientes, salud desigual, educación cara, endeudamiento, trato abusivo y desconexión de las élites. Por eso, insistir en una reforma que debilita bienes públicos y fortalece la lógica de pago puede reabrir tensiones que nunca fueron completamente resueltas.

La sexta consecuencia es intergeneracional. Si el Estado reduce ingresos permanentes y financia el ajuste mediante deuda, recortes futuros o menor inversión social, la factura no la paga solo la generación actual. La pagarán también los jóvenes de las próximas décadas. Uno de los documentos plantea este problema como un “salto al vacío fiscal”: los costos son presentes, pero los beneficios son inciertos; la deuda puede crecer, los intereses pueden aumentar y el país podría llegar a 2050 con mayores demandas sociales, más envejecimiento y menos capacidad fiscal para responder.

Este punto debe ser dicho con claridad: una reforma puede ser legal y, al mismo tiempo, socialmente imprudente. Puede ser aprobada por el Congreso y, al mismo tiempo, erosionar el pacto democrático. Puede tener fundamentos técnicos parciales y, aun así, descansar sobre una hipótesis ideológica riesgosa. La viabilidad legislativa no garantiza viabilidad social. La viabilidad financiera de corto plazo no garantiza sostenibilidad democrática. La viabilidad comunicacional no garantiza justicia distributiva.

La verdadera pregunta, entonces, no es si Chile necesita inversión. La necesita. Tampoco si el Estado debe mejorar. Debe hacerlo. La pregunta es qué tipo de modernización se está proponiendo. ¿Una modernización que fortalece capacidades públicas, mejora gestión, evalúa programas, reduce abusos, invierte en territorios, acelera proyectos con protección ambiental y articula crecimiento con desarrollo humano? ¿O una modernización que usa la eficiencia como lenguaje para debilitar derechos, reducir impuestos al capital, precarizar servicios y blindar decisiones económicas frente a la deliberación futura?

La reforma de Kast parece inclinarse hacia la segunda opción. No porque cada medida sea necesariamente ilegítima en sí misma, sino porque el conjunto produce una orientación clara: menos Estado social, más mercado subsidiado; menos ciudadanía de derechos, más individuo consumidor; menos soberanía fiscal futura, más certeza para el capital; menos redistribución, más promesa de derrame; menos deliberación democrática, más cerrojo institucional.

Desde una lectura crítica, el problema no es solo económico. Es civilizatorio en sentido político: qué entendemos por vivir juntos. Un contrato social no es únicamente una suma de impuestos y beneficios. Es una promesa de pertenencia. Es la idea de que nadie queda completamente solo frente a la enfermedad, la vejez, el desempleo, la inseguridad o el endeudamiento. Cuando esa promesa se debilita, la democracia se vuelve frágil, porque la ciudadanía comienza a sentir que el sistema le exige obediencia, esfuerzo y sacrificio, pero no le devuelve protección, dignidad ni futuro.

Por eso, la reforma i-liberal de Kast debe discutirse más allá del tecnicismo tributario. Lo que está en juego no es solo si el impuesto corporativo baja cuatro puntos. Lo que está en juego es si Chile acepta reorganizar su economía política bajo una nueva disciplina social: derechos convertidos en gastos, protección convertida en asistencialismo, regulación convertida en traba, impuestos convertidos en castigo y democracia convertida en administración restringida de lo posible.

Chile necesita crecer, pero no cualquier crecimiento. Necesita inversión, pero no inversión contra el Estado. Necesita eficiencia, pero no austeridad ciega. Necesita certeza jurídica, pero no cerrojos contra la soberanía democrática. Necesita modernización, pero no desmantelamiento. Necesita responsabilidad fiscal, pero no una responsabilidad fiscal que sacrifique derechos presentes para financiar beneficios inciertos al capital.

La reconstrucción nacional no puede consistir en reconstruir la rentabilidad de algunos mientras se deconstruye la seguridad social de muchos. Una democracia madura no se sostiene únicamente con orden, autoridad e inversión. Se sostiene con confianza, bienes públicos, derechos, cohesión territorial, justicia distributiva y capacidad estatal. Si la reforma avanza sin corregir sus riesgos de fondo, puede terminar produciendo exactamente lo contrario de lo que promete: no una economía más fuerte, sino una sociedad más frágil; no una democracia más estable, sino una ciudadanía más desconfiada; no un país reconstruido, sino un Estado social desarmado frente al mercado.

La discusión, en definitiva, no es entre Estado grande o Estado pequeño. Esa es una falsa dicotomía. La discusión real es entre un Estado capaz y un Estado debilitado. Entre una democracia con ciudadanía social y una democracia reducida al voto. Entre una economía al servicio del desarrollo humano y una sociedad subordinada a la certeza del capital. Esa es la profundidad de la reforma i-liberal de Kast: no propone solo cambiar impuestos; propone cambiar el lugar que ocupa el Estado en la vida de las personas. Y cuando un gobierno intenta cambiar ese lugar, no está haciendo solo política económica. Está rediseñando el contrato social.

Botines de Mujer: Tendencias y Modelos Imperdibles

El calzado de temporada tiene una forma muy concreta de transformar un look: cambia la postura, define el estilo y permite adaptar prendas básicas a contextos muy distintos. En Chile, donde el clima puede variar bastante entre ciudades y estaciones, los botines se han consolidado como una alternativa práctica para el día a día, especialmente cuando se busca abrigo, comodidad y una silueta fácil de combinar.

Dentro de esa variedad, los botines mujer destacan porque funcionan con jeans, vestidos, pantalones rectos, faldas midi y abrigos largos sin exigir demasiada producción. Su versatilidad los convierte en una pieza estable del clóset, pero cada temporada aparecen nuevas formas, alturas, materiales y terminaciones que actualizan su uso.

El regreso del botín negro como básico de temporada

Los botines negros de mujer siguen ocupando un lugar central porque resuelven casi cualquier combinación. Son sobrios, favorecedores y tienen la ventaja de adaptarse tanto a tenidas formales como a looks más urbanos. Un modelo liso, de caña corta y punta levemente afinada puede acompañar un pantalón sastre para la oficina, mientras que uno con suela gruesa funciona mejor con denim, parkas o chaquetas oversize.

Los botines negros también permiten jugar con texturas. El cuero liso aporta una imagen más pulida; el charol suma brillo; el gamuzado suaviza el conjunto; y las terminaciones tipo biker agregan carácter sin perder funcionalidad. Por eso, al elegir un par conviene pensar menos en la tendencia aislada y más en el uso real que tendrá durante la semana.

Un botín negro mujer puede ser la base de muchos estilos si tiene una horma cómoda y una altura equilibrada. En días largos, el taco bajo o medio suele ser más conveniente que uno demasiado alto, sobre todo si se camina bastante o se usa transporte público.

Modelos con taco: elegancia sin perder comodidad

El taco volvió a ocupar un lugar importante, pero con una lógica más práctica. Ya no se trata solo de altura, sino de estabilidad. Los tacos cuadrados, anchos o tipo bloque son ideales porque estilizan sin generar la incomodidad de un taco aguja. Esta característica resulta especialmente útil para quienes quieren sumar presencia a un look sin sacrificar movilidad.

Cuando la búsqueda apunta a un botín negro de mujer con tacón, lo más recomendable es fijarse en tres aspectos: la inclinación del pie, la firmeza del taco y el material interior. Un modelo atractivo puede perder sentido si no acompaña bien la pisada. En cambio, un diseño con taco moderado, plantilla cómoda y buen ajuste en el tobillo puede funcionar para una jornada laboral, una salida de noche o una ocasión más arreglada.

Los botines con taco combinan muy bien con pantalones rectos, vestidos tejidos y faldas de largo medio. Si el objetivo es alargar visualmente la pierna, conviene elegir modelos de punta fina o semi cuadrada y usarlos con medias o pantalones en tonos similares.

Suelas gruesas y estilo urbano

Las suelas track, plataformas moderadas y diseños robustos se mantienen entre las opciones más buscadas. Este tipo de botines suma personalidad y resulta muy útil en días fríos o lluviosos, porque ofrece mejor agarre y mayor separación del suelo. Además, equilibra prendas amplias como abrigos largos, sweaters oversize o pantalones cargo.

Botas y cañas altas: una opción que gana protagonismo

Aunque los botines son muy versátiles, las botas también tienen un lugar importante en el clóset femenino, sobre todo durante otoño e invierno.

Las botas de mujer ofrecen más cobertura y pueden cambiar por completo la estructura de una tenida, especialmente cuando se usan con vestidos, faldas o pantalones ajustados.

Las botas largas de mujer son una de las alternativas más elegantes para los días fríos. En cuero negro, café o tonos neutros, funcionan bien con abrigos, trenchs y prendas de punto.

Las botas largas también ayudan a dar continuidad visual cuando se combinan con medias oscuras o pantalones del mismo color, lo que genera una silueta más estilizada.

Para quienes buscan renovar sin gastar de más, revisar opciones de botas de mujer en oferta puede ser una buena estrategia, especialmente al inicio o cierre de temporada. Lo importante es priorizar materiales resistentes, una suela segura y una caña que no incomode al caminar o sentarse.

Colores y materiales que conviene tener en cuenta

El negro seguirá siendo el tono más seguro, pero no es el único. Los cafés, beige, burdeos y tonos arena han ganado presencia porque combinan bien con prendas claras, denim azul, gabardinas y tejidos naturales. Un botín café, por ejemplo, puede suavizar un look de invierno y hacerlo menos rígido que uno completamente negro.

Un botín de mujer bien elegido no depende solo del color o la forma. También importa la proporción: la caña debe favorecer el tobillo, la punta debe acompañar el estilo personal y el taco debe ajustarse al ritmo cotidiano. Un diseño muy llamativo puede ser atractivo en vitrina, pero un modelo cómodo y combinable suele tener mucha más vida útil.

Cómo elegir según tu estilo

Para un estilo clásico, los botines negros de cuero, taco medio y punta fina son una apuesta segura. Combinan con pantalones de vestir, blazers, abrigos largos y vestidos sobrios. Para un estilo urbano, funcionan mejor los modelos con plataforma, hebillas, cierres visibles o suelas marcadas. Si la preferencia es más romántica o bohemia, los tonos café, camel o beige pueden acompañar vestidos estampados, faldas fluidas y tejidos suaves.

También vale la pena revisar botines de mujer en oferta cuando se busca sumar más de un modelo al clóset. Una buena combinación podría incluir un par negro básico, uno café para looks más cálidos y un diseño con suela gruesa para días casuales.

Un calzado que se adapta a la temporada chilena

Los botines tienen la ventaja de acompañar distintas realidades climáticas y estilos de vida. En Santiago pueden funcionar gran parte del año con jeans, vestidos o pantalones livianos. En ciudades más frías del sur, los modelos de cuero, suela firme y forro interior cobran mayor importancia. En zonas con menos lluvia, se puede jugar más con texturas delicadas y tonos claros.

La clave está en elegir con intención. Un buen par de botines no solo completa un look: lo vuelve más funcional, más cómodo y más coherente con la rutina. Entre diseños negros, tacos estables, suelas gruesas, botas de caña alta y colores neutros, las opciones actuales permiten encontrar modelos para distintos gustos sin perder practicidad.

Sindicato N°1 de trabajadores de Clínica INDISA rechaza reajuste de $9000 y se declara en alerta para iniciar huelga

Imagen cedida

En el marco de su más reciente proceso de negociación colectiva, el Sindicato de Trabajadores N°1 de Clínica INDISA -que agrupa a más de 1.800 integrantes- realiza sus labores en alerta previo al rechazo de la última propuesta económica presentada por la empresa. Los puntos clave del conflicto de los funcionarios se refieren a la oferta de la clínica del sector oriente que contempla un reajuste salarial de $9.000 pesos mensuales, aplicable tras dos años desde el último acuerdo. Cifra que los trabajadores consideran insuficiente para cubrir el aumento del costo de la vida y compromisos históricos postergados desde la pandemia. Argumentan que existe una disparidad entre la propuesta de la empresa y el crecimiento económico  de la institución, la cual ha expandido sus negocios mediante la adquisición de nuevos centros de salud.

Ante la falta de acuerdo en las condiciones de reajuste salarial, el sindicato ha iniciado una campaña de movilización para sumar apoyo a sus demandas laborales en lo que sería una advertencia de huelga ante el empleador y los usuarios de la clínica que, por estos días, luce globos negros en algunos sectores del servicio y espontáneas manifestaciones durante las jornadas.

Actualmente, el Sindicato Nº 1 de Clínica INDISA, organización fundada en 1965, agrupa a trabajadores de las sedes de Providencia, Maipú y los centros médicos asociados de calle Los Conquistadores. Su base se compone de estamentos técnicos, auxiliares, administrativos y profesionales de la salud que hoy acusan un rechazo generalizado a la última propuesta de la empresa, acusando una profunda desconexión entre la sólida realidad financiera de la institución y el reajuste económico ofrecido a los trabajadores.

En términos financieros, la directiva del sindicato detalla que la clínica muestra un escenario de alta rentabilidad y expansión comercial. La empresa registra un margen de ganancia EBITDA del 30%, un patrimonio evaluado en $220.000 millones de pesos y utilidades acumuladas que ascienden a los $61.000 millones de pesos en los últimos cuatro años. A esto se suma el crecimiento de sus operaciones mediante la apertura de la sucursal de Maipú y una inversión equivalente al 28% de la propiedad de Clínica Las Condes. Frente a estos indicadores y al valor al alza de las acciones bursátiles de la sociedad anónima, la última oferta de la administración -consistente en un incremento de $9.000 mensuales- es cuestionada por los trabajadores movilizados.

Reajuste del 5%

El petitorio de los trabajadores solicita un reajuste del 5% en el sueldo base —con la disposición de consensuar un 3%— y un bono de término de conflicto de $1.500.000 pesos, demandas que consideran en concordancia con el buen momento de la clínica que ha visto una mejora sustancial de sus operaciones en el contexto del mercado de la salud privada.

Rodrigo Jacob, tesorero del Sindicato N°1 de la Clínica Indisa agrega que la base argumental de la empresa para justificar el nulo aumento del sueldo base radica en la existencia de un modelo de Categorización. Un sistema planteado por los funcionarios e implementado en el año 2010 a partir del modelo de trienios del sector público. “Esta categorización permite que el personal aumente de tramo salarial automáticamente cada tres años, otorgando incrementos de hasta un 18% según el estamento, sumado el reajuste por IPC pactado cada seis meses. Sin embargo la administración utiliza este mecanismo como un sustituto del reajuste de la negociación colectiva ordinaria”, expone.

Los dirigentes señalan que esta tendencia se arrastra desde la crisis sanitaria del Coronavirus cuando los sueldos se congelaron bajo el argumento del alza en el costo de los insumos médicos, a pesar de que la clínica habría operado a máxima capacidad recibiendo además pagos estatales por pacientes Fonasa derivados vía Ley de Urgencia. Desde entonces, el único incremento real fue del 2,6% el año 2022.

“Más allá de la disputa económica, el conflicto laboral abarca también una severa precarización de las condiciones de trabajo y una sobrecarga física y psicológica de los funcionarios producto de una política de reducción de costos y personal a base de la implementación de un modelo de multifuncionalidad en el que, por ejemplo, técnicos que antes estaban a cargo de seis o siete pacientes para los servicios médico-quirúrgicos, han duplicado hoy promedios de hasta 14 pacientes por trabajador”, apunta Jacob.

Este problema se vería agravado por la falta de regulaciones actualizadas por parte del Estado, ya que los parámetros vigentes datan de la década de 1980 y omiten el nivel de complejidad del paciente, equiparando la carga de un paciente autovalente con uno postrado, entre otros anacronismos junto a la falta de cobertura del personal con licencias médicas o feriados legales que obliga a sus compañeros a absorber las tareas vacantes.

Finalmente, el análisis del gremio se extiende hacia las deficiencias estructurales del sistema de salud chileno en su vertiente pública y cómo su deficiencia también permite una mayor influencia del sector privado y los conglomerados políticos a cargo. Adicionalmente, los trabajadores de la salud privada son críticos de los recientes recortes presupuestarios planteados por el Gobierno argumentando que la solución a las extensas listas de espera y a las falencias de infraestructura hospitalaria no resistirán un retiro de fondos cuando lo que realmente necesita un mayor control que controle controversias como el ausentismo de profesionales en el aparato público, el uso inapropiado de licencias médicas y la sobredotación de “cargos ficticios”, agregan.

Respecto a la frase expuesta por las autoridades de salud en cuanto a que «con menos presupuesto a veces se puede hacer más», el gremio de trabajadores de este sindicato es tajante: “Nuestra postura es de absoluto rechazo frente a la idea de realizar recortes en el presupuesto de la salud pública. Esta medida es absolutamente deficiente para la realidad actual y empeora de forma directa la situación de los usuarios del sistema de salud, pues ya enfrentan esperas de tres a cuatro años en las listas del sistema público para intervenciones quirúrgicas básicas, como cirugías de vesícula. Desde nuestra perspectiva gremial, creemos que las autoridades políticas que promueven estas políticas operan desde una alarmante desconexión de la realidad social y de las necesidades básicas de la población”, plantea el directivo.

Puedes enterarte sobre el proceso de negociación del Sindicato N°1 de Clínica Indisa en su cuenta de Instagram

https://www.instagram.com/sindicatoindisan1/

Recortes en salud: ¡No hay cuerpo que aguante!

Un amigo pediatra que trabajó en el Hospital Sotero del Rio durante la Dictadura de Pinochet me recuerda que en esas épocas él llevaba su estufa eléctrica para temperar la sala de recién nacidos porque el frio era polar y no había presupuesto para la calefacción que requerían esos seres tan pequeños y desvalidos de la zona sur de la capital. También llevaba otros implementos que escaseaban, pero lo más importante era darles calor a esas guagüitas, generalmente de bajo peso.

Hoy me dice que nunca imaginó -nadie lo hizo- que, ya en democracia, esos tiempos podían volver. Pero ocurrió.

Como ya se ha hecho costumbre, el gobierno de José Antonio Kast decidió hacerle la vida más imposible a los chilenos de a pie, implementado un fatídico recorte en salud. La última semana supimos con estupor que el Ministro Quiroz y su escudero Kast decidieron impulsar -entre cientos de otras- una medida tan devastadora como el recorte del 2,5% al presupuesto del Ministerio de Salud. Ello implica que se quitarán más de $413 mil millones a hospitales y centros de salud públicos de todo el país. Entre ellos, al Sótero del Rio y Hospital El Salvador, en la capital chilena, y el Gustavo Fricke en Viña del Mar.

Para dimensionar la magnitud de la debacle, hay que recordar que el Sotero del Río es, probablemente, el hospital público con mayor presión asistencial del país, e incluso de America Latina. Atiende, entre otras comunas, a Puente Alto, La Florida, La Pintana, San Ramón, Pirque, San José de Maipo, acercándose su población usuaria a casi 2 millones de personas, contando con más de 5.000 funcionarios. Por su parte, el Hospital Salvador atiende principalmente al sector oriente de Santiago y su población beneficiaria supera las 720 mil personas, en tanto el Hospital Dr. Gustavo Fricke es el principal hospital público de alta complejidad de la zona Viña del Mar–Quilpué y uno de los más importantes de regiones, contando con alrededor de 450 camas de alta complejidad y una red enorme de derivación regional.

Es por ello que quitarles un 2,5% de sus presupuestos es una catástrofe en marcha. Para la mayoría de los chilenos que viven con el sueldo mínimo o un poco más, esta baja de presupuesto no es solo un ajuste “técnico” o “contable”. Es más bien una señal política y emocional muy profunda: la sensación de que el Estado deja más desprotegidas a las personas justo en uno de los ámbitos más vulnerables. Hay que tener en cuenta que la salud pública ya viene tensionada desde hace años por largas listas de espera, hospitales saturados, falta de especialistas, crisis en atención primaria o agotamiento del personal sanitario.

Por eso, cuando se anuncia un recorte, gran parte de la ciudadanía no escucha “eficiencia”, escucha “habrá menos atención”, “tendré que esperar más”, “mi operación se atrasará”, “solo se salvará quien pueda pagar”.

El actual “ajuste” al presupuesto de la salud pública ha generado críticas transversales de alcaldes y gremios médicos, quienes han advertido brutales impactos en hospitales y en la atención primaria. Para dar a entender su angustia, un grupo de ediles llegó a manifestarse a La Moneda portando un ataúd… El problema es que nadie parece querer escuchar a quienes deben lidiar con el dolor de aquellos que solo cuentan con la salud estatal para no quedar en el camino…

Psicológicamente, la medida toca algo muy sensible en la sociedad chilena: el miedo al abandono. En un país donde la población está envejeciendo, las enfermedades crónicas aumentan y muchas familias ya sienten que el costo de vivir supera sus ingresos, la salud representa mucho más que hospitales. Representa seguridad existencial. Por eso el debate es tan intenso y desgarrador.

Para la derecha gobernante, el argumento es que “el Estado debe gastar mejor y eliminar ineficiencias”. El gobierno ha llegado a decir que “con menos se puede hacer más”. Pero para gran parte de la ciudadanía y de los trabajadores de la salud, el temor es otro. La “eficiencia” puede terminar significando menos médicos, menos insumos o más demora.

Hay también otra dimensión simbólica muy fuerte. Cuando un país recorta salud, muchas personas sienten que se está priorizando la economía por sobre la vida cotidiana. Y ahí aparece una pregunta muy obvia: “¿Quién paga realmente el ajuste?” Porque en la práctica, quienes más dependen del sistema público son los adultos mayores, los sectores populares, la clase media endeudada y personas con enfermedades complejas. En tanto, quienes tienen más recursos, pueden atenderse en clínicas privadas a través de sus Isapres. Por eso este tema conecta con la desigualdad estructural, el miedo social, la idea de que el acceso a derechos depende cada vez más del dinero.

Varios analistas han advertido que la discusión sobre salud puede transformarse en un conflicto político mayor, porque toca una experiencia cotidiana y emocionalmente muy concreta para millones de personas.

Lo que teníamos 

No siendo una maravilla, hasta hoy, la salud chilena ocupa una posición bastante particular en América Latina. De hecho, en varios indicadores está entre los mejores de la región. Sin embargo, no logra alcanzar plenamente los estándares de los países desarrollados de la OCDE. Chile suele aparecer como un país “intermedio avanzado”, pero todavía lejos de Europa occidental o los sistemas nórdicos ya que gasta menos por persona que los países ricos, tiene menos médicos por habitante y tiempos de espera mucho peores.

Comparado con la OCDE y Europa, Chile baja varios puestos siendo su principal debilidad el tiempo de espera para cirugías y especialistas. En algunas operaciones, la media supera los 300 días.  Asimismo, las familias chilenas todavía pagan mucho en medicamentos, bonos, exámenes, consultas. En suma, Chile tiene menor cobertura financiera que el promedio OCDE, lo que genera una fuerte sensación de inseguridad. Miles de personas sienten que enfermarse puede arruinar económicamente a su familia.

Pero también es cierto que nuestro país se ha destacado históricamente en áreas muy relevantes de la salud pública como la alta esperanza de vida –entre 80 y 81 años-, una de las más altas de América Latina. Eso lo ha puesto por encima del promedio latinoamericano y cerca del promedio OCDE, compitiendo en la región con Costa Rica, Uruguay y, en algunos años, con Cuba.

Comparado con América Latina, Chile suele estar suele estar entre los mejores también en campañas de vacunación, mortalidad infantil, infraestructura y control de enfermedades. Otra área clave en la que ha sido superior es en atención primaria y ha contado con una fuerte cobertura sanitaria, con cerca del 97% de la población atendida, cifra mucho mejor que varios países latinoamericanos donde millones quedan fuera del sistema o dependen de atención extremadamente precaria.

El gran problema es que existe una gran contradicción porque nuestro país tiene buenos indicadores en salud pero mucha desigualdad. Este es probablemente el rasgo más característico de nuestro sistema sanitario. Una persona con recursos puede acceder a clínicas modernas, tecnología avanzada, especialistas rápidos, atención comparable a países desarrollados. Pero alguien que depende exclusivamente del sistema público, puede enfrentar largas listas de espera, meses o años por cirugías, falta de especialistas, y atención saturada.

Es por esta razón que muchos expertos dicen que en Chile “hay salud de primer mundo y espera de tercer mundo coexistiendo en el mismo país”.

En Chile también hay mucha desigualdad territorial ya que la calidad de la atención cambia mucho entre Santiago y regiones, entre zonas urbanas y rurales, entre comunas ricas y pobres.

En el ámbito de la salud mental también hay graves problemas ya que tenemos altos niveles de depresión, ansiedad, estrés, consumo de psicofármacos y el llamado fenómeno del “burnout” (fundirse) y la red pública de salud mental sigue siendo insuficiente.

En cierto modo, el sistema de salud chileno refleja al país: modernizado, técnicamente eficiente en varias áreas, pero profundamente desigual. Por ello la discusión sobre salud en Chile no es solo médica. Es una discusión sobre dignidad, clase social, miedo, envejecimiento. En suma, qué significa realmente tener derechos sociales en una sociedad de mercado.

Épocas de gloria

La salud chilena ha tenido diversas fortalezas en distintas épocas pero hay, al menos, tres grandes momentos que destacan historiadores, médicos y analistas al hablar de los “mejores períodos”.

El primero fue el gran salto sanitario del siglo XX, que se dio entre 1930 y 1973. Muchos especialistas consideran que en ese periodo se construyó la base más sólida de la salud pública chilena porque Chile pasó de ser un país con altísima mortalidad infantil, epidemias frecuentes, tuberculosis, desnutrición, pobreza extrema y expectativa de vida muy baja a convertirse gradualmente en uno de los sistemas sanitarios más avanzados de América Latina.

Un hito clave de este periodo fue la creación, en 1952, del Servicio Nacional de Salud, que se constituyó en uno de los sistemas públicos más ambiciosos de la región y una inspiración para otros países latinoamericanos ya que unificó hospitales, vacunación, atención primaria, programas materno infantiles, prevención y salud rural.

Se la recuerda como una “época dorada” porque hubo avances enormes respecto del aumento de la esperanza de vida y la formación masiva de médicos y matronas. Y además se fundó en la convicción de que la salud era un derecho social, lo que marcó profundamente la identidad sanitaria chilena.

Otro periodo luminoso se dio en los años 90 y comienzos de los 2000 ya que después de la dictadura, Chile aumentó fuertemente la inversión social. Aquí se produjo la modernización hospitalaria, la expansión de consultorios, se invirtió en más tecnología y en mejora de infraestructura.

Un momento muy importante en este periodo fue la creación del AUGE/GES en 2005, que comenzó a garantizar tratamiento para casi un centenar de enfermedades prioritarias, lo que implicó un avance enorme en acceso y garantías explicitas.

Sin embargo, aunque los indicadores mejoraron mucho técnicamente, desde el 2010 -coincidiendo con la llegada del gobierno de Piñera- empezó a crecer el malestar por las listas de espera, la percepción de desigualdad, el colapso hospitalario y la crisis de las ISAPRES. En ese periodo ocurrió a algo paradójico. Chile tenía mejores indicadores objetivos pero muchas personas empezaron a sentirse más inseguras respecto del sistema.

Según los expertos, hay una dimensión emocional respecto de la salud pública de nuestro país. Durante décadas, fue parte del orgullo nacional por sus campañas sanitarias, la medicina preventiva, los programas infantiles. Era la idea de un Estado protector. Pero con el tiempo, la creciente diferencia entre quien puede pagar y atenderse rápido y quien debe esperar fue erosionando esa sensación colectiva.

Es por ello que la discusión sobre salud en Chile suele tocar algo muy profundo: no solo cuánto vive la gente, sino cuánto siente que vale su vida según su nivel de ingresos.

Obviamente, esto se hará crítico con las nuevas políticas del gobierno de Kast respecto de la salud de los chilenos. Y no habrá cuerpo que aguante tanta falta de querer, como diría Mon Laferte.

Cuando la tecnología se transforma en una barrera: la deuda pendiente de FONASA con los adultos mayores rurales

Captura de pantalla de Sitio Web de Fosa

En un país que envejece aceleradamente, resulta contradictorio que muchos adultos mayores sigan enfrentando obstáculos burocráticos y tecnológicos para algo tan esencial como acceder a una atención médica. Más aún cuando se trata de personas provenientes de regiones y sectores rurales, quienes deben recorrer largas distancias hacia las grandes ciudades para conseguir una hora con un especialista, enfrentándose luego a sistemas poco empáticos, centralizados y alejados de su realidad cotidiana.

La situación que viví en mayo de 2026 junto a mi madre, María Neculman Pichulman, de 85 años, no es un hecho aislado. Es el reflejo de un problema estructural que afecta silenciosamente a miles de familias chilenas.

Como cuidador acreditado y acompañante permanente, acudí junto a ella a una consulta de cardiología. Sin embargo, al momento de adquirir el bono electrónico de Fonasa, nos encontramos con una serie de dificultades que evidencian cómo la modernización tecnológica, cuando no se implementa con criterio humano y territorial, puede transformarse en una nueva forma de exclusión.

Mi madre, como muchos adultos mayores, presenta desgaste en sus huellas dactilares producto de la edad. Anteriormente, esta situación se resolvía mediante la validación de mi huella como cuidador autorizado. No obstante, el procedimiento cambió y se nos indicó llamar al servicio telefónico de Fonasa para solicitar una liberación excepcional.

La atención telefónica fue cordial y respetuosa. Corresponde destacarlo. Sin embargo, el protocolo exigía que mi madre respondiera personalmente preguntas relacionadas con su cédula de identidad, estado civil y antecedentes personales, pese a sus problemas auditivos y dificultades de memoria. La escena ocurrió en plena consulta médica, utilizando altavoz para intentar escuchar las preguntas, exponiendo innecesariamente a una persona mayor en una situación incómoda y poco digna.

Posteriormente, se nos informó que debíamos esperar aproximadamente una hora para que el sistema autorizara la validación y recién entonces comprar el bono electrónico.

La pregunta es inevitable: ¿tiene sentido que una persona de 85 años, con enfermedades crónicas y dificultades físicas evidentes, deba someterse a este tipo de procedimientos para acceder a una atención médica?

Desde la gestión pública, este tipo de situaciones obliga a reflexionar sobre cómo se están diseñando las políticas digitales del Estado. La tecnología no puede transformarse en una barrera adicional para quienes ya viven condiciones de vulnerabilidad. Modernizar no significa únicamente digitalizar procesos; significa también humanizarlos, simplificarlos y adaptarlos a la realidad social y territorial del país.

Chile no termina en Santiago. En regiones y zonas rurales, muchos adultos mayores deben levantarse de madrugada, viajar varias horas y asumir altos costos económicos para llegar a una consulta médica especializada. Para ellos, perder una atención por una validación biométrica fallida o por un trámite telefónico excesivo no es una simple molestia administrativa: es un problema que afecta directamente su salud, su bienestar y su calidad de vida.

Aquí también existe una dimensión política que no puede ignorarse. El envejecimiento de la población requiere decisiones públicas más sensibles, descentralizadas y conectadas con la realidad de las personas mayores. Se necesitan instituciones capaces de comprender que no todos los usuarios manejan herramientas digitales, escuchan bien, recuerdan datos personales bajo presión o pueden esperar largas horas frente a un sistema rígido.

La voluntad política y la tecnología sí pueden resolver este problema. Hoy existen mecanismos biométricos avanzados, validaciones remotas inmediatas y sistemas de autorización para cuidadores acreditados que podrían implementarse perfectamente en Fonasa. Bastaría decisión institucional y una mirada más práctica desde el Estado.

Resulta razonable evaluar que cuidadores reconocidos oficialmente, hijos o familiares responsables puedan contar con autorización biométrica permanente para la compra de bonos y realización de trámites médicos. Una medida simple, de bajo costo y alto impacto social.

La verdadera modernización del sistema de salud no se mide solamente por plataformas digitales o trámites electrónicos. Se mide por la capacidad del Estado de facilitar la vida de las personas, especialmente de quienes más apoyo necesitan.

Los adultos mayores no pueden seguir adaptándose a sistemas pensados desde la lógica administrativa y no desde la experiencia humana. Es el Estado el que debe adaptarse a ellos.

La salud pública requiere eficiencia, pero también empatía. Requiere tecnología, pero acompañada de sentido común. Requiere protocolos, pero también humanidad.

Y sobre todo, requiere entender que detrás de cada trámite existe una persona que merece respeto, dignidad y un acceso oportuno a la salud, sin importar si vive en una gran ciudad o en el sector rural más apartado del país.

Participación ciudadana: construir comunidad para cuidar la vida

Foto de Vardan Papikyan en Unsplash

La participación ciudadana siempre ha sido el gran sueño de las comunidades, organizaciones e incluso de los gobiernos: construir una ciudadanía activa, organizada y capaz de movilizarse por convicción propia. Sin embargo, en Chile seguimos confundiendo muchas veces la participación con solo cumplir formalidades administrativas.

Desde 2011 nuestro país cuenta con una Ley de Participación Ciudadana y Asociatividad. Su existencia es importante porque reconoce que el Estado debe fomentar la organización social y abrir espacios para que la comunidad pueda involucrarse en las decisiones públicas. Pero la realidad demuestra que la ley quedó corta. No es vinculante, no garantiza incidencia real y, peor aún, carece de recursos suficientes para que la participación funcione de manera efectiva.

En la práctica, muchas instituciones deben sostener la participación utilizando los mismos recursos limitados con los que ya funcionan. Son funcionarios/as que, además de cumplir múltiples tareas, deben generar reuniones, diálogos, consejos consultivos y actividades comunitarias sin tiempo suficiente ni apoyo real. En salud esto se vuelve todavía más crítico.

¿Por qué? Porque la participación comunitaria también es salud. Una comunidad organizada genera redes de apoyo, acompañamiento y contención. Un tejido social fuerte puede incluso transformarse en un factor protector frente a problemas tan graves como la depresión, la soledad o el suicidio. Cuando las personas se conocen, se organizan y se apoyan mutuamente, la comunidad se vuelve más resiliente frente a las crisis.

Pero las comunidades no se fortalecen solas. Requieren herramientas, formación y acompañamiento permanente. Sí, existen liderazgos naturales en juntas vecinales, clubes deportivos, organizaciones religiosas y territoriales. Pero esos liderazgos necesitan apoyo institucional para crecer y transformarse en verdaderos agentes comunitarios.

En salud esto puede marcar una enorme diferencia. Un dirigente/a capacitado puede coordinar redes de apoyo, orientar a vecinos o responder frente a emergencias naturales y sanitarias. Sin preparación ni recursos, muchas comunidades quedan expuestas al abandono y al aislamiento.

Por eso es urgente entender algo básico: la participación ciudadana no puede seguir dependiendo únicamente de la buena voluntad de los equipos o del sacrificio de dirigentes/as sociales. Si el Estado realmente cree en la participación, entonces debe invertir en ella con recursos humanos, financiamiento y políticas permanentes.

Porque la participación jamás será un gasto. La participación siempre será una inversión: en democracia, en salud, en cohesión social y en comunidades más fuertes para enfrentar los desafíos del país.

Entradas recientes