Asesor del Presidente Tabaré Vázquez (2005/2009), Embajador de Uruguay (2009/2014 y 2015/2017) y ex Vice Canciller de la República (2017/2020)
Cuba vive uno de los momentos más difíciles, si no el más difícil, desde que una revolución pusiera fin a la dictadura de Fulgencio Batista y marcará el inicio de un proceso político que aún hoy, 67 años después de aquella gesta, sigue autopercibiéndose como revolucionario.
Las dificultades abarcan todos los planos de la vida del país y las crecientes carencias en la prestación de servicios públicos básicos así como el desabastecimiento o los altos precios de lo poco que hay en el mercado (formal …. o informal), golpean duramente a una sociedad que ya denota estar cansada de tanta excepcionalidad y trascendencia en aras de un futuro mejor que parece estar más lejos cada día. Claro que golpea a algunos más que a otros, porque también en Cuba hay desigualdad. Basta recorrer La Habana para constatarlo. Y basta escuchar a la gente de a pie o prestar atención a sus silencios para percibir que tal vez por vez primera falta lo último que se pierde: la esperanza.
Tal coyuntura no es casual ni obedece a una única razón, pero a cuenta de otras menciono tres que estimo fundamentales.
En primer lugar el embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba en forma unilateral y contraviniendo los principios del derecho internacional de no injerencia en los asuntos internos de los Estados, el deber de los Estados de cooperar entre sí. la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos, la igualdad soberana de los Estados y el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Un complejo y tupido andamiaje de leyes, decretos y resoluciones ensamblado por sucesivas administraciones estadounidenses cuyo desmontaje no es sencillo ni inmediato. Algunas administraciones intentaron flexibilizar o perforar ese bloqueo y en algunos aspectos lo lograron, pero el Presidente Trump lo está aplicando con máximo rigor y le ha incorporado nuevas medidas con el indisimulado y criminal propósito de vencer a Cuba por asfixia económica. Y después qué? Difícil pronosticar el mañana, pero hoy la presión se mantiene y Cuba está al borde de una crisis humanitaria que de materializarse muy probablemente tendrá impactos de diversos tipos y alcances en la región centroamericana y caribeña e incluso en Estados Unidos.
En segundo término, y no menos importante que el prolongado y brutal bloqueo externo estadounidense, el bloqueo interno que significa la larga lista de reformas estructurales pendientes que ha acumulado el gobierno cubano a lo largo de los años, el inmovilismo de la dirigencia política, la naturaleza conservadora de una maquinaria burocrática anacrónica e ineficiente más preocupada por su permanencia como tal que por las necesidades de la población. Necesidades que no se resuelven con reuniones más litúrgicas que productivas, discursos plañideros o autocomplacientes según la ocasión y consignas ya gastadas. Cierto que en las actuales circunstancias el margen de maniobra de la dirigencia cubana es muy estrecho, cierto también que desde hace varios años esa dirigencia, a falta de visión estratégica, liderazgo político y sintonía con la población, se ha resignado a ser una continuidad inercial que ni siquiera puede administrar el presente.
Por último, y tampoco menos importante que los dos aspectos ya mencionados, la soledad que parece rodear en la actualidad. Ya no se trata solamente de la “maldita circunstancia del agua por todos partes” referida por Virgilio Piñera en su célebre poema “La Isla en Peso” sino de la frialdad y distancia con las que su agobiante situación es “monitoreada” (por usar un término de moda que además no compromete ni incomoda) por la comunidad internacional tanto en ámbitos multilaterales como a nivel de Estados. Hay excepciones (México ha está enviando ayuda humanitaria y Chile ha anunciado su intención de hacerlo mediante los mecanismos previstos en el sistema ONU) pero más allá del valor simbólico, su impacto es reducido y su continuidad incierta. El resto son declaraciones diplomáticamente correctas pero de dudoso impacto en la práctica cuando no un profundo y prolongado silencio que dista de ser casual. ¿Aversión? ¿Indiferencia? ¿Impotencia? ¿Cansancio? ¿Desengaño? ¿Resignación?
Cuba duele. Y a quienes por razones de edad, identidad política, responsabilidades de gobierno y hasta de trayectoria de vida, Cuba nos duele más aún.
Ante su difícil presente y su incierto futuro , pero también ante las vicisitudes y peripecias de otros procesos políticos en nuestra región (Nicaragua, Venezuela) surge, inexorablemente, la pregunta que da título a esta nota : ¿cuánto dura una revolución?.
Puede parecer una pregunta incómoda pero no lo es. Y aunque lo fuera: sería una incomodidad necesaria. Sin desatender otras tareas ni pretender llegar a una verdad unánime, absoluta y definitiva, también hay que asumir el desafío de responderla y actuar en consecuencia.
