Analista sociopolítico Foco LATAM | Profesor e investigador en Ciencias Sociales. Doctorando de la Universidad de Tarapacá. Profesor de Historia Universal, Master en Educación Ciudadana. Licenciado en Educación de la Universidad de Camagüey
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa tecnológica para convertirse en uno de los principales factores que reconfiguran el orden mundial. En apenas tres años, desde la irrupción de ChatGPT, gobiernos, universidades y empresas compiten por desarrollar capacidades que definirán la economía, la seguridad, la producción del conocimiento y la influencia política durante las próximas décadas. Sin embargo, en medio de esta aceleración tecnológica, una pregunta permanece casi ausente del debate público: ¿estamos formando ciudadanos capaces de comprender críticamente el mundo digital que ya habitan?
La discusión suele concentrarse en los avances tecnológicos, pero el verdadero desafío es político, cultural y educativo. Los algoritmos determinan buena parte de la información que consumimos, orientan decisiones económicas, median nuestras relaciones sociales y moldean el debate público. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento y, paradójicamente, nunca resultó tan complejo distinguir entre información confiable, propaganda y desinformación. La velocidad parece haber desplazado a la reflexión.
La reciente creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), impulsada por China junto con Rusia y más de una veintena de países, confirma que la inteligencia artificial también se ha convertido en un escenario de competencia geopolítica. Ya no se disputa únicamente el liderazgo económico o militar; también está en juego quién definirá las reglas, los estándares y los principios que orientarán el desarrollo de la IA durante el siglo XXI.
América Latina no observa este proceso desde la periferia. La participación de Brasil, México y Cuba entre los miembros fundadores de WAICO revela que la región busca espacios de incidencia, aunque desde realidades profundamente distintas. Brasil apuesta por fortalecer su ecosistema científico e industrial para convertirse en un actor relevante de la economía del conocimiento. México procura aprovechar su posición estratégica para consolidar capacidades de innovación y cooperación tecnológica. Cuba, por su parte, enfrenta este escenario desde una realidad singular: posee un reconocido capital humano en educación, salud y ciencia, pero convive con limitaciones económicas, tecnológicas y de conectividad que condicionan su inserción en los grandes flujos digitales internacionales. Son trayectorias diferentes, pero todas reflejan una misma preocupación: cómo participar en la revolución tecnológica preservando capacidades propias de desarrollo como Sur Global.
La verdadera brecha del siglo XXI ya no separará únicamente a quienes tengan acceso a la inteligencia artificial de quienes no lo tengan. Separará, sobre todo, a las sociedades capaces de comprenderla, gobernarla y ponerla al servicio del bien común de aquellas que dependerán de decisiones tecnológicas diseñadas fuera de sus fronteras. Esa es, en esencia, una cuestión de soberanía cognitiva.
Chile enfrenta este escenario con oportunidades, pero también con desafíos. Diversas investigaciones muestran que los Planes de Formación Ciudadana, establecidos por ley desde 2016, continúan desarrollándose en numerosos establecimientos como un requisito administrativo antes que como una estrategia transformadora para fortalecer la democracia. La incorporación de tecnologías suele limitarse al apoyo de las actividades pedagógicas, sin desarrollar competencias que permitan interpretar críticamente los entornos digitales donde hoy se configura buena parte de la opinión pública.
Cuba ofrece un escenario diferente, pero igualmente ilustrativo. Su sistema educativo se ha caracterizado históricamente por una estrecha articulación entre la escuela, la familia, las organizaciones sociales, los medios públicos y otras agencias de socialización, lo que ha favorecido una formación ciudadana con fuerte sentido comunitario. Sin embargo, la acelerada expansión de la inteligencia artificial y de los ecosistemas digitales plantea nuevos desafíos que ese modelo también debe afrontar. Las limitaciones de infraestructura tecnológica y conectividad, junto con la necesidad de fortalecer la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI), hacen indispensable avanzar hacia una formación que prepare a las personas para desenvolverse críticamente en entornos digitales cada vez más complejos, trascendiendo las fuentes tradicionales de información y desarrollando capacidades para evaluar, contrastar y producir contenidos en una esfera pública global.
Europa avanza precisamente en esa dirección. La actualización del marco europeo de competencias digitales, DigComp 3.0, entiende que la ciudadanía digital ya no consiste únicamente en adquirir habilidades técnicas, sino en fortalecer el pensamiento crítico, la participación democrática, el uso ético de la inteligencia artificial y la capacidad para enfrentar la desinformación. Más que enseñar tecnologías, busca desarrollar competencias para vivir y decidir responsablemente en sociedades profundamente digitalizadas. Esa perspectiva ofrece una referencia valiosa para América Latina, donde el desafío no pasa por replicar modelos externos, sino por construir ecosistemas educativos capaces de integrar las particularidades culturales de cada país con las exigencias de la nueva ciudadanía digital.
Frente a esta realidad, más que incorporar un nuevo concepto al debate educativo, el desafío consiste en construir un verdadero ecosistema educativo para la formación ciudadana intercultural crítica. Esto supone articular, con sentido público, la acción de la escuela, las familias, los medios de comunicación, las universidades, las organizaciones sociales, el Estado y las plataformas digitales para formar ciudadanos capaces de pensar, dialogar y participar responsablemente en sociedades crecientemente mediadas por la inteligencia artificial. Ninguna institución puede asumir por sí sola esta responsabilidad. Solo una acción coordinada entre las principales agencias de socialización permitirá fortalecer una conciencia colectiva sustentada en el pensamiento crítico, el respeto a la diversidad, la participación informada y la búsqueda del bien común.
La tecnoeducación, desde esta perspectiva, deja de ser una asignatura o un conjunto de herramientas digitales. Se convierte en una condición transversal para la democracia contemporánea. Comprender cómo operan los algoritmos, reconocer sus sesgos, verificar la información, proteger los datos personales y utilizar la inteligencia artificial con criterios éticos constituye hoy una competencia ciudadana tan importante como conocer los derechos y deberes consagrados en una constitución.
La ausencia de pensamiento crítico frente a esta transformación tiene consecuencias profundas. Una ciudadanía incapaz de comprender el funcionamiento de los ecosistemas digitales resulta más vulnerable a la manipulación informativa, a la polarización y a la difusión de discursos que erosionan la confianza pública. Cuando disminuye la capacidad de deliberar, también se debilita la conciencia colectiva que sostiene la convivencia democrática. Los ciudadanos dejan de participar para reaccionar; las comunidades sustituyen el diálogo por la confrontación; y los algoritmos terminan condicionando la conversación pública más que las propias personas.
La respuesta, por tanto, no consiste únicamente en incorporar inteligencia artificial a las aulas. Exige evaluar los Planes de Formación Ciudadana con criterios orientados a la mejora continua, fortalecer el acompañamiento pedagógico de las comunidades educativas y asumir la ciudadanía digital como una política de Estado que trascienda los ciclos gubernamentales. América Latina necesita formar ciudadanos capaces no solo de utilizar las nuevas tecnologías, sino también de participar en la discusión sobre cómo estas deben gobernar nuestras sociedades.
La disputa mundial por la inteligencia artificial no se resolverá únicamente en laboratorios, centros de datos o cumbres internacionales. También se decidirá en las escuelas, en las universidades, en los medios de comunicación y en todos aquellos espacios donde las personas aprenden a convivir con otros. En un mundo donde la tecnología redefine el poder, el ecosistema educativo deja de ser una aspiración académica para convertirse en una brújula ética y democrática. Porque el verdadero liderazgo en la era de la inteligencia artificial no pertenecerá a quienes desarrollen los algoritmos más sofisticados, sino a las sociedades capaces de mantener al ser humano, la dignidad, el pensamiento crítico y la convivencia democrática en el centro de su proyecto de desarrollo.
