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Estado de bienestar, igualdad y democracia (Segunda parte)

La democracia sólo podrá ser plena cuando la ciudadanía se libere de los miedos materiales que condicionan su libertad política y su realización plena se encuentra fuera de los márgenes del capitalismo. 

 

Prosiguiendo con lo tratado en la primera parte, https://pagina19.cl/opinion/estado-de-bienestar-igualdad-y-democracia-primera-parte/ en esta nos ocuparemos de los elementos rescatables del modelo socialdemócrata, para cerrar con la época actual marcada por la  dimensión tecnológica y sus impactos en la vida diaria. 

En efecto, del próspero periodo de las sociedades Socialdemócratas, son rescatables las formas desmercantilizadas de algunas necesidades básicas esenciales para una convivencia en común: salud pública universal; educación gratuita; seguros de desempleo y pensiones; políticas activas de empleo y vivienda social; cuidado infantil a toda la población y no solo a los grupos más vulnerables, que el modelo Socialdemócrata consagró a todo evento por el Estado, tienen plena vigencia  en la realidad actual de Chile.

Parte de esas demandas  ya estuvieron contenidas en la propuesta de Estado social democrático de derechos que propuso  la fallida Convención, pero más en general han acompañado la lucha del pueblo chileno y las izquierdas a lo largo de toda su existencia. 

El recorrido por alcanzar  más igualdad, más dignidad y democracia requerirá una poderosa base material sustentada en industrias intensivas en conocimiento avanzado, agregación de valor a la producción mediante investigación y desarrollo, ciencia y tecnología, sin que por ello tengamos que sacrificar el medio ambiente; el dominio de las pocas empresas públicas debe defenderse ante impulsos privatizadores que, como en el caso de Codelco, ya están en curso y el Estado ser dotado de capacidades para proveer servicios públicos de calidad e instrumentos modernos y suficientes para abordar las urgencias que ya se encuentran entre nosotros. Entre ellas, los incendios del verano e inundaciones como las que ocurren hoy ante nuestras narices y causan la pérdida de vidas humanas y la destrucción de bienes e infraestructuras públicas y privadas. 

En sintesis, las demandas orientadas a conquistar derechos esenciales y mejorar las condiciones materiales e infraestructuras para la vida, fortalecimiento de las capacidades del Estado no son contradictorios entre sí y no se oponen a una perspectiva más amplia de superación del capitalismo en sentido socialista. La democracia solo podrá ser plena cuando la ciudadanía se libere de los miedos materiales que condicionan su libertad política y su realización plena se encuentra fuera de los márgenes del capitalismo. 

Las izquierdas en el marco de la economía digital 

Con respecto a lo digital, que podría constituir fuente de nuevos aprendizajes e intercambios colectivos, un sector de Socialismo Democrático lo ha venido utilizando como un criterio de diferenciación y división entre las distintas expresiones de izquierda. 

De acuerdo con ello, habría un sector moderno, pro tecnologías digitales e IA; y otro anclado en el pasado, atrasado, analógico, material y premoderno, mientras todos los demás estarían subordinados voluntariamente a ese atraso. Además de ser un simple sesgo tecnológico, es un modo bastante antiguo como práctica política. Por definición no comparto esas categorías, mucho menos cuando detrás de ellas se esconde un mal disimulado anticomunismo. 

En todo caso, es difícil concebir que, al tratarse de fuerzas políticas con bagajes filosóficos, teóricos e ideológicos, renuncien por adelantado a quedar fuera del juego y desde sus propias interpretaciones no se propongan incidir en estos procesos. Pero en fin. 

El hecho cierto es que la fascinación tecnológica, en esta etapa, no es nueva. A partir de la irrupción de la Web 2.0 las jerarquías tradicionales parecían diluirse en una red donde se podía  producir contenido, opinar, organizarse. La tecnología prometía algo más que eficiencia, prometía emancipación y había que subirse al carro 2.0.

Esa retórica impregnó políticas públicas, estrategias empresariales y campañas políticas. Gobierno digital, municipios digitales, Parlamento digital, ciudadanía digital. Modernizar era digitalizar. Conectar era democratizar. El progreso se medía en ancho de banda, cobertura móvil y número de plataformas implementadas, como si mayor conectividad implicara más transparencia y cohesión social. El blanco y negro era reemplazado por una nueva configuración binaria, estar o no estar conectado. Hoy, en quien es más “pro”; quien no, se quedó en el pasado. 

Sin embargo, en octubre de 2019, el país altamente conectado se encontró de frente con la revuelta social: La mayor crisis política y social desde el retorno a la democracia no ocurrió en una sociedad analógica, aislada o informativamente precaria. Ocurrió en una de las sociedades más digitalizadas de América Latina. En el marco de las desigualdades, clasismo y discriminación que caracterizan la vida social de nuestro país, ¿Habrían podido evitar las tecnologías digitales, todas ellas reunidas a octubre de 2019, la revuelta social? 

Hoy, la Inteligencia Artificial ocupa el lugar  que tuvo la Web 2.0 hace dos décadas. Nuevamente se despliega una promesa totalizante: La IA aparece como la nueva frontera del progreso. Y, nuevamente, se insinúa la idea de que su adopción acelerada es condición suficiente para el desarrollo. Pero la experiencia reciente obliga a cuestionar tanta certeza. Cuando la tecnología se convierte en un fin en sí mismo, deja de ser herramienta y pasa a ser ideología.

Al convertirse en ideología, el riesgo mayor reside en el desplazamiento del debate político hacia un imaginario tecnocrático donde las preguntas ¿para qué sociedad?, ¿bajo qué principios?, ¿con qué distribución de poder? – quedan subordinadas a preguntas meramente instrumentales ¿qué tan rápido podemos implementarla?, ¿cuánta productividad generará?. Y en lo político, ¿cómo volvemos a la testera de la representación? Cómo ganamos hegemonía con “temas pegadores”.

Pero mientras tanto, en ese vacío político,  las tecnologías digitales y la IA generan nuevas realidades, para nada triviales ni mucho menos modernas. Un aspecto bastante conocido es el de la manipulación de la información. Las tecnologías, que antes prometían ampliar el acceso al conocimiento se están usando, en muchos casos, para distorsionar la realidad, fabricar consensos falsos y erosionar la confianza pública. Plataformas de redes sociales y sistemas de inteligencia artificial pueden amplificar desinformación, generar noticias falsas o incluso crear contenidos manipulados —como los deepfakes— que alteran la percepción colectiva de los hechos. Eso es conocido y ampliamente aplicado por sectores de derecha extrema en los procesos electorales.

El otro es la automatización. Las máquinas y los algoritmos no han demostrado ser capaces de compensar los empleos que eliminan. A medida que tareas humanas son reemplazadas por las máquinas, precariza el empleo y se amplía la brecha entre quienes acceden a trabajos tecnológicos y quienes quedan fuera del sistema. Tampoco se ha probado que la eliminación de puestos de trabajo afecte solo a aquellos de menor calificación o si, como ya ocurre en países capitalistas desarrollados, afecte también a los de mayor formación.

Tampoco está claro que estas innovaciones estén creando suficientes oportunidades para los nuevos trabajadores que ingresan al mercado. Este escenario puede llegar a ser aún más desventajoso para la fuerza de trabajo. Esto, porque el empresariado, además de los despidos por “necesidades de la empresa” se escuda en la automatización de procesos para abaratar costos al mismo tiempo que precariza y aumenta las cargas de trabajo de quienes logran conservar sus puestos. 

En otros términos, en las actuales condiciones de capitalismo salvaje bajo las cuales se están llevando a cabo estas transiciones, el costo seguirá estando del lado de los trabajadores y en otros sectores sociales, aumentando la precarización y las exclusiones. 

La transición hacia una economía digital plantea la imperiosa necesidad de  renovar el contrato social del trabajo. Los derechos y beneficios laborales deben acompañar a las personas más que a los empleos, de modo que trabajadores independientes, de plataformas o en ocupaciones cambiantes puedan mantener acceso a salud, pensiones y reconversión laboral, evitando que la flexibilidad tecnológica se traduzca en nuevas precariedades. Fomentar modelos cooperativos y de propiedad compartida en el ámbito digital también puede equilibrar el poder dentro de esta nueva economía, distribuyendo los beneficios del cambio y la fuerza laboral sea escuchada.

A la par, es clave fortalecer la representación y el poder de negociación de la fuerza laboral. Apoyar la sindicalización y nuevas formas de organización en sectores tecnológicos de modo que los trabajadores participen en las decisiones sobre productividad, automatización y condiciones de empleo.

En ese contexto, cobra fuerza la participación de trabajadoras y trabajadores en la dirección de las empresas y Consejos tripartitos entre Estado, empresas y trabajadores. En esos espacios podrían gestionar las reconversiones y diseñar estrategias de transición justas, capacitar y formar y reconvertir en nuevas competencias para incluir a las nuevas modalidades de trabajo, asegurando que la digitalización se construya colectivamente, con equidad y corresponsabilidad social, muy marketeada pero tan poco practicada. 

Todo esto debe sostenerse sobre una base de seguridad social universal, que garantice salud, pensiones e ingresos mínimos desvinculados del tipo de contrato o del empleo formal. Solo así la transformación digital podrá ser un avance civilizatorio y no una nueva fuente de desigualdad.

A no equivocarse y ponderar mejor el alcance de los desmarques políticos. La digitalización puede generar una sociedad más flexible y conectada, pero también más fragmentada y precaria. Para evitar ese desenlace, el desafío central es que la tecnología se ponga al servicio del bienestar, la identidad cultural y la vida comunitaria. Lo central no es solo cómo innovar, sino quién asume los costos de la transición y bajo qué principios se gobierna.

Desde esta interpretación, es indispensable abordar estos procesos desde la distribución del poder, el conocimiento y las oportunidades de desarrollo para acceder a una vida más plena, o por el contrario serán la base para mayores injusticias, concentración de la riqueza y mayores desigualdades. 

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