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El abismo en las urnas: Nietzsche, el resentimiento y la anatomía existencial del votante de Kast y Parisi

 

Durante años, una parte importante del pensamiento progresista y de las élites intelectuales en Chile ha intentado explicar el auge de las nuevas derechas —encarnadas en figuras como José Antonio Kast y Franco Parisi— mediante un diagnóstico que resulta tan cómodo como dramáticamente insuficiente. Según esta mirada, quienes entregan su voto a liderazgos populistas o de extrema derecha serían, en su gran mayoría, personas desinformadas, poco educadas, incapaces de comprender su propio bienestar o masas pasivas engañadas por la manipulación de líderes inescrupulosos. Desde esta perspectiva elitista, bastaría con una mejor «pedagogía política», corregir las noticias falsas o explicar con mayor claridad y condescendencia las consecuencias del modelo neoliberal para que estos ciudadanos recuperaran la racionalidad política que supuestamente han extraviado. 

Sin embargo, la realidad sociológica y psicológica es mucho más oscura y compleja. Millones de personas no apoyan a dirigentes autoritarios o populistas únicamente porque ignoren ciertos datos estadísticos o porque sean incapaces de leer de forma crítica un programa de gobierno. Su adhesión no es un problema exclusivo de falta de escolaridad o de déficit cognitivo, sino que se origina en una experiencia social y vital muchísimo más profunda: la pérdida absoluta de control sobre las condiciones materiales fundamentales de su propia existencia. 

Para comprender verdaderamente al votante de las nuevas derechas chilenas, debemos abandonar la sociología de salón y adoptar un lente filosófico mucho más afilado y penetrante. Debemos recurrir a Friedrich Nietzsche. A través de la filosofía nietzscheana, descubrimos que este elector no es un mero «ignorante», sino que encarna al «hombre moderno alienado»; un sujeto fatigado, atravesado hasta la médula por el «resentimiento» y que, ante la contemplación del abismo contemporáneo, ha decidido entregar su libertad a cambio de una promesa de orden, pertenencia y venganza simbólica. 

Conviene precisar el alcance de esta lectura. Nietzsche no explica las condiciones económicas que producen al sujeto contemporáneo, pero permite comprender la forma moral y afectiva que puede adoptar su impotencia: el resentimiento, el nihilismo, la moral de rebaño y la formación reactiva de los valores. Marx permite vincular esa anatomía con la alienación material; Foucault, con la producción política de sujetos y conductas; Wendy Brown, con la neoliberalización de la ciudadanía; y Byung-Chul Han, con la autoexplotación y el imperativo de rendimiento. La ciencia política, por su parte, permite observar cómo estas disposiciones subjetivas son articuladas electoralmente por liderazgos, discursos, plataformas digitales e instituciones. El enfoque de este ensayo es, por tanto, nietzscheano en la anatomía del resentimiento, pero necesariamente interdisciplinario en la explicación de sus condiciones históricas y de su transformación en fuerza política.

La ilusión de soberanía y el nihilismo pasivo en el votante de Parisi

Para entender al votante de Franco Parisi y del Partido de la Gente (PDG), es imperativo analizar la mutación del sujeto en el capitalismo contemporáneo. Este elector suele ser un trabajador disciplinado, competente en su oficio, profundamente orgulloso de su esfuerzo personal y que bajo ninguna circunstancia se concibe a sí mismo como víctima de una estructura opresiva. Se levanta antes del amanecer, viaja más de dos horas en un sistema de transporte público colapsado para llegar a su empleo, regresa a su hogar exhausto, paga múltiples créditos con altas tasas de interés, sostiene a su familia y cumple religiosamente con sus obligaciones fiscales y morales. 

Es exactamente aquí donde la crítica marxiana de la alienación y las lecturas contemporáneas de la racionalidad neoliberal permiten complementar el diagnóstico nietzscheano. Este individuo fue educado para considerarse libre porque puede elegir qué producto comprar, con qué tarjeta endeudarse, a qué administradora de fondos de pensiones afiliarse o si intentar emprender. Sin embargo, posee un control extremadamente limitado sobre las variables macroeconómicas, los algoritmos digitales, las decisiones corporativas y los flujos financieros que condicionan su destino y el de sus hijos. El capitalismo globalizado no se presentó ante él como una doctrina ideológica discutible, sino como la realización natural de la libertad misma, confundiendo perversamente la capacidad de consumo con la ciudadanía plena y el contrato formal con la igualdad. 

El liderazgo de Parisi capitaliza esta «falsa autonomía del sujeto-empresa». El votante parisista puede ser interpretado, desde la lente nietzscheana adoptada por este ensayo, como una expresión contemporánea del nihilismo pasivo: un sujeto agotado, sometido a jornadas extensas, a una competencia individualista intensa y al temor constante al descenso social, que dispone de escaso tiempo y energía para la reflexión política compleja o la organización colectiva. Su alienación no consiste en que un dictador le dé órdenes directas, sino en que experimenta la obediencia a los mandatos del mercado —optimizar su tiempo, rendir más, endeudarse racionalmente para proyectar éxito— como si fueran ejercicios de libertad personal y autodescubrimiento. 

Parisi no le ofrece a este votante una emancipación real de estas estructuras asfixiantes, sino que le entrega una ilusión tecnocrática y financiera. Le promete que, si aprende los secretos del dinero, si rechaza las ideologías del siglo XX y se une a la «comunidad» de los que madrugan, podrá vencer al sistema usando las propias herramientas del mercado. El individuo alienado, desposeído de capacidad creadora colectiva, huye del abismo de la precariedad abrazando las promesas de independencia financiera y emprendimiento individual. Su rechazo a la élite política tradicional no nace de un deseo genuino de transformar la sociedad en términos de equidad, sino del resentimiento profundo de no pertenecer a esa élite y del ardiente deseo de sustituirla en la cúspide del consumo y los privilegios. 

El «último hombre» y la demanda de orden en el votante de Kast

Si examinamos ahora la interpelación política de José Antonio Kast y del Partido Republicano, aparecen varios rasgos que pueden ser leídos mediante la figura nietzscheana del “último hombre”. No se trata de afirmar una identidad literal entre esa categoría filosófica y la totalidad de su electorado, sino de observar una disposición específica: la reducción del horizonte político a la búsqueda defensiva de comodidad, previsibilidad, orden y seguridad. 

El votante de la extrema derecha chilena encarna esta figura a la perfección. Ha reducido todo el horizonte de la vida política, moral y ciudadana a la simple administración defensiva del bienestar privado. Para este elector, la libertad ha sido brutalmente vaciada de su contenido histórico de autonomía, participación y autogobierno. La libertad, en su vocabulario existencial cotidiano, ha pasado a significar exclusivamente: comprar sin culpa, circular por las calles sin temor a la violencia o el delito, pagar menos impuestos, proteger la propiedad privada a toda costa y conservar intacto el orden establecido. 

El votante de Kast es, en esencia, un consumidor de estabilidad. No busca la emancipación colectiva; busca la tranquilidad privada. Y esta demanda de tranquilidad se vuelve políticamente peligrosa porque, frente al miedo agudo, este sujeto está dispuesto a transformar la seguridad ciudadana en un valor absoluto. La ironía trágica de esta posición es que el capitalismo contemporáneo que este mismo sector defiende a ultranza es estructuralmente inestable, funcionando mediante la innovación disruptiva, la flexibilidad laboral, el endeudamiento y el riesgo permanente. El sistema promete seguridad individual mientras necesita mantener a cada persona sometida a la presión despiadada del riesgo. 

Ante la imposibilidad de detener la incertidumbre económica y material, la extrema derecha le ofrece al último hombre un orden sustituto y compensatorio. Ofrece fronteras militarizadas, policías empoderadas, vigilancia generalizada, castigo punitivo implacable y una nostalgia reaccionaria por un pasado imaginario. Le promete regresar a una época dorada —que probablemente nunca existió en la forma idealizada que se presenta— donde la autoridad era incuestionable, donde existía el «respeto», las familias eran estables, la nación era homogénea y donde cada individuo, especialmente las minorías, los migrantes y los disidentes, conocía perfectamente su lugar subalterno. El último hombre prefiere entregar su autonomía a un líder de mano dura antes que soportar la carga, la responsabilidad y la incertidumbre inherentes a la libertad auténtica. 

Esta anatomía filosófica no flota en el vacío de la abstracción. La distribución territorial del voto en las elecciones presidenciales de 2025 —públicamente verificable en los resultados desagregados del Servel— ofrece un trasfondo empírico consistente con la hipótesis desarrollada en este ensayo. No se pretende deducir mecánicamente la psicología individual de cada elector a partir de una mesa o una comuna, sino observar cómo determinadas experiencias territoriales de trabajo, endeudamiento, inseguridad y abandono estatal encuentran formas distintas de articulación política.

El alto desempeño de Franco Parisi y del Partido de la Gente en las regiones del norte minero puede ser leído a la luz de territorios marcados por el trabajo por turnos, la integración mediante el crédito, la aspiración de movilidad rápida y la desconfianza hacia las élites políticas tradicionales. Allí, la promesa del sujeto-empresa, la independencia financiera y el rechazo a la intermediación partidaria encuentran una recepción especialmente significativa.

Por su parte, la consolidación del apoyo hacia José Antonio Kast y Republicanos en sectores del sur y en periferias suburbanas no requiere suponer un repentino adoctrinamiento conservador de las masas. Puede interpretarse también como la articulación política de experiencias de inseguridad, desprotección territorial, violencia y demanda de autoridad. Estos patrones no convierten automáticamente a cada elector en una encarnación del “último hombre”, pero muestran cómo la búsqueda de orden, previsibilidad y castigo puede transformarse en una oferta electoral poderosa cuando el Estado es percibido como incapaz de proteger y resolver.

La arquitectura del resentimiento y el escudo meritocrático

Tanto en el votante de Parisi como en el de Kast opera un motor psicológico y afectivo fundamental que Nietzsche diagnosticó como la enfermedad central de la civilización moderna: el resentimiento. Es crucial entender que el resentimiento no es un simple enojo, una envidia superficial o una frustración pasajera frente a una injusticia cotidiana. En la anatomía nietzscheana, el resentimiento surge cuando una persona o un grupo se siente completamente impotente para actuar directamente sobre las estructuras causales que le infligen dolor, y en un acto de supervivencia psicológica, transforma esa parálisis e impotencia material en una severa condena moral del otro. 

El ciudadano chileno de clase media o de sectores populares, el sujeto meritocrático que ha hecho todo lo que la sociedad de mercado le exigió —esforzarse en el colegio, trabajar de sol a sol, endeudarse para acceder a la educación superior, cumplir la ley— descubre al final del día que sigue siendo radicalmente vulnerable frente a una enfermedad catastrófica, la cesantía o una jubilación miserable. «Hice todo lo que me dijeron y sigo siendo vulnerable». Esta constatación dolorosa podría llevarlo a adquirir conciencia crítica y cuestionar el modelo económico, reconociendo que las reglas distribuyen los riesgos de manera asimétrica. Pero hacerlo significaría admitir que la meritocracia es una ficción estructural y que gran parte de sus sacrificios personales han estado anclados en una narrativa falsa. 

Esa revelación puede ser psicológicamente devastadora e insoportable. Es aquí donde intervienen con maestría las nuevas derechas, operando como un escudo protector para la identidad herida del trabajador. Kast y Parisi no destruyen la ilusión meritocrática; la protegen ferozmente. Le dicen al individuo: «Usted tenía toda la razón. Su esfuerzo personal es invaluable y lo define moralmente. El sistema de mercado es bueno, y funcionaría a la perfección entregando prosperidad si no fuera por aquellos que lo han corrompido, bloqueado o parasitado». 

En lugar de dirigir su frustración hacia las cúpulas del poder económico oligopólico o hacia la hipocresía de un Estado que utiliza recursos públicos para rescatar grandes empresas mientras asfixia burocráticamente al ciudadano común, el resentimiento populista produce una «hostilidad horizontal». La pregunta política deja de ser «¿Cómo podemos transformar estas estructuras desiguales?» y se corrompe en «¿Quién me está quitando lo que merezco?» o «¿Por qué ellos reciben ayudas del Estado y yo no?». 

La extrema derecha le ofrece entonces un catálogo de chivos expiatorios y enemigos visibles, fácilmente identificables y castigables: el inmigrante irregular que supuestamente satura los consultorios, el delincuente común, el feminismo radical, las minorías que exigen derechos, el activista medioambiental que detiene la inversión, el funcionario público que vive de los impuestos, o la élite globalista de Naciones Unidas. El líder populista actúa como un auténtico «empresario del resentimiento», convirtiendo la angustia privada de la precariedad en un enemigo público al que hay que aniquilar. El votante experimenta entonces un alivio y un placer oscuro: puede que su vida material no mejore sustantivamente con estas políticas, puede que siga igual de endeudado y explotado, pero experimenta la profunda satisfacción psicológica e identitaria de ver castigado, humillado y puesto en su lugar al enemigo que el líder le ha señalado. 

El abismo que devuelve la mirada y el rebaño algorítmico

Esta dinámica autoritaria y hostil nos lleva directamente a la advertencia fundamental del aforismo 146 de Más allá del bien y del mal: «Quien combate monstruos debe cuidarse de no transformarse también en monstruo. Y si miras durante mucho tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti». Las derechas radicales no se limitan a ofrecer soluciones a problemas coyunturales; su estrategia principal es organizar la experiencia social de sus votantes obligándolos a contemplar permanentemente una serie de abismos existenciales y sociales aterradores: la delincuencia desatada, la narcocultura, la invasión migratoria, la pérdida de la identidad nacional, la agenda progresista internacional o la supuesta inminencia de la ruina económica y comunista. 

Al invitar al ciudadano a observar, obsesiva y continuamente, estas amenazas, el abismo termina penetrando y reorganizando su propia subjetividad. El sujeto que contempla el delito día y noche en los matinales, en los titulares rojos y en sus pantallas, termina concibiendo toda forma de convivencia cívica y alteridad como una amenaza inminente. Cuando el abismo devuelve la mirada, la sociedad internaliza paulatinamente la lógica del monstruo que decía odiar: la crueldad policial pasa a llamarse «firmeza necesaria»; la discriminación xenófoba se disfraza de «sentido común»; el miedo paralizante se confunde con «patriotismo»; y la destrucción de la institucionalidad democrática se celebra como «renovación» pragmática. 

Este proceso de alienación y terror subjetivo es acelerado exponencialmente por la infraestructura digital del siglo XXI. Las redes sociales no inventan el malestar ni el resentimiento, pero lo capturan algorítmicamente, lo aceleran, lo encapsulan y lo monetizan. El hombre alienado, que está fatigado y huye de la incertidumbre de la libertad, encuentra refugio inmediato en lo que Nietzsche llamaría el «rebaño». En el ecosistema digital contemporáneo, el rebaño ofrece una protección emocional férrea, una identidad grupal inquebrantable y una moral puritana compartida. 

Ya sea en las transmisiones hiperactivas y monetizadas del PDG o en las trincheras digitales implacables de la derecha republicana, el individuo abandona voluntariamente la exigencia agotadora de pensar por sí mismo y se somete a la comodidad del rebaño. Este rebaño contemporáneo consume las mismas fuentes, repite exactamente las mismas consignas simplificadoras, recompensa la indignación perpetua, confunde la discrepancia argumentativa con la traición a la patria y castiga ferozmente cualquier asomo de duda interna. El sujeto cree genuinamente haberse rebelado contra el «sistema» de las élites progresistas, cuando en realidad, al renunciar a su juicio crítico, solo se ha integrado dócilmente a un nuevo y más eficiente sistema de obediencia. 

La prótesis de voluntad y la claudicación democrática

Llegamos así a la tesis interpretativa central de este fenómeno. ¿Qué es lo que realmente compra el votante de Kast y Parisi en el devaluado mercado de la política chilena? No apoya únicamente un programa técnico de gobierno ni una arquitectura institucional. Lo que el hombre moderno alienado busca es adquirir una «prótesis de soberanía». 

El sujeto moderno está despojado de poder real. No gobierna los algoritmos que secuestran la atención de sus hijos, no controla las decisiones de los fondos de inversión que especulan con sus pensiones, ni puede influir en las transformaciones tecnológicas que amenazan la vigencia de su conocimiento laboral. Está, en la práctica, neutralizado en su autonomía. Ante esta debilidad estructural profunda, la identificación con un líder autoritario, vociferante, agresivo o que se ufana de ser «políticamente incorrecto», funciona como una poderosa compensación psicológica y emocional. 

El líder «fuerte» le ofrece al individuo la sensación de poder que su monótona y frágil vida cotidiana le niega sistemáticamente. Cuando Kast propone desmantelar el Estado social, intervenir militarmente la Araucanía o establecer centros de reclusión severos; o cuando Parisi humilla a los intelectuales tradicionales y a los periodistas con una arrogancia de gerente intocable, el seguidor siente que alguien, por fin, está expresando a gritos la rabia que él ha tenido que tragar y reprimir durante años frente a su empleador, frente a los abusos del mercado o frente a la indiferencia de la burocracia estatal. 

El ciudadano, a través del voto por la extrema derecha, no recupera su autonomía material ni gobierna su vida. No obtiene más tiempo libre, ni reduce su aplastante nivel de endeudamiento. Sin embargo, se siente poderoso simplemente porque pertenece simbólicamente al bando del poder que aplasta. Logra contemplar al enemigo progresista, migrante o disidente derrotado, y experimenta esa derrota ajena y esa humillación como una victoria biográfica propia. Como bien resume la tragedia nietzscheana aplicada a la democracia contemporánea: el individuo moderno no supera en lo absoluto su alienación, simplemente se conforma con transformarla en su principal identidad política. 

Conclusión: Disputar el sentido sin despreciar la herida

Reconocer y comprender la profundidad filosófica, afectiva y material de este fenómeno es el único camino viable para la supervivencia del tejido democrático en Chile y en el mundo. La izquierda, el progresismo y las fuerzas liberal-democráticas han fracasado estrepitosamente cada vez que intentan responder a este inmenso malestar existencial apelando únicamente a estadísticas macroeconómicas, pedagogía elitista, corrección procedimental o esgrimiendo una irritante superioridad moral. Allí donde el líder autoritario ofrece sentido, narración, comunidad y pertenencia, el progresismo comete el error suicida de ofrecer burocracia y clases de moralidad. 

Calificar despectivamente al votante de Kast o Parisi como un mero ignorante, un «facho pobre» o un alienado irrecuperable es reproducir la peor forma de ceguera política. El populismo de derechas miente constantemente sobre las causas de los problemas y propone soluciones materialmente inviables o éticamente repudiables, pero posee una virtud implacable: acierta magistralmente en detectar la existencia de una herida y un malestar que son absolutamente reales. 

El verdadero desafío democrático no consiste en ridiculizar al elector, ni en destruir la dignidad del trabajador diciéndole que su esfuerzo individual es una mera ilusión sistémica o que vota en contra de sus propios intereses. El objetivo debe ser separar quirúrgicamente el inmenso valor ético de su esfuerzo personal, de la ficción engañosa y despiadada de la meritocracia neoliberal. Se trata de devolverle al sujeto un lenguaje colectivo para comprender su dolor, mostrándole que el problema no es que los más vulnerables tengan demasiados derechos, sino que la inmensa mayoría de los ciudadanos posee demasiado poco poder frente a las élites económicas que concentran los beneficios y socializan los riesgos. 

La verdadera alternativa frente al abismo populista es reconstruir una promesa radical de libertad. Pero no la libertad pasiva y empobrecida del último hombre, reducida a la capacidad de consumo hipervigilado, sino la libertad concebida como la experiencia material y concreta de recuperar el control efectivo sobre las fuerzas que organizan nuestro tiempo, nuestro trabajo y nuestra existencia comunitaria. Mientras las instituciones democráticas no sean capaces de ofrecer seguridad sin caer en el autoritarismo, y sentido de pertenencia sin la necesidad imperiosa de inventar enemigos internos para sacrificar, el hombre moderno alienado seguirá acercándose al precipicio. Y, trágicamente, el abismo continuará devolviéndole la mirada, devorando lentamente las bases de la convivencia civilizatoria. 

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