Este 14 de noviembre se cumple el primer aniversario de la marcha del gran periodista Enrique Gutiérrez Aicardi, conocido en su gremio como el Peineta.

No he querido dejar pasar esta fecha desapercibida porque él no lo merece, era un hombre bueno, generoso, íntegro, solidario, sumamente inteligente y muy trabajador.

Desde muy pequeño soñó con escribir, se le daba bien y quería ser periodista. Cuando tenía apenas 5 años se enfadó con su madre, cogió la máquina de escribir de su padre arrastrándola hacia la puerta y cuando ella le preguntó para qué quería la máquina él contestó con firmeza “me voy y me llevo la máquina de escribir para ganarme la vida”. Ya con tan corta edad lo tenía claro, él sería periodista y lo fue.

Trabajó en radio y con 21 años entró al diario Clarín, pasó por la sección policial, Deportes y acabó siendo el jefe de Redacción de Clarín donde demostró todo su potencial. Trabajaba en las mañanas en radio Corporación y por la tarde/noche en el diario hasta el 11 de septiembre de 1973 día en que le cambió la vida radicalmente al igual que a miles de chilenas y chilenos.

Ya en el exilio trabajó en el diario Pueblo en San José de Costa Rica hasta que sufrió un atentado político en el marco de la Operación Cóndor. Fue interceptado, le dispararon y una bala le entró por detrás de una oreja recorriendo el cerebro para salir por la boca arrancándole 2 muelas. Le dañó la laringe, las cuerdas vocales y estuvo 6 meses sin poder hablar. A raíz del atentado el gobierno costarricense le pidió que abandonara el país porque no podían ofrecerle protección ni para él ni para su familia, mi madre, y mis hermanas. Así fue como llegamos a México donde trabajó en El Sol de México, la Revista de Excelsior, Uno Más Uno y finalmente en La Jornada, periódico del que era socio fundador y del que fue jefe de Internacionales. La realidad es que el director Carlos Payán le ofreció el puesto de jefe de Redacción al que se negó ya que consideraba que ese puesto debía ocuparlo un mexicano y no un extranjero como él. Así era de íntegro mi padre. Tuvo una carrera brillante en La Jornada y fue ampliamente reconocido en México. Incluso dio clases en una escuela de periodismo y fue muy querido por sus alumnos.

Por razones familiares mi madre volvió a Chile con sus 3 nietas hijas de mi hermana mayor que vivía en el norte de México, mi hermana menor vivía en España y yo, que ya había empezado a trabajar me quedé con él durante un año y medio. Él estaba trabajando en la desaparecida agencia UPI, quería volver a Chile aceptó ir a Venezuela a formar la agencia UPI en Caracas. Posteriormente llegó a Santiago como director de UPI en donde trabajó varios años y también dio clases.

Los colegas de mi padre, muchos de ellos con los que había coincidido en México, no se portaron bien con mi padre. En Chile hubo mucha ingratitud para con él y es una espina que tengo muy clavada porque no lo merecía. Incluso le fue negado el Premio Nacional de Periodismo en 2017 por un jurado de la Universidad Católica en Valparaíso. Era obvio que no se lo iban a dar por su ideología socialista.

Mi padre tuvo una vida llena de sinsabores, perdió a su padre cuando solo tenía 12 años, posteriormente a un primo que adoraba, en México a su primer nieto con 20 meses algo que jamás pudo superar y ya estando en Santiago muere su madre, mi nonna en 2007 y mi hermana Mónica fallece en Cancún en 2009.

En Chile no se le reconoció su valía y murió la madrugada del sábado 14 de noviembre tras 3 meses de idas y venidas a la clínica por cetoacidosis diabética, enfermedad que le fue diagnosticada cuando tenía 47 años en México. Había cumplido 81 años tres meses antes de marchar, 81 años que ya no pudo vivir. Seis meses después, el sábado 22 de mayo de este año, mi madre que no podía asumir su ausencia, marchó a su encuentro.