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Kast, cumple… sorprendió con el nuevo gabinete

Foto: @joseantoniokast (X)

 

El estallido social sigue resonando en la sociedad chilena como evidencia de que el “modelo” estaba —y sigue estando— fallando. Consumidoras/es y ciudadanas/os constataron, con creciente indignación, que no se encontraban suficientemente protegidos, lo que en numerosas ocasiones derivó en asfixia tanto material como emocional. Sin embargo, nos guste o no, dicho modelo se sustenta en el consumo y en un individualismo de carácter materialista asumidos consciente o inconscientemente. Cuando ese entramado falla, ya sea a nivel personal o colectivo, el único actor prepoderante e institucional con capacidad real de auxilio es el Estado.

En estos días de tristeza nacional, marcados por los incendios del sur (antes los de Valparaiso), la disputa pública se ha desplazado hacia el rol del Estado y, particularmente, hacia los tiempos de respuesta frente a las personas y familias afectadas. Los medios de comunicación han sido un espacio privilegiado de esa controversia.

En este contexto, resulta pertinente releer la columna de opinión “La ola restauradora que se nos viene”, de Pablo Zúñiga (diciembre de 2020). En un momento histórico marcado por la efervescencia posterior al estallido social, el inicio de la pandemia y la antesala del proceso constitucional, dicha columna proyectaba un escenario que hoy parece encontrarse en pleno despliegue.

Este ejercicio de relectura permite abrir un análisis sobre la contingencia política actual y sobre el presidente electo, José Antonio Kast. Su llegada al poder puede entenderse como el primer paso de una restauración conservadora —a su propio estilo— demandada por sectores del conservadurismo nacional contemporáneo. Ello se expresa en la configuración de un gabinete que, desde diversas perspectivas, resulta inverosimil.

Las caracterizaciones provenientes del espacio público han sido múltiples y, en algunos casos, coincidentes: un gabinete “sin experiencia”, con “excesiva presencia de independientes”, que “no se condice con un escenario de emergencia”, que responde a un “cálculo político” al excluir a sectores libertarios, que constituye una “provocación” al consenso en torno a los derechos humanos construido en Chile, o bien que refleja, con matices nacionales, un “efecto espejo” de lo ocurrido en Argentina. Las interpretaciones son numerosas y el lector podrá identificar otras tantas.

Lo cierto es que Kast no ha demostrado mayor pudor político al proyectar lo que considera justo y necesario para la restauración conservadora en un contexto de deterioro y emergencia, actuando en coherencia con sus convicciones ideológicas y misionales.

Cuenta, por ahora, con algunos respaldos relevantes: un apoyo ciudadano que, aunque volátil, le otorga un margen inicial de espera; una correlación de fuerzas favorable en el Congreso, considerando la fragmentación de la futura oposición; y el respaldo de las élites conservadoras nacionales, expresado en recursos, apoyos estratégicos y una importante cobertura mediática. A ello se suma un imaginario ciudadano que ha instalado al gobierno saliente como un verdadero “agujero negro” capaz de explicar todos los males del país, al menos durante el primer año. Aunque falaz, esta narrativa le resultará funcional en el corto plazo.

Kast es consciente de que las dificultades de la oposición —en el Congreso, en los partidos y en la ciudadanía organizada o no (llamada “geografía de la multitud”, que integra ambas)— terminarían expresándose con fuerza frente a un gobierno que se presenta como restaurador del orden. Sin embargo, también sabe que esas oposiciones deberán rearticularse tras una seguidilla de derrotas electorales, presidenciales y congresales, sufridas en 2025. Ese proceso de recomposición, atravesado por recriminaciones internas, facilitará su avance político en el corto plazo.

Lo relevante es que Kast avanza y no vacilará. Su trayectoria lo explica. Por un lado, se trata de una trayectoria misional, marcada por la convicción de cumplir una tarea trascendente sin importar los costos: desde el apoyo irrestricto al “Sí”, su paso por la UDI con tensiones respecto a la gubernamentalización del partido frente a la herencia moral de Jaime Guzmán, hasta su renuncia para fundar el Partido Republicano. A ello se suman episodios de confrontación y violencia simbólica —como los vividos en el norte del país en contextos estudiantiles y los mediáticos— que han contribuido a forjar una imagen épica y mesiánica. Todo ello opera como un dispositivo simbólico que habilita la misión restauradora conservadora que sus adherentes consideran necesaria para Chile.

Como ocurre con muchas figuras políticas sin experiencia previa en el aparato estatal, Kast seguirá sorprendiendo. Su mesianismo encontrará pruebas decisivas; tendrá su Temucuicui y su propio Transantiago. Su trayectoria, sin embargo, revela una combinación de convicción misional y pragmatismo estratégico, particularmente en el plano cultural (va por la disputa cultural, más allá de su pragmatismo).

Si no cumple sus promesas, enfrentará una respuesta social expresada en movilizaciones y protestas, con una “geografía de la multitud” que reaccionará frente a sus incumplimientos. Un equipo ministerial carente de experiencia territorial y de “calle” podría agudizar este escenario, generando una dinámica de contención basada en el temor a un nuevo estallido social, la reactivación del imaginario octubrista o la amenaza de una supuesta asonada comunista.

Los desafíos, sin embargo, no recaen únicamente en el gobierno. Las futuras oposiciones deberán ordenar, de manera gradual, sus horizontes estratégicos y sus proyectos políticos, articulándolos en demandas territorializadas y socialmente significativas. Su capacidad de movilización estará estrechamente vinculada a su representación y desempeño en el Congreso, Gobiernos regionales, locales y expresiones intermedias (partidos políticos entre ellos).

El Estado, como organización, a partir de lo anterior, pudiese experimentar un cambio profundo: uno de carácter misional, orientado a la restauración del orden, y otro de carácter práctico, funcional a los objetivos de Kast. Esta combinación, presentada como una cápsula de sentido infinito, podría sorprender, aunque en rigor carecería de todo brillo.

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