Hace unos días, en un noticiero de televisión, una señora reclamaba que en la pandemia “habían pagado justos por pecadores”. De eso, a seis meses de la llegada del COVID 19, nadie lo discute. Funcionarias y funcionarios de la salud, recolectores de basura, empaquetadores de supermercado, actores, actrices, músicos y pequeños comerciantes, pueden, entre otros, dar cuenta de ellos.

Lo único claro es que no hay pecadores.

Al centrarse en el caso de la educación, se observa que la situación ha sido, particularmente grave. Se ha debido implantar un sistema de clases a distancia para lo que no estaba preparado ninguno(a) de los miembros de las comunidades educativa. (ministerio, padres, madres profesoras(es) y educandos).

Los profesores han debido recurrir a todo tipo de recursos para llegar a sus estudiantes, llegando incluso, en las escuelas rurales, a viajar a lomo de caballo, carretas y bicicletas para entregar los materiales de estudios. Lo anterior no es un cuento del criollismo literario, sino una realidad que han mostrado algunos reportajes de televisión.

No pocos profesionales de la educación han debido compartir su pequeño comedor o dormitorio en oficina escolar y se han tenido que endeudar para comprar un nuevo computador. En muchos casos el docente es padre o madre de familia y la computadora está siendo ocupada por sus hijos e hijas.  Además, ha debido mejorar su carga de Internet, pues la que tenía no daba abasto para llegar a las casas de sus alumnos. El horario de trabajo de gran parte del magisterio se ha extendido cerca de un 100% elaborando materiales, respondiendo a estudiantes padres y apoderados a toda hora e informando al establecimiento sobre el avance de los estudiantes.

Una vez más se ha cumplido la máxima que dice que uno comienza trabajando en la casa y termina durmiendo en el trabajo.

La situación de miles de profesoras y profesores afecta su vida familiar.  Muchos viven con sus padres, adultos mayores, que están estresados y no se atreven a decir lo que les pasa y deben lamentarse en privado. Eso sin contar con el permanente temor que genera la posibilidad de infectarse con el virus. Trabajar toda una vida para llegar a esto, parece otra de las injusticias que les ha tocado vivir.

Los hijos de estos maestros, por su parte, han perdido el derecho a la entretención. Recordemos que muchos debieron quedarse, durante meses, encerrados en sus casas. Debieron jugar en un dormitorio, el pasillo del edificio o en un pequeño patio.

El Ministerio de Educación, en la mayoría de los casos, ha hecho la vista gorda y no ha entregado facilidades y/o propuesto un programa para alivianar el trabajo del y la docente. Sólo algunos colegios particulares pagados, donde estudia el 10% con más ingresos, han ayudado a sus maestros a suplir los gastos que ocasionan este tipo de educación a distancia.

Dentro de este dramático escenario, cabe destacar la situación de los profesores de educación diferencial que, por las características de su trabajo, se han visto presionados y amenazados en sus fuentes laborales y han sufrido la disminución de los recursos entregados por el Ministerio. Junto con lo anterior se ha observado el aprovechamiento de los municipios que, al reducir la malla curricular, dejará profesores excedentes que remplazarían a esos especialistas.

Los niños y niñas con necesidades educativas especiales han sufrido, particularmente, las restricciones generadas por la pandemia. Estos requieren atención personalizada y una preocupación permanente por las profesionales de la educación.  El Ministerio debe avanzar en proporcionar a los padres, madres y cuidadores(as) proyectos que les permitan enfrentar la particularidad de sus hijos(as) y reforzar su trabajo.

La situación es muy grave. Sin embargo, el  Ministerio de Educación soluciona el problema de la peor manera e informa la eliminación de diversos programas complementarios del sistema educacional en el presupuesto del próximo año. Sólo queda pedir al Congreso Nacional que rectifique esta inconcebible “política pública” y mejore el presupuesto de educación, en especial los programas para los niños de la educación diferencial y proporcione mayores facilidades a las y los profesionales de la educación para su mejor desempeño.