Psicólogo.
Escribo desde el dolor y la perplejidad, sin comprender como nuestro país no ha podido aún generar procesos de relación armónica con sus pueblos originarios. La torre de convenios y tratados firmados por nuestro país al respecto, que quisimos creer que determinarían el actuar del Estado, hoy se desmorona ante nosotros, incapaz de sostenerse ante la evidencia.
Todavía estremecidos por las muertes de niños y jóvenes en SENAME, y con la memoria de Matías Catrileo viva, abatidos ante una nueva exposición de la más profunda grieta de nuestra tierra, vemos como otro joven Mapuche muere en manos de un Estado transparente y orgulloso de su decisión de reforzar la vía armada como estrategia ante el conflicto. Ya no se trata solo del recurrente desconocimiento e irrespeto de los gobiernos y dictaduras, en relación a los Derechos de los Pueblos de establecer legítimamente el camino por una autonomía política, social y cultural; la lógica de los comandos y del estado, ha mostrado sus efectos directos en menos de un año, así de contundente.
Escribo esto a modo de testimonio, el de un psicólogo no indígena que ha aprendido, a través de los años y de las oportunidades que los Pueblos Originarios entregan a quien los respeta, a generar relaciones inter-étnicas, de reconocimiento mutuo y de la relevancia de regenerar sistemas de creencias más inclusivos. Desde aquí decido que este dolor no lo dejaré pasar, que esta impotencia se transforme en reacción. Antes que congelarse en la perplejidad, es un imperativo el despertar del letargo y levantar acciones, creyendo y luchando para que podamos reconocernos abiertamente, agradecidos de cada uno de los sistemas culturales, con sus diferentes formas de ser, habitar y convivir, por fortalecer la diversidad de nuestra identidad.
Desde la mirada de la salud mental se reconoce la intrínseca relación existente entre el sujeto y su relación con el todo, el que, a su vez, se relaciona estrechamente con la construcción de su identidad, donde se entretejen los vínculos familiares, comunitarios y espirituales, los tres enlazados estrechamente. Al vulnerar lugares y ritos sagrados, por ejemplo, atropellamos con ello procesos comunitarios y familiares profundos. De modo similar, las intervenciones violentas y prepotentes, como la militarización de la policía, con el consiguiente desequilibrio y provocación que genera, no hace otra cosa que incitar al odio y la desconfianza, poderoso diluyente para un vínculo críticamente deteriorado. La posibilidad de reconocernos como comunidad se hace más lejana, afectando inevitablemente la salud de nuestra población.
¿Cómo regenerar nuestros vínculos?, ¿Cómo reconstruir, desde los más íntimo, nuestras relaciones con el Otro, este Otro vulnerado, este Otro que denostamos sólo por nuestra propia incapacidad de respetar y entender? ¿Cómo retomar el camino que nos conduce a situarnos en una posición competente en términos culturales? ¿Cómo darle el verdadero valor a la pluriculturalidad en la identidad de un país?
En los sistemas culturales indígenas las redes sociales conllevan un componente esencial, que articula e integra las motivaciones de involucramiento de las personas y de la comunidad en el mismo territorio. Conforme los habitantes de un territorio viven en su comunidad, relevando su espiritualidad y cultura, se acercan a un estado de salud armónico. Reconociendo y respetando esta matriz sociocultural y política, traducidos en su cosmovisión, los sujetos que constituimos comunidades pluriculturales, como los equipos de salud, avanzamos a establecer formas efectivas y respetuosas de comunicación con el mundo indígena. Por cierto, desde esa posición paradigmática las comunidades indígenas se abren a la posibilidad de reforzar un dialogo intercultural, que incluye, y debe hacerlo, la opresión y exclusión social de la que han sido objeto por años. Estas redes sociales se manifiestan inseparables de la realidad del territorio, sobre todo de sus prácticas culturales originarias, custodiadas sigilosamente por los más ancianos de la comunidad, siendo éstos, los interlocutores para convenir formas de cooperación y colaboración en cualquier materia. Mas gravitante se torna entonces la muerte de Camilo, nieto del Lonko, una afrenta directa no solo al corazón de su comunidad, a lo que son, sino también a lo que somos. Esa sabiduría y esa visión no es solo Mapuche, es nuestra, así como Camilo, es nuestro duelo.
Es necesario y cada vez más oportuno el reconocimiento de los pueblos originarios, con las riquezas propias de su cultura, con la clara necesidad de remover y alimentar el infértil terreno que hemos construido, propendiendo a una relación inter-étnica fraterna, sabiduría compartida y, por sobre todo, de relaciones donde el umbral mínimo sea el respeto por los sistemas culturales y la identidad de cada una de las comunidades que construimos este país.