“Mientras escribo miro vivir a las mujeres. Las veo usufructuar de ciertas conquistas sociales no siempre en la forma concebida. […] Creo […] en el beneficio de saber cuánto costó ganar lo que hoy nos favorece y quizás garabateando estas líneas pueda ser que un día una mujer cualquiera se detenga a reflexionar con simpatía en el esfuerzo de una cuantas exaltadas de otros tiempos por hacerles la vida menos dura. […] formamos parte de una historia social en la que nos cupo desempeñar un papel en el reparto y creemos que es conveniente conocer lo que nos ocurrió por el camino”. (Marta Vergara, 1963)

La reflexión crítica de la escritora y corresponsal Marta Vergara, quien junto a Olga Poblete y Elena Caffarena, participó en la creación del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer, MEMCh (1935) fue realizada cuando las mujeres en Chile ya gozaban del derecho a voto, pero denota el desasosiego de ver avances tímidos y alejados de sus luchas.

La Ley Nº 9.292, que establece el sufragio femenino irrestricto, para elecciones parlamentarias y presidenciales se promulgó el 8 de enero de 1949 y se publicó en el Diario Oficial de Chile el 14 de enero de 1949.

Algunos años antes, en 1934, la Ley N°5357 consignó la participación de las mujeres en las elecciones municipales del año 1935. Allí se inscribieron poco más de 75 mil de las 850.000 potenciales electoras. Se presentaron 98 candidatas que, finalmente, ocuparon el 2% de los cargos.

Ha transcurrido más de medio siglo de luchas contra la desigualdad, la explotación y la injusticia. Votamos, es cierto. Estudiamos, también es cierto. Producimos, emprendemos, hacemos política y llegamos a la Presidencia, el más alto cargo del país.

Si damos una mirada a los hitos y leyes que han visibilizado las injusticias contra las mujeres de la patria, resulta interesante observar que la impronta valiente de millones de ellas, por más de un siglo, sigue incandescente. Las “exaltadas” de ayer parecen compartir con las de hoy, asperezas, desilusiones y brechas que disminuyen con demasiada lentitud y no logran cristalizar en bienestar.

Seguimos estancadas en cifras y leyes dictadas por una minoría poderosa.

Aunque en Chile parece ser un fenómeno transversal, las mujeres que votamos representamos apenas el 20% de quienes están habilitadas para votar, según datos públicos del Servicio Electoral.

La Subcomisión de Género del Instituto Nacional de Estadísticas plantea que por cada 100 Hombres titulados en carreras profesionales por área de tecnología, solamente contamos 32,4 Mujeres.

Y si la Tasa de ocupación femenina asciende al 43,9%, las mujeres tienen empleos de menor calidad, en promedio, al medir los horarios de trabajo y la formalidad de la condición laboral, afectando negativamente los ingresos. (Estudio OCDE sobre la Igualdad de Género en la Alianza del Pacífico, 2016)

De hecho, más de la mitad de las microemprendedoras en Chile gana al mes solo el equivalente a un salario mínimo o menos. Y sobre la carga de trabajo no remunerado (en casa, supongamos) las chilenas trabajan 3 horas diarias más que los hombres.

Participación, crisis y brecha

Las expectativas de cambiar el mundo y revolucionarlo en las urnas no parece haber rendido los frutos esperados y en realidad, hablar de lucha feminista excede con mucho las luchas por acceder a espacios públicos y políticos.

Mujeres votantes en Elecciones Municipales de 1945

La lucha por el sufragismo de principios del siglo XX parece haber entrado en crisis con los intereses partidistas, coincidentemente con lo señalado por la Doctora en Historia Social y Políticas Contemporáneas, Karen Alfaro Monsalve, prodecana de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile, que considera como momento fundamental para la conquista del sufragio femenino el proceso previo al sufragio propiamente tal, que conformaba un Programa mucho más amplio, transversal y convocante al conjunto de las mujeres de diversas clases, de debate en torno a salud reproductiva, educación y asuntos laborales, levantado al alero del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer (MEMCh) donde, según señala, “el voto era una cuestión más bien instrumental para la implementación de un Programa de derecho de las mujeres y feminista que involucraba otros ámbitos, como acceso al trabajo, resolver los problemas de conciliación entre hogar y trabajo, la participación en educación era una lucha y reivindicación importante de las mujeres”.

De hecho, estudios y crónicas destacan la relevancia del Decreto Amunategui del año 1877, que permitió el acceso de las mujeres para realizar estudios universitarios, como central en la lucha por sus derechos civiles y políticos.

A juicio de la doctora Karen Alfaro, “lo que ocurre es que, precisamente, la clase política al institucionalizar las reivindicaciones del movimiento feminista, reduce al voto femenino todas las demandas del movimiento de mujeres y feministas y por lo tanto, la obtención del voto es también un mecanismo de institucionalización de la política de las mujeres y con eso lo que se vive es un momento donde la politica formal, va a determinar distinciones de clase respecto no solamente a la concepción de la política sino a las cuestiones ideológicas y de defensa de intereses de clase”.

Contrariamente al germen de una lucha colectiva, entonces, “la conquista del voto significó esta división y atomización de los movimientos de mujeres y organizaciones y la cooptación por parte de los partidos políticos, que fortalecieron sus ligas femeninas” y que según narra la historiadora, esa amalgama aglutinante de diversas organizaciones de mujeres que conquistaron el sufragio, dieron paso a una serie de conflictos de clase, porque hay intereses distintos y que conocemos, posteriormente, al alero de las reflexiones de la socióloga Julieta Kirkwood, como “silencio feminista” a partir de dicha fragmentación.

Consultada, entonces, por la baja participación política de las mujeres, Karen Alfaro, considera que efectivamente “hay una baja participación de las mujeres de sectores populares, porque hay desconfianza en la política institucional y no se ven representadas por los intereses de la élite.”

Un ejemplo de esto, según la doctora Alfaro, es la elección donde triunfó Carlos Ibañez del Campo, donde las mujeres que conformaban el 32% aproximadamente del electorado y que se declaraban no partidistas, lograron movilizar líderes con historia feminista para arrastrar votos para Ibáñez. El Ibañismo, de hecho, tuvo un rol importante en el Partido Feminista de Chile (1946) de corte populista, desde donde se incorporan las mujeres de la élite a la política formal y a la defensa político-ideológica de valores conservadores.

El contexto social y político de la época, a juicio de Karen Alfaro, fue modelando la representación de la mujer y en plena Guerra Fría “contribuyó a cierto proceso de institucionalización de lo femenino como un momento de modernización del Estado que otorgaba a las mujeres un rol determinado dentro de la política, surgen desde Estados Unidos influencias que fomentaban la figura del ángel del hogar, la madre esposa.”

Ganado el voto, efectivamente se produce una contradicción porque el contexto no es democrático, pues hay un proceso de pérdida de garantías como la proscripción o prohibición del Partido Comunista a través de la Ley maldita de 1948 (Ley de Defensa Permanente de la Democracia) que en ese momento, implicaba declarar la ilegalidad de fuerzas democráticas históricas que significaba toda la fuerza social y política del mundo obrero y sindical.

Por eso es importante contextualizar el supuesto voto conservador de las mujeres, porque a juicio de la dra. Alfaro, “no se puede entender el actuar de las mujeres en las elecciones, una vez obtenido el voto, sino es en un contexto más amplio, de la extensión del anticomunismo y de la localización de las mujeres en esa política de expansión del anticomunismo”, concluye.

Si para los movimientos de mujeres, la obtención del voto no era un techo, claramente fue transformado en uno que ha albergado importantes avances y sueños, pero que a la luz de las cifras que lo resquebrajan, habrá que seguir haciendo reparaciones.

Probablemente haber saltado de las discusiones sobre castidad, matrimonio y maternidad a los de desigualdad, explotación e injusticia, no resulten ser tan alentadores después de 2 siglos; no obstante, estamos ad portas de cumplir la aplicación de la paridad, por primera vez en la historia de un órgano constitucional en el mundo, como advirtió hace unos meses, la Representante Residente Asistente PNUD, Marcela Ríos. Organismo que ha hecho una campaña promoviendo la participación de las mujeres sobre todo de sectores populares que votan muchísimo menos que los sectores acomodados que, a pesar de ser minoría, terminan señalando y decidiendo los debates políticos del país.

Solamente basta recordar que uno de los Estados con mayor influencia moral en el mundo occidental y en especial en nuestras fuerzas políticas, corresponde a la Ciudad del Vaticano que, en pleno 2021, es el único Estado del mundo en donde las mujeres no pueden votar ni menos acceder a cargos de deliberación política.