La equivocación grave, con consecuencias fatales para miles de chilenos, que cometió el ex ministro de Salud Jaime Mañalich en su conducción del combate a la pandemia fue dedicarse preferentemente a que no colapsara la atención hospitalaria a los contagiados y no a que los contagiados no se multiplicaran en forma exponencial, como está pasando en la actualidad.

Mucha energía, astucia y dinero en comprar ventiladores, conseguir unir a hospitales públicos y clínicas privadas, armar camas UCI en lugares improbables, y poca dedicación a hincarle el diente al aislamiento de los chilenos, al confinamiento total del país, o al menos, de la Región Metropolitana, como hizo Wuhan, la ciudad china donde nació el Covid-19, que tiene 4 millones de habitantes más que Santiago.

Como en todo el mundo, las autoridades en Salud han dado tumbos frente a un enemigo poderoso, desconocido y engañoso como es el Covid- 19, que no mata tanto como separa e inmoviliza (que es lo mismo que estar muerto). Lo que no es reprochable. Pero sí, que se desconozca la realidad en la que se vive y sobre la cual se actúa para tomar una ruta. A Mañalich, demasiado sincero, un día se le escapó confesar que no tenía idea del grado de hacinamiento y pobreza en que vive una gran parte de los chilenos, realidad que la pandemia ha dejado al descubierto. Como toda la dirigencia política de derecha que hoy nos gobierna no más.

De ahí parte -además del egoísmo y la codicia propia de este sector del país- que el gobierno de Sebastián Piñera sea mezquino en soltar la billetera fiscal y entregarle a la gente los ingresos que les permitieran quedarse en casa y aislarse. O imponer un impuesto a los más ricos, como se viene clamando desde hace mucho. Un método mucho más rápido de resolver su principal problema, el hambre, que repartiendo millones de cajas de alimentos, que aún no llegan a todos los que la necesitan.

Cuida la macroeconomía

Pero no… había que cuidar las grandes cifras, la macroecononía, para que el FMI y el Banco Mundial nos sigan aplaudiendo. Que no subiera demasiado el déficit fiscal que toda catástrofe exige como peaje.

Y aunque esos cientos de miles de chilenos que salen a la calle todos los días, contra virus, cárcel y multas, hubieran tenido ese dinero para comprar alimentos… ¿en qué casa podían quedarse y aislarse? Si en un departamento o casa pequeña, de menos de 60 m2 viven hasta 3 familias? … ¿Si entre los inmigrantes vive la misma cantidad de personas en una sola habitación con un solo baño, arrendada a precio vergozoso en un edificio en pésimas condiciones?

Ya era tarde para solucionar el grave problema de la vivienda en un país donde últimamente se han construido muchos edificios en el barrio alto, hoy vacíos, con oficinas para vender y arrendar…. Y no las viviendas sociales que la gente necesitaba y necesita, como ha quedado en evidencia hoy.

No es un problema que se le pueda achacar al ministro de la Vivienda sorprendido en la crisis sanitaria, sino que viene de mucho más atrás, de los que se adaptaron demasiado al modelo económico neoliberal. Pero no deja de ser irónico que Cristián Monckeberg, el Ministro de la Vivienda que teníamos hasta hace unos meses, hoy esté a cargo de Desarrollo Social…

Sí, el ministro Mañalich hizo lo mejor que pudo, y dudarlo sería mala leche. Incluso arriesgando su vida (con un pulmón menos, me pareció escucharle en la entrevista con Warnken), pero no salió entre aplausos como al comienzo se avizoraba, sino entre pifias y funas, porque la pandemia se le escapó de las manos. Después de más de tres meses de aparecido el primer caso, en marzo, todavía no llegamos al peak de contagios que pensábamos alcanzaríamos en la primera quincena de junio. La lucha continúa en otras manos, las del nuevo ministro de Salud Enrique Paris.

No hay mucho optimismo. Auguran los que saben, que no habrá mayores cambios. Que tendremos que seguir en la triste competencia por los primeros lugares de América Latina y del mundo en contagios y en muertes. Que el cambio de estrategia que se esperaba no será tal, porque de otro modo, el nuevo ministro habría cambiado al menos a su equipo de subsecretarios.

Lo menos que se espera de él – y suspendiendo cualquier sospecha ética de otra índole levantada en su horizonte – es que se aboque principalmente a que los confinamientos sean reales, y de seguir la trazabilidad para detectar contagiados sintomáticos y asintomáticos (¿se ha visto peste más maligna que esta?), dos pistas esenciales, según los entendidos para frenar esta danza macabra de la curva en ascenso.

Pero ¿conseguirá doblegar la porfía de la gente que sale todos los días a buscar algo para echarle a la olla o porque -pese a todo- el aire afuera es más limpio que dentro de su covacha? ¿Conseguirá que la gente confinada pueda comer al menos una vez al día? Para esto, habría que recurrir no solo a la billetera fiscal, sino de una vez por todas, al bolsillo del 1 % más rico de los chilenos.

Y para esto, el ministro Paris tendría que tener los másgrandes aliados estratégicos: los grupos económicos, la bancada de Chile Vamos en el Parlamento, el Ministro de Hacienda, y por supuesto, el Presidente.

¿Será mucho pedir en medio de este Apocalipsis?