
ex concejal y ex director laboral Banco del Estado.
Este texto, el primero de dos partes, explora la construcción del Estado de bienestar socialdemócrata. Aunque la garantía universal de derechos sociales ha sido un rasgo arraigado en el modelo socialdemócrata —también ha estado presente, con distintas características, en otros países capitalistas, y de manera más limitada, en América Latina. Sin embargo, es la experiencia socialdemócrata la que alcanzó mayores niveles de igualdad, movilidad social y calidad de vida.
¿Qué hicieron entonces las sociedades Socialdemócratas para haber construido sociedades más igualitarias dentro de las fronteras del capitalismo? ¿Por cuales razones se debilitaron casi al punto de desaparecer?
Y en la realidad material y tecnológica de hoy, ¿cómo construir una sociedad más justa en una época en que la riqueza crece al mismo ritmo que las desigualdades, y donde la Inteligencia Artificial promete transformar el trabajo, la economía y la vida cotidiana?
La cuestión previa
Antes de comenzar, conviene despejar un cuento respecto a los modelos de sociedad con base en ideas socialdemócratas. Se trata de un cuento sostenido por algunos economistas en relación a que los Estados de Bienestar fueron posible debido a que primero alcanzaron altos niveles de crecimiento económico, lo que obviamente consiguieron.
Lo distintivo del modelo en cuanto al desarrollo alcanzado por estas sociedades en materia económica, en ciencia y tecnología, en creación de nuevo conocimiento, integración y paz social, fueron posible a consecuencia del modelo de sociedad y no al revés, desmintiendo la fijación economicista y tecnocrática que los hace ver la realidad como un universal chorreo.
Pero la distorsión tecnocrática de la realidad social ha buscado anular mucho más que una visión específica respecto al modo de conseguir más igualdad, dignidad y desarrollo, temas que han movilizado a las izquierdas en el mundo entero. Junto a ello, ha tenido también la intención de negarle validez a cualquier otra idea progresista y a cualquier hecho histórico que desmienta la idea totalitaria de que existe un solo modo de vida, una sola forma de producir bienestar y riqueza más allá del capitalismo.
Es el caso de la influencia y peso político que tuvo en las sociedades europeas la Revolución rusa, al desarrollar industria pesada, alcanzar derechos sociales y económicos, vencer el analfabetismo heredado del régimen feudal zarista y no menos importante, derrotar al nazismo. Vistos de conjunto, esos hechos ejercieron presión en las elites de ese continente para abrirse a negociar pactos sociales y disminuir con ello la influencia de ese proceso en las clases trabajadoras de todo el orbe.
Reconocimiento que no invalida, en absoluto, la justificada crítica socialista al modelo soviético en cuanto a sus graves faltas en materia de libertades civiles y políticas, a su carencia de pluralismo político, su burocratización y a su estatismo convertido en dogma, que finalmente generaron las condiciones para su colapso y el de los países de su órbita.
Contexto
Con variaciones entre la época de oro de los estados del bienestar, desde la posguerra hasta la irrupción de la forma neoliberal del capitalismo, a principios de 1980, reforzado en esa misma década por el consenso de Washington, han existido y subsistido distintas manifestaciones y énfasis de ese modo de organizar a la sociedad.
No es aquella una visión exclusivamente de la izquierda socialdemócrata. Si bien varios países capitalistas luego de hondos conflictos sociales y políticos, crisis económicas y guerras, se vieron forzados a concederle al Estado la función de participar de la economía y regular el rol del mercado como único ente asignador de recursos, intentos por controlar las manifestaciones más salvajes del capitalismo han existido a lo largo de su existencia.
Destacan en estos últimos 100 años, las propuestas de Keynes en EEUU tras la depresión de 1929, o las contenidas en el “Informe Beveridge» de 1942, comisionado por el gobierno inglés de la época, para elaborar políticas públicas y combatir de ese modo la pobreza, enfermedades, miseria y desempleo dejados por las guerras mundiales. Sin embargo, a pesar de lo progresista de dichas propuestas, ni la más avanzada de entre ellas, consiguió superar en materia de igualdad, la extensión y profundidad que alcanzaron las sociedades socialdemócratas, particularmente las del norte europeo.
Claves y límites del modelo Socialdemócrata
El apogeo del modelo lo alcanzan las sociedades socialdemócratas entre 1950-1980. Es en ese periodo cuando se comienza a dar forma a una serie de instituciones relativas a salud, educación, pensiones, vivienda, que, entre otras, conformaron un extendido sistema de seguridad social, reorientaron la función del Estado en la sociedad y la economía, estimularon la creación de sindicatos y abrieron canales de participación de trabajadores en la conducción de las empresas ,instalando el conocido término de la cogestión que irrita al gran empresariado y las derechas de nuestro país.
Sin que sean, como se apuntó, en todos los casos igual, porque se han nutrido de diversas influencias filosóficas, teóricas, ideologicas y políticas y no pocos hechos trágicos, los estados de bienestar o fragmentos de él se han caracterizado por su universalismo, al garantizar derechos sociales tales como salud, educación vivienda y pensiones, dando paso a la construcción de una sociedad más solidaria.
El modo efectivo de consagrar derechos universales, lo consiguieron esas sociedades dejando fuera de la lógica del lucro los bienes públicos básicos y esenciales para la vida. Ese rol, indelegable, le fue asignado al Estado mediante un fuerte énfasis en igualdad y justicia social, financiamiento de bienes públicos a través de impuestos y participación activa del Estado en la creación de industrias estratégicas que le dieran sostén material al modelo, todo ello en las fronteras del capitalismo.
Otro rasgo distintivo del modelo Socialdemócrata, es el diálogo institucionalizado entre sindicatos, empresarios y gobierno de modo de propender a asegurar consenso en las políticas económicas. Otra de esas características, ha sido el de la representación de trabajadores en directorios de empresas públicas y también privadas, variando en funciones, según haya sido la profundidad del modelo.
Los rasgos de esa corriente de pensamiento también han estado presentes en Chile. Acá también se pueden ver reflejos bastante más tenues de ese modelo en el Estado así como en partidos y en corrientes de opinión dentro de partidos, aunque la hegemonía de la izquierda ha estado representada por el PS y el PC, que ocuparon hasta el golpe de Estado de 1973, el espacio político que en otras latitudes ocupó la vertiente socialdemócrata de la izquierda.
Entre todos los aportes de luchadores políticos y sociales presente en la historia de Chile, más las nuevas expresiones surgidas estos últimos años, como el Frente Amplio, destaca el del Presidente Salvador Allende, símbolo de las izquierdas en nuestro país y en muchos aspectos pionero al traspasar con su visión las fronteras ideologicas de la izquierda, marcadas en esa época por una visión estatista a ultranza y otra que, aportando decencia a las condiciones de vida, se mantuvo en los márgenes del capitalismo, administrándolo hasta el punto de debilitarse severamente y casi extinguirse.
Causas del estancamiento Socialdemócrata
Luego de a lo menos tres fulgurantes décadas, a partir de 1980 se estancó el modelo socialdemócrata, cuando las condiciones que lo sostenían comenzaron a erosionarse. La globalización, la desindustrialización y la expansión del capital financiero debilitaron el poder sindical y redujeron la capacidad fiscal de los Estados, variante analizada pormenorizadamente en Capital e Ideología, por el investigador socialista francés, Thomas Piketty, aunque evidentemente no es el único en señalar esas limitaciones . A la vez, el avance del individualismo característico del neoliberalismo y las nuevas formas precarias de empleo fragmentaron la solidaridad colectiva que daba sentido al pacto socialdemócrata.
Por otro lado, en el plano de la expresión política al interior de la Socialdemocracia, coexistieron distintas tendencias que, al igual que a las del resto de la izquierda, presentan a veces más que leves matices. Para ponerle rostro a las distintas ideas de sociedad dentro de la corriente socialdemócrata, consignamos las del líder sueco, Olof Palme, quien encarnó a la Socialdemocracia clásica, centrada en la igualdad sustantiva, la solidaridad colectiva y el Estado como garante del bienestar universal.
De acuerdo con esa definición, el mercado debía subordinarse claramente al interés público, los servicios sociales se asumían como derechos y la democracia debía extenderse también al ámbito económico y laboral. Su modelo aspiraba a combinar crecimiento con justicia social, en un marco de cohesión y redistribución de la riqueza.
La otra línea de pensamiento, la orientación impulsada por Blair, Clinton y Schröder, aceptó en cambio la primacía del mercado, la competencia y la disciplina fiscal, intentando compatibilizarlas con ciertas políticas sociales y de inclusión. Sustituyeron el ideal de igualdad por el de “igualdad de oportunidades”, y orientaron el rol del Estado a estimular la iniciativa individual y la empleabilidad. En su evolución, esa mirada ha terminado por acoplarse a la meritocracia neoliberal como sustituto de las politicas sociales universales, teorizada y defendida, incluso.
Otra limitación que también habría que consignar ,se refiere al hecho que las economías socialdemócratas pudieron financiar amplias redes de protección social gracias a altos niveles de productividad interna, pero también a su ventajosa inserción en un orden global desigual, en el que los países periféricos proveían materias primas baratas, mano de obra explotada y mercados subordinados a las lógicas de las superpotencias y los superpoderes.
En lo político, el estancamiento del modelo a consecuencia de las transformaciones sociales y culturales de las sociedades, cambios en los patrones de acumulación que el modelo Socialdemócrata desestimó, abrió curso a un proceso de ruptura entre sus bases de apoyo social y sus organizaciones políticas. Su connivencia durante décadas con el neoliberalismo, su rol de administrador del capitalismo, lo volvió una fuerza política indescifrable para las clases trabajadoras y las capas medias precarizadas por la globalización neoliberal. Patrón bastante común al de todos los países en los que se ha impuesto la ultraderecha, incluido Chile.








