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Homenaje y tarea: el legado de la dirección clandestina

 

Cada fin de junio, el socialismo chileno vuelve la mirada hacia uno de los episodios más dolorosos y más altos de su historia: la caída, a finales de junio de 1975, de la dirección clandestina del Partido Socialista bajo la dictadura. Y como suele ocurrir cuando recordamos a los caídos, aparecen palabras que parecen obvias, pero que no lo son tanto: homenajes, herencia, legado, testimonio.

Conviene detenerse un momento en ellas.

Porque antes de preguntarnos qué hacer hoy con ese legado, corresponde también decir algo sobre esos hombres y mujeres. Sobre quienes, en condiciones extremas, sostuvieron no solo una organización, sino una moral política. Sobre quienes eligieron permanecer, reorganizar, pensar y actuar cuando el miedo, la persecución y la posibilidad cierta de la desaparición estaban a la orden del día. Y también sobre quienes sobrevivieron, cargando no solo con el dolor de la pérdida, sino con la responsabilidad de mantener viva una historia que pudo haber sido arrasada por completo. En todos ellos hubo algo que merece ser nombrado sin grandilocuencia: valentía, sentido del deber, lealtad a una causa colectiva y una ética que no se dejó reducir ni por el terror ni por la derrota.

Por eso su legado no puede entenderse como una receta que bastaría aplicar de nuevo. No consiste en repetir literalmente sus respuestas, ni en trasladar mecánicamente sus propuestas a un tiempo radicalmente distinto. Su valor es otro. Está en la inspiración, en el coraje político, en la voluntad de pensar incluso en medio del peligro, en la decisión de no entregar la historia a la pura derrota.

Eso fue, entre otras cosas, el Documento de marzo de 1974. No un texto escrito desde la seguridad del archivo, sino desde la intemperie. No una reflexión retrospectiva hecha con comodidad, sino un esfuerzo de análisis y autocrítica cuando la prioridad cotidiana era sobrevivir, reorganizarse y resistir. Allí no había solo memoria de lo perdido. Había también una pregunta por el futuro: qué había ocurrido, qué errores debían asumirse y qué debía transformarse en la propia izquierda para estar a la altura de una nueva etapa.

Ese es el verdadero hilo del legado.

No la repetición. No la nostalgia convertida en consuelo.

Más bien lo contrario: la obligación de volver a pensar, una y otra vez, qué exige el tiempo que nos toca.

En eso hay una lección profunda, que vale también para el momento actual del Partido Socialista y para la discusión abierta por la Conferencia Programática e Ideológica. Porque una tradición política no se honra citándola de memoria, sino preguntándose qué parte de su impulso sigue viva y qué parte exige una nueva traducción histórica.

Allende no respondió a los desafíos de los años setenta con las mismas fórmulas de los treinta o los cuarenta. Eugenio González no pensó 1947 como una mera repetición de 1933. Cada generación seria del socialismo chileno entendió que la fidelidad no consiste en conservar intacto un lenguaje, sino en mantener viva una voluntad de interpretación y transformación.

Por eso el legado no puede entenderse como una herencia cerrada, que simplemente se administra. Honrar y heredar no es recibir una propiedad; es asumir una tarea. El testimonio no manda repetir. Obliga a hacer algo con lo recibido.

Y ese “hacer algo” nunca ocurre en abstracto. Ocurre en un presente concreto, con problemas concretos, con sujetos concretos, con experiencias sociales que cambian. Lo que quedó inconcluso en 1973 o 1975 no puede ser completado hoy como si el país, la sociedad y la izquierda siguieran siendo los mismos. Lo inconcluso no son las recetas. Lo inconcluso es la exigencia de pensar y actuar políticamente a la altura de una crisis histórica.

Tal vez ahí reside la dimensión más viva de estos aniversarios.

No reside en la comodidad simbólica de los homenajes, ni en transformar su memoria en liturgia. Reside en asumir una pregunta incómoda: ¿qué significa hoy estar a la altura de ese legado?

Si lo redujéramos a un conjunto de respuestas ya dadas, lo vaciaríamos de su fuerza. Si lo convirtiéramos en una épica para repetir, lo volveríamos inofensivo. Si lo encerráramos en el pasado, nos protegeríamos de la única exigencia verdaderamente seria: apropiarnos de ese legado para un tiempo nuevo.

Eso implica, por supuesto, memoria. Pero no solo memoria. Implica también conflicto con la herencia. Discusión con ella. Traducción. Actualización. Incluso la valentía de abandonar ciertos lenguajes cuando ya no permiten leer el presente, precisamente para salvar lo esencial de una tradición.

Y ese es el punto más difícil. La dirección clandestina no solo resistió; también intentó comprender. No solo mantuvo una organización; también produjo reflexión. No solo sostuvo una moral de sobrevivencia; también ensayó una lectura política del desastre y el terror.

En momentos de derrota, esa es una de las pruebas más altas de una tradición: no dejar de pensar.

Tal vez por eso su legado sigue siendo tan actual.

No porque nos diga exactamente qué hacer. Sino porque nos recuerda qué no deberíamos dejar de hacer nunca: interrogar el presente, revisar nuestras certezas, asumir una ética y la autocrítica, volver a nombrar los conflictos de la época y hacer del socialismo no una nostalgia honorable, sino una voluntad activa de interpretación y transformación.

Heredar es, en el fondo, no repetir una escena pasada, sino recoger una posta. No administrar una memoria, sino convertirla en tarea.

Y un genuino homenaje para quienes cayeron sosteniendo al Partido: hacer algo, en nuestro propio tiempo, con lo que ellos hicieron de nosotros.

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