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Volver a hilar la memoria: las mujeres rurales recuperan sus historias para mantener la llama encendida

Imagen: Gentileza Mapuexpress.org

 

El pasado sábado 13 de junio, la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas —ANAMURI― celebró su 28 aniversario junto al lanzamiento de dos libros “Luchas, resistencias y acción colectiva. Historia de las mujeres rurales en Chile” y “Volver a hilar la memoria. Mujeres de la ruralidad en sus historias de organización y resistencia”.

Anamuri, la organización campesina y rural más importante del país que agrupa a mujeres desde Arica a la Patagonia, asumió el desafío de contar su historia en su propia voz y para ello recorrió durante un año diferentes localidades del país para oír ese canto silenciado sobre sus trayectorias de lucha y reivindicaciones en defensa de sus territorios, comunidades y derechos básicos para tener una vida digna.

Lidia Rivera, coordinadora de la interregional norte de Anamuri que comprende desde La Serena hasta Camarones, subrayó el significado de esta investigación de acción participativa y afirmó que “lo primero que emerge son las emociones. Recordamos con fuerza la indignación, esa que fue motor y semilla. Indignación frente a las injusticias, frente a los silencios impuestos, frente a las historias de nuestras antecesoras que durante tanto tiempo fueron invisibilizadas”. Pero también, relevó, “emergió el orgullo, la esperanza y la alegría de reencontrarnos. Porque este proceso no fue solo investigación: fue un acto de sanación colectiva”.

Rebeldía en silencio

Describió con fuerza que “nuestras luchas no nacen hoy. Vienen desde hace muchos años. La historia nos muestra cómo distintas estructuras, como la religión, el miedo y los mandatos sociales, fueron utilizadas para moldear el comportamiento de las mujeres, limitando su autonomía, especialmente dentro del hogar y en los espacios públicos. Se nos enseñó a callar, a obedecer, a ser cuidadoras invisibles”.

Pero -agregó- “también la historia nos muestra algo aún más poderoso: la resistencia. Resistencia de mujeres que cuestionaron las normas, que buscaron educación, que aprendieron a leer y escribir cuando no les era permitido, que se organizaron, que sembraron rebeldía en silencio”.

Y en tono pedagógico graficó que “una de las grandes enseñanzas que nos deja este proceso es la importancia de la memoria como herramienta política y transformadora” porque “también aprendimos que: No hay cambio sin organización; No hay justicia sin comunidad; No hay futuro sin memoria y nuestras organizaciones se fortalecen cuando escuchamos, cuando compartimos, cuando construimos juntas”.

 Lidia Rivera compartió que en el nuevo contexto de la sociedad “han surgido nuevas formas de organización. Pero más que estructuras, lo que ha crecido es la conciencia colectiva. Se han fortalecido redes, alianzas y espacios donde las mujeres pueden encontrarse, reconocerse y actuar”.

 A su juicio, “un elemento clave en todo este proceso ha sido la sororidad. Esa capacidad de acompañarnos, de cuidarnos, de sostenernos incluso en los momentos más difíciles. La sororidad nos ha permitido crear espacios de autocuidado, redes de apoyo y acciones colectivas que han trascendido en generaciones”.

 Asimismo, sostuvo, también emergió algo muy profundo: la intimidad, “aquellas emociones, deseos y experiencias que muchas veces fueron reprimidas por normas sociales. Reconocer eso también es parte de nuestra liberación. Porque lo personal también es político”.

Finalmente planteó la pregunta “¿cómo seguimos honrando a nuestras ancestras? Y para ella, la respuesta es clara: “Escuchando sus historias, defendiendo nuestros territorios, cuidando nuestra tierra y el mar, organizándonos y manteniendo viva la memoria. Ellas abrieron camino, y nosotras tenemos la responsabilidad de continuar.

La dirigenta del norte del país celebró la publicación de estos libros, sobre todo porque dan cuenta de que “la llama sigue encendida. Porque somos hijas de mujeres valientes, porque somos presente de lucha, y porque somos futuro de transformación”.

Desde la interregional centro de Anamuri comentó también el libro la coordinadora Verónica Salgado, para quien las historias recuperadas de las ancestras “reflejan historias en los acordes de sus guitarras, transforman el barro que moldean sus manos, dando paso a obras de arte”. 

Como hija del histórico proceso de la reforma agraria (1967-1973) destacó “las luchas que dieron las mujeres para obtener la tierra; la organización y trabajo colectivo que se dio para levantar espacios en común como escuelas, sedes comunitarias, viviendas, jardines infantiles, como también el traspaso de la cultura ancestral en el campo, guardando semillas, cantos, prácticas de salud y partería”.

Expuso las emociones provocadas al escuchar y construir estas historias. “Aparece la admiración por la fortaleza de quienes enfrentaron la pobreza, la exclusión y la violencia. Surge también la tristeza al escuchar cuántas de sus experiencias fueron silenciadas u obligadas a olvidar por lo cruel de sus hechos. Y que hoy salen a la luz”. 

“Pero, por sobre todo, nace un profundo sentimiento de conexión y gratitud hacia nuestras ancestras que abrieron caminos para las generaciones que las sucedieron y que nosotras nos encargaremos de mostrar a las que vienen. Estas historias guardan saberes, prácticas de cuidados colectivos, formas de organización y estrategias que siguen siendo valiosas en el presente”.

Apuntó enseguida que “cada relato compartido desafía el silencio y reafirma que las mujeres campesinas e indígenas no fueron espectadoras de los cambios sociales, sino protagonistas fundamentales de los hechos por la tierra, la dignidad y los derechos. Ustedes, nuestras ancestras inspiradoras, nos enseñan que la resistencia puede florecer como una semilla. Sus experiencias fortalecen sin duda en la identidad de las comunidades rurales y nos recuerdan que la memoria es un territorio vivo, donde habita la esperanza, la dignidad y la fuerza de las mujeres”.

Aclaró que “reconocer sus historias no solo significa mirar al pasado, sino también valorar su aporte presente y futuro en la transformación de un mundo más equitativo, inclusivo y diverso”. 

“Este trabajo que se ha realizado nos ha enseñado a crear espacios de memoria colectiva y conocer sus múltiples oficios, en el que hemos encontrado artesanas, cantoras, cuidadoras, parteras, cocineras, dirigentes, mujeres campesinas e indígenas, educadoras, temporeras de mar y tierra y muchas más, las que sin duda muchas veces desempeñaron varios de estos roles simultáneamente sin recibir ningún reconocimiento”, completó. 

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