Periodista y Comunicador Social
La semana pasada, Diego Armando Maradona hubiese cumplido 66 años. Sin embargo, el último impulso de sus propios caminos le entregó la inmortalidad: recordarlo siempre y no verlo en esa sequedad otoñal, más o menos digna, según la voluntad y el designio de la vejez, y con ella, muchas veces, del olvido.
En esta columna jamás escribiré que fue el mejor futbolista del mundo, al menos desde la técnica. Las estadísticas, desde su fría objetividad, nos revelan que Lionel Messi, su compatriota, se erige con laureles desde ese irrepetible Barcelona —lo escribe un hincha del Madrid—, donde desarmaba rivales y levantaba copas, solo pudiendo ser frenado un par de veces por nuestra generación dorada.
Cuando se abre ese debate, común e injusto, respecto de quién fue mejor, la primacía de Diego era tan simple como demoledora: mientras Messi se nutría de los buenos, Diego hacía buenos a los cuestionados, a los rechazados, a aquellos que tenían la derrota como un hábito permanente.
Lo hizo en la selección, “llenando de gloria su suelo”, como describió Rodrigo antes de su fatídico final. Lo hizo en el Boca de principios de los 80, que atravesaba una de sus peores rachas en medio de la presión de La 12. Y luego volvió a fulgurar en el Napoli, con una irrupción tan fuerte como el Vesubio que fue testigo de su consagración europea.
¿Dónde está, entonces, aquella grandeza? Precisamente en lo que podría parecer su debilidad: en haber conseguido lo imposible pese a sus humanas limitaciones.
Porque, pese a su calidad indiscutida, Maradona nunca fue el más fuerte, ni el más rápido, ni siquiera el más disciplinado. Y ahí está, precisamente, la grandeza del atleta.
Me recuerda una historia atribuida a Esopo. En la antigua Grecia, el fabulista escuchaba a un atleta jactarse de sus triunfos. Entonces le preguntó si sus rivales eran más fuertes que él.
El vanidoso, sorprendido, respondió con arrogancia:
—Jamás. Ninguno era más rápido ni más fuerte que yo.
A lo que Esopo habría contestado:
—¿Y de qué te jactas entonces? Si hubieras vencido a competidores más capaces que tú, el triunfo tendría valor. Pero si eran más débiles, ¿qué importancia tiene?
En ese breve relato se encuentra, quizás, una de las claves para comprender la grandeza de Maradona.
Su mérito no estuvo solamente en lo que podía hacer con un balón en los pies. Estuvo en hacerlo cuando todo parecía estar en contra. En convertir equipos derrotados en protagonistas, jugadores cuestionados en campeones y pueblos enteros en creyentes.
Aprovechando el envío a la Grecia antigua, más de alguno retrucará mis alabanzas aludiendo a la vida personal de Maradona: su relación con la Camorra, su ir y venir en esa seducción envolvente e implícita con la droga. Sin embargo, los dioses, desde la perspectiva de la historia, también eran seres falibles. Los había promiscuos, vengativos, temperamentales. Y, aun así, seguían siendo dioses. En ese Olimpo —su propio Olimpo— Diego no se perdía.
Maradona llevaba en su sello y en sus venas aquello que hacía tan mágico y distinto al fútbol argentino, todavía no contaminado por el abrazo codicioso y calculado de las sociedades anónimas: el espectáculo, el folclore y la magia.
El fútbol de Veira y el glamour de la noche porteña, de Bilardo y sus obsesiones empapadas de gloria y cabulería; el verso del cafetín y el humo del Flaco Menotti, con el bandoneón triste en la paradoja de una ciudad que —pese a estos días aciagos— debe bullir de alegría; la concentración casi ostracista y perfeccionista de nuestro querido Bielsa; las apretadas de La 12 con el Abuelo Barrita, mientras la Gorda Matosas enarbola las banderas millonarias.
Todo eso, en un suma y sigue de un collage que tuve la dicha de sentir y respirar mientras mi país se retorcía en estallidos vanos.
Ese es el fútbol que Diego encarnó. Un fútbol hecho de potrero, de barrio, de cafetín, de pasión y de contradicciones. Un fútbol que no necesitaba demasiadas explicaciones porque se entendía con el cuerpo, con la memoria y con el corazón.
A Maradona, el amigo, el patriota, el hijo insigne de la patria del potrero, no se le toca.
Recuerden —tal como aconseja el abogado Atticus Finch a sus hijos en la célebre novela de Harper Lee— que pueden disparar a todos los pájaros que quieran, si pueden acertarles, pero recuerden que es pecado matar a un ruiseñor, por una razón tan sencilla como humana: no hace daño a nadie.
Un ruiseñor igual que Diego. Sobre todo cuando ambos llevan en sus alas —y Diego, también en sus piernas— las plumas de la rebeldía, de la historia y de la esperanza de un pueblo sublime, al que hizo llorar y sonreír en los momentos más duros de la represión y durante el florecimiento de la primavera alfonsinista.
Quizás por eso Maradona permanece. Permanece porque hubo algo que solo algunos elegidos consiguen: convertir sus propias contradicciones en parte de una historia colectiva. Y mientras exista un potrero, una pelota y alguien dispuesto a creer que lo imposible puede suceder, Diego seguirá corriendo detrás de ella. Como un ruiseñor que nadie debería atreverse a matar.
