Periodista y Psicóloga.
Un partido importante -como el de cualquier Mundial de Fútbol- puede hacer que un hincha experimente, en apenas dos horas, casi todas las emociones humanas. Euforia, alegría, pena, miedo, rabia, sorpresa, alivio, orgullo, vergüenza, esperanza, ansiedad, frustración, entre otras.
Pocas actividades humanas producen una montaña rusa emocional tan intensa sin que nuestra vida esté realmente en peligro. El deporte, y especialmente el fútbol, moviliza emociones muy profundas que vienen de nuestra evolución como seres humanos, de la psicología y de la cultura.
¿Por qué? Porque nuestro cerebro responde al deporte como si formáramos parte del equipo. Fisiológicamente hablando, cuando se produce un gol, en nuestro cerebro de hincha se activan circuitos relacionados con la recompensa y se libera dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la motivación. En los momentos de tensión aumenta la adrenalina y el cortisol, exactamente igual que en situaciones de amenaza.
Si nuestro equipo gana, también aumentan sustancias relacionadas con el bienestar y el vínculo social, como las endorfinas y, en contextos grupales, la oxitocina.
Por eso un partido puede terminar dejando a alguien agotado físicamente aunque haya no se haya movido del sillón.
El mundial: una narrativa universal
Cada cuatro años, se realiza el Mundial de Fútbol. Este evento reúne varios elementos psicológicos extraordinarios. Representa la identidad colectiva ya que durante un Mundial no juega solamente una selección, juega un país por lo tanto en la mente del hincha juega “nosotros”. Por eso la gente dice “ganamos”, “perdimos” aunque jamás haya pisado una cancha. El equipo se convierte en una representación simbólica de su país.
Es, igualmente, una historia universal y nuestro cerebro está diseñado para emocionarse con las historias. Todo mundial tiene una estructura narrativa casi perfecta: héroes, villanos, sorpresas, favoritos, caídas, milagros, revanchas, finales. También es incertidumbre pura y esta mantiene al cerebro en estado de máxima atención. Si siempre ganaran los favoritos, perdería interés. El fútbol tiene pocos goles, y eso hace que un solo momento pueda cambiar toda la historia.
Asimismo, genera un ritual colectivo. Millones de personas hacen exactamente lo mismo al mismo tiempo: ven el partido, comentan, celebran, lloran. Esa sincronía produce un enorme sentimiento de pertenencia.
La psicología llama a esto “efervescencia colectiva”, un concepto desarrollado por Émile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología moderna, para explicar cómo los rituales compartidos fortalecen los vínculos entre las personas. Cuando celebramos un partido, en realidad estamos celebrando nuestra pertenencia a una comunidad. “La sociedad se celebra a sí misma”, señaló Durkheim.
Las ideas de Durkheim siguen siendo muy útiles para entender que el deporte no es solo entretenimiento sino que es un fenómeno que fortalece identidades, crea sentido de pertenencia y permite que millones de personas experimenten emociones compartidas que difícilmente podrían vivir en soledad.
Es decir, otro hecho clave es que un Mundial de Fútbol permite expresar emociones que normalmente reprimimos. Hay personas muy reservadas que jamás abrazarían a un desconocido. Después de un gol decisivo, abrazan a cualquiera, gritan, lloran, saltan.
El deporte crea un espacio socialmente aceptado para expresar emociones intensas. ¿Pero por qué lo hace el fútbol más que otros deportes? Porque el fútbol tiene características únicas. Es extremadamente simple: basta una pelota. Puede jugarse en cualquier lugar. Las reglas básicas las entiende casi cualquiera. Tiene muy pocos goles, lo que hace que cada uno tenga un enorme valor emocional y está presente en prácticamente todos los países.
Es por ello que se ha convertido en el lenguaje deportivo más universal. Y cada Mundial termina siendo un hito en la memoria personal. El torneo se convierte en un marcador del tiempo de nuestras propias vidas. En el fondo, el Mundial no trata solo de fútbol. Habla de identidad, esperanza, competencia, pertenencia y sueños compartidos. Durante un mes, miles de millones de personas viven la misma historia al mismo tiempo. Muy pocos fenómenos culturales tienen esa capacidad de sincronizar emocionalmente a una parte tan grande de la humanidad.
El mundial de Trump e Infantino
El problema es que este mundial 2026 está organizado, entre otros, por Donald Trump. Y las políticas que ha aplicado, en complicidad con la FIFA de Gianni Infantino aunque no han logrado apagar el Mundial, sí lo han “contaminado” con ansiedad, miedo y debate político.
El punto central ha sido el tema migratorio. Ha habido restricciones de viajes, demoras o negativas de visa, temor a controles de ICE y advertencias a extranjeros. Todo ello ha hecho que para muchos hinchas el Mundial no sea solo “vamos a celebrar”, sino “¿podré entrar?, ¿me detendrán?, ¿me sentiré seguro?”.
Además, aunque habría excepciones para jugadores, técnicos y personal deportivo, muchos hinchas comunes no tienen esa protección. Organizaciones migratorias han advertido que la política de veto o restricción de entrada deja fuera a seguidores de varios países clasificados o futboleros.
Entonces, más que opacar el fútbol en la cancha, Trump ha opacado el espíritu universalista del Mundial: esa idea de que por un mes el mundo se reúne más allá de fronteras, razas, idiomas o conflictos. El contraste es fuerte: la FIFA vende inclusión global; la política migratoria transmite selección, sospecha y exclusión.
Pero hay una paradoja: mientras más tensión política hay afuera, más potente puede volverse emocionalmente el fútbol adentro. La gente se aferra al partido como espacio de alegría, identidad y desahogo. El Mundial sigue moviendo multitudes, pero ahora carga una sombra: no todos pueden llegar a la fiesta.
También ha habido otro problema: el costo monetario para llegar a sentarse a una tribuna de un estadio mundialista. Los precios de las entradas han sido probablemente la crítica más transversal al Mundial 2026, incluso más que la política migratoria.
Se ha dicho incluso que solo el 5% más rico del mundo ha podido estar en los estadios. La frase ha circulado en redes sociales y en columnas de opinión para ilustrar la elitización del torneo. Sin embargo, no existe una investigación que demuestre ese porcentaje por lo que es mejor entenderla como una metáfora.
Lo que sí está bien documentado es que este ha sido considerado el Mundial más caro de la historia para asistir como espectador. La introducción de precios variables (“dynamic pricing”) hizo que muchas entradas aumentaran enormemente según la demanda. A los boletos hay que sumar vuelos, hoteles, transporte y alimentación en ciudades estadounidenses, lo que hace que el costo total alcance varios miles de dólares.
Al mismo tiempo, la FIFA destacó que vendió un número récord de entradas y mantuvo una categoría limitada de boletos de bajo precio, insuficiente para compensar el aumento general de los costos.
¿La elitización del futbol?
Durante gran parte del siglo XX, el fútbol fue visto como el deporte de la clase trabajadora. Las tribunas estaban llenas de obreros, estudiantes, familias y aficionados que seguían a su selección haciendo enormes sacrificios económicos.
Hoy muchos analistas sostienen que el fútbol está viviendo un proceso de elitización. Los estadios se llenan cada vez más de turistas internacionales, clientes corporativos y compradores de paquetes, mientras que muchos hinchas tradicionales quedan fuera por el precio. Incluso hay opiniones de entrenadores y especialistas que advierten que el deporte está perdiendo parte de su esencia popular debido a esta comercialización.
Existe además una paradoja interesante. Nunca había habido tanta gente viendo un Mundial por televisión y plataformas digitales, pero al mismo tiempo nunca había sido tan difícil asistir presencialmente.
En otras palabras, el Mundial sigue siendo un espectáculo global para miles de millones de personas, pero vivirlo desde la tribuna se ha convertido, para muchos, en un lujo más que en una experiencia accesible.
Según los analistas, la tensión entre el fútbol como patrimonio popular y el fútbol como gran negocio probablemente sea uno de los debates más importantes que deje este Mundial 2026.
La transmisión digital del Mundial se ha convertido en uno de los negocios más rentables del deporte moderno. De hecho, el negocio ya no consiste solo en vender entradas a los estadios, sino en monetizar la atención de miles de millones de personas a través de plataformas, suscripciones, publicidad y datos de los usuarios.
La FIFA informó que para este Mundial cerró acuerdos de transmisión en más de 220 territorios, alcanzando ingresos récord por derechos audiovisuales. Además de las cadenas tradicionales, incorporó alianzas con plataformas digitales y creadores de contenido para ampliar su audiencia.
Felizmente, la situación no es igual en todos los países. En algunos lugares, los partidos siguen transmitiéndose gratuitamente por televisión abierta. El problema es que, en la mayoría, solo una parte del torneo es gratuita y el resto requiere una suscripción. En varios mercados, acceder a todos los partidos exige contratar plataformas de pago o servicios asociados a los titulares de los derechos.
Esto, según los analistas del fenómeno, refleja una tendencia más amplia en el deporte: el paso desde un modelo financiado principalmente por publicidad hacia uno basado en suscripciones. Los aficionados ya no pagan solo por ir al estadio; también pagan por acceder al contenido desde sus casas, muchas veces sumando varias plataformas.
Paradójicamente, mientras existen más formas que nunca de ver el futbol -televisión, streaming, aplicaciones, redes sociales, resúmenes en línea- para algunos aficionados el costo total de seguir toda la competencia ha aumentado.
Desde una perspectiva sociológica, esto ha llevado a algunos investigadores a hablar de una “mercantilización de la pasión”. La emoción del hincha se ha convertido en el principal activo económico del fútbol. Se venden entradas, suscripciones, publicidad, camisetas, experiencias VIP, contenidos exclusivos e incluso la interacción en redes sociales.
En cierto sentido, el Mundial 2026 ha mostrado lamentablemente una paradoja: es el torneo más global y accesible en términos tecnológicos, pero también uno de los más costosos para vivirlo en toda su dimensión, ya sea asistiendo a los estadios o accediendo a toda la cobertura premium desde casa.
En la era del reinado del dinero, no es de extrañar que los dueños del planeta hagan negocios cada vez más rentable con el deporte y las emociones que este genera…Para ello tienen a Donald Trump y su escudero Giovanni Infantino.
