Una de las frases de homenaje que acuñamos luego de su brutal asesinato fue “Pepe, vivirás para siempre”. Más que una afirmación, era también un ruego y una forma de evadir el horror. Porque estábamos devastados ese 8 de septiembre de 1986, cuando mataron a José Carrasco Tapia, nuestro colega, nuestro amigo, nuestro compañero de labores desde su retorno a Chile, en 1984.

Pero los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud… Y Pepe vivió para siempre. Porque los imprescindibles no mueren. Aunque les metan 14 balas en la cabeza. Ellos permanecen vivos, día a día, en quienes les conocimos, les quisimos y les admiramos.

Pepone fue asesinado para que no olvidáramos la “señal” que la Dictadura cívico-militar había dado desde el mismo momento del Golpe a los periodistas de trinchera: no constituíamos ni un “cuarto poder” ni habría miramientos con nosotros. La muerte, la tortura, la cárcel, la relegación, el exilio, las querellas en fiscalías militares, serían las penas que sufriría quien osara romper el cerco informativo impuesto por la Dictadura de Augusto Pinochet y sus aliados. En la revista Análisis lo sabíamos, pero el asesinato de Pepe fue una certera estocada y un recordatorio brutal.

Sin embargo, las amenazas no surtieron el efecto buscado. Horas después de enterrar a Pepe, el director de la revista nos dio a María José Luque y a mí la instrucción de escribir un libro sobre el crimen. Ambas compartíamos oficina con Pepe y éramos muy compinches. La tarea no fue, sin embargo, fácil porque por entonces escribíamos sin computador y estábamos bajo Estado de Sitio y con la revista clausurada.

Pero nada nos detuvo. Era como siempre actuábamos en Análisis: arrancando para adelante, venciendo el miedo con acción, con reporteo, con más búsqueda de verdad. Como tampoco nada ni nadie pudo detener a ninguno de los restantes medios independientes, que luchábamos contra el cerco informativo impuesto por la Dictadura. Buscando ser la voz de los sin voz. Cumpliendo nuestro mandato como periodistas. Estando al servicio de la verdad y cumpliendo con el deber de informar para que otros pudieran ejercer su derecho a estar informados. Ningún periodista de los medios opositores existentes en la década de los 80, dejó de ejercer su labor ni un minuto después del crimen de Pepe.

En Análisis seguimos con el dolor a cuestas, pero inclaudicables en nuestro oficio, que es más que un trabajo. Es una vocación, una pasión, un compromiso con la autenticidad, con la dignidad, con los valores que nos mueven en la vida.

Con Pepe Carrasco trabajamos imbuidos en esa ética. Él nos inspiró para optar con fuerza por ese tipo de periodismo. Pepe era un reportero de tomo y lomo. Un periodista al servicio de la política, es decir a favor  de los cambios por construir  un mundo más justo y mejor. Hasta en el momento más decisivo de su vida –cuando la muerte estaba decididamente acechándolo- en él primó el hombre de prensa comprometido con su labor. Luego del atentado, insistió hasta el cansancio para ir a la imprenta a cambiar una portada, que según él quedaba “añeja”, en lugar de esconderse mientras la “jauría andaba suelta”, como le dijo textualmente el propio Francisco Javier Cuadra al director de Apsi esa noche.

Pepe nunca dejó de trabajar en medios de comunicación. Nunca dejó de ser reportero de la calle. Desgraciadamente, al lado de personas como Pepe y de tantos periodistas valientes de esos años –durante la Dictadura fue asesinado casi medio  centenar de reporteros-  hubo un bando de hombres y mujeres de medios afines a la Dictadura que callaron ostentosamente. Algunos optaron por ser ciegos, sordos y mudos frente a los hechos que sucedían en sus narices. Otros, directamente, eligieron ser cómplices de los crímenes. Algunos, incluso, fueron “asesores” de los aparatos de inteligencia. Esos periodistas trabajaron en medios que nunca “vieron” nada de lo que ocurría. Ello a pesar de la ostensible responsabilidad que les daba el seguir existiendo.

Según datos del periodista Marco Herrera, después del Golpe, los militares y sus aliados sacaron de circulación 312 mil ejemplares de diarios, que era la cifra que sumaban El Clarín –que vendía  220 mil ejemplares-, El Siglo, Puro Chile, La Nación, Las Noticias de Última Hora. Hasta el Golpe de Estado de 1973, el 36,6 % de la prensa escrita era proclive a la Unidad Popular y tras el 11 de septiembre, Pinochet concretó uno de sus objetivos principales: silenciarla a sangre y fuego. En septiembre de 1973 se clausuraron también cerca de 40 radioemisoras afines a la Unidad Popular y fueron cerrados 11 periódicos regionales y un centenar de revistas editadas por Quimantú, Horizonte y Prensa Latinoamericana.

Obviamente, los diarios de derecha pudieron circular sin ningún tipo de trabas, permaneciendo La Tercera, El Mercurio, Las Ultimas Noticias, La Segunda, Tribuna, La Prensa. Entre todos, vendían a diario 541 mil ejemplares. Esta prensa se sometió sin problemas a las reglas de Dinacos, organismo censor encargado de entregar “la versión oficial de los hechos”.

 El Diario de Agustín

La prensa de derecha no solo calló los crímenes. Muchas veces ayudó a montarlos. EL Mercurio, junto a la Tercera y La segunda, participó en la llamada “Operación Colombo”, que enmascaró el asesinato de 119 opositores como una supuesta purga entre miristas. Este montaje se planificó en el marco del Plan Cóndor, coordinación de las dictaduras de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, con la anuencia de Estados Unidos.

El Colegio de Periodistas investigó el caso al regreso de la democracia, sancionando a los culpables. Fernando Díaz Palma, director de Las Últimas Noticias en la época del montaje, reconoció el fraude y señaló: “30 años después hemos venido a escuchar muchas cosas de lo que estaba pasando… Muertos, desaparecidos, desenterrando gente… Claro, si nosotros hubiéramos podido o hubiésemos sabido esas cosas las habríamos tenido que investigar, sin perjuicio de correr riesgos… ”. Alberto Guerrero, director de La Tercera en la época del crimen, declaró que “a lo mejor habría preferido tener más alma de héroe y habérmelas jugado pero con el ambiente que vivíamos…, no sé, uno tiene familia, cuida su fuente de trabajo…”.

En el reportaje “El Mercurio y la Dictadura: La historia de una colusión, la periodista Daniela Estrada mencionó otro caso de complicidad criminal por parte de El Mercurio: el asesinato del diplomático chileno-español Carmelo Soria, perpetrado en 1976, informado por El Mercurio como un accidente automovilístico. Según el diario, la botella de pisco y la carta encontradas en el auto hablaban de un hombre borracho afectado por una supuesta infidelidad de su esposa. Un encubrimiento similar se dio en el caso del crimen de la profesora comunista Marta Ugarte, lanzada al mar desde un helicóptero y cuyo cuerpo apareció en la playa de Los Molles porque se soltó de los rieles de tren con los que la arrojaron. En la crónica, también se habló de “crimen pasional”.

Este tipo de acciones fue lo que llevó a Faride Zerán, Premio Nacional de Periodismo 2007, a señalar que durante la dictadura se vivió “una de las páginas más negras del periodismo chileno, que sistemáticamente violó cada uno de los preceptos que hacen de la ética periodística la esencia de nuestra profesión”.

Por ello, me enorgullezco cada día de mi vida -y más aún en los tiempos que corren hoy para el periodismo- de haber formado parte, junto a Pepe Carrasco y tantos otros colegas entrañables, de un equipo que optó por respetar la ética periodística, aun al costo de arriesgar la libertad o la vida. Y una vez más le doy a Pepe las gracias por reafirmarme el amor a este oficio y por mostrarme el camino de la dignidad y la irrenunciable búsqueda de la verdad, aun al precio de la vida.