El inicio de la franja electoral de primarias da un golpe de realismo. Muestra lo que significa elegir candidatura presidencial a través de procedimientos alternativos, que se medirán en comparación con las votaciones del 18 de julio.

La institucionalidad puesta en movimiento a favor de un proceso electoral pesa mucho. El aparato del Estado se pone al servicio de un evento con padrón indiscutido, locales de votación, vocales de mesa designados e información detallada del proceso.

Para qué decir de la propaganda televisiva y el espacio de los medios de comunicación. El tiempo disponible ya se ha empleado a favor del proceso desde la inscripción de las candidaturas, que queda poco por decidir y mucho por implementar. Es una tarea de gran escala con terminaciones finas.

De modo que si intentamos seguir este camino se va a consolidar una duda mucho antes de conocer si el resultado favorece a tal o cual candidata. Se instalará la interrogante sobre la capacidad política y organizativa de tomar una decisión convocante, abierta y transparente. Podemos terminar con puros perdedores.

La falta de decisiones políticas está poniendo en mal pie a las candidaturas de la centroizquierda. No es justo que se les pida a Yasna Provoste y Paula Narváez que compitan y que, al mismo tiempo, fijen las reglas del juego. Se las obliga a polemizar sobre procedimientos, cuando debieran estar hablando al país de su proyecto para Chile.

Ni el PS puede bajar a Narváez de una primaria ni la DC puede subir a Provoste a la misma primaria. Se trata de un punto muerto. Pero hay que preguntarnos si en verdad estamos ante un callejón sin salida. Entre la primaria y el retiro obligado de una postulante hay que escoger… constituir la coalición de gobierno.

La alternativa es que la dirección de los partidos asuma su responsabilidad y entreguen una solución consensuada. Me inclino por cambiar el eje de la discusión y proponer como alternativa disponible el realizar una Convención.

Se trata de un evento masivo, en el que los partidos concurren, según su representación electoral, con delegados elegidos y en el que se confluye en un programa, estrategia política, elección de candidatura presidencial y su proclamación.

Es una opción viable para nada inédita en nuestra historia política, que se puede o no combinar con métodos electrónicos de consulta. Lo que no hay que perder de vista es que el problema básico es político y no técnico; es de validación para la competencia, no de escoger entre urnas y teclas; es para competir unidos contra la derecha, no para llegar con resultados predichos.

Lo que está a nuestra alcance, y no del oficialismo, son los actos políticos que concitan unidad por sobre las diferencias. Es un error creer que se puede ganar la elección presidencial sin haber conformado un conglomerado político fuerte.

No es válido esperar la rendición incondicional de una candidatura sobre otra. No es válida la realización de un evento caro, cuestionable y de participación reducida. Queda la esforzada construcción de un evento político convergente.

Fortalecer la coalición es el camino del triunfo, así, cualquier modalidad resultará aceptable, lo que importa es que los liderazgos políticos asuman la conducción.