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El desarrollo como narrativa masculina

El desarrollo nos ha enseñado que una sociedad está mejor cuando produce más, consume más, construye más y aumenta permanentemente su capacidad de intervenir sobre la naturaleza. El hombre exitoso aparece, en ese relato, como alguien autónomo, competitivo, racional y capaz de superar obstáculos.

Foto: Getty Images/iStockphoto

Hace tiempo que vengo pensando sobre el discurso del desarrollo. Pude trabajarlo en un artículo que escribí hace algunos años, llamado “Las bases antropocéntricas y eurocéntricas de la idea de pobreza y comunicación moderna” . De ahí que, cuando hablamos de crecimiento, productividad,  progreso o modernización, también estamos hablando de una determinada forma de relacionarnos con el mundo. Pero detrás de esa mirada creo que también hay algo que pocas veces discutimos: una determinada idea de masculinidad, asociada a la fuerza, el control y la capacidad de transformar todo lo que nos rodea.

El desarrollo nos ha enseñado que una sociedad está mejor cuando produce más, consume más, construye más y aumenta permanentemente su capacidad de intervenir sobre la naturaleza. El hombre exitoso aparece, en ese relato, como alguien autónomo, competitivo, racional y capaz de superar obstáculos. Es difícil no encontrar allí algunos de los rasgos que la masculinidad hegemónica ha instalado como ideales de lo que significa “ser hombre”.

Autores como Gustavo Esteva, Arturo Escobar, Wolfgang Sachs y Gilbert Rist han mostrado que el desarrollo no apareció de la nada. Tiene sus raíces en la idea moderna y colonial de progreso y, después de la Segunda Guerra Mundial, se transformó en una especie de receta universal. Los países industrializados pasaron a ser el modelo y el resto del mundo quedó situado en una carrera para alcanzarlos.

Lo interesante es que en esa carrera han participado tanto la derecha como la izquierda. El liberalismo y el socialismo han tenido enormes diferencias políticas, económicas e históricas, pero ambos han compartido, en buena parte de sus versiones tradicionales, una confianza en el crecimiento, la industrialización y el aumento de la productividad. Unos han confiado más en el mercado y otros en el Estado, pero muchas veces han terminado compartiendo una misma idea de fondo: que avanzar significa producir más y transformar la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades.

Ahí aparece, para mí, una conexión importante con las masculinidades. Los bosques se convierten en madera, los ríos en energía, los minerales en mercancías y los territorios en espacios disponibles para producir. La naturaleza aparece como algo que está ahí afuera y que podemos utilizar. Es una lógica bastante parecida a la de una masculinidad que necesita demostrar su poder controlando, conquistando y dejando una huella sobre aquello que considera externo a sí misma.

Pero la naturaleza tiene límites. Y nosotros también. No podemos seguir pensando en un crecimiento material infinito dentro de un planeta finito. La crisis ecológica, entonces, no es solamente una crisis económica o tecnológica. También puede ser una crisis en la forma en que hemos aprendido a relacionarnos con el mundo. Una forma de vida que muchas veces considera la vulnerabilidad una debilidad, la dependencia un problema y el cuidado algo propio de otros.

Por eso me parecen tan importantes las llamadas alternativas al desarrollo, vinculadas al pensamiento del posdesarrollo. El Buen Vivir, la agroecología, la permacultura, la soberanía alimentaria, los bienes comunes, las economías solidarias, el decrecimiento, las autonomías y las transiciones parten de una pregunta distinta. No buscan simplemente hacer que el desarrollo sea un poco más sustentable. Se preguntan si necesitamos seguir pensando nuestra vida colectiva desde la idea misma de desarrollo.

La agroecología y la permacultura, por ejemplo, nos recuerdan que producir alimentos y habitar un territorio no tiene por qué significar imponer nuestra voluntad sobre la naturaleza. También están los bienes comunes, las economías solidarias y tantas experiencias comunitarias que ponen en el centro la cooperación, la reciprocidad y el cuidado. Son experiencias que, de distintas maneras, cuestionan la idea de que la competencia y la acumulación tienen que organizar toda nuestra vida.

Es desde ahí que me interesa pensar las ecomasculinidades. No como una nueva etiqueta para decirles a los hombres cómo deben comportarse, ni como una versión “verde” de la masculinidad tradicional. Me interesa más como una posibilidad de cuestionar esa necesidad de demostrar permanentemente fuerza, autonomía y control. Quizás podamos empezar a pensar masculinidades capaces de reconocer la interdependencia, cuidar, cooperar y aceptar que necesitamos de otros.

Por eso, no creo que la salida sea simplemente agregarle el apellido “sustentable” al desarrollo. Podemos tener tecnologías verdes, energías renovables y economías más eficientes y, aun así, seguir reproduciendo la misma lógica. Tal vez el desafío sea bastante más incómodo: dejar de preguntarnos cuánto podemos producir, acumular y dominar, y comenzar a preguntarnos qué necesitamos realmente para vivir bien. En un planeta finito, reconocer nuestros límites no es una derrota. Quizás sea una de las formas más profundas de transformar lo que hemos entendido por poder y, también, por masculinidad.

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