El sábado 12 de octubre recién pasado, la Democracia Cristiana emprendió una vez más un largo camino en busca de respuestas a los desafíos que están viviendo los chilenos y chilenas de nuestro tiempo y los que vivirán niños y jóvenes mañana. El Partido Demócrata Cristiano ha contribuido a las transformaciones del país y América Latina, desde sus inicios en 1935, siempre en dirección a una mejor democracia. Y no dejamos de hacerlo cada vez que los tiempos nos plantean nuevos problemas y nuevas demandas ciudadanas.

Los fundadores de nuestro partido no tuvieron miedo a los cambios internos ni externos. Simplemente hicieron lo que, de acuerdo al ideario abrazado, creían que Chile necesitaba para su bienestar y desarrollo. Ese espíritu es una parte identitaria de nuestra colectividad, y nos obliga e impulsa a los democratacristianos del siglo XXI a no tener miedo tampoco a los cambios y desafíos que históricamente nos corresponden asumir. ¿De qué hablamos? Hablamos de buscar respuestas y propuestas con una mirada humanista cristiana y comunitaria a problemas como la escasez de agua, el narcotráfico, la intolerancia y la violencia que encierra, la corrupción y la demagogia y los populismos.

Todas estas son interrogantes cuyas respuestas intentamos indagar y atisbar en la jornada del sábado que llamamos la Conferencia del Mañana. Participaron más de 500 personas, militantes de la DC y ciudadanos no militantes que se sintieron convocados al ciclo de debates que realizamos ese día.

¿Qué estamos viviendo como país en esta década? Nadie podría discutir que hoy el mundo es distinto, que el país es otro, que surgen nuevas necesidades, otras urgencias, otras virtudes y faltas, conflictos inesperados; en resumen, una nueva concepción de mundo y de país, una nueva mirada sobre Chile, sus mujeres y sus hombres y, también, una ética política más rigurosa, que perdona menos.

Una de las más importantes preocupaciones por el devenir de nuestra república, es el tema de la representatividad. Cuando esta comienza a fallar, la participación ciudadana declina y la política corre el riesgo de entrar en descomposición. La masa votante y la ciudadanía esperan que sus representantes recojan sus necesidades, propuestas y opiniones, y las incorporen en su quehacer político; esperan que sus representantes les informen y expliquen sus decisiones; que les den cuenta de cómo han ido transitando hacia el cumplimiento de las promesas por las que dieron su voto. De este modo estaremos cumpliendo con una condición básica del sistema democrático, cual es, el monitoreo ciudadano sobre las decisiones y decisores,

Algunos aseveran que hoy las democracias están fatigadas, que ya no son creativas, que ya no disputan sus principios y valores, y que hasta son entreguistas. Incluso se ha planteado que en Chile estamos viviendo una pos-democracia, una que –por lo ya dicho– desprecia la representatividad. Esto, a causa de la percepción de debilitamiento de las instituciones, que en muchos casos es cierto.

En esta crisis de representación cada vez menos personas valoran la oportunidad de elegir representantes al Congreso Nacional o a la Presidencia del país. Chilenas y chilenos han dejado de creer y han decidido que es mejor desconfiar… Desconfiar de instituciones que no son capaces de detener a los poderes fácticos, su codicia, su moral acomodaticia, y sus privilegios ante la justicia y todo tipo de regulaciones.

La paradoja es que esa desconfianza no lleva a una mejor democracia, sino simplemente a algo que pueda ser muy diferente, no importa qué, mientras sea muy alejado de lo anterior. Por desgracia, no hay nada que se diferencie más de nuestra imperfecta democracia, que un régimen autoritario que discipline a los agentes políticos, que prometa acabar con la corrupción, y que se muestre (falsamente) alejado de lo político (lo que ya habrá sido debidamente satanizado).

Hoy se impone un impúdico discurso que nos manda a comprar flores, cuando en la mesa de muchos  falta el pan, y en el velador de nuestros viejos faltan las medicinas. Se dice trabajar por compatibilizar familia y trabajo, pero se pide arrebatarle una hora más a la mañana familiar. Quienes gobiernan discuten sobre la crisis del agua sin invitar a la conversación a quienes ven morir a sus pocos animales. Discuten sobre educación sexual sin llamar a quienes han crecido sin ella. Discuten sobre violación, sin invitar a opinar a las mujeres. Discuten sobre el cambio climático, sin invitar a quienes malviven en zonas de sacrificio, situaciones que probablemente se deberán meter bajo la alfombra, ante la COP 25. Es decir, no nos sentimos representados

Todo esto ha venido ocurriendo ante la nariz tozuda de los partidos de centro izquierda. Algunos, deponiendo valores y doctrinas, escuchando al oráculo-encuesta, como una tienda que se deja aconsejar sobre qué hay que ofrecer a su clientela para seguir subsistiendo. Al mismo tiempo, han desatendido las críticas y propuestas de cambio planteadas por sus militantes, que no quieren máquinas electorales donde se premia la obsecuencia. Hablamos también de colectividades que en alguna medida decidieron no incorporar mujeres de forma equiparada, que perseveraron en no formar cuadros de recambio ni alimentar los vínculos con las bases, olvidando que ellas son, precisamente, el basamento de un partido.

Este daño ha desembocado en los resultados de hoy: el regreso de la derecha y centroderecha a decidir sobre sus personales destinos y el de los sectores no privilegiados de nuestro país, de gente que ha perdido la esperanza a punta de desengaños.

EL PDC se ha mostrado resiliente a distintos tipos de embates a lo largo de su historia. Hoy nos atrevemos una vez más a pensar y realizar los cambios necesarios. Tenemos que ser distintos, en una sociedad distinta, y en transformación constante. Esta será la línea de base para construir más democracia, más bienestar y prosperidad bien distribuida. Si hay que reconvertir o decirle adiós a ciertos elementos, de nivel cupular o de base, hay que hacerlo. Sin miedo. Vale la pena si lo hacemos en pro de diecisiete millones de personas.

La actual Directiva Nacional propuso a la Junta Nacional que se convocase a la realización del VI Congreso Nacional. Así se hizo. Este es el órgano en que reside la autoridad soberana en la determinación de los postulados que orientarán la acción del Partido Demócrata Cristiano. Sus resoluciones son vinculantes para la totalidad de los militantes y sólo podrán ser revocadas o modificadas por un congreso posterior.  Está integrado por los miembros de la Junta Nacional, más congresales elegidos para este solo efecto. Estos tomarán decisiones esenciales para el futuro de la Democracia Cristiana y de nuestro país.

Una vez Gabriela Mistral escribió, a propósito de los pueblos originarios, que ellos representaban “la formación de un pueblo nuevo en el que debía insuflar su terquedad con el destino y su tentativa contra lo imposible”. Pues de eso se trata, los partidos políticos, y es la meta que nos pusimos en la Democracia Cristiana, debemos con terquedad realizar lo increíble.