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SernamEG valora rechazo de la Comisión de Libertad Condicional: Ortega seguirá en la cárcel

 

El Servicio destacó que la Comisión haya considerado la gravedad de los hechos y la necesidad de resguardar la seguridad de la víctima.

El Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (SernamEG) en Aysén valoró la decisión de la Comisión de Libertad Condicional de Coyhaique, que resolvió rechazar la solicitud presentada por Mauricio Ortega para acceder a este beneficio. 

Se trata de la tercera vez que el condenado por la agresión a Nabila Rifo postula a la libertad condicional. En marzo del 2025 la Comisión rechazó la solicitud; en octubre se le concedió el beneficio, pero fue revocado por la Corte Suprema tras un recurso de amparo presentado por SernamEG. Y hoy nuevamente se resolvió no conceder la libertad condicional. 

Al respecto, la directora regional del SernamEG, Patricia Baeza, señaló que “valoramos la decisión de la Comisión de Libertad Condicional de Coyhaique, de rechazar nuevamente otorgar el beneficio a Mauricio Ortega. Creemos que esta medida va en la línea de la gravedad del delito y el resguardo de la seguridad de la víctima”.

“Como SernamEG, reafirmamos nuestro compromiso de seguir acompañando a nuestra representada, así como a su familia, velando por sus derechos y contribuyendo a que puedan enfrentar este proceso con el apoyo necesario”, agregó la autoridad regional.

El pasado 17 de marzo, la dirección regional del SernamEG fue notificada por el Juzgado de Garantía de Coyhaique de la nueva postulación de Mauricio Ortega. Tres días después, el 20 de marzo, el Servicio presentó los descargos en representación de la víctima y se opuso a la postulación. 

La comisión fue encabezada por la presidenta de la Corte de Apelaciones de Coyhaique, ministra Natalia Rencoret, e integrada por la magistrada Fabiola Muñoz, del Juzgado de Garantía de Coyhaique; y por los magistrados Pablo Freire, Mónica Coloma y Carlos Astudillo, del Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Coyhaique.

Del eje Kast–Orbán al quiebre húngaro: geopolítica, soberanía y límites del iliberalismo

 

A comienzos de 2026, en medio de su gira europea previa a asumir la presidencia de Chile, José Antonio Kast visitó en Budapest al entonces primer ministro húngaro Viktor Orbán. El encuentro no fue un gesto diplomático menor. Orbán destacó la coincidencia entre ambos en la defensa de las “sociedades tradicionales basadas en la familia” y en la crítica a la inmigración irregular. Para Kast, Hungría ofrecía un ejemplo de firmeza en materia de seguridad fronteriza y de reafirmación de valores conservadores; para Orbán, el presidente chileno electo era parte de una red internacional que veía con buenos ojos su proyecto político.

Pero dos meses después, ese modelo sufrió un golpe decisivo: la derrota electoral de Orbán tras dieciséis años en el poder. La escena no solo revela la volatilidad de los liderazgos, sino que permite observar un contraste profundo: ¿qué ocurre cuando un modelo de gobierno que combina conservadurismo moral, concentración del poder político y alineamiento con actores como Vladimir Putin o Donald Trump se encuentra con los límites institucionales de una sociedad que reclama equilibrio democrático?

La caída de Orbán abre, por tanto, un interrogante que trasciende a Hungría: ¿qué tan sostenible es un proyecto que apela a la identidad nacional, al orden y a la tradición cuando sus efectos colaterales erosionan la separación de poderes, la independencia judicial y la cohesión social? La visita de Kast a Orbán —y la afinidad ideológica que allí se explicitó— convierte a esta pregunta en algo más que un debate europeo: es un espejo que permite examinar las tensiones actuales entre conservadurismo político, arquitectura institucional y legitimidad democrática.

La derrota de Viktor Orbán en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no fue solo un cambio de gobierno en un país de tamaño medio dentro de Europa. Fue algo más profundo: el rechazo electoral a un experimento de captura de poder político institucional que, durante 16 años combinó concentración de poder, degradación institucional, clientelismo económico y una política exterior diseñada para convertir a Hungría en una cuña dentro de la Unión Europea. No se trata de un uso retórico del término “experimento”, sino de una caracterización de un proceso prolongado de rediseño del poder político, sostenido en la concentración mediática, la subordinación de contrapesos, la colonización institucional y déficits persistentes en integridad pública y transparencia. La victoria de Péter Magyar y Tisza, con mayoría de dos tercios, cerró un ciclo y abrió otro: el de la posibilidad de desmantelar desde dentro un régimen que ya no era descrito por observadores internacionales como una democracia liberal erosionada, sino como una “autocracia electoral” o, en el lenguaje de Freedom House, un “régimen híbrido” enquistado. (Reuters)

Conviene partir por una precisión importante. La crítica a Orbán no se sostiene únicamente en diferencias ideológicas entre izquierda y derecha, ni en una disputa abstracta entre conservadurismo y progresismo. El problema húngaro fue más estructural: durante años se fue debilitando la separación de poderes, se subordinó parte importante del espacio mediático, se alteraron las condiciones de competencia política y se consolidó una arquitectura estatal que favoreció a redes de lealtad más que a reglas impersonales. El Parlamento Europeo afirmó ya en 2022 que Hungría no podía seguir siendo considerada una democracia plena y la definió como una “autocracia electoral”; V-Dem la ha clasificado como autocracia electoral durante varios años, y Freedom House sostuvo que en 2023 el país siguió una trayectoria iliberal y autoritaria, manteniéndose como un régimen híbrido. (Parlamento Europeo)

Eso no significa que Hungría se transformara en una dictadura clásica. Las elecciones seguían existiendo. El punto, justamente, es otro: que la existencia de elecciones ya no garantizaba por sí sola el pluralismo efectivo, la neutralidad institucional ni el equilibrio entre poderes. Orbán y Fidesz usaron su mayoría prolongada para rediseñar reglas, colonizar instituciones y hacer del aparato estatal una estructura crecientemente partidizada. Freedom House documentó la normalización del “estado de peligro”, que permitió gobernar por decreto, la modificación del código electoral para favorecer al oficialismo y la aprobación de la Sovereignty Protection Act, que amplió capacidades estatales para investigar y amedrentar actores cívicos y críticos. (Freedom House)

El control del espacio público fue decisivo en esa deriva. Reporteros Sin Fronteras sostiene que Orbán construyó un ecosistema mediático caracterizado por una marcada falta de pluralidad y una alta concentración de poder bajo influencia del oficialismo, y que alrededor del 80% de los medios del país quedó bajo control del bloque gobernante mediante compras, presiones regulatorias y concentración en torno a la fundación KESMA. V-Dem fue incluso más lejos: describió a Hungría como un caso de “autocracia informacional”, con fuerte centralización política del sistema mediático. Esa dimensión no es secundaria: cuando el poder concentra la información, no solo afecta la libertad de prensa, erosiona el principio de pluralidad; también debilita la capacidad social de deliberar, fiscalizar y distinguir entre propaganda y política pública. (Reporteros Sin Fronteras)

La corrupción tampoco fue un exceso periférico del modelo, sino uno de sus mecanismos de reproducción. Transparencia Internacional ubicó a Hungría con 40 puntos en el CPI 2025, empatada como el puntaje más bajo de la UE junto con Bulgaria. La propia OCDE, aunque reconoce avances formales en la estrategia anticorrupción, advierte déficits severos: Hungría cumple solo 20% de los criterios sobre regulación del lobby y 0% en práctica, mientras información sobre auditorías, investigaciones y sanciones no se publica de forma sistemática. En paralelo, la OCDE recordó que las compras públicas representan 16% del PIB húngaro y que hasta 2022 el país no tenía un marco integral de medición del desempeño del sistema de compras públicas. En un país donde la contratación pública pesa tanto en la economía, esa debilidad no es técnica: es una puerta estructural para la opacidad, la captura y la asignación política de rentas. (Transparency.org)

Por eso la disputa con la Unión Europea nunca fue simplemente cultural o identitaria, como quiso presentarla Orbán. Fue también una disputa por estándares mínimos de control del poder, integridad pública e independencia institucional. Reuters reportó que, al momento de la derrota de Orbán, seguían congelados hasta 19.000 millones de euros de fondos europeos, mientras otros análisis situaban en al menos 6.400 millones el tramo cuya eventual liberación dependería de reformas verificables en Estado de derecho, poder judicial y anticorrupción. No se trataba, entonces, de una pelea simbólica con Bruselas, sino del costo económico concreto de haber gobernado contra las reglas del propio espacio europeo al que Hungría pertenece. (Reuters)

La consecuencia más importante de este proceso no fue solo institucional. Fue social. Aquí conviene ser rigurosos: el desmantelamiento de los contrapesos no produce automáticamente pobreza masiva ni colapso inmediato. A veces ocurre algo más insidioso: se deteriora la cohesión social. La OCDE es clara en esto. En Government at a Glance sostiene que la confianza en las instituciones y la satisfacción con los servicios públicos facilitan la gobernanza efectiva porque se correlacionan con mayor cumplimiento de políticas, participación en la vida pública y cohesión social. En el caso húngaro, sin embargo, la satisfacción con servicios clave estaba bajo el promedio OCDE ya antes del cambio político: 44% en salud frente a 68% promedio, y 47% en educación frente a 67%. Dicho de otro modo: la captura del Estado no solo afecta a jueces, periodistas o partidos; también termina degradando la experiencia cotidiana que la ciudadanía tiene del Estado. (OECD)

Los datos sociales de la OCDE muestran que la fragilidad húngara no puede leerse únicamente desde el ingreso monetario. Es cierto que la pobreza relativa aparece entre las más bajas del mundo OCDE, alrededor de 5% a 7%, pero al mismo tiempo más del 45% de la población figuraba como financieramente insegura en 2018. Esa combinación importa mucho: una sociedad puede no estar hundida en pobreza masiva y aun así vivir con una fuerte sensación de vulnerabilidad material, exposición al shock y desprotección. La cohesión social se rompe no solo cuando falta ingreso, sino cuando se debilita la percepción de fairness, previsibilidad y acceso digno a bienes públicos. (OECD)

La salud ofrece otra ventana sobre ese deterioro. Según Health at a Glance 2025, Hungría tenía una esperanza de vida de 76,7 años, 4,4 años por debajo del promedio OCDE; una mortalidad prevenible de 249 por 100.000 habitantes frente a 145 en la OCDE; y solo 41% de satisfacción con la disponibilidad de una atención de calidad, muy por debajo del 64% promedio. Estos no son meros indicadores sectoriales. Son señales de un Estado que, aun siendo grande en gasto y contratación, no logra traducir su tamaño en legitimidad social equivalente ni en resultados de bienestar comparables. (OECD)

Algo parecido ocurre en educación. La OCDE informó que Hungría invierte 3,4% del PIB en educación desde nivel primario a terciario, por debajo del promedio OCDE de 4,7%, y que la participación del gasto educativo en el presupuesto público cayó de 6,7% a 5,8% entre 2015 y 2022. A eso se suma que el gasto por estudiante, aunque aumentó, sigue por debajo del promedio de la organización. Una autocracia electoral puede sobrevivir años con inversión selectiva, subsidios dirigidos y mensajes soberanistas; pero a largo plazo se delata en aquello que no construye: capacidades, movilidad y capital humano. (OECD)

La economía, de hecho, terminó pasando la cuenta. La OCDE prevé que el PIB húngaro haya crecido apenas 0,3% en 2025 y 1,9% en 2026, tras actividad débil en 2024 e inicios de 2025; además, la inversión cayó cerca de 20% en los dos años previos y el propio organismo vincula parte de la restricción inversora al bloqueo de fondos europeos. Reuters describió a la economía como atrapada en una casi estanflación prolongada y destacó que uno de los ejes del programa de Magyar fue justamente desbloquear fondos, reforzar el Estado de derecho y reabrir una vía de crecimiento menos dependiente del clientelismo y más compatible con la confianza institucional. (OECD)

Por eso la derrota de Orbán es también una lección geopolítica. Durante años, el ex primer ministro actuó como aliado útil de Moscú dentro de la UE, bloqueando o dificultando decisiones cruciales, incluido un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Ucrania. Su gobierno fue funcional a una idea del mundo basada en esferas de influencia, veto interno y debilitamiento del proyecto europeo como actor autónomo. En ese sentido, la elección húngara fue observada con alivio no solo en Bruselas, sino también en Kiev, porque removió una pieza interna de obstrucción en plena guerra. (Reuters)

Con todo, tampoco conviene idealizar el nuevo ciclo. Péter Magyar no encarna una salida progresista en sentido fuerte. Representa más bien una derecha conservadora proeuropea, con promesas de restaurar independencia judicial, libertad de prensa, reformas anticorrupción y límites al poder del primer ministro. Eso basta para explicar por qué su victoria puede ser leída como un avance democrático respecto del orbánismo, pero no autoriza a borrar las tensiones que seguirán presentes en Hungría sobre Ucrania, migración, minorías y orientación social del Estado. Reuters ya advirtió que la liberación de fondos y la normalización plena con la UE dependerán de reformas reales, no de expectativas. (Reuters)

Lo decisivo, en cualquier caso, ya ocurrió. La sociedad húngara mostró que incluso un régimen que había logrado capturar instituciones, medios y circuitos de renta no era invulnerable. Orbán gobernó 16 años prometiendo soberanía, orden y estabilidad; terminó dejando una democracia degradada, un Estado sospechado de captura, una economía con crecimiento débil, servicios públicos bajo estándar OCDE y miles de millones de euros congelados por desconfianza institucional. Su derrota no resuelve de inmediato esos daños, pero sí demuestra algo esencial: cuando el poder erosiona los equilibrios republicanos, no fortalece al Estado; lo convierte en un aparato menos legítimo, menos imparcial y, a la larga, menos capaz de sostener cohesión social. Y eso, al final, también se vota. (Freedom House)

 

Ad portas de nueva negociación colectiva: Químicos farmacéuticos de Farmacias Ahumada denuncian graves vulneraciones laborales y de pago

 

El Sindicato de Profesionales de Farmacias Ahumada (Sinprofasa), que agrupa a más del 95% de las y los químicos farmacéuticos de la cadena a nivel nacional, denunció una serie de incumplimientos laborales por parte de la empresa, en el contexto previo al inicio de una nueva negociación colectiva.

Entre las principales irregularidades, el gremio acusa la existencia de deudas derivadas de cambios unilaterales en los criterios de pago de horas de reemplazo, lo que —según indican— vulnera directamente lo establecido en el contrato colectivo vigente.

Desde la organización señalan que, tras la adquisición de la compañía por parte de empresarios nacionales, se han instalado prácticas que desconocen derechos adquiridos, incluyendo la negativa al pago de horas extraordinarias y de reemplazo. Esta situación impacta directamente en el ejercicio profesional de los químicos farmacéuticos, cuya presencia es obligatoria durante todo el horario de funcionamiento de las farmacias, conforme al Código Sanitario.

Para la presidenta de Sinprofasa, Viviana Castañeda, el escenario es preocupante: “Lo que estamos viviendo no es un hecho aislado, sino una práctica que se ha vuelto reiterada. Hay un desconocimiento sistemático del contrato colectivo y una negativa constante a establecer un diálogo efectivo con el sindicato”.

La dirigenta agregó que, pese a este escenario, existe disposición al entendimiento: “A nosotros nos interesa que a la empresa le vaya bien, porque eso se traduce en más empleo y mejores oportunidades para nuestro gremio. Pero ese desarrollo no puede construirse a costa de precarizar nuestras condiciones laborales”.

Asimismo, desde Sinprofasa cuestionan la coherencia entre el discurso público de la empresa y la realidad interna: “Se promueve una imagen de cercanía con los pacientes, pero quienes sostenemos esa atención —los químicos farmacéuticos— no estamos siendo tratados con el respeto ni las condiciones que corresponden”.

El sindicato también denunció presiones hacia sus afiliados para aceptar un nuevo bono que no forma parte del contrato colectivo vigente, lo que podría constituir una práctica antisindical.

Retrasos en cuotas sindicales

Otro punto crítico expuesto por la organización es el retraso en el pago de las cuotas sindicales por parte de la empresa, pese a que estos montos son descontados mensualmente a los trabajadores.

“Estamos frente a situaciones impresentables. No solo no se están cumpliendo obligaciones contractuales, sino que además se están reteniendo recursos que pertenecen al sindicato. Esto afecta directamente nuestra capacidad de funcionamiento y defensa de los trabajadores”, sostuvo Castañeda.

Finalmente, la dirigenta emplazó a la empresa a transparentar su situación indicando que “aquí hay dos posibilidades: o estamos frente a prácticas antisindicales, o existe un problema financiero que la empresa no ha sincerado. En cualquiera de los casos, se requiere claridad y responsabilidad”.

Trump, psicología de un mono con gillette…

 

Donald Trump, el hombre que nos tiene al borde de la eliminación del planeta -según sus propias palabras- es un ser que hay mirar por el ojo de la cerradura del psicólogo para tener algunas respuestas sobre su endemoniada y peligrosa forma de ser. No es fácil, pero, intentémoslo.

Hablar de la psicología de Donald Trump es interesante porque este personaje combina rasgos personales muy marcados con un estilo político que le ha sido altamente efectivo y, a la vez, dramáticamente polarizante y peligroso para el mundo entero.

Partamos con Otto Kernbeg, reconocido psicólogo en el campo del psicoanálisis que entiende la personalidad no solo por los síntomas visibles sino por la estructura interna de cada persona. En su opinión, una persona con organización más frágil puede vivir a los otros en extremos. Es decir, totalmente buenos o totalmente malos.

Desde esta mirada psicodinámica de Kernberg, Trump calzaría bastante bien con lo que se denomina organización narcisista de la personalidad cuyos rasgos centrales son un autoimagen grandiosa -un yo excepcional, superior-, una necesidad constante de reconocimiento externo, una baja tolerancia a la humillación y una empatía limitada (especialmente en contextos de conflicto).

Lo anterior no implica fragilidad evidente ya que se trata de una estructura de personalidad que ha logrado funcionar —e incluso triunfar— en contextos muy competitivos. No es solo narcisismo clínico, es narcisismo funcional en política ya que, en su caso, el “yo” no es un problema, es su herramienta principal.

Trump no habla como político tradicional. Habla como alguien en una conversación emocional. Usa frases simples y repetitivas, apela al miedo, al orgullo, a la rabia. Reduce problemas complejos a narrativas claras. Y eso llega a su audiencia porque la mayoría de las decisiones humanas no son racionales, son rápidas, emocionales e intuitivas. Y Trump domina a la perfección ese lenguaje.

Asimismo, es el outsider permanente. Su identidad psicológica sigue apelando al “Yo no soy parte del sistema, soy el que lo combate”, lo que le permite mantener conexión con los votantes desencantados, evitar los costos típicos del poder porque culpa siempre al sistema, y reforzar una narrativa casi heroica.

Por otra parte, a diferencia de muchos lideres que evitan la inestabilidad, Trump la usa a través de cambios bruscos de discurso, declaraciones provocadoras, generación constante de polémicas. Y esto tiene un efecto potente en términos psicológicos porque mantiene a todos reaccionando y él controlando el foco.

Mecanismos de defensa

También se hace necesario examinar los mecanismos de defensa predominantes en el presidente de Estados Unidos.

Estos son, muy a menudo, bastante primitivos. Uno de ellos es la “escisión” o “nosotros/ellos”, es decir dividir al mundo en “leales” y “enemigos”. En Trump no hay matices. Se está con él, o se está contra él. 

Otro de sus mecanismos de defensa es la proyección, lo que lo lleva a atribuir a otros intenciones o defectos propios. Por ello, siempre está acusando de “mentirosos” o “corruptos” a sus adversarios.

Igualmente, otro de sus mecanismos favoritos es la negación, lo que lo lleva a desestimar toda información que amenace su autoimagen y a reinterpretar la realidad para mantener su coherencia interna.

Este tipo de mecanismos de defensa no son raros en política, pero en su caso son centrales y muy potentes.

Respecto de su emocionalidad, no es una personalidad “fría” ya que reacciona rápidamente a críticas y usa la rabia como energía movilizadora, además de tener baja tolerancia a la frustración pública. El problema es que canaliza sus emociones en acción, no en retraimiento.

Respecto de su relación con la verdad, Trump no parece operar bajo una lógica clásica de “verdad factual” sino que funciona bajo lo que podríamos llamar “verdad psicológica o narrativa”. Es decir, dice las cosas que refuerzan su identidad, ajusta los hechos a su relato y prioriza la coherencia interna sobre la evidencia externa. Psicológicamente, esto no es simplemente “mentir”, es una forma de mantener la integridad del yo, que cuida como hueso santo.

En relación al tema de la autoestima, hay un punto interesante. Esta, en apariencia, es alta pero profundamente dependiente. Responde a la paradoja clásica del narcisista, que se muestra extremadamente seguro, pero requiere validación externa constante. En suma, su autoestima no es estable, es regulada externamente. Es por ello que reacciona en forma estruendosa a las críticas y busca escenarios donde pueda dominar.

Respecto de sus vínculos personales, sus relaciones están marcadas por la instrumentalización, es decir ve a las personas como aliados o como amenazas de modo que, más que construir lealtades, las exige. Obviamente, con estas características, tiene baja tolerancia a la disidencia lo que lleva a que tenga vínculos intensos pero inestables.

Analizando su relación con el poder, es claro que éste representa para él una extensión del yo. Para Trump, el poder no es solo un medio político, es una extensión directa de su identidad personal. Si gana, se valida. Si pierde, siente una amenaza narcisista profunda. Por ello, no integra fácilmente las derrotas, las reinterpreta o rechaza. Trump no necesita convencer de que tiene razón. Necesita algo mucho más profundo. Que la gente sienta que él nunca pierde. Porque si él pierde, su identidad se rompe.

Claro que hay que decir que si este señor ha llegado donde esta es porque cuenta con algunas fortalezas psicológicas reales. Entre éstas se cuentan su alta resiliencia frente a críticas, su capacidad de exposición pública extrema, su gran energía psíquica y su habilidad para conectar con emociones colectivas. Trump no es una personalidad frágil en lo funcional, es altamente adaptativo en contextos de conflicto.

Pero tiene riesgos psicológicos estructurales. Sus puntos de mayor riesgo son su rigidez cognitiva, su escalada en los conflictos como única estrategia y, desde luego, su dificultad para integrar errores o límites y su tendencia a personalizar lo institucional.

En suma, Trump no es simplemente un líder “narcisista”. Es un caso de narcisismo convertido en identidad política y eso lo vuelve resistente, tal vez magnético para sus fieles, pero también, potencialmente desestabilizador.

 

Johannes Kaiser y la cofradía de los macholibertarios

 

Según datos actualizados del Servicio Electoral de Chile, el Partido Nacional Libertario —fundado y liderado por Johannes Kaiser— es el segundo partido con más militantes en el país, solo superado por el Frente Amplio. Además, es, por lejos, el partido con mayor cantidad de militantes hombres de todo Chile, con 36.925 varones inscritos. Esto no debería sorprendernos, pero sí invita a reflexionar sobre sus implicancias.

Lo señalo porque Johannes Kaiser se ha convertido en un referente para miles de hombres que perciben el feminismo como una amenaza real. En él ven un modelo de masculinidad tradicional: fuerte, capaz de levantar la voz con firmeza, sin mostrar vulnerabilidad y que se burla abiertamente de cualquier forma de ser hombre que se aleje de la hegemónica.

Por eso, un personaje como Kaiser atrae a tantos hombres. En su discurso, lo políticamente incorrecto, el desprecio por lo diferente y su cruzada contra la llamada “ideología de género” forman parte de una batalla cultural que, en el fondo, busca preservar los roles tradicionales de hombres y mujeres.

En este marco han surgido diversos grupos de colaboradores de Kaiser a través de plataformas digitales. Uno de los más destacados es La Cofradía, del canal La Mano Invisible TV en YouTube. Se trata de un espacio que funciona como un grupo de amigos dedicado principalmente a reforzar una masculinidad hegemónica.

Lo hacen no solo mediante burlas sistemáticas hacia cualquiera que se salga del molde tradicional masculino heterosexual, sino también a través de las bromas que se hacen entre ellos mismos, como si se tratara de un colegio de hombres dirigido por el macho alfa del grupo (Emiliano Fernández), en el que las mujeres son meros objetos de consumo para demostrar virilidad.

El programa es tan burdo y básico en su humor que, en ocasiones, parece una sátira. Está lleno de insultos, descalificaciones, ridiculizaciones y degradaciones. Se recurre con frecuencia a términos como “maricón”, “hueco” o “fleto” para referirse a cualquier expresión masculina u orientación sexual que se aleje de lo que ellos consideran convencional y “normal”.

Un ejemplo claro es la burla constante hacia uno de sus integrantes, Ítalo Omegna, sobre supuestas dudas respecto a su sexualidad y falta de virilidad (quien, además, se ríe de sí mismo). Esto ocurre incluso en presencia de Diego Dahmer, abiertamente homosexual. Se trata de la clásica reafirmación heterosexual: una forma de evitar cualquier conversación seria sobre los miedos y problemas reales que enfrentan los hombres.

En otras palabras, Diego Dahmer funciona como una masculinidad cómplice o subordinada. Al aceptar y reírse de las bromas que lo estigmatizan simbólicamente, contribuye a sostener el orden hegemónico. Refuerza la idea de que el “hombre de verdad” se define siempre en oposición a las mujeres y a las disidencias sexogenéricas.

Es el clásico mecanismo de cooptación: se tolera al disidente siempre que no amenace el núcleo patriarcal del grupo. En lugar de cuestionar la jerarquía de género, la participación de Dahmer legitima el programa como un simple “humor interno” y permite al resto del panel argumentar: “No somos homofóbicos, miren, tenemos un gay”.

Esta dinámica no es nueva. La masculinidad hegemónica ha utilizado históricamente el humor como herramienta de control social: se ríe de lo queer, de lo afeminado y de lo vulnerable para reafirmar que el “verdadero hombre” está por encima de todo eso. Lo que La Cofradía actualiza es la versión digital y macholibertaria de ese viejo mandato. Bajo la bandera de la “libertad de expresión” y el rechazo al “woke”, se reproduce la misma estructura de poder.

No se trata sólo de “bromas pesadas entre amigos”. Se trata de un discurso excluyente y esencialista que enseña a miles de espectadores jóvenes que la forma aceptable de ser hombre pasa necesariamente por la descalificación constante de todo aquello que no encaje en el molde heterosexual y dominante.

Después del crimen: por qué el castigo no basta para frenar la violencia escolar

El viernes 27 de marzo, el patio del Instituto Obispo Silva Lezaeta en Calama fue el escenario de un hecho que ningún país debería normalizar. Un estudiante de cuarto medio ingresó al colegio con un arma blanca y elementos acelerantes. Apuñaló a dos inspectoras y tres alumnos. María Victoria Reyes, de 59 años, murió mientras intentaba proteger a sus estudiantes.

La conmoción fue inmediata. También la respuesta: querellas por homicidio, proyecto “Escuelas Protegidas”, revisión de mochilas y endurecimiento de sanciones. Una encuesta Criteria reveló que un 75% de la ciudadanía respalda la mano dura.

Y tienen razón en exigir consecuencias. Quien comete un crimen debe enfrentar la justicia.

Pero hay una pregunta que nadie quiere hacer en medio de la indignación: ¿y después del castigo, qué?

Porque perseguir penalmente a un adolescente no evitará que otro estudiante, en otra ciudad, cargue mañana su mochila con un cuchillo. La única manera de hacer desaparecer estas actitudes es entender algo elemental: la violencia se aprende. Y lo que se aprende, también se puede desaprender.

La ilusión del control

El proyecto “Escuelas Protegidas” suena bien en el titular. Pero instalar detectores de metales no desactiva el rencor, la desesperanza o la rabia contenida que lleva a un joven a cometer un acto extremo. Peor aún: convierte los colegios en recintos controlados, no en espacios de formación.

La evidencia muestra que estas medidas generan efectos perversos: estigmatización de los estudiantes, criminalización de la pobreza y erosión de la confianza entre adultos y jóvenes. El exsubsecretario Neftalí Carabantes lo advirtió: “El riesgo es legislar rápido y aprobar una ley simbólica y de nulo impacto real”.

El castigo mira al pasado, al delito ya cometido. La pedagogía, en cambio, mira al futuro.

Lo que realmente necesitan las escuelas

Para que estas actitudes violentas desaparezcan —no solo se repriman— se requieren tres cambios profundos.

Primero: entender que la convivencia no es un lujo, sino el eje del sistema escolar. Hoy, en Chile, cada tipo de escuela enfrenta la violencia de manera distinta y desigual. En las escuelas públicas, la falta de recursos y la segregación territorial convierten muchos patios en territorios sin reglas claras. En los colegios subvencionados —que concentran la mayor matrícula— la presión por resultados académicos a menudo invisibiliza el conflicto o lo resuelve con expulsiones rápidas. En los privados, la violencia adopta formas más silenciosas: bullying psicológico, discriminación, acoso encubierto. La convivencia no puede seguir dependiendo de la buena voluntad de cada director. Se requieren estándares mínimos obligatorios para todo el sistema, sin importar su financiamiento.

Segundo: pasar del castigo vacío a la sanción con sentido formativo. Un estudiante que comete un acto violento debe enfrentar consecuencias claras. Pero también debe ser sometido a un proceso paralelo: acompañamiento psicológico, trabajo comunitario de reparación, formación en habilidades emocionales. La expulsión sin reinserción —como ha ocurrido con la Ley Aula Segura— no soluciona el problema, solo lo traslada a otro colegio o, peor, a la calle.

Tercero: construir vínculos, no muros. La mejor seguridad es aquella que genera pertenencia y cuidado mutuo. Esto significa instalar espacios regulares donde los estudiantes puedan expresar sus diferencias, gestionar sus emociones y resolver conflictos sin recurrir a la agresión. No es ingenuidad: los programas de mediación escolar bien implementados han demostrado reducir significativamente los episodios violentos.

Lo que falta en la discusión

Ninguna de estas medidas funcionará si se implementan de forma aislada. Se requiere:

· Equipos de salud mental estables en cada colegio, no un psicólogo que apaga incendios.

· Formación real para docentes y asistentes de la educación en manejo de conflictos. Hoy se les exige contener, pero no se les forma para hacerlo.

· Trabajo con familias, porque la violencia muchas veces se reproduce en el hogar y se traslada a la escuela.

Conclusiones finales

El tratamiento jurídico del hecho delictivo es necesario. Pero no es suficiente. Perseguir al agresor de Calama no evitará el próximo episodio.

El castigo llega tarde. La pedagogía, en cambio, llega a tiempo.

La pregunta no es si endurecemos las penas. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer lo más difícil: construir, desde la sala de clases, un país donde estos hechos simplemente dejen de tener sentido.

Este 25 de abril se realiza la 18° versión del Festival “Femfest Mujeres y Disidencias”

 

Con la unión de activismo, inclusión y sobre todo música, este año el Festival Femfest comenzó sus actividades con los distintos talleres y encuentros de la Escuela de formación Femfest Mujeres y Disidencias realizados en el Museo de la Educación y la Biblioteca de Santiago. Talleres de sonido, iluminación, textil y conversatorios fueron parte de la agenda que capacitó a más de 60 personas. Las cuales pondrán en práctica sus saberes y creaciones el próximo 25 de abril en su décimo octava versión en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en el mismo festival, que contará con una equipa técnica compuesta en su totalidad por comunidades LGTBIQA+.  

A lo largo de su trayectoria Femfest se ha caracterizado por incluir en sus conciertos la interpretación de lengua de señas para la comunidad sorda y haber sido durante 10 años, cuna de la icónica performer y símbolo del underground chileno, Hija de Perra. 

El festival contempla música de mujeres y disidencias que abarcan sonidos del punk, pop, rock, indie. A ello se suman instancias de poesía, reflexión, performance, teatro infantil y espacios con zona de lactancia, agua purificada gratuita, puntos de reciclajes, feria de artes y una propuesta libre de alcohol, humo y todo tipo de violencia y discriminación. Su equipo curatorial trabajado por la Coordinadora – que cumple 21 años de vida – está integrado por mujeres y disidencias provenientes de diversas profesiones y experiencias culturales como la música, el sonido, el diseño gráfico, la pedagogía, gestión cultural, comunicaciones, desarrollo web, entre otras.  

Su última versión en noviembre de 2024 en la Usach, congregó a más de 800 personas y entre sus artistas participaron Javiera Electra, Valentina Peralta, Las Olas, Aluna Tambó, entre otros proyectos. 

Versión 2026 “Memoria viva, presente y futuro en la música nacional” 

Este año el Line Up lo integra: la compositora, escritora y arquitecta Colombina Parra, el productor y músico Noah Blanco, el pop lésbico de Horridia Parra. El reciente estreno de la obra de marionetas “Laika y los misterios del universo” de Pupa Teatro y Tania Corvalán, que será parte del bloque infantil junto a la agrupación Guaypes. El trío Madriguera de Rancagua, el punk chillanejo de Melchora, el sonido urbano de Séybah, El electro pop experimental de María Compás de Temuco, la cantante afro chilena angoleña, Ofelia Hayde y el indie pop de Las Margaritas

“Nuestro proceso de selección tiene ejes fundamentales como bandas principalmente conformadas por mujeres y disidencias con mínimo dos años de trayectoria. Que provengan de regiones y otras comunas además de Santiago y que estén en sintonía con nuestros principios como el respeto y la colaboración, así como también que trabajen a nivel territorial y estén constantemente tocando en vivo”, comenta Carolina Ozaus, música y co-fundadora de Femfest

El festival es financiado por el Fondo de la Música del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, en su línea Ferias y Festivales de trayectoria; y en colaboración de la línea de Memoria y Feminismo del MMDH. Femfest 2026, que también contempla en su feria de más de 50 organizaciones sociales, proyectos de artes y oficios, y será transmitido en vivo por la Radio Juan Gómez Milla, se llevará a cabo el sábado 25 de abril con entrada liberada a partir de mediodía por primera vez en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH) en la comuna de Quinta Normal. 

“Para el Museo es importante acoger este festival porque pone en el centro la música como un lugar de expresión artística y cultural, visibilizando la creación de mujeres y disidencias que históricamente han sido relegadas o menos reconocidas en estos espacios. Instancias como Femfest no solo amplían nuestra programación, también aportan a una reflexión más profunda sobre los valores democráticos y la participación en nuestra sociedad”, destaca María Fernanda García, directora ejecutiva MMDH. 

Manouchehri y Cicardini denuncian en Contraloría mal uso de recursos públicos en celebración de excompañeros de Kast en La Moneda

 

Los parlamentarios solicitaron que la Contraloría General de la República fiscalice el eventual uso de salones, personal, jornada y recursos públicos de la Presidencia en una actividad social de excompañeros de Derecho de la Universidad Católica realizada en dependencias de La Moneda.

El diputado Daniel Manouchehri y la senadora Daniella Cicardini, ambos del PS, ingresaron una presentación ante la Contraloría General de la República para que se investigue el eventual uso de recursos públicos en una celebración social de excompañeros del Presidente José Antonio Kast realizada en La Moneda.

La acción se funda en antecedentes, fotografías y publicaciones de prensa que dan cuenta de una actividad social desarrollada en salones de Palacio, en horario laboral, con menú oficial, atención de personal institucional y participación de invitados vinculados a la generación de Derecho de la Universidad Católica del Mandatario.

Para los parlamentarios, el problema no es que el Presidente se reúna con quienes fueron sus compañeros de universidad. Plantean que, si una celebración de carácter personal se organizó en dependencias de La Moneda, con mozos, servicio, comida, jornada laboral y recursos del Estado, corresponde que Contraloría determine si se infringió el principio de probidad administrativa y si se utilizaron bienes públicos para fines ajenos a los institucionales.

En la presentación, Manouchehri y Cicardini solicitaron que se informe la naturaleza y objeto de la actividad, la nómina de asistentes, las dependencias utilizadas, el personal destinado al evento, los costos asociados, la imputación presupuestaria correspondiente y la eventual existencia de reembolsos particulares.

En suma, el requerimiento busca establecer si una actividad social privada fue montada con medios del Estado y si existió justificación institucional suficiente para comprometer recursos públicos en una instancia de ese tipo.

“Utilizar recursos públicos para celebraciones privadas es grave. ¿Qué viene después? ¿Fiestas de los hijos con el dinero de todos los chilenos? La Moneda no es un fundo”, señaló Daniel Manouchehri.

El legislador agregó que “el Presidente puede juntarse con quien quiera en su vida personal. Lo que no puede hacer es cargarle al Estado una celebración de excompañeros y usar la casa de gobierno como salón social. Los recursos públicos son para servir a Chile, no para financiar camaraderías privadas.”

Por su parte, la senadora Daniella Cicardini afirmó que “los recursos públicos no son para pagar nostalgias universitarias, ni menos cuando se dice que no hay plata. Nadie cuestiona con quién se junta el Presidente, pero no puede usar La Moneda como si fuera su quincho”.

En esa línea, Cicardini remarcó que “la Contraloría deberá transparentar quién autorizó esto, cuánto costó y por qué se usaron recursos de todos los chilenos en una actividad que no tiene nada de institucional”.

Los parlamentarios señalaron que esperan que la Contraloría actúe con rapidez para esclarecer los hechos y establecer eventuales responsabilidades administrativas si se confirma un uso impropio de recursos públicos.

La ilusión del mercado: cuando el Estado se retira y la sociedad paga el costo

 

Las actuales decisiones económicas no son neutras: redistribuyen el riesgo hacia las familias y erosionan silenciosamente las bases de la democracia.

“En nuestra visión, son los privados los que tienen que tirar el carro. Por lo tanto, quisiéramos más privados y menos Estado”.

La frase, difundida recientemente por el medio digital The Clinic en su cuenta de Instagram, de Daniel Mas, Ministro de Economía y Minería no es una opinión aislada. Es una definición institucional. Y como tal, no expresa solo una preferencia económica: delimita el horizonte político de un gobierno y anticipa cómo se organizará la vida social en los próximos años.

En ella hay una tesis clara: el mercado como motor principal del crecimiento y el Estado reducido a un rol secundario.

El problema no es que esta idea carezca de fundamento teórico. Lo tiene. Se inscribe en una tradición que sostiene que la libertad económica y la reducción del Estado pueden incentivar la inversión y dinamizar la economía. Sin embargo, esa formulación omite un elemento decisivo: las condiciones concretas sobre las cuales se pretende aplicar.

Chile no es una economía abstracta ni una sociedad homogénea. Es un país donde una proporción relevante de la población vive en condiciones de vulnerabilidad, donde los ingresos medianos son bajos en relación con el costo de la vida y donde las desigualdades territoriales siguen marcando las trayectorias de las personas.

Desde ese punto de partida, la consigna de “más privados y menos Estado” deja de ser una idea técnica. Se transforma en una decisión con consecuencias materiales: redefine quién asume los costos del crecimiento y bajo qué condiciones se organiza la vida en común.

Para comprender este giro, es útil situarlo en una perspectiva histórica. El Estado moderno no surge como un obstáculo al desarrollo, sino como una herramienta para organizar la vida colectiva. Es, en términos simples, una conquista civilizatoria. En Chile, sin embargo, su desarrollo tuvo una particularidad.

Como ha señalado Gabriel Salazar, el Estado se construyó más como una estructura de orden que como un mecanismo de integración social. La impronta de Diego Portales consolidó una institucionalidad fuerte en autoridad, pero no necesariamente orientada a reducir desigualdades. Más tarde, el diseño impulsado por Jaime Guzmán profundizó esa lógica, estableciendo un modelo donde el mercado organiza la vida económica y el Estado interviene de manera subsidiaria.

Lo que hoy se presenta como modernización económica es, en buena medida, la continuidad de esa tradición: un Estado que mantiene su capacidad normativa, pero reduce su rol redistributivo. El problema es que esta redefinición ocurre en un contexto que no es neutro.

Según datos de la encuesta CASEN, la pobreza multidimensional afecta a cerca de un 17% de la población. Esto refleja carencias en educación, salud, redes y condiciones de vida, más allá del ingreso. A ello se suma que los ingresos medianos en Chile rondan los $600.000 líquidos, en un país donde el costo de la vida exige endeudamiento para sostener niveles básicos de bienestar.

En este escenario, el Estado no es un exceso. Es un amortiguador. Sostiene políticas que no eliminan las desigualdades, pero contienen sus efectos más críticos.

Por eso, la combinación de dos medidas —un recorte fiscal cercano al 3% aplicado de forma horizontal y una reducción del impuesto corporativo del 27% al 23%— no puede leerse como un simple ajuste técnico. Se trata de una redefinición estructural del rol del Estado.

El argumento de la reducción tributaria suele apoyarse en la llamada curva de Laffer, que sugiere que menores impuestos pueden incentivar la inversión. Sin embargo, la evidencia empírica en América Latina no respalda de forma consistente esa hipótesis. Organismos como la CEPAL han señalado que el problema en la región no es un exceso de carga tributaria, sino una combinación de baja recaudación y alta desigualdad.

Incluso si se acepta que menores impuestos pueden estimular ciertos niveles de inversión, ello no garantiza que esa inversión sea inmediata ni productiva. Puede dirigirse a activos financieros o postergarse en contextos de incertidumbre. Lo que sí es inmediato es la reducción de la capacidad fiscal del Estado.

A esto se suma el contexto macroeconómico. El Banco Central de Chile ha proyectado un crecimiento moderado, en torno al 1,5%–2,5%, en un escenario internacional marcado por desaceleración y presiones inflacionarias recientes. En estas condiciones, la teoría económica —particularmente la tradición keynesiana— sugiere que el Estado debería sostener la demanda interna.

Lo que se observa, sin embargo, es lo contrario: una política contractiva en un momento donde la economía requiere estímulos.

Las consecuencias de esta decisión no se quedan en el plano macroeconómico. Se trasladan a la vida cotidiana. La eliminación de mecanismos como el MEPCO implica que las variaciones del precio internacional de los combustibles se traspasan directamente a los hogares. Esto encarece el transporte y afecta toda la cadena de distribución, elevando el costo de bienes y servicios.

El ajuste no desaparece. Se traslada.

Ese traslado tiene efectos especialmente visibles en ámbitos como la educación. Las políticas educativas operan en el largo plazo. Su debilitamiento no produce efectos inmediatos, pero sí altera trayectorias de vida.

En contextos de vulnerabilidad, los programas de retención escolar y acompañamiento psicosocial cumplen una función clave: sostener condiciones mínimas de integración. Su reducción no genera eficiencia, sino discontinuidad. Y esa discontinuidad aumenta el riesgo de deserción y precariedad laboral.

La literatura del Banco Interamericano de Desarrollo es clara: la desvinculación del sistema educativo y la falta de oportunidades laborales incrementan la probabilidad de trayectorias informales o ilegales. No se trata de una relación mecánica, pero sí de una dinámica estructural.

En territorios donde el Estado ya llega con dificultad, su retiro no es neutro. Genera vacío. Y los vacíos, en contextos de desigualdad, tienden a ser ocupados.

Esta lógica también se expresa en el plano institucional. La regulación sobre el uso de agua de mar y desalación muestra cómo bienes de origen público pueden organizarse bajo esquemas de provisión económica. Aunque el recurso pertenece a la nación, su transformación permite su apropiación y distribución bajo criterios de mercado.

Se configura así una paradoja: lo público en origen se vuelve privado en destino.

Este fenómeno no es aislado. Se replica en distintos ámbitos donde bienes esenciales —como la educación o la seguridad social— se estructuran bajo lógicas similares. Como advirtió Karl Polanyi, la mercantilización de elementos fundamentales de la vida puede fragmentar la cohesión social cuando el acceso depende exclusivamente de la capacidad de pago.

El problema no es solo económico ni institucional. Es también político.

El PNUD ha documentado un deterioro sostenido de la confianza en las instituciones en Chile, asociado a la percepción de inseguridad y falta de protección. En ese contexto, la política enfrenta una tensión adicional: la simplificación del debate público.

Problemas complejos son reducidos a soluciones inmediatas. Como planteó Hannah Arendt, la política requiere un espacio donde la complejidad pueda ser comprendida. Cuando ese espacio se reduce, la democracia pierde densidad.

Y como advierte Byung-Chul Han, emerge una sociedad marcada por el cansancio, donde los individuos enfrentan problemas estructurales como si fueran responsabilidades individuales.

En ese escenario, el debilitamiento del Estado no necesariamente genera más libertad. Puede generar más incertidumbre, más exposición al riesgo y más frustración.

La discusión de fondo, entonces, no es si el mercado puede crecer con menos Estado. Es otra, más profunda:

¿Puede una sociedad sostener su cohesión, su estabilidad y su democracia cuando debilita el principal instrumento que tiene para organizar lo común?

Porque cuando el Estado retrocede, los problemas no desaparecen. Se redistribuyen. Y en sociedades desiguales, esa redistribución rara vez es neutral.

 

Parlamentarios Socialistas entregan carta en La Moneda y rechaza ley miscelánea por “regresiva y fiscalmente irresponsable”

 

Parlamentarios del PS acusaron que la iniciativa del Ejecutivo encubre una reforma tributaria que beneficia a los sectores de mayores ingresos y debilita las finanzas públicas.

En el marco de una entrega formal realizada en el Palacio de La Moneda, la bancada de senadoras, senadores, diputadas y diputados del Partido Socialista hizo llegar al Presidente de la República una carta en la que expresan su rechazo al contenido de la denominada Ley Miscelánea que impulsará el Gobierno, advirtiendo que se trataría de una reforma tributaria encubierta, con efectos regresivos y de alto riesgo fiscal. 

En el documento, los parlamentarios cuestionan que se incorporen cambios estructurales al sistema tributario bajo el contexto de una ley asociada a la reconstrucción, señalando que ello evita un debate transparente y debilita la deliberación democrática.

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