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Cuba entre el diamante y la geopolítica: la isla en un tablero internacional en movimiento

 

El 6 de marzo comenzó una nueva edición del World Baseball Classic y, como ocurre cada vez que la selección nacional salta al terreno, el béisbol volvió a convertirse en una pausa colectiva para los cubanos. En su debut, Cuba venció tres carreras por una a Panamá, resultado que, más allá del marcador, reafirma el lugar singular que ocupa este deporte en la cultura nacional.

En medio de apagones intermitentes, dificultades económicas y una agenda política internacional cada vez más compleja, millones de cubanos siguieron el partido desde sus casas, centros de trabajo o espacios públicos. El béisbol, heredero de más de un siglo de tradición, continúa funcionando como un territorio simbólico donde se suspenden momentáneamente las tensiones cotidianas.

Pero mientras la pelota rodaba en el diamante, el tablero geopolítico alrededor de Cuba se movía con una intensidad notable.

América Latina y el reacomodo de alianzas

Uno de los acontecimientos más llamativos de los últimos días fue la decisión del gobierno de Ecuador de declarar persona non grata al personal diplomático cubano acreditado en Quito.

La medida —adoptada por la administración del presidente Daniel Noboa— obligó a la misión diplomática de Cuba a abandonar el país en un plazo de 48 horas, invocando el artículo 9 de la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, que permite expulsar diplomáticos sin necesidad de justificar públicamente las razones.

Desde una perspectiva estrictamente jurídica, se trata de una facultad soberana de los Estados. Sin embargo, en el terreno político el gesto ha sido interpretado por diversos analistas como un movimiento de alineamiento estratégico con Washington, en un momento en que la política exterior ecuatoriana ha reforzado su cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad regional.

Medios y analistas de diversas corrientes —desde reportes de agencias internacionales como Agencia EFE hasta lecturas críticas publicadas en plataformas latinoamericanas como OnCuba— coinciden en que el episodio refleja un reordenamiento político en América Latina, donde algunos gobiernos buscan reposicionarse dentro del nuevo ciclo geopolítico del hemisferio.

En el caso cubano, la expulsión diplomática adquiere un valor simbólico adicional: recuerda episodios históricos en los que la isla ha sido objeto de presiones o aislamientos diplomáticos dentro del sistema interamericano.

Washington, Cuba y el discurso del “status quo”

La tensión diplomática regional coincide además con recientes declaraciones provenientes de la Casa Blanca en las que se ha insinuado que, una vez concluida la actual crisis con Irán, la administración estadounidense podría dirigir mayor atención hacia la situación cubana con el objetivo de “modificar el status quo”.

Aunque el alcance real de esas afirmaciones sigue siendo objeto de debate, el mensaje resulta significativo en términos estratégicos. En el pasado, cada ciclo de redefinición de la política exterior estadounidense hacia Cuba ha estado condicionado por factores internacionales más amplios: cambios en el equilibrio global, presiones domésticas o transformaciones en América Latina.

En la actualidad, esos tres elementos parecen confluir simultáneamente.

La guerra que reorganiza prioridades

El primer factor es la escalada militar entre Estados Unidos y Israel frente a Irán.

Las operaciones militares registradas en las últimas semanas han elevado la tensión en Medio Oriente a niveles que no se observaban desde hace años. La posibilidad de una guerra regional más amplia, así como las implicaciones energéticas vinculadas al estrecho de Ormuz, han colocado nuevamente a la política exterior estadounidense bajo presión.

Coberturas de cadenas internacionales como CNN y France 24 coinciden en que este conflicto podría redefinir prioridades estratégicas globales de Washington, obligando a revisar su política hacia distintas regiones del mundo.

Dentro de ese reajuste, el Caribe y América Latina podrían recuperar peso relativo en la agenda geopolítica.

Turbulencias internas en Estados Unidos

El segundo factor que incide en este escenario es la política doméstica estadounidense.

La reciente desclasificación de documentos vinculados al caso de Jeffrey Epstein ha vuelto a sacudir el debate político en Washington. Nuevos testimonios y registros han reavivado acusaciones que involucran a figuras de alto perfil, generando una ola de controversias mediáticas y judiciales.

En contextos de presión política interna, la historia estadounidense muestra que la política exterior puede convertirse en un espacio de reafirmación de liderazgo o de reconfiguración narrativa.

Algunos analistas sugieren que las declaraciones sobre Cuba podrían formar parte de ese contexto político interno más amplio.

Cuba entre presión externa y resiliencia social

Para la isla, este entorno internacional se suma a desafíos internos que ya forman parte de su realidad cotidiana: limitaciones energéticas, dificultades económicas acumuladas y la necesidad permanente de gestionar su inserción internacional bajo condiciones adversas.

Sin embargo, el país también exhibe una notable capacidad de resiliencia social. La vida cultural, la organización comunitaria y las tradiciones deportivas continúan articulando la identidad nacional.

Entre ellas, ninguna posee el peso simbólico del béisbol.

El diamante como espejo de la nación

El triunfo de Cuba sobre Panamá en el World Baseball Classic llega en un momento donde el país vuelve a situarse en el centro de debates geopolíticos.

Pero mientras diplomáticos son expulsados, potencias se enfrentan en Medio Oriente y escándalos políticos sacuden a Washington, la vida cotidiana en Cuba sigue su propio ritmo.

Hay apagones que reorganizan horarios, ejercicios de preparación para la defensa que forman parte de la institucionalidad desde hace décadas y conversaciones inevitables sobre economía y futuro.

Y también hay béisbol.

Por eso, cuando la selección cubana pisa el terreno en el Clásico Mundial que se disputa en Puerto Rico, algo más profundo ocurre: el país se reconoce a sí mismo en el juego.

Entre titulares de crisis internacionales y debates sobre el equilibrio global, Cuba vuelve a reunirse frente al televisor o la radio para seguir cada lanzamiento.

Porque, en medio de un mundo convulso, el béisbol continúa siendo ese espacio donde la nación respira al mismo tiempo.

Y así, entre la geopolítica y la vida cotidiana, el país celebra una victoria tres carreras por una en el World Baseball Classic, recordando que, por nueve entradas, el diamante sigue siendo el lugar donde todos los cubanos juegan en el mismo equipo.

8M: Compañeras, Resistiremos….

Foto de Hannah Busing en Unsplash

Los puntos suspensivos de esta editorial no son, en ningún caso, baladí. Con la futura administración del nuevo Presidente de Chile, José Antonio Kast, cobra real importancia porque las mujeres en Chile están en un momento de real incertidumbre. No se sabe a ciencia cierta el destino de décadas de lucha en favor los derechos humanos conquistados, a capa y espadas, tras batallar por las diversas demandas de las chilenas. Desde conquistar el derecho al voto para las mujeres hasta el aborto legal, que acaba de ser aprobado en la Comisión de Salud de las Cámara de Diputadas del Congreso Nacional.

Nada de eso ha sido fácil. Todo avance en materia de equidad de género ha sido producto de la histórica lucha de las mujeres, muchas de ellas anónimas, que incansablemente han enfrentado al patriarcado para avanzar en derechos, visibilidad y reconocimiento.

Estuvieron en cada una de las instancias posibles, en las calles, en todos los espacios, convocadas y no convocadas, para hacer oír su voz.  Incluso con algunas mujeres que no fueron parte de esta sororidad y con otras que se sumaron a última hora porque la “moda” así lo dictaba.

Hoy, en pleno siglo XXI, en un Chile que podrá retroceder en derechos para las mujeres, con un gobierno de ultraderecha, el llamado es simple, pero a la vez complejo. Simple, porque las organizaciones de mujeres seguirán con su trabajo cotidiano. Complejo, porque será una tarea ardua conservar y avanzar en sus derechos en un gobierno abiertamente conservador.

Hoy más que nunca están en peligro los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Hoy como más que nunca estará en juego el prevenir todo tipo de violencias contra las mujeres.

Por lo mismo, no cabe duda alguna que, frente a una nueva administración ultraconservadora, las mujeres harán sentir su voz, presencia y su clamor en las calles y donde sea posible una vez más, no solo el 8 de Marzo, sino todos los días, como guardianas de lo conquistado.

Mineduc lanza campaña “Ana, la niña con trenzas de chorizo” que promueve trayectorias educativas libres de estereotipos de género

Imagen cedida

Las autoridades del Ministerio de Educación abordaron los avances del sistema educativo para promover la igualdad de género junto a la comunidad educativa de la Escuela Básica Cóndores de Plata de Cerrillos.

En la antesala de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el Ministerio de Educación lanzó la campaña “Ana, la niña con trenzas de chorizo”, una iniciativa que busca promover trayectorias educativas libres de estereotipos de género y fomentar que niñas, niños y jóvenes desarrollen sus talentos sin limitaciones asociadas a su género.

La actividad se realizó en la Escuela Básica Cóndores de Plata de Cerrillos y fue encabezada por la subsecretaria de Educación, Alejandra Arratia; la subsecretaria de Educación Parvularia, Claudia Lagos; y el subsecretario de Educación Superior, Víctor Orellana.

Al llegar al establecimiento, las autoridades fueron recibidas por el director, Cristóbal Cabrera, quien realizó un recorrido por el recinto. Posteriormente, participaron en un conversatorio con la comunidad educativa, instancia en la que presentaron la Cuenta Pública de Género 2026 del Ministerio de Educación, destacando avances y desafíos en materia de igualdad de género en toda la trayectoria del sistema educativo.

La subsecretaria de Educación, Alejandra Arratia, sostuvo que “esta campaña refleja el compromiso que asumimos como Ministerio de Educación y como Gobierno de avanzar hacia una educación que resguarde el desarrollo integral de niñas y niños, sin discriminación de ningún tipo. Esta es la historia de una niña que enfrentó un problema y que, gracias a su creatividad, perseverancia y al apoyo de su comunidad educativa, no solo logró resolverlo, sino también cumplir sus sueños y convertirse en científica. Con esto queremos transmitir a niñas y niños que no hay ningún obstáculo que impida el desarrollo de sus sueños, porque tenemos la firme convicción de que todas y todos pueden aprender”.

La subsecretaria también destacó que el trabajo del ministerio en estos años ha buscado abordar los desafíos del sistema educativo tras la pandemia, con iniciativas como la publicación de herramientas como el “Decálogo para la prevención y el abordaje de la violencia de género en establecimientos educativos”.

Por otra parte, la autoridad relevó las acciones impulsadas en el marco de la Política Nacional de Convivencia Educativa, entre ellas la elaboración de orientaciones para prevenir y abordar la violencia en las comunidades educativas, y la aprobación de Ley de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas por el Congreso

Cabe señalar que a la actividad asistieron el director de la Dirección de Educación Pública, Rodrigo Egaña; la superintendenta de Educación, Loreto Orellana; el superintendente de educación superior, José Miguel Salazar, el director del SLEP Santa Corina, Ignacio Cáceres; representantes de las embajadas de Suecia, Noruega y Finlandia; además de comunidades educativas de establecimientos del SLEP Santa Corina.

Igualdad desde la primera infancia

En tanto, la subsecretaria de Educación Parvularia, Claudia Lagos, subrayó la importancia de abordar las brechas de género desde los primeros años de vida. “Uno de los avances más relevantes ha sido traducir los avances legislativos en recursos concretos para las comunidades educativas. Se desarrollaron materiales y herramientas pedagógicas que permiten que estas perspectivas se expresen en un lenguaje formativo, tanto para niños y niñas, como para los equipos educativos”.

En ese marco, destacó el programa Prevenir a Tiempo, orientado a fortalecer las capacidades de las comunidades educativas para prevenir y abordar la violencia de género.

Es muy importante educar desde una perspectiva de género desde los primeros años. Mientras antes abordemos educativamente estos temas, mayores posibilidades tendremos de transformar la sociedad y avanzar hacia una conciencia de género más profunda”, afirmó.

Avances en educación superior

Durante el conversatorio, el subsecretario de Educación Superior, Víctor Orellana, destacó las políticas impulsadas para avanzar en igualdad de género en el acceso y desarrollo de trayectorias educativas.

“La lucha por la igualdad de género es una lucha de todas y todos. Desde el sistema de educación superior apoyamos decididamente el avance de la ya publicada ley “Yo cuido, yo estudio”, que permitirá facilitar el cuidado tanto para mujeres como para hombres en igualdad de condiciones”, indicó.

Asimismo, relevó las políticas orientadas a aumentar la presencia de mujeres en áreas tradicionalmente masculinizadas. “Con iniciativas como Más Mujeres Científicas y las políticas para fortalecer la participación femenina en la educación técnico profesional, hoy tenemos más mujeres estudiando carreras de tecnología, matemática e ingeniería”.

Más información:  https://anaysustrenzas.mineduc.gob.cl/

Ver historia de Ana y sus trenzas: https://www.youtube.com/watch?v=37l4XPG0vA0

Descarga la historia de Ana y sus trenzas: https://anaysustrenzas.mineduc.gob.cl/pdf/Libro%20Ana%20ok.pd

Día Internacional de la Mujer: licencias médicas, salud mental y protección que falta

Foto de Vonecia Carswell en Unsplash

Mientras se mantiene el debate por los escándalos de las licencias médicas, el ahorro fiscal que genera su disminución y el control del sistema, las cifras sobre esta materia también muestran una realidad más profunda que suele pasar desapercibida, pues la principal causa de licencia médica en Chile sigue siendo la salud mental. Sin embargo, detrás de esos números hay personas trabajadoras que sostienen jornadas laborales, tareas de cuidado y en muchos casos, precariedad económica. Una realidad que impacta especialmente a las mujeres.

La Superintendencia de Seguridad Social (SUSESO) publicó recientemente un informe sobre el comportamiento del sistema de licencias médicas durante el 2025. Si se observan con atención sus cifras, surge un dato difícil de ignorar y es que los trastornos de salud mental continúan siendo el principal motivo de reposo médico en el país. A la vez, el sistema se ha vuelto más estricto y muchas licencias médicas terminan siendo rechazadas. Pero las cifras, por sí solas, no cuentan toda la historia.

Cuando una licencia médica es rechazada, la persona trabajadora enfrenta su enfermedad sin protección de ingresos. En la práctica, esto significa atravesar un problema de salud mientras se mantiene la incertidumbre económica. En ese escenario, las mujeres suelen quedar más expuestas, pues en muchas ocasiones enfrentan mayores niveles de precariedad laboral y una significativa carga de responsabilidades de cuidado.

Es importante recordar que la salud mental no es un privilegio, es un derecho. Sin embargo, en la realidad de muchas mujeres este derecho parece estar permanentemente bajo sospecha. Enfermarse, descansar y recuperar la salud no debería convertirse en una situación que deba justificarse reiteradas veces ante el sistema.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, vale la pena preguntarse: ¿Quién protege a las mujeres trabajadoras cuando su salud mental se deteriora? Un sistema de seguridad social no debería concentrarse sólo en la fiscalización o en el ahorro fiscal, sino también en la protección efectiva de quienes lo necesitan.

“Ellas por ellas» extiende su duración y se traslada a la Sala Master

El tradicional concierto del Departamento de Música de la Universidad de Chile en el marco del Día Internacional de la Mujer será ahora un ciclo de tres presentaciones que se harán en la emblemática sala de la radio de la casa de estudios y que comienza el lunes 9.

El lunes 9 de marzo se realizará el primer concierto en Sala Master del ciclo «Ellas por ellas», organizado por el Departamento de Müsica de la Universidad de Chile (DMUS) en conjunto con Radio Universidad de Chile.

Esta actividad fue inicialmente un concierto que se realizó por varios años en la primera semana de marzo en la Sala Isidora Zegers en el marco del Día Internacional de la Mujer. Para este año el DMUS decidió extender su duración y concretar una alianza con Radio Universidad de Chile para darle un nuevo impulso y mayor realce al trabajo de las compositoras de distintas épocas y nacionalidades.

El punto de partida será el lunes 9 a las 20 horas con la presentación de profesoras, profesores y alumni del DMUS que interpretarán música de compositoras nacionales de distintas generaciones y una pieza de la compositora y guitarrista holandesa Annette Kruisbrink.

El trío de flautas Trímera, la contrabajista María Teresa Molina junto al pianista Miguel Ángel Jiménez y al guitarrista Nicolás Emilfork, la pianista Patricia Castro, la clarinetista Kathya Galleguillos y la flautista Victoria Muñoz serán parte de este inicio de ciclo, el que continuará el miércoles 18 y martes 31 del mismo mes.

La entrada es liberada a través del sistema Portaltickets.

https://portaldisc.com/evento/ellasporellasmaster

Eugenio González y el Programa del ’47: La Brújula del Socialismo Chileno

PS-Chile

En este 2026, el Partido Socialista se encamina hacia su Conferencia Nacional de Programa, un proceso diseñado para actualizar sus fundamentos y doctrinas frente a los desafíos de un nuevo siglo. Sin embargo, para proyectar el futuro, la mirada se vuelve inevitablemente hacia el cimiento original: el Programa de 1947.

Aquel documento es la matriz genética del socialismo chileno. Lo que sigue es la crónica figurada y recreada de aquel momento fundacional. Es un relato de cómo Eugenio González Rojas fue capaz de articular una voz propia en medio de un mundo dividido, y que luego Salvador Allende transformaría en acción histórica. Entender este proceso es comprender por qué, casi ocho décadas después, ambos siguen siendo la base sobre la cual, los socialistas, intentan pensar el Chile del mañana.

Santiago, julio de 1947.  Llueve en Santiago. El frío entume los cuerpos, pero el aire en los pasillos del XI Congreso del Partido Socialista está al rojo vivo. No son solo los 10 grados lo que hace abrigar a los delegados; es la vorágine de un mundo que se divide en dos. Y el mismo partido corre el riesgo de multiplicarse en varios. Afuera, la Guerra Fría deja de ser una metáfora para convertirse en una cortina de hierro. Adentro, el humo de los cigarrillos acompaña el fragor de una disputa por discernir el alma del socialismo chileno

En un escritorio, con el eco estruendo de los discursos incendiarios, Eugenio González Rojas observa el papel en blanco de su máquina de escribir. Sabe que no está redactando un reglamento, sino un mapa de navegación para un barco que quiere esquivar el choque con los icebergs de Washington y Moscú. Había aceptado el encargo, entre otros de Raúl Ampuero. Recibió los borradores que circulaban en las comisiones del partido para poder darles coherencia filosófica. González sabía que tomaba las aspiraciones de los trabajadores chilenos para poder leerlas bajo su filtro de su formación humanista.

González comienza a teclear. El rítmico golpe de las letras sobre el rodillo suena como un mensaje que al mismo tiempo se descifra. Mientras otros esgrimen consignas memorizadas de manuales soviéticos, él busca algo más propio, algo que respire. Sus dedos remarcan la primera gran verdad:

«El Socialismo es, en su esencia, humanismo: una aspiración a la libertad plena del hombre.»

En su mente, González vislumbra las fábricas de acero de la URSS y los rascacielos de Nueva York. Ambos le parecen asfixiantes, deshumanizantes, aunque de distintas maneras. Él busca que el trabajador chileno no sea una cifra, ni para el mercado ni para el Comisario. Para él, la revolución no tiene sentido si el individuo se disuelve en la masa. Pero aquella tinta no brotaba del vacío, ni era el hallazgo solitario de un hombre encerrado en su escritorio. Fue el sedimento de décadas de luchas y debates en sindicatos donde ya se exigía autonomía. González tomó ese pulso y lo convirtió en doctrina.

“Por lo tanto, todo régimen político que implique el propósito de reglamentar las conciencias conforme a cánones oficiales, siendo contrario a la dignidad del hombre, es también incompatible con el espíritu del socialismo.”

Mientras, el Congreso se diluía en discusiones. Los «Ibañistas» quieren pactar con el gobierno de González Videla para salvar sus puestos; otros, miran al Kremlin con ojos de respuestas. González, con la calma un profesor que ha visto caer imperios, escribe la cláusula de la autonomía, esa que defiende que Chile no debe ser la copia feliz de ningún edén terrenal.

«El Partido Socialista no reconoce otra disciplina que la que emana de sus propios organismos, ni otro interés que el de los trabajadores chilenos.»

Es un desafío abierto. Es decirle a la poderosa URSS de 1947 que aquí, en el fin del mundo, el socialismo tiene apellido propio. Es el nacimiento de una «tercera vía”, propia, nacional e inédita, antes de que el término siquiera existiera.

Eugenio González sabe que el miedo al caos suele engendrar autoritarismos. Por eso, su pluma se vuelve un cincel cuando trata sobre el papel del Estado. No piensa en un Estado omnipresente que todo lo controle, como el que Stalin está perfeccionando en esos mismos años de purgas y reconstrucción forzada. Escribe con firmeza:

«El Socialismo no es la estatización mecánica de la vida. El Estado debe ser un instrumento de liberación, no de opresión.»

De nada sirve que las minas sean del Estado si el minero sigue siendo un trabajador sin voz ni paga digna. El socialismo que imagina es una conversación permanente, no un monólogo desde un balcón oficial.

Afuera, la lluvia de Santiago sigue cayendo. González piensa en el norte, en el desierto ardiente donde el cobre se extrae para enriquecer a otros. Ese es el corazón herido de Chile. El programa debe ser el escudo de la patria frente al saqueo. La frase sale definitiva, casi como un parto demorado:

«La nacionalización de las riquezas básicas es el paso indispensable para asegurar la soberanía nacional y el bienestar del pueblo.»

Cuando termina de escribir, Eugenio González Rojas intuye que ha creado algo que lo sobrevivirá. El documento se aprueba entre algunos aplausos y recelos. Lo que no sabe es que, décadas más tarde, un hombre llamado Salvador Allende usará esa misma inspiración para desafiar lo posible.

Aquel programa de 1947 no fue solo un texto programático; fue una declaración de soberanía: intelectual y política. En un mundo de bloques de cemento y telones de hierro, González Rojas escribió una carta de autonomía que nunca se volverá amarilla.

El hallazgo de un destino

A sus 39 años, Salvador Allende ya había visto lo suficiente como para saber cuándo una alianza política estaba muerta. Ese invierno de 1947, con la persecución de Gabriel González Videla respirándole en la nuca a la izquierda chilena, el joven senador sostenía entre sus manos un cuadernillo recién impreso: el texto redactado por Eugenio González

Allende no era un hombre de silencios largos, pero esta vez lo lee absorto. Sus ojos recorren las frases con la precisión de un cirujano. No como quien revisa el acta burocrática de un congreso partidario, sino como quien busca una salida del laberinto

Pasa la página y se detiene constantemente. Susurra para sí mismo, como si probara el sabor de las palabras o reconociera algo suyo: «…aspiración a la libertad plena del hombre».

Allende sonríe como ante el retorno de un recuerdo olvidado. Sabe que, en la calle, sus «camaradas» comunistas están siendo perseguidos por el mismo presidente al que ayudaron a elegir. Ve la traición de González Videla asomarse por las esquinas y siente que la izquierda chilena se está desmoronando. Pero este texto… este texto es distinto. No es una arenga más.

«Aquí está», piensa Allende, ajustándose los lentes de marco grueso. “Esto es Chile.»

Mientras lee la parte sobre la nacionalización de las riquezas básicas, Allende levanta la mirada hacia la ventana, imaginando ese norte de las minas de cobre, donde miles de hombres dejan sus vidas por salarios de miseria.

En ese momento, el programa de 1947 deja de ser un documento de un congreso partidario y se convierte en su obsesión personal. Comprende que Eugenio González le ha dado el permiso intelectual para ser revolucionario y un político demócrata. Le ha dado la llave para entrar en la historia sin tener que tensionar sus convicciones.

«El socialismo es humanismo», susurra Allende varias veces.

La frase suena a algo que ya se ha escuchado íntimamente. Es como antídoto contra el autoritarismo que ve en otras latitudes y contra la explotación que ve en las calles y hospitales del país.

Cuando Allende guardó el documento, sabía que ese texto había dejado de ser una simple declaración de principios. Eugenio González acababa de entregarle la brújula que guiaría el resto de su vida política.

Cuando Salvador Allende se asomó al balcón de la Federación de Estudiantes para dar su primer discurso como presidente electo, Eugenio González estaba allí, no en la primera fila de los flashes, sino en la fila de los cimientos.

Para González, ver a Allende triunfante no era solo un éxito electoral. Era la prueba de que su tesis de 1947 era cierta: que el socialismo chileno valía solo si era capaz de respetar la libertad y la democracia que el mismo pueblo había conseguido y ensanchado.

Mujeres que hicieron historia: el periodismo chileno se reúne para honrar su legado y proyectar su futuro

El Círculo de Periodistas de Santiago conmemorará el Día Internacional de la Mujer con un emotivo homenaje a Lidia Baltra, Manola Robles y Diana Arón, junto a un conversatorio liderado por Alejandra Matus sobre los desafíos actuales del periodismo con perspectiva de género.

En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el Círculo de Periodistas de Santiago realizará un encuentro de memoria, reflexión y reconocimiento el próximo viernes 6 de marzo, a las 11:00 horas, en el Teatro Camilo Henríquez (Amunátegui 31).

La jornada tiene como propósito relevar el aporte fundamental de las mujeres al periodismo chileno y rescatar historias, trayectorias y convicciones que han sido clave en la defensa de la democracia, la libertad de expresión y el compromiso ético de la profesión. En tiempos donde el ejercicio periodístico enfrenta transformaciones profundas, este espacio busca reafirmar el valor de quienes abrieron camino y sostuvieron con valentía la responsabilidad social de informar.

Un homenaje a mujeres imprescindibles

En esta ocasión, se rendirá un sentido homenaje a tres figuras emblemáticas del periodismo nacional:

  • Lidia Baltra, referente del periodismo con enfoque social y formadora de generaciones.
  • Manola Robles, voz comprometida con la verdad y la dignidad de la profesión.
  • Diana Arón, símbolo de consecuencia ética y memoria histórica, cuyo legado permanece vigente en la defensa irrestricta de los derechos humanos.

Sus trayectorias no solo marcaron hitos en la historia del periodismo chileno, sino que también abrieron espacios para que nuevas generaciones de comunicadoras ejercieran su labor con mayor autonomía, conciencia crítica y compromiso social.

Reflexión sobre el presente y futuro del periodismo femenino

La jornada incluirá un conversatorio a cargo de la destacada periodista, escritora e investigadora Alejandra Matus, quien abordará el desarrollo del periodismo femenino en Chile y los desafíos que enfrenta hoy en un escenario atravesado por redes sociales, sobreexposición mediática, desinformación y nuevos formatos digitales.

Su intervención propondrá una mirada crítica y proyectiva sobre cómo fortalecer la voz de las mujeres en el ecosistema comunicacional actual, resguardando estándares éticos y promoviendo una perspectiva de género en la producción informativa.

Un llamado a la memoria activa

Este encuentro no solo busca conmemorar, sino también activar la memoria como herramienta de futuro. Honrar a quienes abrieron camino es también asumir la responsabilidad de continuar ampliando espacios, defendiendo la libertad de expresión y promoviendo un periodismo plural, inclusivo y comprometido con la democracia.

El Círculo de Periodistas de Santiago extiende la invitación a colegiadas, colegiados, estudiantes de periodismo y a la comunidad en general a participar en esta instancia de diálogo y reconocimiento, que pone en el centro el aporte histórico y actual de las mujeres al periodismo chileno.

Porque sin memoria no hay futuro, y sin mujeres no hay periodismo posible.

Después de Kast en Chile, ¿por qué gana la extrema derecha en América Latina?

Foto de Daniel M. en Unsplash

La elección en Chile de José Antonio Kast como presidente, el pasado 14 de diciembre, lo demuestra una vez más: en el campo de la izquierda, entre los progresistas, hay una especie de asombro o estupor mezclado con incomprensión, cuando se da cuenta de repente que la extrema derecha fascista puede, en este primer cuarto del siglo XXI, llegar al gobierno y, más aún, hacerlo por las urnas. ¿Qué pasó –en especial en Chile, aunque no sólo ahí- para que estas tendencias tan regresivas e inquietantes terminaran por imponerse?

¡Porque los sectores populares chilenos, tras el golpe militar de 1973 y las políticas neoliberales del general Pinochet, han probado bien la medicina dictatorial y sus crueldades y barbaries! ¿Cómo explicar que una parte de ellos haya elegido, a pesar de todo en 2025, como jefe de su gobierno al hijo de un nazi no arrepentido convertido en notorio fascista? Aparentemente no hay nada que entender, a menos que ose preguntarse sobre el pasado reciente y las políticas mayoritarias conducidas por la izquierda en los últimos decenios.

Por eso, nos parece importante ir más allá de lo que hace por ejemplo Christophe Ventura en Le Monde diplomatique, quien después de haber hecho un retrato muy profundo del ascenso de la extrema derecha y de todas las recientes intervenciones imperialistas estadounidenses en América Latina, no se contenta más que con rápidas alusiones a las dificultades de la izquierda latinoamericana así como al «desgaste de los gobiernos progresistas que han pasado largos años en el poder»[1]. Como si las decisiones políticas adoptadas por la izquierda no tuvieran un papel decisivo en este escenario general.

Por esta razón es que creemos necesario reflexionar atentamente sobre los puntos ciegos o mejor dicho sobre las dificultades pasadas de las fuerzas progresistas del continente que, a pesar de todas sus voluntades declaradas, no han sabido o no han podido enfrentar los grandes desafíos políticos de las últimas décadas. Nunca será suficiente reiterar: ¡cuando la extrema derecha prospera y no deja de ganar terreno, hasta el punto de alcanzar más de un gobierno en el mundo, es porque la izquierda -y sus corrientes mayoritarias- no ha hecho lo que podía o debía haber hecho!

 Es cierto que vivimos una época particularmente difícil de asimilar; una época hecha de inéditos y gigantescos desafíos, «inauditos» dirían otros[2]. Pero al mismo tiempo se trata de una época en que la izquierda ha desempeñado un rol protagónico, contando en ese paso más derrotas que éxitos, pero al mismo tiempo, al hacer un balance sin concesiones, ha abierto la posibilidad de trazar algunas líneas directrices alternativas. Líneas susceptibles de orientar sus intervenciones futuras en torno a un proyecto de transformación social acorde con un auténtico proyecto de emancipación colectiva.

De ahí la importancia de atreverse a tomar el tiempo para debatir lo más libremente posible, sin tabúes, ni restricciones, ni complacencia, ¡con toda libertad! Aunque sólo sea para intentar aclarar las cosas juntos.

En un capitalismo globalizado, siempre y todavía … la lucha de clases

Lo que caracteriza nuestra época -en el marco de un capitalismo cada vez más globalizado, en plena mutación y en busca de un nuevo respiro- es la combinación inédita de múltiples crisis que interactúan entre sí, principalmente la crisis climática; todo ello dopado por la presencia de clases poseedoras burguesas particularmente depredadoras, pero cuyas fracciones dominantes están ahora obsesionadas con el deseo insaciable de reconquistar todo lo que habían logrado arrancarle las clases populares durante el ciclo keynesiano anterior, el de los Treinta gloriosos (1945-1975).

Mientras que hoy la crisis de rentabilidad de las empresas no deja de profundizarse a pesar de las esperanzas -aún no confirmadas- de una nueva revolución tecnológica en torno a la IA, nunca la llamada «lucha de clases» ha sido -en los hechos –más determinante. Y esto, a pesar de que ha sido cuidadosamente invisibilizada por las élites dominantes, al igual que puesta en tela de juicio por una parte de la izquierda, y que una serie de fenómenos nuevos de atomización social opacan su indudable presencia.

Este término de lucha de clases, “pasado de moda”, debería sin embargo volver a ser central para todos quienes comparten la idea de una crítica radical del capitalismo, es decir, de una crítica que se esfuerza por enfrentar los problemas de raíz. Porque ella nos ofrece claves decisivas, no solo para comprender el período en que ahora estamos inmersos, sino también y sobre todo para definir, desde la izquierda, estrategias de intervención a la altura de los desafíos vigentes.

Se trata, en efecto, de un formidable enfrentamiento entre clases dominantes (que poseen el capital) y clases populares (que solo poseen el fruto de su trabajo para vivir o sobrevivir) al que asistimos desde hace varias décadas a escala mundial. Un enfrentamiento que hasta ahora se ha saldado con una degradación creciente de las condiciones de existencia materiales y culturales de las clases populares.

Los indicios se encuentran no solo en el aumento fulminante desde hace unos cuarenta años de las desigualdades económicas entre, por ejemplo, el 1% más rico y el 50% más pobre[3], sino también en la degradación acelerada en todo el mundo de las relaciones de fuerza sociopolíticas entre derecha e izquierda, en favor de la extrema derecha. Más aún, la marca se encuentra hoy en el corazón de estos espacios de información y comunicación constituidos alrededor de la web y las nuevas tecnologías de la información -entre ellas la IA- que son monopolizadas por los GAFAM y se han convertido, por su propia opacidad, cada vez más sinónimos de control y privación social, política y cultural para amplios sectores de la población. Peor aún, en este terreno tan decisivo hoy en día, con una izquierda deshecha y profundamente desestabilizada.

Así como las clases dominantes y sus apologistas de extrema derecha se aprovechan de esta dinámica y actúan en consecuencia, hay que reconocer que una gran parte de la izquierda -especialmente la impregnada por sus a priori socialdemócratas o socio-liberales- no ve las cosas de esa manera y surfea alegremente en la negación. ¡Como si estas confrontaciones de clases cada vez mayores ya no contasen realmente!

Y aunque algunas otras corrientes de izquierda han sabido -como una reacción legítima- radicalizar su discurso apuntando con razón las opresiones de género, raciales o, incluso, colonizadoras, combinándolas con las depredaciones ambientales, pocas han logrado vincularlas orgánicamente al avance estructurante del capitalismo globalizado contemporáneo y a la necesidad de trabajar en auténticas estrategias políticas de emancipación que podrían ir más allá del marco actual, e impulsarnos a transitar hacia otro mundo posible, post-capitalista. Porque este retroceso del anticapitalismo, así como de las utopías transformadoras que tradicionalmente lo acompañan, ha facilitado esta fragmentación de las luchas que hoy se entrecruzan sin vincularse y solo se unen para cultivar sus diferencias. Sin embargo, en contraste, la marcha del capitalismo triunfante se percibe, sobre todo en el seno de las clases populares, como una verdadera aplanadora que la izquierda ha sido incapaz de sortear, si es que no ha sido más o menos su cómplice directa

Resultados: para la izquierda, una formidable crisis de estrategia política y, como reacción, han terminado por florecer en amplios sectores de la población -especialmente en los sectores populares- sentimientos de cinismo creciente, acompañados de cólera, de desorientación y resentimiento; en suma, de «angustias colectivas nómadas»[4] listas para fijarse sobre cualquier chivo expiatorio señalado por la extrema derecha para la venganza pública, con todas las consecuencias nefastas que se conocen. En este sentido, se puede decir que estos fenómenos funestos de endurecimiento social o, mejor dicho, de «neofacistización en curso» participan plenamente en lo que podríamos llamar con Ugo Palheta «la cristalización política de la desesperación».

En Chile: del estallido de 2019 a la elección de José Antonio Kast en 2025

Es en este contexto mundial que hay que entender la victoria de José Antonio Kast en las últimas elecciones presidenciales. Y en Chile, cómo comprender fácilmente el lado paradójico, cuando solo seis años antes -en octubre de 2019- se habían expresado en la calle potentes voluntades populares de cambio contra los legados autoritarios e inequitativos de la dictadura; legados a los que el entonces presidente de derecha Sebastián Piñera, así como los diferentes gobiernos de la Concertación (oscilando a lo largo de los años entre la centro-derecha y la centro-izquierda), no se habían atrevido o querido atacar. reformas

El estallido, un auténtico levantamiento popular, se desencadenó inesperadamente por el anuncio del alza del precio del pasaje de metro en 30 pesos y que tomó la forma, a partir del 19 de octubre de 2019, de masivos actos de desobediencia civil y manifestaciones gigantescas que fueron violentamente reprimidos apoyados en toques de queda y estado de emergencia, resultando 31 muertos, 3.748 heridos (427 de ellos con lesiones oculares) y cerca de 20.000 personas detenidas. Pese a ello, las manifestaciones no finalizaron hasta un mes después gracias a un acuerdo entre partidos políticos «por la paz social y la nueva constitución», porque en lo central -como lo señalaba la consigna coreada por los manifestantes- «no son 30 pesos, sino treinta años» de abusos con los que había que terminar.

¡Lo que revela la magnitud de las frustraciones colectivas vividas desde al menos tres décadas por amplios sectores de la población chilena! Porque después de la salida del general Pinochet en 1990 y el establecimiento de la transición democrática, se mantuvieron las profundas desigualdades económicas y sociales, lo que contribuyó a hacer de Chile el país más desigual de la OCDE[5]. Y se asentó un régimen -ampliamente avalado por la Concertación- en el cual se mantuvo la privatización de los sistemas de salud, educación y pensiones, agregándose otras áreas, como la gestión del agua, objeto de ganancias y enriquecimiento desmesurados de la minoría más rica[6]. Todo garantizado -hay que subrayarlo- por la constitución impuesta en 1980 por el general Pinochet, ninguno de cuyos principios esenciales pudo ser modificado por los cinco gobiernos de la Concertación. Institucionalizando la existencia de un estado autoritario y una brecha infranqueable entre la clase política y la sociedad civil; dejando así a toda la sociedad a merced de una serie de bloqueos constitucionales antidemocráticos particularmente eficaces[7].

Hay que añadir a este sombrío cuadro otros elementos nada desdeñables. Con las trasformaciones impuestas por los dictados neoliberales del libre mercado surgió en Chile una serie de nuevos problemas inéditos y preocupantes: la implantación de poderosos grupos mafiosos en el sur del país, enredando la demanda de las autonomías sostenidas por el pueblo mapuche; pero, al mismo tiempo, la incursión incontrolada del extractivismo minero con consecuencias dramáticas en el estrés hídrico producido por el cambio climático; sin hablar de las dificultades para gestionar democráticamente la hospitalidad a los flujos migratorios estimulados por la presión del mercado y la «continentalización» neoliberal de la economía latinoamericana.

Por lo tanto, había en Chile en los años 2019-2022 -junto con muchas irritaciones y frustraciones colectivas- una innegable necesidad de cambio; una necesidad de cambios estructurales pensados -dentro de amplios sectores de la población- desde las aspiraciones colectivas por una mayor igualdad social y menos impunidad frente a los abusos de la era Pinochet. Y esto, tan claramente que esta necesidad de cambio no dejó de expresarse en los meses siguientes, esta vez en las urnas, por una parte en el momento del plebiscito que con un «Sí» mayoritario validó la necesidad de un cambio de la Constitución a través de una  Convención constitucional (25 octubre 2020) a través de la elección de constituyentes con una fuerte mayoría de izquierda, el 15-16 de mayo de 2021; y más tarde con la elección del nuevo presidente de la República, Gabriel Boric militante de izquierda (11 de marzo de 2022), hasta todo ello ser abruptamente detenido el 4 de septiembre de 2022 … cuando el proyecto de nueva constitución presentado por la izquierda fue rechazado en el plebiscito de salida por una amplia mayoría electoral.

Hay que precisar, en todo caso, que durante esta crisis todos estos innegables avances de la izquierda se realizaron en un contexto difícil en el cual sus fuerzas –tanto movimientos sociales como partidos políticos- siguieron profundamente divididas, en especial respecto de la estrategia a seguir, entre los llamados a radicalizar la lucha sostenidos por los movimientos sociales más activos y determinados (feministas, estudiantes, indígenas) y las voluntades de algunos partidos de izquierda (incluido un sector del Frente Amplio) de llegar, en el momento de la crisis de 2019, a compromisos políticos con el gobierno de Sebastián Piñera, tomados a puertas cerradas y sin validación democrática previa. Y esto, en gran parte por temor a una intervención de las fuerzas armadas chilenas, pero también por falta de vínculos estrechos con las fuerzas vivas del país. Porque esta es una de las características de las fuerzas políticas de izquierda de este período, la de estar poco arraigadas en los movimientos sociales y por lo tanto no ser la expresión política de sus reivindicaciones.

Por lo tanto, no ha surgido dentro de las fuerzas políticas chilenas de izquierda una estrategia política radical que pueda liderar a la sociedad, a diferencia de lo ocurrido en los procesos constituyentes liderados por Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales, en Venezuela, Ecuador y Bolivia durante la primera década de los años 2000, donde existían alrededor de la presidencia de cada uno de estos países auténticos estados mayores políticos de campaña. Y en Chile esto se hizo particularmente evidente en el momento de la puesta en marcha de la Convención constitucional, cuando una gran mayoría de constituyentes se situaban en términos de valores sociales y culturales muy a la izquierda del tablero político, pero sin disponer por ello de una perspectiva política común para permitir su realización efectiva y, por tanto, para llegar a lo que el muy avanzado proyecto de constitución que habían podido imaginar, pudiera ser validado mayoritariamente por la población para resistir los ataques cada vez más sistemáticos y concertados de la derecha[8].

Más aún, con la elección de Gabriel Boric como presidente de Chile -uno de los protagonistas clave del acuerdo de paz promovido por los partidos políticos en el momento del levantamiento de octubre de 2019- se impuso muy rápidamente “de facto”, desde la presidencia un enfoque político-socialdemócrata o incluso social-liberal que, más allá de algunas mejoras sociales no despreciables[9], estaba lejos de responder al conjunto de los descontentos y aspiraciones por los cambios que existían en el seno de las clases populares y que se habían expresado tan fuertemente en 2019.

Es cierto que el nuevo presidente no contaba con una mayoría de apoyo, ni en el senado ni en la cámara de diputados y que cercado por las limitaciones relativas a la Convención constitucional -que él mismo había aceptado cuando era dirigente del Frente Amplio-, no pudo desempeñar ningún papel decisivo para orientar los trabajos de la Convención constitucional y ofrecer una perspectiva estratégica con alguna posibilidad de victoria. También es cierto que tras la derrota del plebiscito del 4 de septiembre de 2022, su margen de maniobra política se había reducido considerablemente, y que posteriormente no pudo llevar a cabo -en el marco de un estricto respeto a todas las reglas del mercado neoliberal[10]– algunas reformas muy específicas que aceptaban negociar las oposiciones de derecha[11], entre ellas las propuestas por la comunista Jeannette Jara, la misma que será la candidata derrotada de las fuerzas progresistas, contra José Antonio Kast, en diciembre de 2025.

Es verdad sobre todo que el gobierno de Boric ha optado por mantenerse dentro de los límites institucionales que nunca quiso transgredir, notoriamente al no convocar a movilizaciones sociales masivas contra los proyectos de la derecha[12].

Es cierto, por último, que el gobierno de Boric -a veces en contra de su voluntad- participó activamente en el fortalecimiento de un estado fuerte, por ejemplo, al mantener el estado de excepción en territorio Mapuche; proseguir pese a todo con la criminalización de los movimientos sociales; y el fortalecer el poder de las fuerzas represivas, en particular para perseguir a los inmigrantes indocumentados. En ese sentido, los manifestantes, los reprimidos y los heridos de la revuelta de 2019 podían gritar con alguna razón: “¿Todo esto por esto?”.

Resultados: lejos de aparecer como el presidente que abriría de nuevo para Chile las grandes Alamedas de las cuales en 1973 había hablado Salvador Allende antes de morir, su gobierno muy pronto se convirtió en el blanco fácil de los ataques orquestados por la derecha y la extrema derecha, señalado como el responsable de los males que sufría el país. Dejando a la extrema derecha en general, y a Kast en particular, el campo necesario para surfear sobre estos descontentos latentes hasta presentarse como el candidato, paradojalmente, del verdadero cambio.

Sin embargo, los resultados electorales de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 14 de diciembre de 2025, nos dan una imagen más precisa de lo que realmente se jugó en las urnas y nos permiten entender algunas de las razones de fondo que pueden explicar el éxito de la derecha en Chile el 2025.

Aunque en las grandes ciudades José Antonio Kast fue mayoría en los barrios más ricos (¡hasta el 90%!), también lo fue ampliamente en el centro/sur agrícola del país, así como en las regiones de la frontera norte. Y eso, gracias al traspaso de votos de Franco Parisi, el candidato populista del Partido de la Gente, que obtuvo casi el 20% de los votos en la primera vuelta. El contraste es sorprendente: en los grandes centros urbanos, como Santiago y Valparaíso, las fronteras sociales se respetan globalmente: barrios ricos para Kast y barrios populares para Jara. Así dicho, son las ciudades donde las movilizaciones fueron fuertes en 2019, incluso antes de este año decisivo, lo que puede explicar este reflejo de clase. En cambio, en el campo, las ciudades medianas y las pequeñas ciudades, el voto popular fue ganado por Kast, especialmente en las zonas de bajos ingresos.

Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿por qué la izquierda ha perdido en estas regiones el voto popular?

Más allá, por supuesto, del eficaz poder mediático de una extrema derecha en pleno ascenso en toda América Latina, hay dos grandes conjuntos de razones políticas que se podrían invocar. La primera se refiere al alineamiento progresivo de buena parte de la izquierda detrás de la ideología neoliberal o, en el mejor de los casos, detrás de la elección de un keynesianismo «aligerado». No hay (¿o habrá?) en el seno de las fuerzas mayoritarias de izquierda, algo como lo que simbolizaba la Unidad Popular de Salvador Allende, un proyecto de ruptura, utopía movilizadora, verdaderas alternativas políticas. Un proyecto de ruptura que, al movilizar en especial a las clases populares, podría haber contrarrestado estos sentimientos colectivos de temor tan fuertemente exacerbados y manipulados por la extrema derecha. Por lo tanto, ya no hay un proyecto de ruptura que sea a la vez movilizador y tranquilizador, hasta tal punto que una buena parte de la izquierda chilena ha llegado a retomar más o menos el discurso de seguridad de la derecha: sobre la inmigración, la inseguridad ciudadana, el patriotismo, etc. Ahora bien, imaginamos que si se tiene la opción y se es permeable a las campañas de temor hábilmente conducidas por la extrema derecha, será mejor optar por el original -el proyecto de la derecha-, más que por la pálida copia de la izquierda.

La segunda serie de razones se deriva y remite a una ilusión -muy a menudo transmitida por la izquierda- sobre el papel del Estado, sus instituciones y la democracia representativa. La izquierda, con excepción de la izquierda radical, sigue creyendo en la neutralidad del Estado; un Estado que estaría acaparado por un puñado de «especuladores» y que se podría devolver a su naturaleza original simplemente cambiando el personal o contentándose con algunas reformas constitucionales o institucionales menores. No hay, entonces, comprensión de la naturaleza de clase de la sociedad y sus efectos implacables sobre el Estado, que requeriría grandes transformaciones para poder ser verdaderamente puesto al servicio de los intereses más fundamentales de las clases populares. Resultados: las pocas reformas que el gobierno de Boric pudo negociar con la oposición no tuvieron la virtud movilizadora esperada, ni tampoco se percibieron como auténticas mejoras en las condiciones de existencia de las clases populares, que pudieran tranquilizarlas sobre el futuro.

Por último, queda otro elemento clave: la falta de comprensión real del proyecto político al que se enfrentan ahora las fuerzas de izquierda. Porque hoy en día, no es la derecha tradicional la que vuelve al poder sino un ala mucho más radical de la burguesía que toma el control, sobre todo debido a la crisis mundial de la que hemos hablado. Una fracción cada vez más importante de la burguesía considera que, para mejorar la tasa de beneficio, ya no es posible recurrir a los medios clásicos que se encuentran en abundancia en la historia pasada: la expansión geográfica, la colonización o incluso la revolución tecnológica prometida con la informática (y ahora la IA), pero que no ha conseguido meternos en una nueva ola de expansión.

Por tanto, debe buscar otros medios: recoger todo lo que dejó caer durante el siglo XX. Para ello, necesita un Estado fuerte con líderes fuertes. La democracia entonces es un obstáculo para este proyecto y la violencia de Estado se convierte en norma del poder … con leyes cada vez más represivas, la criminalización de los movimientos sociales, la guerra, etc.

Ahora, el panorama futuro se aprecia bien: cuando la izquierda ha conseguido llegar al gobierno con ambiciones progresistas (en el sentido de que quiere dar nuevos derechos a las clases populares) pero finalmente retrocede al punto de negarse a escuchar sus quejas más claras, incluso llega a enfrentarse a los movimientos sociales más avanzados, la reacción de la burguesía es clara: utiliza este momento político para recuperar el control. Es lo que ocurrió en Ecuador con Daniel Noboa, en Brasil con Jaïr Bolsonaro, en Perú con la destitución de Pedro Castillo, en Argentina con Javier Milei y, ahora en Chile, con José Antonio Kast. La extrema derecha se nutre de los retrocesos de la izquierda, especialmente cuando ésta ha logrado llegar al gobierno.

Más allá de Chile, el ejemplo de América Latina.

Tal vez valga la pena -para entender mejor lo que está en juego- no quedarse solo en el caso de Chile y volver a la historia más amplia de la izquierda del subcontinente, recordando algunos de los rasgos sociopolíticos específicos que han dado forma a las fuerzas progresistas latinoamericanas en este primer cuarto del siglo XXI.

Desde 1998 y la victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales venezolanas, América Latina ha conocido gobiernos de izquierda dirigidos principalmente por partidos de nuevo tipo. Hay que decir que en la oleada de revueltas y movilizaciones populares anti-neoliberales, la ruptura con un pesado pasado -ya sea socialdemócrata o estalinista[13]– ha favorecido el surgimiento de nuevas formaciones partidistas, muy diferentes de las que se conocían tradicionalmente: más inclusivas y diversificadas, pero también globalmente más laxas y difusas en términos de orientación programática. Puede citarse al respecto el Partido de los Trabajadores de Brasil, fundado en torno a una fusión entre sindicalistas (como Lula), grupos de izquierda revolucionaria, militantes políticos diversos y católicos de la teología de la liberación. Fue también el caso del MVR venezolano (Movimiento por la Quinta República), creado meses antes de la victoria de su líder, Hugo Chávez, o incluso del MAS (Movimiento Al Socialismo) en Bolivia, fusión de pequeñas corrientes políticas y movimientos sociales, sobre todo campesinos e indígenas. Es el caso de Alianza País en Ecuador, dirigida por Rafael Correa. Se podría continuar esta enumeración recordando el ejemplo de Morena en México y, por supuesto, del Frente Amplio en Chile, etc.

Es, por lo tanto, en un contexto de fuertes luchas sociales anti-neoliberales y a veces «anticorrupción» (como en Venezuela o México), pero combinado con una reestructuración de la propuesta política del rechazo de los viejos partidos y la promesa «más o menos difusa» de un nuevo Estado más democrático, que hay que entender la victoria de estos carismáticos candidatos de izquierda en la primera década del 2000, así como su voluntad de romper, como decía Rafael Correa, con «la gran noche neoliberal». Hay, sin embargo, otro elemento a tener en cuenta: el hecho de que en aquella época estas amplias movilizaciones sociales no eran defensivas, sino que estaban impulsadas por una verdadera voluntad de cambio (¡Otro mundo es posible!) y apuntaban a obtener nuevos derechos, políticos y sociales. Como señala Massimo Modonesi, o también Edgardo Lander para Venezuela[14], los progresistas latinoamericanos «estaban estrechamente vinculados a las clases subalternas y a sus aspiraciones».

Sin embargo -exceptuando los casos de México, Colombia y por ahora de Brasil que, a pesar del episodio de Bolsonaro, ha visto el regreso in extremis de Lula- la derecha ha vuelto al poder, sobre todo con Javier Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Kast en Chile o Rodrigo Paz Pereira en Bolivia. En cuanto a Venezuela, más allá del secuestro del presidente Maduro y su esposa por las fuerzas estadounidenses y las negociaciones que siguieron con un ala más dócil del movimiento madurista, el poder en concreto sigue en manos de una pequeña fracción de propietarios y militares que se han enriquecido con su proximidad al poder político y sus ramificaciones y no dudan en reprimir a la población.

Ahora bien, este vuelco ha ocurrido independientemente de las orientaciones iniciales de estos gobiernos de izquierda, ya sean considerados como radicales, como en Venezuela o Bolivia, o simplemente de tendencia socialdemócrata como en Brasil o Argentina. De hecho, ¿qué tienen en común un gobierno de Kirchner en Argentina, el régimen de Chávez, el de Boric en Chile o las presidencias de Lula en Brasil? Pocas cosas, sino la voluntad de repartir mejor las riquezas. Aparte de eso, las orientaciones de unos y otros divergen, oscilando entre una voluntad de romper con el pasado como en Venezuela y la de lidiar con él como en Argentina. Sin embargo, el colapso de los partidos de izquierda es, en diversas formas, notorio casi en todas partes. ¿Cómo explicar entonces las razones?

De hecho, hay que recordar que esos gobiernos de izquierda que ganaron las elecciones sobre la base de movilizaciones populares y un rechazo muy mayoritario del neoliberalismo, pronto se encontraron -una vez en el poder- oponiéndose, de alguna manera a estas reivindicaciones populares y anti-neoliberales. Tomemos el ejemplo del Ecuador de Correa que, una vez pasados los primeros impulsos de la revolución ciudadana, criminalizó a los movimientos sociales hasta prohibir un sindicato docente y apoderarse de los bienes de la CONAIE. Veamos también el caso de Venezuela, donde no se dudó en escindir al movimiento sindical para crear desde cero un interlocutor sindical exclusivo y más fácilmente manipulable. Y la misma lógica se encuentra en el caso de la carretera de Tipnis, en Bolivia, y la decisión de atravesar un parque nacional que fue tomada contra la opinión de las poblaciones indígenas afectadas.

Globalmente, estos gobiernos de izquierda se han plegado a las exigencias de la globalización neoliberal. Se unieron rápidamente, con algunos matices, a las políticas extractivas llevadas a cabo por la derecha en otros lugares. En el último período de su existencia, todos ellos han privilegiado un desarrollo primario orientado hacia la exportación, a pesar de los daños ambientales y sociales que provoca. En Bolivia, más allá del fracaso de la explotación del litio, estas políticas han favorecido la producción agrícola y la ganadería intensivas destinadas a la exportación, pero resultando en una deforestación masiva. En Ecuador, después de intentar una audaz política para restringir la producción petrolera, el gobierno de Correa finalmente decidió otorgar concesiones a las compañías petroleras y criminalizó e incluso prohibió a las ONG que impugnaban esa decisión. También desarrolló la explotación de los yacimientos de minerales, entre ellos el oro, con los métodos extractivos tradicionales que terminan contaminando los suelos. Venezuela ha creado Zonas Económicas Especiales, la más notable de las cuales es el Arco Minero del Orinoco, donde todos los derechos sociales y ambientales están ahora restringidos o incluso abolidos.

Estos regímenes progresistas han retrocedido en sus compromisos iniciales, relativos al uso de los nuevos derechos políticos y sociales que se habían concedido, ya sea no consultando a las poblaciones afectadas por un proyecto económico de gran envergadura, como en Bolivia, o bien introduciendo la restricción del derecho a huelga, como en Ecuador, o no aplicando el nuevo código laboral, como en Venezuela.

En cuanto a la revitalización de una «ciudadanía activa» experimentada por las movilizaciones sociales de gran envergadura, cuyo arribo al gobierno de la izquierda había sido el síntoma, ella se redujo rápidamente a una simple «ciudadanía electoral formal», despojando de facto a la población de su capacidad para actuar sobre los acontecimientos y mejorar su futuro. Lo que a su vez ha creado un fuerte resentimiento, no solo contra las élites en general, sino también contra los partidos de izquierda que parecían haber traicionado sus esperanzas iniciales. En todos estos países hubo un momento en que las cosas cambiaron y el régimen comenzó a oponerse a una parte creciente de su base social

Por supuesto, apuntar a algunas de las políticas progresistas y sus innegables efectos contraproducentes no significa que no se consideren los llamados factores «exógenos», es decir, aquellos que no dependen directamente de los gobiernos elegidos. En un mundo neoliberal y con economías muy dependientes, como son las latinoamericanas, ellos pesan mucho. Se sabe y se ve claro con los métodos de bloqueo utilizados contra Cuba y Venezuela: las armas del imperialismo son eficaces y no se trata de negar su importancia.

Pero, además de los factores «exógenos» hay también opciones políticas llamadas «endógenas» y, por consiguiente, márgenes de maniobra que se pueden utilizar «desde el interior». Por ejemplo, la decisión de orientar el desarrollo en torno a políticas extractivas refuerza la dependencia del mercado mundial. El caso del petróleo es esclarecedor. Cuando el barril superaba los 100 dólares, los países productores, entre ellos Venezuela, construyeron sus políticas sociales gracias a esta renta petrolera. Sin embargo, desde 2014, con la rápida caída del precio del barril (que cayó 40 dólares), no solo la renta se redujo drásticamente, sino que los costos operativos terminaron por superar los ingresos, lo que obligó a reducir o incluso suprimir la política de redistribución de los beneficios del petróleo hacia los servicios públicos y los sectores sociales más pobres. Esta disminución también aceleró las políticas extractivistas que buscan otras fuentes de recursos, ya sea el oro, el gas, el litio, pero también la agricultura y la ganadería intensivas dedicadas a las exportaciones.

Y no sólo en el campo económico se puede disponer de márgenes de maniobra apreciables. También se encuentran en el campo político. Sobre todo si recordamos que, para las fuerzas de izquierda, la política no es el arte de lo posible, sino más bien el arte de hacer las cosas posibles[15]. Por eso, si la izquierda pretende tomar en serio los intereses de las clases populares no puede menos que esforzarse ya por hacer participar a estas últimas de este nuevo poder que comienza a ocupar en la esfera gubernamental e intenta reconstruir en todas partes. Ahora bien, cuando las masas populares movilizadas se ven privadas del poder político que debería corresponderles en favor de una élite institucionalizada, ello favorece no solo la despolitización sino también un profundo resentimiento. Y en la mayoría de estas recientes experiencias gubernamentales de izquierda, se ha observado la existencia de una dura «fractura» entre los «actores» que están en el poder y los «espectadores» de la acción gubernamental. Una primera ruptura que se redobla en una segunda existente entre los que sufren el caos económico y la incertidumbre del día siguiente, y los que tienen privilegios por su función (tanto en términos económicos como por su situación de poder) y que eventualmente se benefician de la corrupción.

En todos los países dirigidos durante un tiempo por gobiernos progresistas, esta adicción al poder que se duplica con ventajas materiales ha permitido la consolidación de capas económicas surgidas del poder que venden sus aspiraciones iniciales a cambio de una comodidad burguesa. Es el caso de «la boliburguesía[16]» en Venezuela; de esa capa procedente de las poblaciones indígenas atrapadas por las instituciones en Bolivia; del nuevo empresariado constituido gracias a la política desarrollista de Correa en Ecuador. Y, como dice un proverbio, «es más fácil cambiar de opinión que de camisa», estas capas sociales, al consolidarse, chocan frontalmente con las aspiraciones populares de justicia social así como con su voluntad de participar en los asuntos políticos del país.

Este desvío o quizás, más bien dicho, este desarme de las movilizaciones populares en el primer cuarto del siglo XXI no ocurre en cualquier momento. Se inscribe en la huella de la crisis de 2008 y de la incapacidad de la burguesía internacional para estabilizar el mundo según sus intereses bien calculados. Y opera en el mismo momento en que, en un contexto de guerra comercial abierta entre Estados Unidos y China, una fracción de esa clase dominante se ha radicalizado y mira abiertamente hacia la extrema derecha, única opción política capaz, según ella, de consolidar su lugar en el nuevo orden mundial. Es en este contexto preciso de radicalización hacia la derecha y decepción frente a las fuerzas de izquierda, que la extrema derecha (con los partidos de derecha tradicional en proceso de radicalización) toma el control de la situación y barre a una izquierda percibida como traidora por sus mandantes.

Conclusión

Como se ve, vale la pena retomar el hilo de la historia reciente. Tanto más cuanto que, en América Latina, aunque con indudables fracasos, también ha sido particularmente rica de promesas e iniciativas audaces de las cuales no hay que olvidar sus prometedores impulsos. De manera de no olvidar y, sobre todo, para tratar de comprender dónde se cortó el hilo, para rehacer las piezas dispersas, reanudar la lucha donde se ha hundido o se ha fracasado.

Chile nos recuerda bien esa trayectoria, siempre para levantarse a partir de las luchas colectivas que se entrecruzan aquí y ahora. Después de 17 años de una dictadura de seguridad nacional (1973-1990), que combinó neoliberalismo desenfrenado y represión sanguinaria, el pueblo chileno logró -gracias notablemente a las grandes protestas populares de los años 1983 al 1986- volver al camino de la democracia formal, a reabrir espacios democráticos, cierto estrictamente controlados aún por los militares, pero que dejaban entrever a las clases populares un futuro abierto a muchas posibilidades.

Pero eso fue sin contar con la jaula de hierro del capitalismo neoliberal y las políticas de los partidos de centro-derecha-izquierda que desde entonces se han sucedido en Chile y han dejado de lado la lucha contra el capitalismo neoliberal, haciendo del statu quo su vade mecum. La rebelión popular de 2019 impulsada por los movimientos sociales más dinámicos (feministas, estudiantes, indígenas, ecologistas, etc.) relanzó inesperadamente el juego. Pero al no haber podido ofrecer una salida política digna de ese nombre a todas estas aspiraciones populares, la izquierda política chilena se ha encontrado finalmente al remolque de los acontecimientos, a la defensiva, cuando no en parte derrotada. Mientras que, al mismo tiempo, la derecha y la extrema derecha lograban imponerse cada vez más ante amplios sectores de la población, incluidos los populares.

Esta constatación propia de Chile no es única. En todos los países dirigidos por un gobierno de izquierda, en América Latina aquí mencionados, este cambio de perspectiva ha sido total. Ya sea porque fue despertado por elecciones perdidas, como en Ecuador, Argentina, Bolivia, o porque fue promovido desde el interior como en Venezuela con el triunfo de la «boliburguesía» directamente surgida del poder político de izquierda.

Se podría deducir -muy superficialmente- que la derrota es entonces ineluctable, sobre todo si está ligada a una ofensiva externa dirigida directa o indirectamente por el imperialismo estadounidense, pero eso sería admitir -en contra de muchas lecciones del pasado- que cualquier proyecto de transformación social popular es imposible mientras esté sometido a la presencia de facto de una tutela imperialista[17].

Se puede, por el contrario, optar por ese «otro mundo posible» en cuyo horizonte se despliegan siempre las luchas sociales y la acción política de izquierda. Y desde esta perspectiva, uno puede atreverse a volver a la historia y comprometerse a analizar más de cerca las medidas realmente tomadas por estos gobiernos progresistas; los atajos y las opciones políticas que adoptaron; la realidad de la participación popular que favorecieron y si tomaron en cuenta las divergencias que tuvieron con los movimientos sociales. Todo ello, por supuesto, considerando las relaciones de fuerza existentes, las presiones de los mercados financieros y la agresividad del imperialismo estadounidense. A la manera de esta «memoria del futuro» que honran las feministas chilenas y que busca combinar con un mismo impulso, el legado del pasado y la preocupación por el futuro.

Es esta segunda vía la que es portadora de esperanza y la única que podrá hacernos reencontrar el camino de las victorias.

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Patrick Guillaudat. Doctor en antropología de la Universidad Paris VIII, Francia. Sindicalista, militante en organizaciones de solidaridad con Chile y América Latina, en especial la Asociación de Solidaridad France Amérique Latine (FAL), Francia.

Pierre Mouterde. Doctor en sociología de la Universidad de Quebec, Canadá, filósofo y ensayista; especialista en movimientos sociales de América Latina y temas relativos a la democracia y los derechos humanos.

Autores de: Los movimientos sociales en Chile, 1973 -1993. Lom Ediciones, 1997; Tiempo Robado Editoras, versión actualizada, 2023. Hugo Chavez et la révolution bolivarienne, Promesses et défis d’un processus de changement social, Montreal, M Éditeurs, 2012; Les couleurs de la révolution, la gauche à l’épreuve du pouvoir: Venezuela, Équateur, Bolivie, Un bilan à travers l’histoire, París, Syllepse, 2022.

[1] Ver: Trump, el pirata del Caribe, Christophe Ventura y Roberto Pizarro en Le Monde diplomatique (edición chilena) enero-febrero de 2026.

[2] Ver este comentario en Avant d’en arriver là, essai choral sur le péril fasciste, Montreal, Ecosociété, 2026, las intervenciones de Alain Deneault, p. 17/18.

[3] Véase https://www.google.com/search?client=firefox-b-e&q=World+Inequality+Lab+%28WIL, el informe sobre las desigualdades mundiales del World Inequality Lab (WIL). Algunos datos señalan: el 75% de la riqueza mundial pertenece al 10% más rico del planeta, mientras que a la mitad más pobre de la humanidad solo le queda un 2%. “En el mundo, más de la mitad (53%) de los salarios, las primas, los dividendos y otras ganancias de capital en 2025 fueron a parar a los bolsillos del 10% más rico. El 40% de la población media tuvo derecho al 38% del ingreso total. La mitad más pobre de la población sólo recibió el 8%. Un occidental (Europa, EE.UU.) sigue ganando en promedio, sise compara el poder adquisitivo, 3 veces más que en América Latina, 6 veces más que en el sur de Asia y 12 veces más que en África subsahariana.

[4] Tales angustias que no encuentran representaciones adecuadas para hacer frente a los peligros previstos, se han transmutado así poco a poco en estas angustias indeterminadas y sin objeto (de las cuales habla el psicoanálisis, ver Freud, Reich, Fromm, etc.), todas dispuestas a fijarse en cualquier objeto de sustitución, dando así lugar a lo que podríamos llamar «angustias nómadas», convirtiéndose así en «angustias contraproducentes y paralizantes» en términos de proyecto emancipador.

[5] Ver «Pobreza y marginalidad en Chile posdictatorial. Observaciones a una democracia incompleta. Entre posverdades, olvidos y contradicciones”, Arturo Castro Martínez en Le Monde diplomatique (edición chilena), 5 de mayo de 2021. Él recuerda que las desigualdades de ingresos no han cambiado fundamentalmente, aunque la tasa de pobreza haya disminuido: “al analizar los efectos reales del boom económico sobre la población en el período 1990 – 2003, donde la economía creció en promedio un 5,5%, facilitando la producción de empleos y alzas salariales. Pese a estos dígitos la desigualdad de ingresos se mantuvo prácticamente inamovible …”.

[6] Las privatizaciones de la salud, de la educación y de los sistemas de pensiones fueron impuestas por la dictadura bajo la égida de los Chicago boys; no obstante, han sido mantenidas e incluso ampliadas posteriormente: bajo el gobierno de Frei Ruiz-Tagle (1994-2000) se privatizaron las empresas sanitarias y la administración de los puertos más importantes.

[7] No fue sino hasta 2005 que las reformas promovidas por el Presidente Ricardo Lagos terminaron con los senadores vitalicios (todos los senadores pasaron a ser elegidos) y con la función de las Fuerzas Armadas como “garantes de la institucionalidad”; al tiempo que aseguró la prerrogativa presidencial para convocar al Consejo de Seguridad Nacional, en un rol meramente consultivo; reformas que, sin embargo, no han tocado el carácter subsidiario del Estado mientras prohíbe cualquier reforma económica al modelo neoliberal.

[8] Estos constituyentes lograron elaborar una constitución avanzada en todos los puntos: institucionalizando la paridad hombre/mujer y reconociendo el derecho al aborto; formalizando el retorno del Estado social de derecho (gratuidad de la salud y de la educación) como principio de la plurinacionalidad o incluso la autonomía de las regiones; integrando, además, no sólo claras preocupaciones ecológicas, sino también varios notables mecanismos de democracia participativa. ¡Haciendo incluso brillar las promesas de una indiscutible revolución constitucional! Ver a este respecto la obra de Pierre Dardot La Mémoire du Futur, Chile 2019-2022. Es revelador, sin embargo, que este autor -en la conclusión de su libro y lejos de toda comprensión estratégica de las relaciones de fuerza presentes- va a contentarse con valorizar en el proyecto de constitución creado por la izquierda, lo que él llama una hermosa fórmula tomada del movimiento feminista chileno “la memoria del futuro». Pero sin nunca detenerse -salvo para señalar las maniobras desleales de la derecha- a las razones políticas de fondo que podrían explicar el rechazo por parte de la población de este proyecto de constitución. Por ejemplo, al referirse a las estrategias puestas en marcha por el gobierno de Gabriel Boric, la izquierda y los movimientos sociales, así como a sus posibles errores o torpezas, o bien al analizar las relaciones de fuerza realmente existentes entre las fuerzas de derecha en ascenso, la muy poderosa oligarquía económica y el conjunto de las clases populares chilenas.

[9] Ver el balance que hizo Gabriel Boric a finales de 2025: mejora de las pensiones de las personas mayores (con la reforma del sistema previsional que permite, además del aporte del Estado y de los asalariados, una cotización del 7% de los empleadores); el aumento del salario mínimo; un reembolso progresivo de la deuda del Estado a los profesores; un plan de apoyo a la vivienda social; la reducción de 44 a 42 horas de la jornada laboral.

[10] Ver a este respecto el nombramiento de Mario Marcel Cullell como ministro de Hacienda, quien fue director de Presupuesto, bajo Frei y Lagos, y luego presidente del Banco Central de Chile nombrado por Bachelet y luego ratificado por Piñera.

[11] Hay que señalar que todos los proyectos de leyes sociales (en particular, la reducción de la jornada de trabajo o la reforma de pensiones) o medioambientales (control del agua, etc.) fueron cada vez rechazados o ampliamente recortados por el Senado y la Cámara de diputados, ambos dominados por las fuerzas de oposición.

[12] Esta es una diferencia con el presidente de izquierda Gustavo Petro de Colombia quien, a pesar de no disponer de mayoría parlamentaria, llamó a la población a salir a las calles para defender su reforma laboral; lo que le permitió ganar.

[13] Fue el partido socialdemócrata venezolano de Carlos Andrés Pérez el responsable de las masacres conocidas como la del “Caracazo” en Venezuela en 1989 y que definitivamente minó su legitimidad. Y tras la caída del muro de Berlín, todos los partidos latinoamericanos vinculados a la ex URSS o de obediencia estalinista perdieron gran parte de su tradicional crédito.

[14] Ver también la cita de Edgardo Lander en nuestra obra, Hugo Chavez et la révolution bolivarienne, Promesses et défis d’un processus de changement social, Montreal, M Editor, 2012 (p. 131): «el cambio más importante que se ha producido en Venezuela a lo largo de estos años, son las transformaciones de la cultura política y los procesos de inclusión, la incorporación como sujetos de acción política y organizadora de las mayorías pobres del país que estaban excluidas».

[15] Véase la fórmula de Walter Benjamin: «Ahora la política es más importante que la historia».

[16] Ver nuestro libro, Les couleurs de la révolution, la gauche à l’épreuve du pouvoir, Venezuela, Équateur, Bolivie, un bilan à travers l’histoire, Paris Syllepse, 2022 (p. 140/141).

[17] Esta es la conclusión lógica a la que deberían llegar todos los «campistas», ya sea que apoyen a Maduro en Venezuela o a Ortega en Nicaragua, o sean los refractarios partidarios del ecuatoriano Correa o del boliviano Morales, quienes ven sus fracasos como el resultado de una “conspiración imperialista”.

Mercosur-UE: hechos y señales

 

El reciente 26 de febrero, con pocas horas de diferencia y en ambos casos por amplia mayoría,  los parlamentos de Uruguay y Argentina ratificaron el Acuerdo Interino de Comercio (ITA, por sus siglas en inglés) entre el Mercosur y la Unión Europea que tras 25 años de complejas negociaciones y no pocos contratiempos, había sido firmado el pasado 17 de enero. Lo propio harán los parlamentos de Brasil y Paraguay en el transcurso de las próximas semanas.

Cabe señalar que el ITA es uno de los tres pilares en que se organiza el  Acuerdo de Asociación Estratégica entre ambos bloques. Los otros dos son, respectivamente,  diálogo político y  cooperación sectorial  (derechos humanos, transformación digital, movilidad, medio ambiente, gestión de crisis, lucha antiterrorista,  entre otros ítems)  que se agruparon en un documento diferente también suscrito el 17.01 pero que a diferencia del ITA,  que sólo requiere ratificación de las instituciones de la UE (Consejo y Parlamento), por su contenido necesita la aprobación de los parlamentos nacionales de  todos los Estados miembros de la UE.   

También ha de tenerse en cuenta que tras haber sido suscrito en Asunción, por decisión del Parlamento Europeo el ITA pasó a revisión del Tribunal de Justicia de la Unión para evaluar sus bases jurídicas y verificar que las mismas n contravienen las del bloque. Tal revisión puede tardar varios meses, pero el 27 de febrero la Presidenta del Consejo Europeo anunció la aplicación provisional del Acuerdo de forma tal que el mismo comience a regir para cada socio que lo haya ratificado, sin tener que esperar a los demás (aunque aclarando que “la aplicación provisional es, por su propia naturaleza, provisional y que el acuerdo sólo podrá concluirse plenamente una vez que el Parlamento Europeo haya dado su consentimiento”).

No es intención de esta nota analizar detalladamente  el contenido y alcance del ITA. Basta con mencionar que la asociación de ambos bloques representa la mayor zona de libre comercio del mundo, con una población estimada de 700 millones de personas y un PIB equivalente  al  20% del PIB global, y que el acuerdo cuyo texto contempla capítulos referidos a  comercio de mercancías, normas de origen, medidas sanitarias y fitosanitarias,  aduanas, propiedad intelectual, defensa comercial, salvaguardias bilaterales,  competencia, subvenciones, excepciones, empresas, desarrollo sostenible,  transparencia y mecanismos para la solución de diferencias-  se concibe como  un marco regulatorio transparente, previsible y eficiente en lo que refiere a comercio de mercancías (agrícolas y no agrícolas)  y servicios,  reducción o eliminación de obstáculos arancelarios o no arancelarios, libre circulación de capital relacionado con inversiones directas,  apertura de mercados de contratación pública, promover la innovación  así como observar proteger los  derechos de propiedad intelectual con el objetivo de desarrollar el comercio internacional y el comercio entre las Partes de una manera que contribuya al desarrollo sostenible en su dimensión económica, social y medioambiental. Aunque su negociación requirió 20 años, según los expertos en la materia se trata de un Acuerdo de última generación, aunque desde que la misma fue cerrada en 2019 e incluso desde que el Acuerdo fue suscrito hace apenas dos meses el escenario global ha cambiado y cabe preguntarse sobre la suerte de lo que hace apenas seis años era considerado lo más avanzado en la materia.

Nadie tiene los planos del futuro, pero el ITA es parte del presente y a propósito de su ratificación por los Estados Parte del Mercosur es pertinente señalar que la misma no por diligente  es precipitada. Por el contrario, da cuenta de su compromiso con el multilateralismo, el comercio basado en reglas claras y estables, el derecho internacional como base de las relaciones entre países y regiones, y con las personas como razón de ser de los objetivos planteados así como  de los instrumentos para alcanzarlos. No es un dato menor en el contexto internacional  actual, tan desenfrenado como imprevisible.

También corresponde señalar que esa celeridad tampoco es casual. No sólo porque no es cierto que nuestra región oscile entre la fiesta y la siesta como sostienen algunas visiones externas a la misma -bastante estereotipadas y poco inocentes por cierto-, sino además porque aún con sus limitaciones y deficiencias, en lo que refiere a la construcción del acuerdo entre ambos bloques, el Mercosur ha demostrado mayor disposición y perseverancia que su contraparte. Tal vez porque no tiene tantos Estados parte como la UE, ni una arquitectura institucional tan sofisticada, ni  tanta diversidad, ni una tantos dilemas existenciales respecto a sí mismo,  a su trascendencia histórica, a su lugar en el mundo actual y a su relación con otros bloques regionales.

Asimismo, la ratificación del ITA es un mensaje para el Mercosur como tal:  asociarse con otro bloque regional es una responsabilidad y un desafío que no se resuelven  con reuniones, discursos y comunicados solamente. Por el contrario, requieren  sentido estratégico en términos de construcción histórica multidimensional,   identificación de prioridades, coordinación de políticas públicas (macroeconómicas, comerciales, productivas, laborales, protección social, movilidad y conectividad, educación, salud, medioambiente, etc) e  institucionalidad adecuada que además de contemplar  la construcción y sostenibilidad de acuerdos abarque también la gestión de asimetrías y diferencias. Y como clave de lo anterior,   son   imprescindibles también mayor confianza así como más y mejor diálogo político entre los Estados parte y al interior de estos.  En ninguno de esos aspectos en Mercosur parte de cero, pero en todos aún puede y debe mejorar.

Finalmente, y dado que el Mercosur es también -y acaso fundamentalmente- los países que lo integran, la ratificación del acuerdo por parte de cada uno de ellos es también un doble mensaje para sí mismos: el de la responsabilidad de estar a la altura de los compromisos y las posibilidades  el acuerdo supone, y la expectativa cierta y razonable de estarlo. 

En lo inmediato, entre otras tareas,  ello supone el diseño e instrumentación de políticas públicas con el fin de gestionar en forma equitativa la transición derivada de la implementación de un acuerdo que, como todo resultado de una negociación, no es perfecto, ni absolutamente beneficioso en todo para todos ni tendrá efectos milagrosos, sino que procura ser lo mejor dentro de lo posible. Ello también requiere revalorizar, profundizar y fortalecer la política como gestión y articulación de la sociedad según valores y principios, la democracia como sistema político y estado de la sociedad y la ciudadanía como sistema de derechos y responsabilidades  porque aunque los profetas del fin de la historia, la postverdad, el conservadurismo cultural y la ultraderecha política sostengan e intenten demostrar lo contrario, lo cierto es que sin ellas  o con ellas debilitadas podrá haber futuro pero difícilmente habrá porvenir. En ese contexto también los acuerdos y la asociación  entre bloques regionales que hoy se califican como históricos corren el riesgo de ser condenados al pasado. 

 

¿Por qué José Antonio Kast mintió poniendo en peligro una tradición democrática aplaudida por el mundo?

Lo más lamentable del quiebre de una tradición republicana de realizar traspasos de mando en paz -cuestión alabada siempre por gobiernos extranjeros y que enorgullecía a los chilenos- provocado por el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, es que a pocos días de asumir en propiedad su cargo, haya quedado en evidencia que él o su equipo más cercano mintieron. Aseguraron, una y otra vez, que el gobierno de Boric no les había informado acerca del proyecto chino de un cable óptico que uniera Chile con el principal socio comercial del país, y de las amenazas de Estados Unidos sobre el tema. De hecho, el futuro ministro del Interior de Kast, Claudio Alvarado, aseguró que “nunca” se entregó información sobre el asunto.

Ese era el contexto de la cita que tendrían el pasado 3 de marzo Kast y sus principales ministros. En círculos políticos oficialistas se comenta que lo ocurrido habría sido parte de una estrategia fríamente calculada. Que llegaron a La Moneda, donde los recibiría el presidente de Chile en ejercicio, decididos a plantear su postura con dureza. Porque Kast habría reaccionado con mucha “molestia!”, con la entrevista que concedió Boric el lunes anterior a Megavisión, donde reveló la conversación que tuvo con él el pasado 18 de febrero. Allí el presidente Boric aseguró que, entre otras materias, le había informado del cable óptico y de las amenazas de Estados Unidos sobre el tema.

Con esa verdad revelada, se echaba por tierra todo el lío armado acerca del cable chino y de la supuesta absoluta ignorancia del gobierno entrante sobre el tema. Ese era su relato. Decididos a mantener dicho relato, se dice en círculos políticos que en las oficinas de Kast su equipo -él incluido- prepararon el lunes los términos de la cita con el Mandatario al día siguiente discutiendo incluso que si el Presidente no se retractaba de sus declaraciones, tendrían que suspender las bilaterales de forma permanente. Los principales asesores de Kast argüían que el traspaso ya adolecía de informaciones inexactas.

Estrategia fallida

Solo a gente muy inexperta políticamente se les podía ocurrir que a un Presidente en ejercicio se le podía exigir que se retractara de sus declaraciones y finalmente, en los hechos, reconociera que había mentido. Es lo que Kast y sus estrategas pretendían desde antes de acudir a La Moneda.

Porque, aunque ese equipo estratégico habría sabido que el 18 de febrero el Presidente Boric le había informado a José Antonio Kast que tenían que conversar sobre el problema del cable chino y las amenazas norteamericanas, -que se concretaron días después al quitarles las visas a Estados Unidos al Ministro de Transportes, su subsecretario y el jefe de gabinete- nada dijeron hasta el 24 de febrero. Recién en esa fecha -una semana después del llamado del Presidente Boric a Kast-, su equipo comenzó a plantear públicamente que no había recibido información suficiente sobre el proyecto durante el traspaso de mando. Es más. El futuro ministro del Interior, Claudio Alvarado, afirmó que hubo “falta de transparencia” y que el tema no había sido explicado adecuadamente en las reuniones de transición.

En los días siguientes, voceros del equipo de Kast reiteraron varias veces que el presidente electo no había sido informado sobre el proyecto ni sobre las tensiones con Estados Unidos. Entre el 28 de febrero y el 2 de marzo voceros y ministros designados reiteraron la supuesta falta de información. Y no sólo sobre el cable submarino.

Audaz afirmación la del futuro ministro del Interior, sobre todo porque él sabía, su equipo también, que el actual Ministro de RREE, Alberto van Klaveren, había entregado toda la información al futuro Canciller, entre paréntesis muy cercano a Estados Unidos. En diálogo con la prensa del Congreso, Van Klaveren mencionó que el proyecto chino fue abordado en la reunión bilateral sostenida en su despacho 3 de febrero con el futuro ministro Francisco Pérez Mackenna. Dijo que “fue una información suficiente, similar a la que entregamos sobre otros temas que están también abiertos en materia de política exterior”, añadiendo que también dio cuenta del lobby que estaba “actuando en esta materia”. El Canciller dijo que entre los temas conversados con Pérez “hablamos también del tema del cable submarino, hablamos del proyecto que ya está avanzado del cable Humboldt y hablamos también de la propuesta que hizo un consorcio chino para el tendido de un segundo cable submarino, señalando de que obviamente es una decisión que hay que adoptar tomando en cuenta todos los antecedentes y que obviamente requiere de un análisis más”.

¿Cuáles eran las intenciones reales?

Escarbando e investigando comienzan a salir a la luz antecedentes que hacen  dudar de las reales intenciones del nuevo gobierno. El subsecretario del Interior, Víctor Ramos, contó en La Tercera que recién se enteró el martes “por la alocución del presidente electo de que había un malestar con el traspaso”. “En mis traspasos y en mi trabajo que habíamos desarrollado con el ministro (Álvaro) Elizalde, junto con (Claudio) Alvarado y (Máximo) Pavéz, no habíamos tenido una reclamación sobre el proceso de traspaso, que veníamos preparando hace mucho tiempo”.

Entonces, dijo, “es muy sorpresivo que después de 140 reuniones bilaterales de todo el aparato estatal, ahora te vengan a decir que falta información”.

Debió salir el propio Presidente Boric a aclarar una situación que sus voceros no pudieron o no fueron capaces de aclararrespecto del tema en cuestión: “El proyecto de cable submarino presentado por una empresa de origen chino está en evaluación siguiendo la institucionalidad que nuestro país tiene ante iniciativas de estas características. Durante el proceso he instruido a todas las autoridades sectoriales recabar los antecedentes necesarios para tomar una decisión fundada, que por cierto excede en plazos a nuestro mandato y deberá ser continuada o desechada por las próximas autoridades.

Fuerte y claro, sobre todo para Estados Unidos y su embajador opinante, Boric recalcó que en su gobierno “las decisiones se toman siempre en función del mejor interés de Chile y su gente, haciendo respetar nuestras leyes, nuestro principio de neutralidad tecnológica y el multilateralismo que ha caracterizado la política exterior de Chile como una política de Estado. Y justamente como Jefe de Estado es mi deber garantizar que el derecho a tomar nuestras propias decisiones como país soberano no se vea socavado en ninguna circunstancia por amenazas de ningún tipo. Así será”.

¿Número desconocido?

Y llegó el día del quiebre de una tradición. Se reunieron primero a solas ambos Mandatarios mientras la delegación de futuros ministros esperaba en un salón contiguo. Se comenta que, a los pocos minutos de ese encuentro a solas, se abrió la puerta y los ministros Álvaro Elizalde (Interior), Alberto van Klaveren (canciller), Nicolás Grau (Hacienda), Juan Carlos Muñoz (Transportes) y Jaime Gajardo (Justicia) junto a las futuras autoridades Claudio Alvarado, Francisco Pérez Mackenna, Jorge Quiroz, María Jesús Wulf, Fernando Rabat y Louis de Grange vieron entrar a un Gabriel Boric y José Antonio Kast muy serios.

Sorprendidos, habrían escuchado al Mandatario decir que “el presidente electo me ha dicho que me retracte, pero yo no lo voy a hacer”. El jefe de Estado, según presentes, justificó su postura: “Yo le hablé del cable chino y las amenazas de Estados Unidos durante una llamada que se produjo el 18 de febrero”. Kast se defendió reconociendo finalmente: “Efectivamente hablamos, pero él no me entregó detalles”, diciendo que solo le esbozó antecedentes al respecto. Y puso fin a la reunión. “Nos vamos”.

De hecho, en el encuentro a solas, según quienes supieron de su contenido, Kast le reprochó que solo le esbozóantecedentes al respecto. De acuerdo a versiones de gobierno, Boric le respondió a Kast que las materias relativas a la seguridad del país no se comentan por teléfono.

Dos horas se demoraron en planificar un extenso punto de prensa. Porque antes, un molesto Gabriel Boric bajó al patio de los Naranjos para relatarle a la prensa lo sucedido. “El día miércoles 18 de febrero llamé al presidente electo, José Antonio Kast, para señalarle que tenía diversos temas que conversar con él”. Continuó narrando que “ante una tramitación normal de una solicitud de concesión, habíamos recibido amenazas por parte de Estados Unidos, que ya todos conocen. Me parecía prudente, y se lo señalé explícitamente, que una decisión de estas características, dado lo sensible geopolíticamente que era, debía ser conversado entre la administración saliente y la administración entrante”.

Kast reconoció en una extensa conferencia de prensa que efectivamente recibió una llamada de Boric, el día 18 de febrero. Sin embargo, aclaró que abordaron distintas materias y que el Jefe de Estado solo “me esboza una situación compleja respecto de lo que es el denominado cable, y de algunas situaciones complejas que se estaban dando producto de conversaciones que había tenido él, y al parecer otras autoridades que no me menciona, respecto de la posición que tiene en esta materia el gobierno de Estados Unidos”.

Al ser consultado sobre la llamada que el Presidente Boric afirma le hizo desde Isla de Pascua, donde estaba realizando una breve gira, Kast dijo que era “un número desconocido” y por tanto, no respondió”.

La ministra vocera de gobierno aclaró la situación para que no quedara dudas. “El presidente electo le pidió retractarse (…) A nosotros obviamente no nos parece adecuado que un presidente electo venga al Palacio de La Moneda a decirle, a exigirle al Presidente en ejercicio que se retracte sobre hechos que son verdad y que él mismo reconoce”.

Además añadió que el 20 de enero pasado “no sólo el Presidente Gabriel Boric se trató de comunicar con el presidente electo, dada la gravedad de las sanciones que estábamos recibiendo por parte del gobierno de los Estados Unidos, sino que también el equipo del Presidente Gabriel Boric a través de su jefe de gabinete, de sus jefas de comunicaciones, de sus jefas de asesores, comunicaciones que fueron telefónicas, incluso por escrito, diciéndole que el Presidente Gabriel Boric quería comunicarse con el presidente electo por el tema cable chino y sanciones de Estados Unidos”.

Otros testigos de los infructuosos intentos de Boric de comunicarse con Kast corroboraron la información. Se enviaron -dicen- mensajes de WhatsApp informando la intención del Presidente y aclarando que el número desconocido que llamaba al presidente electo correspondía al propio Boric.

Viaje a Estados Unidos

Si nadie quiso contestar, flota en el ambiente político oficialista qué es lo que hay detrás de esta curiosa reacción del presidente electo. Y no pocos recordaron que en pocos días más, antes del cambio de mando, José Antonio Kast viajará a Estados Unidos donde participará en el foro “Shieldof The Americas”, instancia vinculada a sectores cercanos al expresidente Donald Trump. Todos representantes de gobiernos de ultraderecha, como Milei de Argentina o Bukele de El Salvador.

En ese contexto, el conflicto por el cable —y la relación con Washington— se instala como uno de los primeros ejes de la futura administración. En el oficialismo creen que este repentino quiebre está motivado por el encuentro que tendrá el presidente electo con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su “cumbre de seguridad” programada para este sábado. Por lo mismo, se dice que sería beneficioso para Kast aparecer distanciado del presidente Boric y confrontando una iniciativa china.

Todo eso mientras en el futuro oficialismo comienzan a aparecer voces preocupadas por las consecuencias del tono del nuevo gobierno y se escuchan llamados a desandar el camino tan lleno de ripios que comenzó a cruzar Kast.

El jefe de bancada de RN, Diego Schalper recalcó que “es muy importante entender que hay temas de continuidad del Estado que requieren cierta interacción entre las autoridades”.  Ximena Ossandón, también de RN, afirmó que “el bien superior de Chile siempre debe estar primero. Lo que los chilenos esperan es que se retomen las bilaterales para que el traspaso sea lo más eficiente y transparente posible para que el gobierno entrante pueda comenzar de buena forma. En un gobierno de emergencia no se puede perder tiempo. Nuestras tradiciones republicanas nos diferencian de muchos países, en esto no podemos retroceder”.

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