Está muy bien escrito y eso siempre es el primer paso.

Pero es mucho más. Es de aquellas novelas que parecen ensayos para tomar en cuenta. Donde cada capítulo nos va demostrando que el odio, la discriminación, las diferencias sociales y el uso del extranjero para solucionar problemas contingentes es de larga data. Y que Chile no es, ni fue, la excepción.

Quería leerlo, porque sabía de aquellos locos años 20 (del siglo pasado), en los cuales una generación de brillantes intelectuales y escritores buscaron ampliar la base cultural de nuestra nación, mientras otra generación, de jóvenes nacionalistas, de clase alta, decidieron apoyar la patriotería de un Gobierno en las últimas que veía con horror el avance de Arturo Alessandri y su “chusma inconsciente”.

Son tiempos de lucha, pero también de cárcel, tiempos de izquierda anarquista, con su reacción nacionalista. Es el Chile de 1920, contado por Nicolás Vidal en “Subversivos”. Es la época en que a los chilenos y chilenas les separaban 40 años de la Guerra del Pacífico, mientras hoy a nosotros y nosotras nos separan casi 50  años del Golpe de Estado.

Era la hora del absurdo de la “Guerra de don Ladislao”, uno de los mayores montajes de la historia de Chile, donde el nacionalismo exacerbado trató de “vender” un conflicto inexistente con Perú y Bolivia, ante el cual los estudiantes decidieron oponerse y las fuerzas de la oligarquía encabezaron una persecución contra ellos que contó con el apoyo y la anuencia de buena parte de la población, además de los conservadores de siempre.

Por las páginas de esta novela pasean José Santos González Vera y Manuel Rojas, mezclados con diversos personajes ficticios y reales que dieron vida a una época que debemos estudiar. Tiempos de incipiente feminismo, en que las mujeres pugnan por salir a la luz, leer, desarrollarse, estudiar, pese a las limitantes de una sociedad conservadora que las sigue mirando como un objeto que no vale mencionar en los libros de historia. Especial mención merece el recuerdo de José Domingo Gómez Rojas, escritor y estudiante anarquista, muerto en la casa de orates, después de haber sido encarcelado y torturado tras los horripilantes sucesos del asalto y quema de la biblioteca de la Federación de Estudiantes de Chile.

También hay amor, por supuesto, pero amor real. De aquel que no es idílico, de aquel que duele, que duda, que sigue siendo bello pese a los renuncios y complejidades económicas, de clase o de tiempo. Antonio, Esperanza, son testigos de un tiempo difícil. Se aman en tiempos de cólera, de odio y de avance y retroceso.

Pero, sobre todo, este escrito de 200 páginas de Editorial Sudamericana nos enseña algo que ayer y hoy resultan una amenaza latente: los peligros del nacionalismo excesivo y caricaturesco frente a los progresos de cualquier sociedad, en cualquier latitud, en cualquier tiempo