Entre 1976 y 1978 y luego en 1987, se realizaron las “operaciones Confraternidad I y II”. Esta actividad consistió en desplazar a veintinueve mil familias, desde Santiago Centro, (Nueva Matucana y Zanjón de la Aguada) y de poblaciones de Las Condes, Providencia y Vitacura a unos potreros en Santiago Sur y Santiago Poniente para alojarlos en casetas sanitarias de madera, de treinta metros cuadrados.

Fueron trasladadas en camiones militares por una orden ejecutiva del gobierno que se acataba o se acataba. El sarcasmo fue mayor, cuando en la prensa se publicaban consejos acerca de cómo convertir el “living” en dormitorio para agregar felicidad y comodidad a la casa propia.

Fue el principio de la desigualdad en su forma más ruda, más brutal. Así, se comenzaba a instalar ese sentimiento de indignidad tan presente hoy. La marginalidad territorialluego trajo como secuela, la marginalidad social, económica y cultural, impuestas por la fuerza del autoritarismo encubierto como un acto caritativo envuelto en una denominada reforma urbana. Familias arrancadas de cuajo de su hábitat, del territorio donde trabajaba, donde tenía su entorno social, amical y familiar. Lejos de ese entorno que, en alguna medida, matizaba las violencias de la pobreza. Y allí se dejó a muchas familias desmembradas, libradas a su suerte, sintiendo un desarraigo brutal incomprensible para ellos, que empezó a destilar a acumular rabia en sus corazones.

Hace unos días en la Dehesa los vecinos gritaban a los manifestantes en el mall de su barrio “ándate a tu población roto de mierda”. Las imágenes muestran a muchas personas mayores que, asustados y furiosos, veían como estos indeseables de antaño regresaban por sus fueros, convertidos en clase media, a disputar su territorio cometiendo bullicio, reclamando restañar aquella injusticia.

Pero el problema y sus efectos son de mucha mayor envergadura. La marginalidad en todas sus expresiones es el resultado de una concepción de la vida social, según la cual, una parte minoritaria del cuerpo social, dueña de los medios de subsistencia, determina cómo debe vivir el otro, la masa, la muchedumbre. Una, parte dueña de una vida plena y la otra, obligado a luchar en una cancha desigual por su destino. Los dueños de la vida plena determinan cómo es la cancha en la deben luchar los otros que no tienen cómo evitarlo.

El modelo socio económico dentro del cual vivimos, es como un disco que gira generando fuerzas centrífugas que expulsan a los que carecen de atributos para permanecer arriba, hacia la periferia, hacia una existencia marginal de segunda categoría. La misma que aquí se la denomina “esforzada clase media”. Esta condición de ser marginal en Chile, es de antigua data. Reiteradamente ha sido expuesta en muchos estudios sociológicos y antropológicos ya que es un fenómeno recurrente en casi todos los países periféricos respecto del nuevo orden  mundial globalizado.

Recuperada la democracia y después de algunos ajustes al modelo implantado por la elite dominante por medio de las armas, esta condición de marginalidad comenzó a ser edulcorada, revestida de posibilidades futuras, mostrando algún grado de mejoramiento objetivo de las condiciones de vida, superada la miseria extrema, pero trasladando, a través de múltiples efectos de mostración, principalmente mediáticos, la creencia de que era posible ser como los otros, vía el trabajo duro, el emprendimiento, el sacrificio y el esfuerzo.

Nadie se dio Cuenta. ¡Qué Frase!

El transcurso de este tiempo dulzón, lleno de ilusiones, transcurriendo en un clima de aparente concordia, de acuerdos, de votaciones, de simulacros de desarrollo, de discursos edificantes y de componendas soterradas entre los dueños de la cancha y los otros jugadores representados, ahora en democracia, por otros jugadores dueños de su propio juego, transable en el mercado, era lo que existía.

Pese a todo, crecientemente a través de los avances en las comunicaciones, empezaron a fluir corrientes de información, que neutralizaban los efectos de las cadenas controladas por la elite y se pudo ir conociendo el otro juego, en una especie de dip web negada a la muchedumbre, pero imposible de soterrar debidamente, e incapaz de negar la evidencia de este otro juego, donde se transaba el futuro de los otros, donde se empezó a ver con claridad la condición desmedrada y marginal de la esforzada clase media y de los otros.

“Nadie se daba cuenta” de esta acumulación de frustraciones en los corazones y el entendimiento de estas masas cada vez más ilustradas, informadas y capaces de visualizar su condición. Conscientes de recibir solo una parte de los beneficios mientras, la otra parte, le era negada vía subterfugios para goce y disfrute de los otros. Paciencia, no tenemos dudas que llegaremos al desarrollo, entonces…

Esta marginalidad, escondida bajo la alfombra, fue abruptamente develada. Una muchedumbre hastiada, incrédula, colérica, abusada hasta la saciedad llegó al fondo, asumió conductas disruptivas, desafiantes, sin aceptar que nadie se había dado cuenta porque ellos se habían dado cuenta. Porque no darse cuenta era el subterfugio para aquellos que sujetaban el status quo, aquellos que negaron el apoyo a las reformas propuestas que hubieran descompresionado este clima e instalado algo más de justicia para los abusados, aquellos que trasgredieron casi todas las normas, incluso las propias, para no poner en riesgo sus privilegios.

Y ahora están aquí. Lidiando con la muchedumbre, con el escenario estratégico hecho trizas, los programas de ofertas desfondados, perdido el control del juego, buscando como jibarizar las demandas, como conformar dando lo menos, endulzando, mintiendo, ofertando una vez más, amenazando, eludiendo las culpas.

Pero no. Todos sabían. Se dijo en todos los tonos. Conocían perfectamente qué estaban haciendo y cómo, confiados en que la idea de la sublevación ya estaba obsoleta, que era políticamente incorrecta, los chilenos no somos así, somos sensatos, Chile cambió decían, ahora solo es cuestión de cambiar el rumbo y levantar los corazones.

Pero, ahora ha quedado todo a la vista. Se han cumplido leyes de la historia. Un pensador decía que las clases detentadoras del poder no lo sueltan fácilmente, no entreganparte de sus privilegios si no sienten miedo de perderlo todo. Es lo que está sucediendo

Y ahí están, maniobrando.