La elección la ganará el que logre posicionar mejor su éxito el día domingo tras la apertura de urnas. El que consiga vocear mejor sus específicas victorias será visto como triunfador, pues recordemos que, tras cada elección, todos logran considerarse vencedores apelando a uno u otro distrito, porcentaje, región o circunstancia.

Dárselas de pitoniso, para luego comprobar qué tan equivocado estaba o qué buen oráculo soy, es un ejercicio que se hace desde que la democracia estableció la votación como forma de zanjar el mecanismo de asignación de representantes. Pese a esto, se puede colegir un gran derrotado: el Gobierno.

Tanto si miramos hacia la derecha como si giramos la cabeza hacia la izquierda la respuesta no varía. En el primer caso, sorprende el abandono de los ministros. En realidad, ex ministros o personas con cargo, que decidieron desertar del gabinete o algún servicio piñerista para engrosar los listados de las papeletas electorales. La derecha decidió desprenderse de Piñera, a un nivel donde el descaro compite con la racionalidad. El pato cojo dejó de ser un síndrome para convertirse en la cabecera de La Moneda, con un Gobierno sin brújula, con un equipo político extremadamente débil, y pateando decisiones para no enlodar aún más a los postulantes de su sector político -que, como ya dijimos, tampoco quieren nada de La Moneda-. Piñera llega a este 15 y 16 de mayo en el conocimiento pleno de su debilidad extrema, aunque no necesariamente aceptando dicha situación. Esto, porque tanto a Piñera como a su segundo piso -o lo que queda de él- siempre le cuesta aceptar su propia debilidad.

Si miras hacia la izquierda, el convencimiento es claro respecto de la derrota de Piñera. Lo que aún no cuaja por entero es la clarividencia para observar que cierto aroma de fracaso también impregna los ropajes de la oposición. Efectivamente, existe claridad de que la derecha podría bajar en cantidad de votos. Pero igualmente existe -o existirá- claridad de que dicha disminución será complejo que se materialice en una disminución ostensible en el número de representantes elegidos por el conservadurismo, debido a la dispersión opositora. Pero como eso es harina de otro costal, volvamos a la búsqueda de derrotados: el Gobierno.

Y es que en realidad la derrota no tiene que ver con las cifras que obtendremos el día domingo o en la madrugada del día lunes. La derrota se define desde el momento en que este Gobierno, arrinconado frente a una ciudadanía que despierta y congenia una serie innumerable de demandas insatisfechas en aquel cartel que en la calle decía ¨Son tantas cosas, que no sé qué poner”, decide, en un instante fotográfico de lucidez, aceptar lo que el pueblo le exigía: un proceso constituyente.

De ahí en adelante es que el Gobierno sabe a derrota, huele a capitulación. La derecha perdió brutalmente en un plebiscito en medio de una pandemia muy mal manejada y cuya mala administración no hace sino agudizar y desnudar las falencias del modelo que la gente ha decidido cambiar y rediseñar.

Ahí radica la derrota del Gobierno de Sebastián Piñera. Se acerca meteóricamente a la entrega de una presidencia que soñó con ser líder en Sudamérica y terminó por ni siquiera ser profeta en su tierra.

La clave estará en ese espacio posterior a la elección en que los partidos, las organizaciones y por supuesto, el Gobierno, buscarán salir fortalecidos y con la camiseta de triunfadores. Y es en este último donde radicará la principal de todas las mentiras: tratar de adueñarse, nuevamente, de un proceso que le es ajeno, que lo recibió como una imposición del pueblo y que, en repetidas ocasiones, ha mencionado también que no estuvo exento de violencia, y que el derechismo más duro ha tratado de traducir como un resultado del vandalismo de la calle, cuando no es más que la traducción de una violencia que por décadas el modelo instaurado por la dictadura no cesó de castigar a la ciudadanía. Piñera hoy, parafraseando a Benedetti, no es más que un Presidente remoto, un cadáver político tardío.