“Vaya a trabajar no más señora, yo le doy permiso”, con estas palabras un juez le permitió a Luzmira Ponce Ledezma tener una vida económica independiente de su marido.

No podía tener una cuenta en el banco a su nombre, tomar decisiones propias, pedir permisos legales, contratar gente, porque todo eso debía aprobarlo el marido. Por eso, ella se había ido a quejar ante el representante de la ley. Ella siempre había ganado el dinero para sostener a la familia, trabajando a la par con su marido o sin él. Todo quedaba en la sociedad conyugal.

Su marido no quería que su mujer se fuera a los cerros, con sólo hombres que harían el trabajo. Además todos decían, por aquellos años, que las mujeres traían mala suerte, provocaban derrumbes y tragedias en el cerro. Dichos de gente supersticiosa, decía ella, para dejar a las mujeres en casa.

Con el permiso del juez, se zanjó la discusión y la Justicia le dio libertad para comenzar a hacer su destino de forma más fácil. Era la década de 1940 en Chile, época en la que, en general, las mujeres dependían de sus maridos y no había ninguna en minería. Perdón, me rectifico, había algunas: las que trabajaban como cantineras, es decir, hacían la comida de los hombres en el cerro. Pero a cargo de todo, ninguna. Salvo, mi abuela. 

El matriarcado

Pasaron muchas cosas en mi vida, hasta que siendo una periodista madura, decidí escribir sobre ella. Mirar más allá del retrato que siempre estuvo en mi casa y lo que normalmente decían de ella. Porque mi familia paterna era un matriarcado, claramente, donde ella reinaba.

De los años anteriores a este juicio, sólo sé algunas cosas. Algunas relatadas por mi padre, mis tíos, algunos primos que convivieron con ella. Por ejemplo, estuvo en las salitreras, en el interior del desierto, el norte grande como le dicen. Allí nació mi padre y la mayoría de mis tíos y tías.

Sus certificados de nacimiento dicen fechas distintas a las que ellos recuerdan como sus cumpleaños, ya que la familia tuvo  que juntar el dinero suficiente para viajar al pueblo más cercano, Tocopilla, donde estaba la oficina del registro civil para inscribirlos como ciudadanos chilenos.

Tiempo de escritura

También me contaron que escribió a mano una biografía de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y de la organización de los trabajadores, que vendía como una forma de legado para que esa historia no se perdiera. Esto me lo contó Raúl, uno de sus nietos, mi primo, con nostalgia de no tener uno de esos cuadernillos. A él le gustaba visitar a la abuela, así que disfrutó de largas conversaciones con ella, en la que le contó el peregrinaje de la joven familia hacia el desierto, en barco.

Ella se encontró en plena cubierta un rollo de billetes, amarrados con un elástico. Pensó en sus hijos, lo recogió y lo guardó en su sostén. Fue la comida de varios días, que les ayudó a llegar a destino, a la promesa de un trabajo estable en la pampa, a instalarse en esas casas hechas de latones, donde el calor arreciaba tan fuerte, el sol es enceguecedor desde temprano y el frío en las noches llega a los cero grados celcius.

Un obrero al que le pagaban con fichas

El trabajo del abuelo era duro, inhumano y lo único que aseguraba era el hambre de la familia. Un obrero al que le pagaban con fichas, que sólo se podían gastar en las pulperías propiedad de los mismos dueños de las salitreras, los ingleses. Negocio redondo para ellos, a costa de los mineros. Las mujeres se dedicaban exclusivamente a las labores de casa. Por todo eso, Luzmira conspiraba. Por eso, escribía sobre Luis Emilio Recabarren, el que había organizado a los pampinos.  Y porque cada cierto tiempo les llegaban noticias de obreros y sus familias acribilladas cuando se rebelaban y pedían algunas mejoras en las salitreras vecinas.

Cuando fue la crisis del salitre y cerraron gran parte de las faenas, la familia se instaló con sus seis hijos en Copiapó. Era alrededor de 1931. Nunca más volvieron a trabajar “apatronados”. Este viaje de 500 kilómetros al sur les permitió habitar un norte más amable, donde el desierto se matizaba con un valle fértil, en una ciudad rodeada de cerros y un río que le daba vida pero donde la minería, especialmente del oro, era una posibilidad. Un lugar que en el siglo XIX impulsó el desarrollo del país gracias a uno de los yacimientos de plata más grande del mundo, pero que dejó a su paso algunos signos de progreso y la costumbre de salir a buscar la veta que podía cambiar para siempre la suerte.

Fiebre de oro

Estuvieron un tiempo en Inca de Oro, un pequeño pueblo ubicado a 100 kilómetros al noreste de Copiapó, sobre un llano del desierto donde escasean los árboles, las casas suelen ser de latones o adobes de barros y las calles de tierra. Allí, el abuelo estuvo en las minas durante la fiebre del oro.  En ese momento, ella aprovechó para fundar un cine, como me enteré una vez escuchando una entrevista hecha a mi padre con el fin de rescatar esa historia. Se trataba de un telón grande sobre el cual proyectaban películas, con sillas para que la gente se sentara. Los hijos la ayudaban. Imagino las películas antiguas y a la gente entrando al lugar cuando caía la noche, desafiando al frío del desierto. Algunos enfrentándolo con un chaleco, un paletó, un cigarro o bebiendo un poco de aguardiente o vino.

Después volvieron a Copiapó y vivieron de lo que producían con un pequeño trapiche. Eran dos piedras grandes que aplastan las rocas, girando una y otra vez sobre un eje, luego hacían el proceso de juntar el oro con mercurio y ácidos, para entregarlo a sus clientes. Mi abuela ayudaba, trataba con los mineros que llevaban el mineral, limpiaba, ayudaba a llenar los sacos. Vivían en lo que en ese tiempo se consideraba un lugar fuera de la ciudad. Hoy a sólo diez minutos del centro en vehículo, pero para ellos tan lejos, ya que usaban carretas para llegar al lugar hasta que por fin llegaron los automóviles. Cuando este negocio se puso insostenible, mutó a una hostería en pleno centro de la ciudad. Una muy modesta, por cierto.

Asociación Minera

En 1948 mi padre y mi tío Mario, egresaron del Liceo de Hombres de Copiapó. Mismo período en que se abrieron las universidades para los estudiantes pobres. Entonces mi abuela los mandó a estudiar.

—Vayan a estudiar derecho. El pueblo necesita abogados -les dijo y ambos partieron a la capital, donde estaba la Universidad de Chile, a 800 kilómetros de distancia y con muy pocos recursos.

En esa época, Luzmira estaba completamente separada de su esposo. El abuelo terminó trasladándose a Santiago, siguiendo a los estudiantes. Ella continuó en Copiapó, se hizo integrante de la Asociación Minera. En ese entonces, formó parte de la demanda porque el Estado creara una empresa de compra de los minerales, a precios justos y con métodos de muestreos confiables. El 5 de abril de 1960 lo lograron y ella comenzó a vender allí sus minerales, al mismo tiempo que se transformó en una dirigenta de la Asociación de Mineros de Copiapó.

Recuerdos

Yo no la conocí tanto. La recuerdo morena, de rostro alargado y muchas arrugas, orejas grandes, ojos cafés, pelo totalmente blanco. Murió cuando yo tenía 10 años y a pesar de sus ochenta, no recuerdo haber visto la fragilidad de la vejez en ella. Me parece que era una mujer alta, con rasgos indígenas, diaguitas tal vez, si me apuran. Nació hace dos siglos atrás, en 1899, en Tocopilla, según su certificado de nacimiento. No era una abuela cariñosa, que cocinara dulces y se dedicara a la limpieza o a cocer. Usaba siempre vestidos o faldas largas cuando no estaba de moda. Siempre utilizó su apellido de soltera en tiempos en que las mujeres lo perdían para llevar un “de”.

Los copiapinos

De niña, visité muchas veces su casa, la que quedaba al otro lado de la línea del tren, de hecho, estaba a sólo pasos de la línea férrea. Ese era el límite entre los copiapinos “en progreso” y la pobreza. Por el sector de mi abuela, las calles continuaban hasta que los cerros lo impedían. Todas sin pavimentar, ni red de alcantarillado, aunque sí de agua potable. Por allí las casas eran distintas unas de otras, algunas notoriamente precarias,  construidas a la medida de las posibilidades de sus habitantes. En el centro, en cambio, había casonas antiguas, con su porte decimonónico y viviendas modernas construidas en serie.

Pero ella no era pobre. Tenía una vivienda hecha de adobes -ladrillos de barro y algo de paja-, que no se notaban ya que estaban revestidos con cemento y pintados a la manera de las casas del Copiapó que se modernizaba. El piso era de madera, un patio gigante en el que cabía tranquilamente un camión y un auto y aún quedaba mucho espacio. Su casa era espaciosa y hecha de una manera diferente a las poblaciones construidas en cemento, ladrillo o bloques del centro de la ciudad. Tenía la sensación que mi abuela sí estaba al otro lado. Al otro lado del mundo que conocía y en el que crecí. Y me costó años descubrir por qué.

1978. Recuerdo que de niña, algunas veces acompañé a mi padre y a mi abuela a dejar víveres a los mineros en el cerro. Hacíamos las compras en el supermercado, llevábamos las cajas al camión, nos subíamos y dejábamos atrás la ciudad. A los pocos minutos seguíamos por caminos de tierra que nos hacían saltar en el asiento, a veces de una manera extremadamente brusca. Ella nunca condujo, tenía para eso un hombre de confianza que la llevaba a todos lados en su camión verde, para mí gigante. Veíamos cerro tras cerro, los de mi tierra: sin ningún árbol, ríos, ni animales. Con el cielo eternamente azul intenso y rara vez una nube.

Ella conversaba con mi padre 

Gahona, el chofer, metía con fuerza los cambios de marcha, uno tras otro. Nadie en el camino. No había ninguna construcción a las lomas de los cerros, ni signo de que había mineros habitando el lugar. De vez en cuando, veíamos algunas piedras y cemento, señalizando una mina. Dimos varias vueltas más, hasta que llegamos a la mina de la abuela. Allí un par de hombres  bajaron del cerro a saludar.

Luzmira se bajó con agilidad del camión y subió sin jadear. Mi padre y yo la seguimos. Los hombres se encargaron de bajar los víveres. El viento siempre se sentía fuerte por allá, soplaba en los oídos, el sol quemaba más fuerte que en la playa.  Entramos a la mina.

—Este es un pique, no te sueltes de la mano de tu papá, porque es peligroso caerse ahí -me dijo al entrar. Nos pusimos cascos, que yo sólo podía mantener puesto afirmándolo con una mano.

Seguimos a un minero, con su lámpara. Apenas me asomé al pique, un agujero profundo, donde sobresalían las escaleras que permitían subir y bajar a los mineros. Tenían un carro metálico, que llenaban de mineral, con rieles que les permitían conducirlo. Mi abuela conversaba con los mineros. Mi padre tomaba algunas piedras, las miraba y rescató algunas para analizarlas en casa.

Salimos. Afuera la luz era cegadora. Cuando recobré la capacidad de mirar observé el campamento. Eran tres piezas de madera y un espacio exterior techado. Allí dormían los mineros y comían.  Me impactaron sus tablas sin lijar, cero pintura, camas bastante cercanas, piso de tierra donde se veían y se sentían las piedras. Afuera estaba el tambor del que sacaban el agua, tapado con una tabla, al lado una mesa seguramente hecha por ellos mismos, con un mantel de ule y bancas de palo, las mismas maderas que unos metros más allá se arrumaban. Tenían un brasero donde reinaba una tetera tiznada completamente negra. Cada minero tenía su tacho, una jarra de metal donde tomaban el sagrado té. Todo tan distinto a la vida en la ciudad.

Una mujer madura, que me saludó cariñosamente, era la encargada de cocinar.

Cuando la visita terminó, nos subimos al camión, pero ahora con un minero que le tocaba bajar, y volvimos a la ciudad.

Dolor en la “cancha”

Mi abuela conoció muchos dolores. Sé de uno que marcó para siempre su vida. Algo escuché de niña, alguna vez, pero ninguna de las personas con las que fui hablando a través de los años relataba este momento, tal vez ese intento humano de no recordar lo malo. Hasta que Cristina Grez, su nieta, me lo contó. No tengo certeza de si ocurrió en 1937 o 1938.

Fue en la quebrada Jesús María, ubicada 15 kilómetros al sur de Copiapó, en una mina que estaba trabajando el matrimonio. Ella quiso ir, estaba conociendo los secretos del oro. Llevó a “Ernestito”, su último hijo. Tenía cerca de ocho años y era apegado a la madre y al montón de hermanos, algunos mayores, que lo querían como se ama a esa guagua que llega a alborotar el ambiente y a conmover los corazones El padre le dijo que lo dejara en casa.

Estaba trabajando afuera de la mina, en la “cancha”, un terreno plano donde los mineros apilan las piedras seleccionadas extraídas del interior del cerro, cuando escuchó un estruendo que le paralizó el corazón. La mina había cedido. Es decir, los tablones que sostenían el hueco que dejaba la extracción no soportaron más y cayeron.

El final de un matrimonio

Y Ernestito no estaba a su lado. Corrió a la entrada. A los pocos pasos chocó con un muro de piedras en medio de una nube de tierra. Comenzó a sacarlas, a tirarlas con fuerza hasta que unas rocas gigantes la detuvieron. Gritó con todas sus fuerzas, pero estaba sola.

Bajó corriendo el cerro hasta tomar el camino de tierra y siguió gritando por si alguien la escuchaba. Subió varios cerros donde se divisaban instalaciones mineras buscando alguien que la ayudara, pero no encontró a nadie. Entonces caminó hasta que sus zapatos fallaron, hasta que sus pies sangraron.

No sé si continuó caminando las cuatro horas que separan a pie a la sierra de la ciudad, o si alguien antes la encontró y la auxilió. Lo que sí conservo de este relato es que desde que rescataron el cuerpo de Ernestito y lo sepultaron, el matrimonio entre Víctor y Luzmira también murió.

Mujer sobresaliente

He conocido a algunos que trabajaron con ella. Como Sergio Cortés, moreno, de ojos rasgados, pelo negro, rasgos indígenas y con muchos años de vida.

—Su abuela era muy “chucha”, perdóneme la palabra – me dijo años después, mientras se reía hasta con los ojos al recordarla.

Hablaba de ella con cariño, ya que él venía sobreviviendo, después de haber sido dirigente sindical de una planta que fue, en los tiempos del gobierno socialista de Allende, expropiada y entregada a los trabajadores. Después del golpe militar de 1973 que acabó con los sueños de la vía al socialismo a través del voto, trabajar en las minas era casi su única opción. Allá donde no habría militares pidiendo identificarse. Y mi abuela fue alguien dispuesta a darle trabajo. Él me pedía disculpas por decirlo así, la describía buena para el garabato, poniendo límites, mandando como un hombre en medio de tantos.

Recuerdos de una ciudad minera

Otro recuerdo que tengo es en Calama, otra ciudad minera del norte de Chile. Me puse a conversar con un minero viejo, muy viejo. Estábamos en la plaza y yo hacía mi práctica como periodista. Cuando le dije mi nombre, mi apellido y que era de Copiapó coincidimos en la ciudad de origen. Entonces trató de indagar en si teníamos alguien en común -propio de los copiapinos antiguos, todos se conocían- y llegamos a mi abuela.

Había trabajado con ella y la definió como “tremenda”. La recordaba con cariño por haberle mantenido el trabajo, a pesar de algunas farras que lo hacían faltar. Dice que ella lo fue a buscar al lugar donde vivía, lo retó, lo aconsejó y a fin de cuentas, lo hizo volver al camino del trabajo.

La suegra de una de mis primas, que la conoció bastante, recuerda que tenía un sólo vicio: jugar a las cartas. No fumaba, no bebía alcohol, ni iba de fiestas. Pero sí se reunía con otros a apostar. Me decía que perdió dinero en el juego.

Agrupación de pirquineras

Son muchas las oportunidades en que me he encontrado con gente mayor y terminan asociando y recordando a mi abuela. Una agrupación de pirquineras actuales dicen que se inspiraron en ella para comenzar. Así se les llama a quienes hoy todavía cultivan este tipo de minería artesanal, escasa en lugares donde predomina la gran minería con sus tecnológicas formas de extraer y llevar el mineral y la riqueza fuera del país.

Mi abuela y mi padre siempre discutían sobre política. Estaban de acuerdo en estar en contra de los militares, Pinochet y su gobierno. Mi abuela era Allendista, el presidente socialista derrocado por el golpe de Estado. Mi padre no.

Infancia y política

Pasamos con mi amiga por el frente de la plaza, íbamos a nuestras casas ya que habían suspendido las clases. Vimos un montón de gente al frente, muchos gritos, no entendíamos mucho. De pronto se llenó de humo, eran lacrimógenas y disparos y salió mi padre desde ese tumulto a buscarnos. Al fondo divisé la figura de mi abuela. Él nos llevó a casa rápidamente. Fue la única vez en mi infancia, con nueve años, que me asomé a la vida política de ambos. Durante el camino solo recuerdo silencio.

Allende y mi abuela minera

Tenía cerca de 18 años, mi abuela ya había muerto hace tiempo, cuando una vieja socialista, después de un acto político contra la dictadura, ofreció ir a dejarme a casa, por razones de seguridad. Subimos a su camioneta. Cuando le dije el lugar, curiosamente, sabía llegar. Cuando paramos frente a la puerta, ella no podía creerlo.

Era la casa de Luzmira Ponce. Así me enteré de otra faceta hasta entonces desconocida para mí de mi abuela. Fue socialista hasta el fin de sus días. Allendista, de esas que él visitaba en cada campaña cuando venía a Copiapó. De hecho la única foto que tengo en papel de ella, es en septiembre de 1970 celebrando la victoria de Allende en el comando.

Kethy, la vieja socialista, me contó que estuvieron juntas en la resistencia, que al dividirse el PS mi abuela se quedó con la fracción de Almeyda, la más radical, la que validaba el uso de las armas, y que cuando comenzaron las protestas, ella ponía su camión a disposición y bajaba a sus trabajadores y a otros tantos mineros para protestar contra los militares. Y siempre estaba allí, en las protestas, organizando, resistiendo.

Independencia y felicidad

Mi tía Fresia me cantó la marsellesa socialista recordando a su madre, mi abuela. Me sorprendió, porque ella nunca se interesó en la política. Me contó que su madre cuando era niña la llevaba a las reuniones, a los actos, a las actividades, ya que no tenía con quien dejarla. Fue la misma tarde en que aproveché de preguntarle si Luzmira Ponce había sido feliz, y ella me respondió que sí, después que se separó de mi abuelo, cuando trabajó minas y se hizo independiente.

Luego conoció un minero del que se enamoró, vivieron juntos hasta que él murió a los pocos años. No se casaron y fueron felices. Mi tía recordaba que fueron socios explotando minas, que se le veía muy contenta con él. Que después de aquella muerte nunca volvió a verla tan feliz.

Abuela querida

—Mi abuela era muy querida, tenía mucho bla bla. La llevaban a la radio, porque era la voz de los pirquineros – me cuenta Cristina, mi prima, recordando que en sus últimos años casi todos los días almorzaba en su casa-  me acuerdo que cuando no nos apurábamos para comer nos pegaba en el plato, eso nos daba rabia a todos. ‘Coma, coma, coma’, nos decía. Para los años nuevos era lloronaza, ‘este es el último año que voy a estar con ustedes’ nos decía, nosotros le contestábamos, ‘no, abuelita’. No hablaba mucho de las minas, porque a mi mamá no le gustaba que anduviera en el cerro, porque lo encontraba tan sacrificado para la edad que tenía.

Espíritu indomable

Creo que mi abuela era una mujer salvaje. Ese fue, para mí, su mayor atractivo. Dicen que uno de sus hijos lo tuvo sola, sentada, ella misma lo recibió y cortó el cordón umbilical. Lo limpió y lo acurrucó. Y a las pocas horas estaba de nuevo cocinando. Me gusta ese espíritu indomable que a pesar de los tiempos machistas la llevó a hacer su propio camino. Algo muy distinto a lo que se esperaba de una mujer.

Nunca se dejó encerrar en las convenciones sociales, las desafió con su trabajo, con su separación, con trabajar en una mina y se ganó un lugar en la sociedad de su tiempo. Todo eso la hacía estar del otro lado, esa es la sensación que sentí al cruzar la línea y llegar a su casa y ver una forma de vida invisible para la sociedad copiapina que quería y aún hoy quiere ser moderna.  He tenido que descubrirla para rescatar esa herencia, mirar con orgullo el pasado minero artesanal y preguntarme qué hay de ella en mí.