Una mezcla de esperanza, ansiedad, temor invade hoy a los chilenos y chilenas cuando faltan pocos días para el plebiscito que permitirá abrir paso a una Nueva Constitución después de 40 años de esclavitud con la ilegítima en que nos encerró la dictadura.

Pero hay quienes vivimos un momento similar, o peor, hace treinta y dos años: al enfrentarnos al plebiscito del 5 de octubre de 1988. Cuando había que votar “SI” si se quería continuar engrillados o “No”, si queríamos liberarnos sepultando la dictadura para abrir el camino hacia la democracia. Y sin ninguna garantía de una elección limpia.

El dilema estaba clarísimo, más claro que ahora: botar al dictador y despejar el camino a una verdadera democracia. Pero entonces teníamos menos herramientas y mucho miedo, porque corríamos un mayor riesgo: el de perder la libertad o la vida por oponernos al tirano. Entonces, no teníamos ninguna certeza de ganar, pero sí esperanzas y el sentimiento de que, después de años de protestas en las calles y caceroleos en la oscuridad de la noche, la mayoría de los chilenos votaría NO. Pero si ganábamos, ¿lo reconocerían los jerarcas militares? Incertidumbre. Había que asegurar el reconocimiento del triunfo. O por lo menos, intentarlo, como dicen sus ejecutores.

Entonces se creó el instrumento con el cual creímos poder defendernos.

La hazaña del conteo paralelo

El Comando del No, nacido en la alianza de toda la oposición, además de una brillante campaña en los medios que hizo historia (y hasta una película, “No”, que ha dado la vuelta al mundo), creó un sistema paralelo de conteo de los votos del Plebiscito, usando la tecnología disponible en ese tiempo: un procesador importado para la central y el fax.

Aún no había llegado la Gran Red, la Internet, y los procesadores computacionales eran muy pocos y estaban solo en manos de especialistas.

Quien lideró desde las sombras este aparato de control social fue el economista Gonzalo Martner, del Grupo de Investigaciones Agrarias, GIA, una de las ONG que junto a otras tantas instituciones colaboraron en el proceso a lo largo y ancho del país. Se organizó a 50 mil voluntarios que lo dieron todo ese día por salvaguardar los resultados genuinos del plebiscito.

Se armó un Comité Técnico Unitario por las Elecciones Libres (tras vencer la desconfianza de algunos por las urnas), encabezado por Genaro Arriagada. La dirigencia política detrás de él la integraban Patricio Aylwin, Enrique Silva Cimma, Ricardo Lagos, Luis Maira y Tomás Hirsch.

“Un día a fines de 1987 -recuerda Martner -, saliendo de su oficina en la Editorial Aconcagua, Genaro Arriagada me dice: “tienes que hacerte cargo del control de la votación”. Yo era del Partido Socialista que encabezaba Núñez en ese tiempo y tenía 30 años, es decir, nunca había votado (no cumplía con la edad para la elección última, la de Allende, en 1970) Pero estaba en el equipo que había trabajado el tema y no podía negarme. Había que intentarlo”.

Con una ayuda inicial de una consultora norteamericana, un equipo de siete ingenieros chilenos, más otros profesionales como Raimundo Beca, Jorge Navarrete y Patricio Meller para el análisis de datos, se diseñó la improbable tarea de montar un aparato de la oposición para el recuento de los votos del Plebiscito y así controlar el posible fraude.

Hubo que armar una red de vigilancia de cientos de voluntarios repartidos en las 22 mil mesas de sufragio del país. O al menos, una muestra representativa de todas ellas. Las opciones eran pocas: sólo podían ser Apoderados de Mesa los representantes de los Partidos Políticos registrados ya en el Servicio Electoral reformulado por la dictadura. Hasta ese momento hubo tres que acreditaron apoderados: el Partido Demócrata Cristiano (PDC), el naciente Partido por la Democracia (PPD) y el Partido Humanista. Los otros voluntarios éramos simples “observadores”, que cumplíamos desde las sombras también la función de vigilar que la votación en cada local fuera intachable.

“Esa mañana del 5 de octubre nos levantamos aún oscuro para ir a votar a donde nos correspondía y así, quedar listos para emprender la tarea de vigilancia – dice la periodista Verónica Martínez, ex presidenta del Círculo de Periodistas de Santiago -. Yo trabajaba en el GIA y como lo nuestro eran los campesinos, nos asignaron zonas rurales. A mí me tocó ir a un local en Talagante, a un colegio de curas. Nos ensayamos una semana antes, yendo a reconocer el lugar. El día de la votación, me encuentro con que allí votaba la Alcaldesa de Talagante designada por la dictadura, lo que aumentó el temor que ya sentíamos”.

“Recuerdo el momento máximo de nerviosismo en que anotaba frenéticamente los resultados de las distintas mesas. Y luego, al volver a Santiago, la gran tensión de las calles desiertas con la gente esperando el resultado dentro de sus casas”.

Vocal de mesa

Pero la oposición contó, sin planificarlo, con Vocales de Mesa que también vigilarían que el proceso se desarrollara sin trampas. Pero nadie lo sabía. Ser de oposición era secreto ese día. Tal fue el caso de Elena Osorio, 46 entonces, profesora de Educación Básica:

“Las mesas habían sido designadas antes, en un evento anterior (la Consulta para aprobar la Constitución del 80), pero se abrió un debate público y se obligó a realizar una elección nueva por sorteo, dentro del recientemente creado Registro Electoral (el anterior había sido destruido durante el Golpe). Rogué a Dios que pudiera quedar de vocal… ¡y quedé! Me destinaron a una escuela en Lo Prado. Me presenté a una oficina del Comando del No para que me instruyeran.

“La semana anterior nos fuimos a constituir en el local las 5 mujeres vocales. Una de ellas se sienta sobre una mesa y dice “¡Yo quiero ser presidenta!” Con voz firme le dije que yo también quería y que se bajara porque íbamos a hacer una votación. “¿Y cómo?”, dijo sorprendida. Yo iba preparada: saqué de mi cartera lápices y papeles. Votamos las cinco y salí electa Presidenta de Mesa.

“Al atardecer – prosigue -, cuando ya estábamos en el conteo de los votos de la urna, se produce un apagón de luz. Pero también iba preparada para eso. Saqué de la cartera cuatro velas que encendimos y colocamos una en cada esquina de la mesa. Se acercó un milico y movió la cabeza diciendo: “Esto está peligroso…” Yo le respondí con firmeza: “Aquí estoy cumpliendo con el mandato de la ley y vamos a continuar hasta terminar nuestro cometido”. Y así fue”.

Elena cuenta que en su mesa ganó el No, y en casi todas las de local de votación, porque era una comuna pobre, de chilenas y chilenos de bajos recursos. Regresó a casa en taxi por calles oscuras y silenciosas. Allí se encontró con barricadas quemando neumáticos. ¡El pueblo defendiendo las urnas!

Datos por fax

Según el experto Gonzalo Martner, “el engranaje funcionaba así: los presidentes de mesa debían anotar el resultado de su mesa en un formulario con copias de respaldo que habíamos distribuido en los mil recintos de votación. Una de las copias debía ser entregada ipso facto al encargado de recinto del Comando del No, quien anotaba el resultado en una planilla que registraba unas 25 mesas. Una vez completada, la planilla partía –a través de los cientos de mensajeros que se movilizaban a pie, en bicicleta, en auto o en lo que fuera- a alguno de los 24 centros de acopio de Arica a Punta Arenas formados tras meses de trabajo y en los que se encontraba un fax.

“El computador central – explica Martner – estaba conectado a una docena de entradas en las que un grupo de expertos digitadores –que trabajaban en bancos y que habían sido reunidos para esa noche por Enrique Dávila- ingresaban los datos mesa a mesa que el software procesaba, lo que hicieron con gran profesionalismo y celeridad cuando llegó el momento.

“Esta tecnología recién disponible  — agrega — la habíamos importado directamente desde Estados Unidos y era robusta para transmitir datos incluso con líneas telefónicas de mala calidad. Las planillas eran enviadas desde los fax en el territorios a los fax receptores que se encontraban en alguno de los cuatro centros de acopio en Santiago y de ahí en auto al tercer piso de calle Lastarria.

Tanto apoderados como observadores debían entregar los resultados de su mesa al encargado de recinto del Comando del No, quien los anotaba en una planilla con los datos de unas 25 mesas por local. Esta planilla salía del recinto “a través de cientos de mensajeros – agrega Martner – que se movilizaban a pie, en bicicleta, en auto o en lo que fuera, a alguno de los 24 Centros de Acopio que había de Arica a Punta Arenas, que habíamos formado meses antes, y en los cuales había un fax”.

Recuerda Cecilia Leiva, ingeniera agrónoma, entonces Directora del Grupo de Investigaciones Agrarias (GIA).“El GIA fue una de las Ong que colaboró en la toma de resultados de mesa en las votaciones de ese día, que luego se digitaban y procesaban en nuestras oficinas, donde ese día trabajábamos clandestinamente. Estábamos muy preparado para esta tarea porque como hacíamos investigación en el agro, teníamos buenas digitadoras y también técnicos en computación que procesaban los datos. Fuimos pioneros en introducir la computación en el trabajo, a mediados de los 80. Gonzalo Martner era uno de nuestros profesionales.”

“Una de mis tareas ese día – recuerda Cecilia Leiva – era ir a buscar planillas a unas escuelas que me asignaron y llevarlas de vuelta al GIA para que las registraran y procesaran. Luego que teníamos todo procesado lo llevábamos a una casa misteriosa que quedaba en Seminario con Irarrázaval si mal no recuerdo. Y de allí se llevaba al centro principal”.

Tropiezos en Lastarria

El equipo central funcionaba en las oficinas del Comando del No, en Lastarria con Alameda. En la víspera del Plebiscito se hizo un ensayo con los equipos.  Gonzalo Martner cuenta que tuvieron dos accidentes: uno, la noche anterior, se produjo un apagón (lo cual era corriente en esos tiempos de lucha) y tampoco les funcionó el sistema de respaldo de energía eléctrica que tenían previsto. Previendo problemas, se había coordinado con el Colegio de Contadores un equipo humano que “con velas y papel, además de máquinas de calcular manuales, llevarían un recuento de respaldo que el 5 de octubre funcionó muy bien.”

“La segunda emoción fuerte – recuerda Martner – fue (el día 5) cuando a la 17 horas, al encenderse el computador (de marca Tower), se inutilizó parcialmente por una chispa provocada por la electricidad estática. Era una catástrofe. Nuestra pieza clave no podría funcionar…”

De inmediato, Jorge Navarrete que estaba presente, “accedió a mi petición de dirigirse con su vehículo al proveedor con quien habíamos importado el equipo” y “milagro, tenía un segundo computador similar disponible!”

El dictador desconoce triunfo

Un nuevo momento de gran tensión se produjo en calle Lastarria cuando se percatan que a eso de las 20 horas del día 5, habían llegado muy pocos datos. ¿Qué pasaba? A las 19.30 de ese día el Subsecretario del Interior Alberto Cardemil había anunciado oficialmente los primeros resultados favorables al “SI” con 72 mesas escrutadas. Y luego, quienes debían llevar las planillas recolectadas por fax, con los datos desde los centros de acopio del conteo del Comando del No, no lograban pasar el cerco militar y policial que se había apostado en la perfieria del centro de Santiago.

“En mi desesperación – cuenta Martner — escuché que el Coronel Sobarzo, de Fuerzas Especiales de Carabineros estaba en la Alameda con Lastarria. En un acto bastante absurdo, decidí bajar a la calle a hablar con él. Se produjo un intercambio ridículo de mi parte: “a nombre del Comando por el No le solicito que deje pasar a las personas que se identifiquen como nuestros mensajeros para poder completar la recolección de datos de la votación”. Me miró y me dijo: “Mire, mejor dejemos las cosas hasta ahí no más”. A buen entendedor…y me devolví mascullando mi impotencia”.

Se instruyó a los encargados de acarreo de planillas que hicieran todo lo posible y pasaran como pudieran entre los uniformados.

“Al cabo de un rato, en una imagen difícil de olvidar, — continúa — veo subir a Guillermo Díaz,con la respiración cortada, por la escalera de la sede. Sacó de su espalda, donde lo había escondido, el primer fajo de papel fax con los datos. Venía pálido y nos contó que no le había sido fácil pasar por las calles oscuras en medio de las patrullas…Pero la información empezó a fluir, los digitadores a ingresar raudamente la información y a obtener nuestras primeras estimaciones”.

Lo demás, es historia: con más de 100 mil votos escrutados, estábamos ganando: 59 por el No, contra 41 por el Sí (el resultado final fue 56/44). A las 21 horas, Genaro Arriagada dio a conocer nuestros resultados del cómputo paralelo… y a las 22 horas, el gobierno del Dictador aún informaba que ganaba el Si. A las 23 hrs. Arriagada divulga un nuevo cómputo confirmando que gana el No. A la medianoche, Sergio Onofre Jarpa, presidente de Renovación Nacional entonces, reconoció la derrota del SI en Canal 13 y a la 1 de la madrugada, el General Matthei hace otro tanto al entrar a La Moneda.

Sólo una hora más tarde, el Subsecretario del Interior Alberto Cardemil reconoció el triunfo del NO.

Concluye Gonzalo Martner, artífice, director de orquesta de esta obra sinfónica:

“El 5 de octubre fue obra de las decenas de miles de apoderados o simples testigos que vigilaron tenazmente que los votos fueran contados correctamente. De los miles que anotaron el resultado de cada mesa en las boletas distribuidas de Arica a Punta Arenas por el Comando del NO, en un gigantesco esfuerzo militante en base a voluntad y tesón. De los que transcribían los resultados a las planillas de alguno de los mil recintos de votación. De los que las trasladaban físicamente, los “chasquis”, a los 24 centros de acopio instalados en toda nuestra loca geografía. De los que las transmitían por fax, no sin dificultades técnicas variadas, a los cuatro centros ocultos montados en Santiago. De los que recibían y de los que trasladaban las copias físicamente a la sede central de la Alameda. De los que las digitaban en los computadores y de los que sumaban las copias a mano en el procedimiento de respaldo. De los que informaban, hacia Chile y hacia afuera. De los que apoyaban desde el exterior. De los que organizaban todo esto, en diversidad y trabajo conjunto. De los que dirigían y actuaban para que el triunfo fuera reconocido, para lo cual se había organizado durante casi un año el recuento voto a voto, mesa a mesa. Fue una gesta colectiva…”.