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Desfeminizar las iniciativas de parentalidad

Foto de Tá Focando en Unsplash

Foto de Tá Focando en Unsplash

En mi trabajo a nivel municipal en Chile, hay algo que me preocupa cuando pienso en las iniciativas y programas de parentalidad: la crianza sigue siendo un asunto que las instituciones abordan principalmente con las mujeres. Son ellas quienes suelen asistir a los talleres, recibir orientaciones y llevarse a casa recomendaciones sobre cómo criar a sus hijos. Los hombres, muchas veces, quedamos en segundo plano.

El problema no es que las madres participen, sino que sigan siendo las principales responsables de la crianza. Hay una diferencia entre invitar a los hombres a colaborar y reconocer que también somos responsables. Cuando un padre cuida a sus hijos, no está ayudando a la madre: está asumiendo una responsabilidad que le corresponde.

Hablamos de parentalidad positiva, parentalidad social, de fortalecer los vínculos familiares y de promover el bienestar de niños y niñas. Todo eso es importante. Pero también deberíamos preguntarnos por qué seguimos convocando principalmente a las mujeres cuando hablamos de crianza. ¿Acaso los hombres no necesitamos aprender a cuidar, expresar afecto y hacernos cargo de la vida cotidiana de nuestros hijos?

Parte del problema tiene que ver con cómo aprendemos a ser hombres y mujeres. A muchos hombres nos educaron para trabajar, proveer, ser independientes y no mostrar demasiada vulnerabilidad. Aprendimos a desenvolvernos en el espacio público, pero no siempre a cuidar. A muchas mujeres, en cambio, se las sigue educando para estar pendientes de los demás y asumir las necesidades familiares como propias. Después nos sorprende que sean ellas quienes terminan sosteniendo buena parte de la crianza.

Por eso considero necesario hablar de desfeminizar las iniciativas de parentalidad. No se trata de quitarles espacio a las mujeres ni de desconocer su trabajo histórico, sino de dejar de asumir que el cuidado les corresponde naturalmente. Las feminidades, al igual que las masculinidades, se construyen socialmente. No hay nada inevitable en que ellas cuiden más y nosotros menos.

Esta discusión también nos obliga a mirar el trabajo de las instituciones. Desde los municipios y los programas públicos debemos preguntarnos a quiénes convocamos, en qué horarios hacemos las actividades y qué lugar les damos a los padres. Si esperamos que las madres asistan y después transmitan lo aprendido al resto de la familia, terminamos reproduciendo aquello que decimos querer cambiar. Podemos hablar de corresponsabilidad en los objetivos de un programa, pero eso pierde sentido si su funcionamiento sigue descansando sobre las mismas mujeres.

Hay otra cuestión que vale la pena revisar: la forma en que reconocemos la participación de los hombres. Todavía parece extraordinario que un padre acompañe a su hijo al médico, asista a una reunión escolar o se haga cargo de las tareas domésticas. A las mujeres, en cambio, rara vez se las felicita por cumplir esas mismas responsabilidades. Esa diferencia muestra cuánto nos cuesta dejar de considerar el cuidado una obligación femenina y la participación masculina una excepción.

Por supuesto, no todos los hombres se desentienden de la crianza ni todas las familias reproducen estas dinámicas. Pero las políticas públicas no pueden limitarse a trabajar con quienes ya participan. También deben generar condiciones para incorporar a quienes suelen quedar al margen. Para eso hacen falta estrategias de convocatoria, horarios compatibles con las jornadas laborales y una mirada que reconozca a los padres como cuidadores, no solo como acompañantes de las madres.

Asimismo, transformar las masculinidades implica revisar lo que aprendimos sobre el cuidado, los afectos y nuestras responsabilidades. Sin embargo, no basta con pedirles a los hombres que cambien individualmente. Las instituciones también tienen que hacer su parte y dejar de tratar a las madres como responsables por defecto de la crianza.

Dicho todo lo anterior, desfeminizar las iniciativas de parentalidad significa tomarse en serio la corresponsabilidad. Si queremos que los hombres participen más en la crianza, no podemos seguir diseñando intervenciones que, en la práctica, se apoya principalmente en las mujeres. Desde mi experiencia municipal, creo que esta contradicción merece más atención: porque una política de parentalidad no debería limitarse a enseñar a criar, sino también contribuir a transformar la manera en que distribuimos las responsabilidades de cuidar.

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