Pienso que ya lo dijo Marshall Mc Luhan, en los años sesenta: “Si quieres conocer el mundo, mira tu aldea”.

Y Santiago es una aldea. Como lo es París, Cuzco, Puerto Williams o cualquier barriada de cualquiera ciudad de Arabia Saudita. Es decir, todos los rincones del planeta. Y, en este caso, una modesta esquina a menos de cien metros de la Estación Central de Ferrocarriles (que ese es el nombre oficial del terminal), en Santiago.

Fue un mediodía de semana, nada más anónimo que esa hora. Calle Exposición,  límite poniente del comercial barrio Ocurrió al interior del muy mal agestado bar “Tropezón”, en la primera cuadra de la calle mencionada, al sur de la Alameda. El encargado de servir las “cañas” y los “potrillos” de pipeño o tintos de baja reputación pero también bajos precios, me miró sin siquiera un leve ademán. Y yo venía llegando. Nos miramos en silencio con la vaga intención de adivinarnos la existencia pero al hombre le ganó por goleada la ausencia de ánimo. Y tenía razón, pensé. Es que nada que despierte el deseo de comunicarse puede ocurrir aprisionado entre los grandes jarros, que son el negocio. Todo esto, mientras se descoloraba la luz al cruzar la puerta abierta de par en par a la calle y al mesón lo abrazaban las corrientes de aire y de gente que transitaba, apurada. Como siempre. Es la gran indiferencia del mediodía por las cercanías del mercado de las aves vivas en la Estación Central y que graznan enjauladas y sin destino, presas en la ciudad. Todos somos presos de la ciudad.

De repente, entre zigzagueante y festivo entró al bar un hombre de camiseta sin mangas (“sudadora”, las llaman), con un ganso en sus brazos. Un blanco, linajudo y durmiente  ganso. Yo, que algo entiendo a veces, adiviné de inmediato que el hombrón andaba cazando a un afuerino y éste era yo. Olí sus contorsiones de aparente torero aficionado sin capa y ansioso de burlar al que se le pusiese por delante. Sonreía como jugando con esa actitud algo cínica que todos llevamos dentro. Era un falso bailarín enclaustrado en el laberinto de su propia circunstancia. Quién sabe de dónde vendría huyendo, porque finalmente huir es la consigna en la barra de un bar, cada uno sabe de dónde arranca. El con su ganso y yo con mi solitaria tranquilidad.

El hombre quería que lo acogieran, que lo saludaran. Que yo mismo, afuerino, aceptara su saludo de viejo conocido. Como si nos conociéramos. Que me abrazara su ademán  de venir de lejos a entretenerme el duende satisfecho, dueño de casa de su calle propia, tranquilo sabiendo que nunca les sucede nada a los fantasmas que vagan por los bares de barrio con las manos y el futuro vacío en los bolsillos. Yo, afuerino pero con cierta experiencia en vagancia, sé que los seres como el hombre del ganso cambian a cada instante sus pieles de lobo en el gentío. Era quizás de veras el mediodía y el ganso seguía imperturbable. Como si conociera lo que estaba ocurriendo.

El hombre silencioso del mesón también seguía impávido. El hombre del ganso pasó  en silencio hacia su  meta de vino aquí y ahora, junto a los jarros. Ya sabía que yo estaba solo y que el dependiente no escucha confesiones ni nada. Que sirve los vasos mirando de soslayo y que se esfuerza por humillar a sus parroquianos, pero qué haría sin ellos. Sabía también que una persona sola en la barra de un bar debe decirle algo a alguien. Y sabía que el afuerino era yo, me estaba manejando bien. Finteaba. De repente seguro y desenfadado, librándome del aburrido mesonero que, para mí, no creía en el bien ni en el mal ni en las horas del día o de la noche. Para qué conversarle si sólo cumplía con los pedidos y mantenía su ira incrustada en el hastío esperando a los que ya nada esperan de la vida salvo el relleno del vino ordinario parapetado en los jarros. Al acecho.

Junto al mesón comenzó el bailarín del ganso su destreza para rescatarme del aburrimiento. Abrió con prestancia acostumbrada su mundo propio y miró, callado. Midiéndome, estudiándome. Volvió a fintear, como un leoncito de barrio para calar a su presa, mulato de pelo rizado, cara y manos recién lavadas. ¿Qué edad la de sus ojos brillosos, gastados de alcohol, aire tropical en la camiseta tornasol abierta y con el cigarrillo a la boca? Cortés me tendió la mano certera, estocada segura que adelantó una charla amable. Desplegó, como fantasma de ocasión, su anzuelo profesional.

Piqué. El ganso dormitaba en las manos mojadas.

“Yo vengo de Brasil”. Fue su primera embestida. Y pasó su mano por el largo y blanco cuello del ave. Ofreciéndolo sin palabras, mostrando la mercadería.

“Bonito Brasil”, le respondí

Airoso contesté el primer golpe y las circunstancias ahí obligaban a continuar conversándole, porque al mediodía a veces el tiempo sobra. Con ademán de cliente conocido pidió su “caña” al mesonero que seguía tan callado como una foto gigante de sí mismo. Sin sacarse el cigarrillo de la boca, preparó el segundo golpe en su cuadrilátero de paso. El humo molestó a sus ojos enrojecidos y, finalmente yo torpe afuerino, le acerqué un cenicero de lata a medio llenar de colillas. Sabía que estaba a sus órdenes, son las reglas del juego para hacerle el quite al mediodía.

“Mucha vegetación por allá, es por el clima”. Hablar de árboles, de naturaleza y del sol y la lluvia es siempre un tema inofensivo. Como discurrir sobre amores lejanos. Estaba consciente de que me estaba acorralando:

“Hay muchos lugares para pasear y mucha gente, demasiada gente de repente, sobre todo en los veranos y ya no es como antes, como acá que sigue sin árboles. Hay plaza muy grande, buen pasto. (De reojo, miró al ganso). Pero también hay mucho tráfico, mucha gente nueva, gente que uno ni conoce. Hay mujeres bonitas, eso se agradece”.

“¿Mucho tiempo por allá”?, me entregué con sentimiento de culpa ante el riesgo de que abandonara el diálogo, pero el encuentro recién comenzaba. Con seguridad de conquistador suspiró tranquilo:

“Casi tres años la última vez, trabajando con el capital de estos brazos, haciendo rendir la musculatura, la fuerza bruta de uno se comercializa. ¿Para qué me iba a venir? Dejé un niño con la mamá, como corresponde. Ya tiene sus músculos creciendo el niño”.

“¿Y la gente, qué tal”?

La fragilidad del diálogo ya había cuajado. Lo logró, urgía abrir el campo de la generalidad de la vida, única herramienta en todos los bares del mundo para espantar la amenaza de historias del fracaso, sueños tristes y repetidos de engaños y desengaños, éxitos del pasado no siempre verdaderos, anécdotas repentinas, palabras sueltas de quién no tiene nada que hacer. O las nostalgias infantiles porque también el hombre del ganso disfrazado de duende callejero alguna vez fue  niño, aunque lo haya olvidado.

“Nunca un problema, buenos vecinos, allá todos nos ayudamos, hay gente que tiene más pero siempre tienden la mano, nunca me faltó fuerza”, dijo automáticamente.

Y estiró su brazo derecho para que yo admirara el músculo, se le ensanchó el ancla tatuada en el antebrazo. Aprovechó el estirón y tomó  el vaso que nadie le ofreció pero que sabía que era suyo, porque el enojado mesonero se lo pasó hace un rato.

Con el brazo izquierdo sujetó al ganso adormilado.

“¿Y se acostumbró al clima”?

“El invierno es duro, los veranos no son problema. Uno se tira a dormir en un escaño y nadie dice nada pero hay que levantarse temprano, por los aseadores. En cambio, acá no hay árboles, no hay plaza, no hay escaños, cuesta descansar. Ando ambientándome”.

“Tantas ciudades que tiene Brasil, ¿de cuál viene usted?”.

Dio un paso atrás, como en peligro. Para preparar el golpe de respuesta miró de reojo al ganso, calculando. Con un paso hacia adelante intentó otro finteo vago de pugilista retirado, movió la cabeza, gozó a contrapelo como gato frente a su presa, dibujó en su mente el golpe de gracia final y con dejo triunfante disparó:

“Usted no entiende, así no se puede conversar ni andar perdiendo el tiempo. ¿De dónde sacó que vengo de otro país? Yo vengo de la Plaza Brasil, esa era mi patria pero ahora soy de la Estación Central”.

Como uno a veces se obliga a reír vagamente para disimular la estupidez de un pequeño fracaso le invité a vaciar los vasos y le ofrecí pagar su vaso de vino junto con el mío pero él ya contaba con este ingenuo afuerino de ocasión. Cuando me despedí del mesonero silencioso, éste tampoco respondió. Le comenté al hombre del ganso que es de malas pulgas el dependiente.

Y me explicó, casi con cariño:

“Sordomudo, dirá usted. Nació así el hijo de la dueña. Treinta años lleva parado detrás de los jarros. Lo conozco desde niño, somos cómplices. Ubica a los que no son de por aquí y me hace señas. Cuando no vendo el ganso en el día el animal pasa la noche entre las garrafas y el hombre le da los restos. Usted, me convidaría otra cañita”?

Sí. Marshall Mc Luhan tenía razón: “si quieres conocer al mundo, mira tu aldea”. Tu barrio, en este caso. En cualquier lugar de nuestras ciudades siempre nos toparemos con la humanidad desnuda y puesta a prueba. La comedia y  la tragedia, a cada instante.