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Ajuste fiscal y empleo público: el 3% que redefine la estabilidad hacia 2027

Foto de archivo

Hay transformaciones del Estado que no se anuncian como tales, pero que, en su acumulación silenciosa, terminan desplazando sus equilibrios más profundos. No ocurren mediante grandes reformas ni declaraciones explícitas, sino a través de decisiones que, en apariencia, pertenecen a planos distintos —lo jurídico, lo presupuestario, lo administrativo—, pero que en determinado momento comienzan a converger. El reciente fallo de la Corte Suprema (Rol N° 28.991-2025) y el instructivo de ajuste fiscal que ordena un recorte horizontal cercano al 3% del gasto público constituyen precisamente uno de esos puntos de convergencia. Lo que está en juego no es solo la interpretación de una norma ni la aplicación de una medida de austeridad, sino la redefinición progresiva de la estabilidad del empleo público y, más profundamente, de la capacidad operativa del propio Estado hacia el año 2027.

El caso que sirve de punto de partida parece, en un primer momento, acotado. Un funcionario con más de cinco años de servicio continuo, sin reproches en su desempeño y con evaluaciones positivas, ve no renovada su contrata. Frente a ello, recurre a tribunales invocando el principio de confianza legítima, aquella construcción jurisprudencial que durante años operó como un límite a la discrecionalidad administrativa, en la medida en que protegía la expectativa razonable de continuidad generada por la propia conducta reiterada del Estado. La Corte de Apelaciones acoge su pretensión, reafirmando una doctrina que había tendido a consolidarse: la estabilidad de facto de quienes, sin ser de planta, habían permanecido por largos períodos bajo el régimen de contrata. Sin embargo, la Corte Suprema revoca dicha decisión, y es en esa revocación donde se produce el desplazamiento que interesa observar.

El máximo tribunal no niega la existencia de la confianza legítima, pero altera su función. Ya no la concibe como un límite casi infranqueable a la desvinculación, sino como una expectativa que puede ser derrotada si la Administración es capaz de fundamentar su decisión en términos objetivos y verificables. Reorganización institucional, restricciones presupuestarias, análisis de cargas laborales y criterios de eficiencia pasan a constituir razones suficientes para justificar la no renovación de una contrata, incluso en presencia de una trayectoria prolongada. El centro de gravedad del análisis se desplaza así desde la historia del funcionario hacia la racionalidad del acto administrativo. La estabilidad deja de ser una consecuencia de la permanencia y pasa a depender de la capacidad del servicio de explicar, de manera coherente, por qué esa permanencia ya no resulta necesaria.

Este giro jurisprudencial adquiere su verdadero sentido cuando se lo sitúa en el contexto político–fiscal en que ocurre. El instructivo del Ejecutivo que ordena un recorte transversal del 3% del gasto público, con énfasis en gasto corriente, bienes y servicios y componentes asociados a personal, no es simplemente una medida contable. Es una señal de reorganización del Estado bajo condiciones de restricción. Al ser un recorte horizontal, no distingue entre funciones estratégicas y funciones accesorias; obliga a cada servicio a revisar su propia estructura, a redefinir prioridades y, en última instancia, a ajustar sus capacidades. Y en ese proceso, el empleo público —particularmente el de contrata— se convierte en el principal espacio de flexibilidad.

Hasta ahora, esa flexibilidad había estado contenida por un equilibrio tácito: la naturaleza transitoria de la contrata coexistía con una práctica de renovación sostenida, y la jurisprudencia, a través de la confianza legítima, tendía a proteger esa continuidad. Lo que el fallo de la Corte Suprema introduce es una alteración de ese equilibrio. No elimina la protección, pero la condiciona. Abre un espacio más amplio para que la reorganización administrativa —especialmente en contextos de restricción presupuestaria— se convierta en fundamento legítimo de desvinculación. En un escenario de ajuste fiscal, donde todos los servicios deben justificar eficiencias, ese estándar no es excepcional, sino replicable. Lo que antes requería una situación extraordinaria comienza a instalarse como práctica posible.

Sin embargo, el problema no se agota en la estabilidad del empleo público. De hecho, allí solo se manifiesta su primera capa. La segunda —más profunda y menos visible— tiene que ver con la forma en que el Estado sostiene su propio funcionamiento. Los servicios públicos no operan en el vacío; lo hacen bajo sistemas de gestión que comprometen metas institucionales, como los Programas de Mejoramiento de la Gestión (PMG) y las Metas de Eficiencia Institucional (MEI), que establecen indicadores, plazos y resultados que deben cumplirse. Esas metas no son meras declaraciones; estructuran la acción del servicio, orientan la asignación de tareas y, en muchos casos, se vinculan a incentivos concretos.

El punto crítico es que dichas metas fueron diseñadas bajo determinadas condiciones de capacidad: una dotación específica, una organización interna definida, ciertos niveles de apoyo técnico y operativo. Cuando el ajuste fiscal obliga a reorganizar funciones, reducir personal o redistribuir tareas, esas condiciones cambian. Pero las metas, en principio, permanecen. Es allí donde emerge una tensión que no es jurídica, sino estructural: el Estado valida la reducción de capacidades, pero mantiene exigencias de desempeño construidas sobre una base que ya no existe.

No se trata de una contradicción evidente, sino de una desalineación progresiva. Si un servicio reorganiza sus funciones sin integrar en ese rediseño las metas institucionales comprometidas, comienza a producirse un desajuste entre lo que se exige y lo que efectivamente puede hacerse. Ese desajuste no necesariamente implica una interrupción del servicio, pero sí puede traducirse en su deterioro: mayores tiempos de respuesta, menor cobertura, sobrecarga de los equipos, cumplimiento formal de indicadores que no siempre refleja un cumplimiento sustantivo. La continuidad del servicio público —principio central de la administración— comienza entonces a tensionarse, no por una decisión explícita de interrumpirlo, sino por la acumulación de ajustes que erosionan su capacidad de sostenerse en los mismos términos.

Aquí es donde la convergencia entre el fallo judicial y el ajuste fiscal revela su dimensión más significativa. La Corte Suprema, en el ejercicio de su función, no está llamada a evaluar la coherencia del sistema de gestión ni el impacto de las decisiones sobre el cumplimiento de metas institucionales; su tarea es verificar la legalidad y razonabilidad del acto administrativo. Sin embargo, al validar la reorganización fundada como causal suficiente de no renovación, contribuye a configurar un escenario en el que el riesgo deja de estar en la legalidad de las decisiones y se desplaza hacia su sostenibilidad operativa.

De cara a 2027, este proceso puede consolidarse como una nueva forma de funcionamiento del Estado. El ajuste fiscal, lejos de ser una medida coyuntural, tiende a proyectarse en el tiempo, redefiniendo las bases sobre las cuales se planifican los presupuestos y se organizan los servicios. Si a ello se suma una doctrina jurisprudencial que amplía el margen de la Administración para reorganizar su dotación, el resultado es un Estado que comienza a operar bajo una lógica distinta: menos estabilidad estructural en el empleo, mayor dependencia de criterios de eficiencia y una tensión creciente entre recursos disponibles y compromisos institucionales.

La pregunta que emerge, entonces, no es solo si el Estado puede reorganizarse —jurídicamente está claro que puede—, sino si puede hacerlo sin afectar su propia capacidad de cumplir aquello que se ha propuesto. Porque el riesgo no es únicamente la desvinculación de funcionarios. El riesgo es más profundo: es que, en el proceso de ajuste, el Estado erosione las condiciones que hacen posible su propio funcionamiento.

Y cuando eso ocurre, la consecuencia no es solo administrativa. Es política. Porque la legitimidad del Estado no descansa únicamente en la legalidad de sus actos, sino en su capacidad efectiva de responder a las necesidades que lo justifican.

Ese es, en definitiva, el verdadero alcance del 3%. No solo redefine la estabilidad del empleo público. Redefine, silenciosamente, los límites de la acción estatal en el Chile que se proyecta hacia 2027.

Julieta Kirkwood y la militancia socialista: El hilo lila que tejió nuestra democracia

Foto de Rubí Salgado en Unsplash

La historia de la rebeldía feminista en Chile tiene muchos nombres que resuenan con la fuerza de un descubrimiento: uno de ellos es Julieta Kirkwood Bañados. Al conmemorarse noventa años de su nacimiento, su figura no solo emerge como un ejercicio de memoria, sino como una brújula indispensable. Sin embargo, el pensamiento de Julieta no germinó solo en el ámbito académico, sino también en el calor de la militancia del Partido Socialista, especialmente junto a las mujeres socialistas que, en los años más oscuros, decidieron que la lucha contra la tiranía debía ser, también, una lucha contra el patriarcado.

Para el socialismo feminista, Kirkwood fue la arquitecta de una ruptura necesaria. En un tiempo donde la izquierda tradicional postergaba las demandas de las mujeres bajo la promesa de que «la revolución lo resolvería todo», Julieta sintetizó una voz colectiva. Las socialistas feministas advirtieron que el autoritarismo no solo residía en las instituciones públicas, sino que se alimentaba diariamente en el espacio privado. La consigna «Democracia en el país, en la casa y en la cama» nació precisamente allí: en las reflexiones de las militantes en los núcleos del partido, en las ollas comunes y en las reuniones clandestinas donde las mujeres se reconocieron como sujetos políticos plenos.

La militancia partidaria como espacio de transformación

El mayor aporte de este encuentro entre Kirkwood y la militancia en el Partido Socialista fue la politización de lo cotidiano. Las mujeres socialistas de los años 80 no solo resistieron a la dictadura en las calles; también dieron una batalla interna contra la «ceguera de género» de sus propios compañeros. Julieta hilando rebeldías, entregó las herramientas teóricas para entender que su exclusión del saber y del poder no era un accidente, sino una herramienta de control y subordinación.

Al rescatar las luchas de las sufragistas y las obreras de los Centros Belén de Sárraga, Kirkwood otorgó una genealogía socialista feminista. Nos enseñó que el socialismo chileno tiene un rostro de mujeres y que camina sobre los hombros de mujeres militantes gigantes que la historia oficial —y a veces nuestra propia estructura partidaria— intentó invisibilizar. Su obra cumbre, Ser política en Chile, es en realidad el testimonio de esa lucha por ser reconocidas como pares dentro de un proyecto emancipador.

Un legado que nos exige coherencia

Hoy, el legado de Julieta vive en cada militante que disputa espacios de poder y que exige que la igualdad de género no sea un concepto abstracto, sino una realidad palpable. Para el socialismo que construimos hoy, su pensamiento es una exigencia de coherencia: no existe proyecto de justicia social si persiste la brecha de cuidados, la violencia de género o la subrepresentación.

Ser socialista y feminista en pleno 2026 implica recoger esa posta histórica. Significa entender que la militancia de las mujeres no es un «frente» secundario, sino el corazón mismo de la profundización democrática. A 90 años de su nacimiento, el mejor homenaje a Julieta Kirkwood es habitar la política con la misma irreverencia y rigor con que ella y nuestras compañeras lo hicieron. Su invitación sigue abierta: seguir tejiendo rebeldías hasta que la dignidad se haga costumbre, en la casa y en la calle, pero también en toda institución partidaria.

Cicardini, Manouchehri y Santana denuncian en Contraloría eventual incumplimiento de test de drogas en el gobierno

PS-Chile

La senadora Daniella Cicardini y los diputados Daniel Manouchehri y Juan Santana del PS ingresaron un requerimiento ante la Contraloría General de la República para que fiscalice si ministros, subsecretarios, delegados presidenciales, seremis y jefes de servicio cumplieron con la obligación legal de realizarse un examen de drogas al asumir sus cargos, mediante muestra de pelo y con resultados públicos. Esto, tal como lo establece el artículo 110 de la Ley N°21.806, norma originada en una iniciativa impulsada por los tres parlamentarios durante la tramitación de la Ley de Reajuste del sector público en enero pasado.

La presentación busca que el órgano contralor verifique si esta exigencia fue cumplida en tiempo y forma por las autoridades del actual gobierno, determine si existieron eventuales infracciones a la normativa vigente e informe si los exámenes se realizaron, en qué fecha y bajo qué condiciones de publicidad, tal como exige la ley.

“Nosotros presentamos la indicación que establece que ministros, subsecretarios y autoridades regionales deben hacerse el examen de drogas al asumir, con resultado público. Ha pasado un mes y hasta ahora no existe ninguna información oficial que permita acreditar su cumplimiento. Si los exámenes se hicieron, el gobierno debe informar sus resultados. Y si no se hicieron, debe explicar por qué no cumplió una obligación legal. Por eso recurrimos a Contraloría, porque aquí la transparencia no es opcional”, señaló el diputado Daniel Manouchehri.

Asimismo, la senadora Daniella Cicardini emplazó al Ejecutivo a responder con claridad sobre el cumplimiento de una norma que, recalcó, fue impulsada precisamente para elevar el estándar de probidad y transparencia en las más altas autoridades del Estado.

“Si el gobierno ha señalado que su prioridad es la seguridad, entonces tiene que actuar con coherencia. La ley establece que, al momento de asumir, todas las autoridades deben realizarse el test de drogas y que sus resultados deben ser públicos. Por eso, sería bueno saber: ¿se lo hicieron o no? Si se lo hicieron, ¿por qué aún nadie conoce esos resultados? Y si no, ¿qué están esperando? La Contraloría tendrá que pronunciarse sobre un eventual incumplimiento de la ley”, apuntó.

Por su parte, el diputado Juan Santana sostuvo que la acción busca despejar cualquier duda sobre el cumplimiento de una obligación legal expresa. “Aquí no hay espacio para interpretaciones cómodas ni para silencios administrativos. La ley es clara, establece una obligación al asumir y además exige publicidad de los resultados. Lo mínimo que corresponde es que el gobierno acredite si cumplió o no cumplió, y si no lo hizo, explique por qué”, afirmó.

Crisis en PRODEMU: Sindicatos denuncian retención de sueldos y exigen traspaso inmediato de fondos públicos

El Sindicato Nacional y el Sindicato N°2 de la Fundación PRODEMU, organizaciones que representan al 98% de su dotación de trabajadores, han denunciado públicamente una crítica situación financiera que mantiene en vilo a cerca de 450 funcionarios a lo largo de todo el país.

A través de una minuta sindical emitida el 31 de marzo de 2026, los representantes de los trabajadores informaron que, al cumplirse el plazo legal del 30 de marzo, no se hicieron efectivas las remuneraciones del mes sin que mediara una explicación oficial por parte de la institución o de los organismos gubernamentales correspondientes.

Esta parálisis en los pagos ocurre a pesar de que la Ley de Presupuesto 2026 asignó a la fundación una suma superior a los 10.379 millones de pesos, fondos que se encuentran actualmente estancados en el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (SERNAMEG) sin ser transferidos para el funcionamiento operativo y el cumplimiento de metas institucionales.

El conflicto se origina por una discrepancia en la interpretación de la normativa vigente, específicamente respecto a la exigencia por parte del SERNAMEG de una boleta de garantía bancaria por un monto de 518.962.050 pesos, equivalente al 5% del total del convenio de transferencia. El organismo estatal fundamenta este requerimiento en el artículo 25 de la Ley N°21.796, que obliga a instituciones privadas ejecutoras de políticas públicas a garantizar el fiel cumplimiento de sus obligaciones.

No obstante, desde los sindicatos y la propia Fiscalía de PRODEMU sostienen que dicha exigencia es inaplicable, ya que la fundación recibe una asignación nominada por ley y no participa en concursos públicos abiertos, lo que la sitúa en la categoría de organismo beneficiario según los criterios de la propia Dirección de Presupuestos (DIPRES).

Esta interpretación de los sindicatos cuenta con el respaldo de un pronunciamiento explícito de la DIPRES, emitido mediante el Oficio N°430 el 11 de febrero de 2026, donde se aclara que no corresponde exigir a PRODEMU garantía alguna para el traspaso de recursos. El documento de Hacienda define a la fundación como beneficiaria final, asimilando la transferencia de fondos a la entrega de un subsidio o beca que no requiere contraprestación directa.

Pese a esta resolución técnica, el SERNAMEG ha mantenido su postura de exigir la garantía previa, acción que los trabajadores califican como una retención ilegal que ha derivado en un enriquecimiento injusto por parte del Estado, afectando directamente la estabilidad económica de cientos de familias que dependen de estos salarios.

La crisis no solo impacta en el ámbito laboral, sino que amenaza la continuidad de programas que durante el año 2025 alcanzaron a más de 50.000 participantes en las 16 regiones de Chile a través de rutas de aprendizaje sobre empoderamiento y autonomía económica.

Entre las iniciativas en riesgo se encuentra el Programa Mujeres Rurales, ejecutado en convenio con INDAP, el cual posee una trayectoria de 34 años y es considerado un referente en América Latina por su intervención integral de tres años en sectores rurales. Ante este escenario, las directivas sindicales han manifestado que ejercerán todas las acciones legales para defender tanto la integridad de la institución como el cumplimiento de sus instrumentos colectivos de trabajo, los cuales también han sido cuestionados por cambios unilaterales en los manuales de rendición de gastos impuestos desde el año 2024.

 

El umbral de la palabra: cuando la escuela deja de educar y el Estado comienza a contener

Crédito foto: Marco Machuca Bezares

La violencia extrema en los liceos públicos chilenos —como la tragedia ocurrida en Calama en 2026— no irrumpe como un hecho aislado ni puede ser contenida en la cómoda explicación de la salud mental individual. Esa lectura, aunque tranquilizadora, es profundamente engañosa: desplaza el problema desde las estructuras hacia los sujetos, y al hacerlo, desactiva toda responsabilidad política. Nos permite seguir creyendo que el sistema funciona y que lo que falla son las personas.

Pero lo que estamos presenciando es otra cosa. Es el punto de saturación de un proceso más largo, más silencioso y más incómodo: la progresiva descomposición de la escuela pública como espacio de cohesión social y, con ella, el debilitamiento material de la democracia. Porque cuando un estudiante ataca, no solo fracasa un individuo; fracasa una promesa. Fracasa la promesa de que la escuela podía ser un puente entre el origen y el futuro. Fracasa la idea de que el Estado podía mediar entre desigualdad y ciudadanía. Fracasa, en definitiva, la noción misma de lo público.

Es en ese punto donde emerge la hipótesis que recorre este texto y que no puede ser eludida: en el Chile contemporáneo, el Estado ha dejado de educar para la libertad y ha comenzado, de manera cada vez más explícita, a administrar la exclusión, no porque el Estado haya desaparecido, sino porque ha redefinido su función. Nada de lo que ocurre hoy en las aulas es ajeno a esa transformación.

La violencia escolar, en este sentido, no nace en la escuela. La escuela la recibe. La procesa. Y muchas veces la amplifica. Los territorios donde se insertan los liceos públicos han sido progresivamente capturados por dinámicas de precariedad y vulnerabilidad social estructural, fragmentación comunitaria y expansión del crimen organizado. El informe de la Defensoría de la Niñez (2025) lo advierte con claridad: allí donde el Estado se retira o se debilita, emergen formas paralelas de organización social que no solo disputan el control del territorio, sino también la producción de sentido. La narcocultura, en ese contexto, no es solo una economía ilegal; es una oferta identitaria.

Para un joven que habita esos espacios, la promesa de la escuela compite —y muchas veces pierde— frente a una estructura que ofrece reconocimiento inmediato, pertenencia y, en muchos casos, ingresos. Desde la perspectiva de Zygmunt Bauman, estos sujetos no están simplemente en desventaja; habitan el mundo de las “vidas desperdiciadas”: individuos que el sistema no logra integrar y que, por lo mismo, quedan fuera del circuito de reconocimiento social. En una sociedad donde el valor está mediado por la capacidad de consumo, quien no accede al mercado queda simbólicamente expulsado de la ciudadanía.

Es ahí donde la escuela deja de ser un puente y comienza a operar como una frontera. No conecta mundos; los separa. El estudiante no ve en ella una promesa, sino una constatación de su lugar en la estructura social. Y cuando la palabra pierde su capacidad de mediación, la violencia aparece no como irrupción irracional, sino como lenguaje último.

Frente a este escenario, la respuesta del sistema político ha sido, en apariencia, inmediata: instalar pórticos detectores de metales en los establecimientos educacionales. Sin embargo, lo que se presenta como solución revela, en realidad, la profundidad del problema. Porque el pórtico no es solo un dispositivo técnico; es una declaración simbólica. Es el momento en que el Estado reconoce que ya no puede educar y opta por controlar.

Michel Foucault advertía que las instituciones modernas —la escuela, la cárcel, el hospital— comparten tecnologías de poder. Cuando la escuela adopta lógicas de vigilancia propias del sistema penal, deja de ser un espacio de formación y se transforma en un dispositivo disciplinario. El pórtico, en ese sentido, no protege la escuela: la redefine. Convierte el acceso al aprendizaje en un acto de sospecha.

Pero el problema es aún más profundo. Byung-Chul Han nos permite comprender que la violencia contemporánea no proviene únicamente de estructuras externas de dominación, sino de una forma de agotamiento interno. En la sociedad del rendimiento, el sujeto ya no es oprimido por la prohibición, sino por la exigencia constante de superación. Se le dice que puede ser todo, pero se le entregan condiciones materiales que hacen imposible ese mandato. El resultado es una forma de autoexplotación que deriva en colapso.

El estudiante que agrede no es solo un sujeto violento; es un sujeto agotado. Es el punto de ruptura de una promesa incumplida. Es, en palabras de Han, el “infarto del alma”: el momento en que el individuo ya no puede procesar la distancia entre lo que se le exige y lo que puede alcanzar.

Y, sin embargo, frente a ese colapso, la respuesta institucional no es reconstruir condiciones de sentido, sino reforzar mecanismos de control. Es aquí donde la lectura de Hannah Arendt se vuelve ineludible. Para Arendt, la educación es el espacio donde los adultos asumen la responsabilidad de presentar el mundo a los nuevos. Es un acto profundamente político, porque implica decidir qué vale la pena conservar y qué vale la pena transformar.

Cuando el Estado reemplaza la palabra por el metal, lo que está diciendo es que ha dejado de creer en ese mundo. Que ya no puede ofrecerlo como herencia. Que no tiene más herramientas que la contención.

La crisis de la educación es, en este sentido, una crisis de la democracia. No porque fallen las normas, sino porque se deterioran las condiciones materiales que permiten que esas normas tengan sentido. Arendt distinguía entre autoridad y poder: la autoridad se funda en el reconocimiento, el poder en la imposición. Los pórticos son poder. Pero carecen completamente de autoridad.

Cuando un docente es atacado, no estamos ante una falla disciplinaria. Estamos ante la evidencia de que la autoridad ha colapsado. Y la autoridad colapsa cuando quienes deberían representarla ya no encarnan un mundo que valga la pena heredar.

Es en este punto donde las distintas capas del problema comienzan a converger. El estudiante agotado descrito por Han, el sujeto excluido de Bauman y el abandono de la responsabilidad política señalado por Arendt no son fenómenos separados. Son dimensiones de un mismo proceso: la transformación de la escuela en un “no-lugar”.

Un espacio que ya no protege, no integra y no proyecta. Un espacio donde el docente no educa, sino que gestiona crisis. Donde el estudiante no aprende, sino que sobrevive. Donde el Estado no construye comunidad, sino que administra riesgos.

Esta transformación no es solo cultural o simbólica. Es profundamente material. Y aquí el presupuesto aparece como el lenguaje más honesto de la política. El recorte transversal del 3% del gasto público en 2026, que implica una reducción cercana a los $524.000 millones en el Ministerio de Educación, no es una medida técnica. Es una decisión estructural.

En un contexto donde la violencia escolar exige mayor presencia del Estado, se produce exactamente lo contrario: disminuyen los recursos para subvenciones, se debilitan los programas de apoyo a estudiantes vulnerables y se tensionan áreas críticas como la alimentación escolar. El ajuste fiscal, lejos de ser neutro, redefine el campo de lo posible.

Aquí es donde la tesis adquiere su forma más concreta: el Estado no se retira completamente, pero cambia su función. Deja de invertir en cohesión y comienza a invertir en contención. Deja de prevenir y pasa a reaccionar. Deja de educar y pasa a administrar exclusión.

La precarización docente es una expresión directa de este cambio. Un profesor agotado, sobrecargado y sin herramientas no puede formar ciudadanos. Solo puede sostener el aula en condiciones mínimas de funcionamiento. El burnout deja de ser un problema individual y se convierte en una tecnología de control: un sistema que, al agotar a sus docentes, limita su capacidad de transformación.

La reforma estructural que buscaba revertir este escenario —la creación de los Servicios Locales de Educación Pública— tampoco ha logrado alterar esta lógica. Aunque en teoría buscaba fortalecer lo público, en la práctica ha reproducido una distancia entre la toma de decisiones y la realidad del aula. El recurso existe, pero no llega donde se necesita. La comunidad pierde incidencia y la escuela se burocratiza.

Gabriel Salazar ha insistido en que la historia de Chile está marcada por una tensión entre un Estado centralizado y una sociedad que busca espacios de soberanía. La escuela podría haber sido uno de esos espacios. Pero al no incorporar a la comunidad en su gobierno, termina reproduciendo la misma lógica de exclusión que pretende combatir.

Es en este punto donde la salida no puede ser técnica. Debe ser política en el sentido más profundo del término. Humberto Maturana plantea que la educación solo es posible en un espacio donde el otro es reconocido como un legítimo otro. Sin ese reconocimiento, no hay aprendizaje. No hay comunidad. No hay sociedad.

La violencia escolar es, en última instancia, la negación de ese reconocimiento. Y la instalación de pórticos institucionaliza esa negación.

Repolitizar la escuela no significa ideologizarla. Significa devolverle su carácter de espacio común. Un lugar donde la palabra vuelva a tener valor. Donde el conflicto pueda ser tramitado simbólicamente. Donde el estudiante no sea tratado como amenaza, sino como sujeto en formación.

Esto implica, necesariamente, reconstruir condiciones materiales: inversión en salud mental, fortalecimiento del rol docente, articulación territorial y participación comunitaria. Pero implica también algo más profundo: recuperar la idea de que la educación es un proyecto colectivo.

Porque el problema de fondo no es la violencia. Es la pérdida de sentido.

Y esa pérdida no se resuelve con metal.

Se resuelve con palabra. Con comunidad. Con Estado.

Si el Estado no es capaz de reconstruir ese espacio protegido —no como enclave de vigilancia, sino como territorio de sentido— la democracia seguirá erosionándose desde su base más frágil: la infancia.

Lo que está en juego no es solo la seguridad en las escuelas. Es la capacidad de una sociedad de reproducirse a sí misma como comunidad política y democratica. Es la posibilidad de que la próxima generación no herede solo miedo, sino también futuro.

En ese umbral —entre la palabra y el metal— se define hoy algo más que una política pública. Se define el tipo de país que estamos dispuestos a ser.

 

¿El mundo en que vivimos va camino a una nueva era?

Foto de UX Gun en Unsplash

¿Qué explica que un gobernante de un país sea capaz de poner al mundo entero al borde del colapso sin que exista una reacción oportuna y efectiva que impida a ese país llevar a cabo horrorosos crímenes de lesa humanidad y activar un conflicto que amenace con utilizar bombas con capacidades nucleares destructivas de efectos impredecibles. Es acaso aceptable que el presidente de ese país agresor se permita amenazar a un país de hacerlo desaparecer en pocos segundos, supuestamente disparándole poderosos misiles con ojivas nucleares e incluso haciendo explotar una bomba nuclear para conseguirlo?. Intententaré en las siguientes líneas formular algunas posibles hipótesis para explicarlo.

Desde luego, un gobernante que pueda hacer semejante amenaza debe estar seguro de poseer una capacidad militar superior a la que pueda tener un potencial enemigo.

Debería existir o crear un motivo que justifique la iniciativa de actuar contra otro país o lo que ocurra en otros territorios que se considere una amenaza de alto riesgo.

El gobernante que se atreva a emprender una aventura de ese calibre debería contar con los apoyos políticos de su país como para actuar y solventar el gasto que implica.

Debe darse una total inoperancia de organismos internacionales para intervenir en estos casos, como sería la ONU, la OTAN u otras entidades de peso mundial.

Debe existir una sólida alianza político-militar con uno o más países de la región donde se establezca la zona de combate que facilite la logística y capacidad bélica.

Los gobernantes que dirijan esta guerra son personajes que de algún modo quieren pasar a la historia por su legado y quizá tengan una deuda con su país por su pasado. Aunque, sin el control de los medios de comunicación su tarea se haría imposible.

Parece que las esperanzas de paz y armonía, de protección de la vida en cualquiera de sus formas, el diálogo y los acuerdos, todo eso, ya no es posible en este mundo donde prevalece el instinto de conservación ante la dominación, sea por la fuerza o a través de una dictadura. La historia de la humanidad nos ha dejado lecciones solo para escribirlas y no para tenerlas en cuenta en su existencia para su propio bien. La democracia tal como la conocemos parece sucumbir ante este desesperanzado escenario.

La llamada geopolítica es en su esencia la implementación de un modelo de fuerza político-militar que permita obtener el máximo de recursos posibles para garantizar la continuidad de una nación, aún a expensas de una expansión territorial que anule o elimine la existencia de otros países.

El planeta va mostrando su limitada capacidad de proveer sin grandes conflictos lo necesario para la creciente población mundial, donde más de la mitad se considera pobre o vive bajo la línea de la pobreza. La defensa de los territorios y los recursos naturales se hace imperativo lo que lleva a un creciente gasto militar en desmedro de otras prioridades que demanda la población. La amenaza imperialista de los más fuertes cada vez más intensa obliga a muchos países a decidir a qué imperio servir ante la presión e incapacidad de elegir con plena libertad su autodeterminación.

Hoy la guerra entre las potencias económicas mundiales, EEUU y China, se libra en el comercio internacional. Trump inició esa guerra tras comprobar que la competencia en los mercados de sus respectivos productos y servicios está siendo liderada por China. Ello lo indujo a aplicar aranceles para intervenir el mercado mundial y tratar de morigerar el déficit comercial de EEUU al poner barreras a la entrada de productos importados e incluso aplicar aranceles adicionales a los países que continuaran teniendo intercambios comerciales con China.

Pero, la crisis sistémica de EEUU no es sólo el resultado de la pérdida competitividad con China e incluso con varios países emergentes, en su centro operativo está el funcionamiento del sistema capitalista. El nivel de concentración de la riqueza y la insuficiente capacidad del Estado para distribuirla e ir mejorando la situación de toda la población de manera más equitativa ha llevado a que en ese país sus gobiernos se endeuden para mejorar la distribución de los ingresos y bienes públicos, a fin de mantener simultáneamente los incentivos tributarios a los más ricos que supuestamente sostienen la inversión.

Los excedentes financieros obtenidos más allá de las rentabilidades normales han ido a parar a los mercados bursátiles más que a incrementar las inversiones en la producción de bienes y servicios competitivos. El extraordinario desarrollo de las industrias tecnológicas del mundo digital estrechamente vinculadas a la industria militar requiere fundamentalmente conocimiento de mucho nivel e instalaciones de alta complejidad con grandes volúmenes de consumo de energía y agua. Las empresas de este sector son las que han llevado sus acciones a los más altos valores y con ello las ganancias especulativas logradas por sus dueños han sido las mayores de este siglo. La riqueza se concentra hoy en unos pocos personajes dueños de las más grandes e importantes empresas tecnológicas que con sus App, además, controlan las comunicaciones y servicios digitales de manera oligopólica en todo el mundo.

En consecuencia, el poderío de los países se mide por la capacidad de desarrollar la industria electrónica, la AI, la robótica y el nuevo conocimiento derivado de los microdatos. La industria militar se nutre de esa industria y de los avances en la física cuántica. Si a lo anterior se añade la estrategia imperialista de los gobiernos más poderosos del mundo, se podría entender que la concentración del poder económico y militar se puede lograr y consolidar políticamente en el gobierno, a nivel de las jefaturas de estado. De esa manera se produce la simbiosis perfecta entre capital, conocimiento y política para construir la arquitectura del poder respaldada en las FFAA que tiende a privilegiar gobiernos autoritarios e ignorar la democracia.

El Fascismo chileno actual y su guerra contra el Medio Ambiente.

Las raíces del fascismo anti medioambiental chileno

Las figuras predominantes de la actual Ultraderecha chilena catalogan de amenazas dictatoriales a la libertad las políticas medioambientales del país. Por otro lado, el Humanismo nacional considera que las raíces de la crisis ecológica actual se encuentran en una sociedad conducida irracionalmente y no en la cultura de los chilenos; tampoco en una religión determinada, ni en la razón, la ciencia o la tecnología. Al contrario, este defiende la importancia de la cultura de Naturaleza, la ciencia y la tecnología en la creación, tanto del pensamiento y de las políticas ambientalistas, de carácter progresista como de una sociedad futura ecológica, racionalmente administrada.

¿De adonde viene el anti ambientalismo del fascismo nacional?

Sus raíces históricas hay que buscarlas en el antiguo concepto conservador alemán de «Sangre y Suelo» (Blut und Boden), que conceptualizó a la Naturaleza como parte de la identidad racial de quienes evolucionaron en ese paisaje. En el afán por ampliar el espacio vital nazi, el Lebensraum, se impulsó mediante la guerra, en Alemania y los países invadidos, la destrucción de ecosistemas y recursos, para solventar el crecimiento económico fascista y el esfuerzo de guerra. Esta causó una inmensa contaminación y degradación ambiental no solo en el suelo alemán sino entodos los países subyugados. Sin embargo, el fascismo de la época diseñó una «nueva ecología» como una herramienta ideológica, y no como una preocupación genuina por el medio ambiente, quedando supeditada ésta a sus objetivos raciales, expansionistas y bélicos. El misticismo y el biologicismo elaborado a partir del Blut und Boden, desvióla atención pública de las causas económicas y sociales que causaban el desastre medioambiental de la época. Era el auge del movimiento Völkisch, una poderosa corriente cultural y social que unía el etnocentrismo con el misticismo naturalista alemán. En ella, el principal logro nazi fue la dictación del Reichsnaturs chutzgesetz de 1935. Unapropagandística «ley de protección de la naturaleza», que estableció supuestas líneas maestras para la salvaguarda de la fauna, la flora y los «monumentos naturales» a lo largo del territorio del Reich. La «rama verde» del Partido Nazi usando esa ideología sirvió de base a un vil programa deviolencia racista basado en el Blut und Boden. Así, laspolíticas medioambientales nazis fueron responsables del asesinato masivo y planificado de aquellas personas que no cabían racialmente en el concepto de sangre y suelo. La confluencia de ese dogma anti humanista con una fetichización de «pureza» racial proporcionó un brutalincentivo para la llamada «Solución Final», el holocausto del Pueblo Judío, Gitano y otras minorías. Actualmente, se hacen carne en las políticas anti migración de las ultraderechas.

El objetivo de esa política era sublimar la destrucción de la Naturaleza y el daño medioambiental, sin cuestionar la fantasía Blut und Boden, y solo pudo hacerse a costa de obviar el análisis social del daño medioambiental y rechazando su consideración como una expresión del conflicto entre intereses sociales en la sociedad. Una solución fue exculpar de la destrucción a los alemanes y asociar los problemas medioambientales a la influencia destructiva de otras razas. Ninguno de los grandes industriales que sustentaban la máquina de guerra alemana fue siquiera mencionado en esta colosal destrucción y uso no sustentable de la Naturaleza. La herencia actual de ello ha sido que hoy las ultraderechas mundiales fascistas consideran que el problema medio ambiental es un invento del comunismo y no un problema derivado del irracional funcionamiento de un tipo de economía consuntiva, escasamente mitigadora. De allí su aversión a las políticas públicas medioambientales chilenas que castigan el daño ambiental y que tratan de repararlo democrática y progresivamente. Destruir el ambientalismo humanista es parte de su actual y mesiánico esfuerzo por reinstalar un nuevo orden mundial sin regulaciones y normas para los dueños del capital.

El anti ambientalismo fascista contra la encíclica católica Laudato Si del Papa Francisco.

La ecología, en su esencia, habla de la interconexión de todos los seres vivos y su entorno. Recuerda que somos parte de un gran «hogar» (Oikos), un sistema complejo y delicado que es necesario cuidar. Así, desde una perspectiva cristiana, la creación es un regalo de Dios, un jardín que se ha confiado a los hombres para que lo cultiven y lo protejan. La fe los impulsa a reconocer la dignidad de toda criatura y a actuar como administradores responsables de la creación. El fascismo chileno actual con su política antiambientalista evade el mandato divino. En respuesta, ellos dicen que la iglesia católica ha sido colonizada por el nefasto ambientalismo como en lo social fue colonizada por la Teología de la Liberación. Su mentira alcanza niveles delirantes desobedeciendo a sus más preciados pastores. El Padre Joseph Kentenich, fundador del movimiento cristianoSchoenstatt, en la Carta de octubre de 1948, invitó a sus discípulos a reflexionar sobre la creación de un nuevo orden social. Les advierte sobre los peligros de una economía que se separa del orden natural y da la espalda a Dios. Los llamóa buscar un bienestar que no se base en el consumismo desenfrenado, sino en la armonía con la naturaleza y el respeto por los límites del planeta. El Papa Francisco en la encíclica católica Laudato Si de 2015 Cuidar la Casa Común, reafirmó sabia y generosamente esa enseñanza para todo el mundo cristiano creyente. El Fascismo chileno en su delirio ha enterrado esa parte del valioso humanismo cristiano, detrás de sus obsesiones refundacionales. El anti ambientalismo fascista tiene en su centro un homocentrismo rabioso y no la casa común de todas las especies, que debe ser respetada a través el principio biocentrico. La “Libertad”fascista tiene también como elemento central, el crecimientoeconómico y un consumo sin límites materiales y morales. Para ellos la Naturaleza y el Medio Ambiente es una bolsa de recursos a explotar y un gran depósito de desechos. A su vez, con su pseudo ideologismo de “respeto a la vida” se niega instalar mecanismos de control de la población humana, que al momento es la especie más abundante y destructiva que existe en la tierra.

Luchar contra el anti ambientalismo fascista chileno actual es fortalecer el Humanismo, la Democracia y el Ambientalismo, es volver a las raíces civilizatorias que nos acompañaron desde 1990 a la fecha, periodo en el cual, basados en una idea incluyente de Progreso, el consenso democrático interno y a los cambios científicos y sociales a nivel mundial, el país avanzó enormemente buscando hacer real el mensaje cristiano y la aspiración a un tipo de sociedad ecológica que nos permita seguir existiendo y evolucionando junto al resto de la vida del planeta.

Recorte fiscal y el espejismo de los espacio de eficiencia en salud

El recorte presupuestario en salud impulsado por el presidente Kast resulta inconsistente con la situación financiera del sector. En 2024 y 2025 el sistema registró una sobre ejecución cercana al 14% y al 17% respectivamente. Este desajuste se ha traducido en suspensión de prestaciones, quiebres de stock y un aumento sostenido de la deuda hospitalaria.

En este contexto, los supuestos “espacios de eficiencia” carecen de respaldo empírico. Las medidas anunciadas, como la restricción de reemplazos y la no reposición de cargos, aumentan la presión sobre los equipos de salud y el ausentismo, sin mejorar productividad y aumentando listas de espera.

La evidencia muestra que los avances en resolución de listas de espera se asocian a más presupuesto, uso de tecnologías y fortalecimiento del recurso humano. Persistir en recortes no corrige el problema de fondo, sino que profundiza un déficit con riesgos para la seguridad de los pacientes.

El anuncio, junto con la alerta sanitaria oncológica que aumenta recursos para comprar prestaciones a privados, sugiere más una transferencia de gasto público al sector privado que un ahorro.

Como organización que representa a profesionales de la salud pública de la RM, llamamos a fortalecer elsistema público como única solución sostenible.

Sergio Andrés Gómez Garate

Presidente Federación Democrática de Profesionales Universitarios de la Salud de la Región Metropolitana (FEDEPRUS Metropolitana)

Colectivo La Retórica Teatro estrena “Las Inocentes” en Teatro Sidarte

Versi libre de “Los justos” de Albert Camus, plantea un diálogo urgente sobre la acción colectiva, la responsabilidad ética y los costos personales de sostener una convicción.  Para sus integrantes, revisitar el pasado desde estas experiencias permite observar con claridad en qué hemos avanzado y qué estructuras continúan resistiéndose al cambio. Tendrá funciones a partir del 8 de abril.

Santiago de Chile, 16 de agosto de 1949. Un grupo de mujeres, cansadas de cargar con siglos de silenciosas injusticias, deciden torcer el destino con sus propias manos. En medio de la denominada Revuelta de la Chaucha sus vidas se entrelazan en una conspiración que busca derribar al presidente Gabriel González Videla, traidor de las causas que prometió defender. Mientras avanzan hacia el acto que podría cambiar la historia, las protagonistas se debaten entre la justicia, el honor y el amor. En ese cruce y tensión de afectos y convicciones se revela la humanidad profunda que late en quienes se atreven a desafiar el orden establecido.

Las Inocentes o el país donde los volcanes pueden ser tiernos” es el montaje que estrenará el Colectivo La Retórica Teatro elmiércoles 8 de abril en el Teatro Sidarte, en el barrio Bellavista, con funciones hasta el sábado 18. Esta versión libre de “Los justos” de Albert Camus, aborda la problemática de los sacrificios personales y la responsabilidad moral que emergen al abrazar una causa o un ideario político-social. La invisibilización de la mujer ha conseguido avances significativos, pero sus efectos continúan presentes. Las Inocentes plantea un diálogo urgente sobre la acción colectiva, la responsabilidad ética y los costos personales de sostener una convicción.  Para sus integrantes, revisitar el pasado desde estas experiencias permite observar con claridad en qué hemos avanzado y qué estructuras continúan resistiéndose al cambio.

“El valor de esta propuesta radica en imaginar y ficcionar la responsabilidad de ejecutar la acción política extrema. ¿Qué tan extremas pueden ser un grupo de activistas chilenas de fines de la década del cincuenta del siglo veinte? ¿Cómo se cruzan los prejuicios, los ideales y los roles asignados a una mujer hasta hoy?¿Realmente nos atrevemos a imaginar “Los Justos”, de Camus, con roles femeninos?”, cuestiona su dramaturgo, Cristian Ruiz.

En tanto, su director, Alfredo Becerra (Teatro Tryo Banda), sostiene que “Las Inocentes” aborda una temática que nunca pierde vigencia: el abuso de poder y la necesidad de rebelarnos frente a la injusticia. Es la eterna dialéctica de la humanidad, aún marcada por la seducción del poder, el autoritarismo y el individualismo. Desde el teatro, proponemos una mirada crítica que dialoga con problemáticas actuales —recursos, petróleo, hegemonías— y que sigue interpelando nuestras dudas y resistencias.

El Colectivo La Retórica Teatro se originó en el proceso de egreso de la Escuela de Teatro Popular de Recoleta generación 2022/23. Está conformado por intérpretes y creadores provenientes del teatro, la performance, la música y la danza, lo que les permite trabajar desde un enfoque diverso y transdisciplinar. Los dispositivos escénicos están diseñados para permitir un libre desplazamiento dentro de cada escena, favoreciendo la construcción de un espacio vivo, dinámico y en constante transformación. Esta movilidad no es únicamente un recurso estético: dialoga directamente con la narrativa que ponen en escena, y “responde a nuestra convicción de que el teatro debe poder habitar diferentes realidades y territorios. Esta estructura escenográfica flexible, modular y transportable, se relaciona con nuestro objetivo mayor: consolidarnos como un colectivo itinerante, capaz de circular con libertad y de llevar la obra a comunidades diversas. Ser itinerantes es, para nosotras, una forma de encarnar el espíritu de Las Inocentes: mujeres que fueron y siguen siendo constructoras de mundos posibles, desplazándose para abrir caminos, articular redes y cuestionar estructuras de poder”, sostiene el elenco.

“Las Inocentes”

8 al 18 de abril

19.30 horas

Teatro Sidarte.

Ernesto Pinto Lagarrigue 131, Recoleta.

Entradas disponibles en: https://ticketplus.cl/events/las-inocentes-retorica-teatro

Sistema «Paga lo que puedas»: $4.000, $6.000 y $8.000 / Jueves popular: $3.000

Ficha artística

Dramaturgia: Cristian Ruiz Gutiérrez | Dirección: Alfredo Becerra | Asistente dirección: Óscar Berbelagua González | Producción: Leslie Ceas Durán | Diseño sonoro: Matías Araya Ceas | Diseño integral: Cristian Mayorga Mayorga | Coreógrafo: Rodrigo Arévalo Vera | Intérpretes: Leslie Ceas Durán, Luis Araya Tenorio, Natalia Barra Aguirre, Vanessa Salas Pando, Catalina Carvacho Calbacho | Realizadores técnicos: Cristian Mayorga Mayorga, Óscar BerbelaguaGonzález | Community manager: Vanessa Salas | Duración: 75min. | IG: @retorica.teatro

El rodeo no es un deporte, es un delito por el código penal de Chile

Foto de Yuliia Patrikhalkina en Unsplash

A propósito de la reciente visita del Presidente José Antonio Kast y de varios ministros a la final del 77° Campeonato Nacional de Rodeo en Rancagua, donde se celebró esta supuesta “tradición nacional” con discursos sobre identidad y orgullo chileno, no podemos dejar de señalar algo tan grave.

Muchos rechazamos la crueldad animal disfrazada de deporte y no aceptamos que autoridades públicas legitimen prácticas tan aberrantes como las del rodeo, que constituyen maltrato animal y configuran actos de tortura. En esta actividad, los novillos son arrastrados y lesionados únicamente para entretener al público.

De hecho, el rodeo constituye un delito según el Código Penal, más allá de que la Ley 20.380 sobre Protección de Animales haga una excepción con esta práctica. La ley de rango superior y de carácter general debe primar.

Por lo mismo, no basta con visibilizar y denunciar esta violencia contra los animales no humanos, legitimada por el actual gobierno. Es necesario avanzar hacia una prohibición legal expresa, con penas de cárcel, tal como se ha hecho históricamente con otras manifestaciones de crueldad.

Además, la evidencia científica demuestra que el maltrato animal es un indicador de riesgo para violencias posteriores contra seres humanos. No podemos seguir omitiendo esta relación, que afecta la vida de todo tipo de seres y que no deberíamos ignorar solo por mantener supuestas tradiciones.

Esto va mucho más allá de una cuestión de izquierdas o derechas. Se trata de empatía y de reconocer que los animales también sienten y sufren. Es hora de dejar atrás prácticas violentas y transitar hacia una sociedad centrada en el cuidado y el respeto por la vida en todas sus formas.

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