Hoy está en discusión la incorporación o regreso a clases de los niños, niñas y adolescentes. Esto en oposición clara a la opinión del gremio, alcaldes y ciudadanía. Para ellos, se han utilizado distintos argumentos, lamentablemente cuyos dichos están muy alejados de los intereses de quienes conforman la comunidad educativa. Más bien responden a un motor económico que está por sobre los derechos de los niños, niñas y adolescentes.

Las palabras del Ministro de Salud nos muestran un espacio en donde las escuelas se han transformado en verdaderos albergues sociales, espacios que facilitan el curso de la economía y bajo ningún punto se instala, revisa o resalta la importancia de la educación.

Los colegios hoy son espacios de cuidado o guarderías para que padres puedan trabajar. Son espacios de protección de maltrato y en casos extremos delitos mayores. Son espacios de vacunación y de alimentación. Podríamos seguir enumerando las responsabilidades sociales que se depositan en las escuelas, profesores y estudiantes.

Sin embargo, llama la atención que el acto educativo de enseñanza y formación pase  a ser solo una sombra dentro de la misión de estos establecimientos. Lo anterior nos puede llevar a entender como hoy resulta tan fácil y práctico la eliminación de asignaturas, evidenciado la educación como un instrumento para el sistema, sin considerar que esas disciplinas académicas secuestradas por el sistema, entregarían herramientas vitales para la vida y sobre todo el concepto de buen vivir.

Ahora nace la pregunta, ¿dónde realmente se forma un sujeto pleno y conciente? No solo de su propia existencia, sino también de la existencia del otro y más aún de su relación con el medio.

Hoy transformamos un espacio de aprendizaje para la vida en un campo de adoctrinamiento, en donde me atrevería a decir que el único momento de aprendizaje que se vive en los establecimientos educativos de nuestro país, son los recreos (momentos de esparcimiento y diversión al interior de los recintos, supervisados bajo la mirada punitiva de un castigador, rol que después, en etapa adulta y laboral,  será ocupado por el jefe).

Mi crítica y análisis puede molestar. Sin embargo, también es una invitación a pensarnos el proceso educativo y de aprendizaje, no solo por quienes buscan conocimientos sino también en quienes los imparten.

La calidad de vida de los que llevan la misión de sostener estos espacios es literalmente lamentable. Hace poco y en tiempos de pandemia una atlética alcaldesa anunciaba la disminución en el pago a docentes y asistentes de la educación. La violencia hacia el profesorado se ha transformado en algo tan común que hoy es un discurso naturalizado.

Frente a cualquier estallido del sistema aparece el ente que criminaliza la acción. Esto coloca al sistema en un débil péndulo que debe ser contenido, controlado y sancionado. Castigando inmediatamente a quien se escapó del sistema.

Puede una sociedad depositar tanta misión y deber social sobre un eslabón de su cadena, al parecer puede, ya que así lo hemos visto en los últimos años. Los costos de esto también los conocemos, docentes en su mayoría con nula o escasa calidad de vida, reventado de misiones y deberes que le entrega el Estado. No son casuales las licencias médicas ni uso de medicamentos que deben ocupar las y los profesores.

No me voy a referir a los sueldos ya que no pretendo colocar el dinero por sobre la mirada humana que requiere este eslabón social.

Hoy en tiempos de pandemia y de reencuentro con la fragilidad infantil y la inestabilidad esperada de los adolescentes, tenemos la oportunidad de pensarnos y ver que deseamos construir bajo un modelo económico en crisis.

Posiblemente hoy nos damos cuenta de la sobrevaloración a los cartones que pretendemos colgar en nuestras paredes.

Debemos pensar la infancia y no apurar procesos vitales y de crecimiento solo con el objetivo de alimentar una economía voraz y sin vida.

Invito a la crítica y la reflexión, así como también a la revalorización de quienes hoy en día tienen la misión de educar y no ser transformados en simples represores del pensamiento.