Me siento al computador para darle una mirada a Facebook, ver algo en YouTube, así, cortito, y ‘despierto’ una hora después de haber pasado por varios canales, de haber reclamado en varias páginas que cómo es posible esto o lo otro. Me pasa casi a diario. El algoritmo me llevó de la mano a ver lo que quiso que viera, a escuchar lo que quiso que escuchara. Supercomputadores instalados quién sabe dónde decidieron por mí qué leer, a qué poner atención. Incluso cuando creo que estoy decidiendo lo que voy a ver, Google decide.

Por 1952 fue creado el primer código de barras. Implementado con real éxito en los 80, cuando empezó a aparecer en todos los productos de supermercados, me parece que fue el puntapié inicial de la utilización de datos personales, al usarse junto con las tarjetas de crédito. Permite registrar tu consumo con los datos exactos de qué marca de pasta de dientes comprabas, carne molida o filete y cuánto pesaba con el envase.

La utilización de nuestros datos no es nada, nada, nuevo. Creemos que estamos decidiendo qué ver en el computador con cualquier motor de búsqueda -casi todos basados en Google- pero es importante recordar que estamos siendo brillantemente manipulados.

Pongamos atención a esto: Gary Kasparov se convirtió en 1985 en el ajedrecista más joven, 22 años, en obtener el título de campeón mundial. Ya casi sin contrincantes de su propia especie, por 1996 aceptó el desafío de jugar contra una máquina, la Deep Blue de IBM, especialmente diseñada para el juego. Fueron varias partidas; al año siguiente y frente a una Deep Blue mejorada, la última partida del torneo se transmite por TV, algo así como el orgullo humano soviético contra la máquina estadounidense, toda una audiencia cautiva al televisor. Yo también.

Se cuenta que la máquina hizo un movimiento absurdo, que descolocó tanto a Kasparov, que perdió por rendición. Analizando la partida, el ruso se dio cuenta que aunque Deep Blue hubiese seguido el curso normal, igual habría ganado en solo 20 movidas. Discusiones posteriores dicen que quizá fue un error del sistema, pero también se especula que la “movida absurda” pudo haber sido deliberada, para que Kasparov perdiera concentración. Rédito final, las acciones de IBM subieron y se ubicó en inmejorable posición: la marca que venció a un campeón mundial. Hasta que apareció otro jovencito, Steve Jobs; pero eso es otra historia.

Entonces, si crees que puedes ser más inteligente que una supercomputadora estás equivocado/a. Desde Deep Blue a hoy las computadoras han mejorado mucho en ajedrez…

Las plataformas de redes sociales y de búsqueda han sobrepasado, en muchas órdenes de magnitud, a nuestra capacidad cerebral. El conocido profesor de sociobiología de la Universidad de Harvard, Edward O. Wilson, años atrás dijo que “el verdadero problema de la humanidad es que tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnología divina”. El poder de las empresas de tecnología ha aumentado dramáticamente, al punto que podría decirse sin mayor yerro que son una suerte de Estado Virtual Tutelar. La capacidad de la tecnología misma parece no tener un parámetro definido ni un límite; y aunque aumenta en el mundo el número de personas interesadas en dominar sus impulsos paleolíticos, aun no alcanza para construir una masa crítica, para desarrollar una evolución sustancial.  Pero está, latente.

El tema es que nuestros datos andan por ahí, siendo utilizados con o sin nuestro consentimiento. La posibilidad, en Chile, de incluir la privacidad de nuestra data en una ley específica o en la Nueva Constitución puede ser un avance… o bien terminar como un saludo a las buenas intenciones, porque una protección legal nuestra data personal puede hacer poco frente a la seducción con que la tecnología apela a nuestra vanidad.

Lo necesario es modificar nuestra necesidad casi patológica de ser validados por esa comunidad de desconocidos conectados por las redes. Vencer ese hábito subconsciente. Porque, cuando tu mente no está siendo batida para ir de un lugar a otro, empieza a despertarse, a hacer preguntas más sustanciosas, en vez de enojarse y contestar a todo y todos.

Aun cuando no creo posible regresar al genio del algoritmo a su lámpara, hay formas posibles de distraerlo con un cambio de hábitos de uso de las plataformas sociales, sobre todo cuando nos están dificultando discernir lo verdadero de lo falso y  nos hacen caer en el agujero del conejo, una y otra vez. A fin de cuentas son modas rotativas, y si no podemos controlar lo que estas empresas hacen, podemos y debemos controlar nuestro propio destino limitando su influencia en nuestras decisiones.

Este año, las redes sociales tienen 3.900 millones de usuarios inscritos: el 51% de la población mundial, aproximadamente. Nuestro cerebro, con sus instintos paleolíticos, no está capacitado para lidiar con ese flujo omnisciente de información. Pero no todo son malas noticias. Somos una especie con cierta capacidad de conciencia. Hasta los otros animales la tienen. Podemos discernir entre lo que podemos digerir hoy y lo que la tecnología puede hacer más adelante cuando hayamos superado puntos de inflexión como el presente, en que ensimismados entre nuevas elecciones, constituciones y Tik Tok, perdemos de vista ese Estado Virtual que ha sobrepasado “1984”. Y no es un mero eufemismo.