Siempre ha valido la pena pensar ideas que, en los aburridos planos oficiales de la actualidad y sus intrincados bemoles, pueden ser tildados de locura. En este sentido que incluye la libertad de pensamiento he mirado desde sus más variados ángulos al aparentemente “loco” comentario que me hiciera llegar mi compañero institutano Yuval Geni desde Israel, donde ejerce como exitoso arquitecto. Y ya se verá por qué digo “loco”.

Todo ese preámbulo es para entrar, precisamente, en el tema de la crisis del Instituto Nacional y que muchos ex alumnos de ahí, institutanos siempre, llevamos en el alma. Sinceramente además, la estamos sufriendo. Es que no resulta fácil que existan muchas instituciones educacionales (y en el plano escolar, menos aún) que  hayan alcanzado 205 años de exitoso funcionamiento. Realmente y más allá de lo que ocurre en esta anarquizante actualidad, el Instituto Nacional constituye y constituirá un ejemplo del cual toda sociedad moderna puede y debe estar orgullosa. Sin embargo y a pesar de todo lo que el Lico N° José Miguel Carrera le ha dado a Chile, desde el último cuarto del siglo pasado nuestra ciudadanía no supo ser recíproca sino que, por desgracia, muy al contrario. El declive comenzó como comienzan todos los desbarajustes, con los cambios impulsados en materia de Educación (así con mayúsculas) durante la dictadura de Pinochet.

Mirar el pasado, otear el Futuro

Frente a la triste actualidad que hoy mismo cuando escribo, sábado 14 de junio, se está manifestando con una nueva paralización y sin diálogo efectivo que lo enfrente, finalmente parece imperativo mirar hacia atrás la profunda vida institutana. Y en esa mirada que cuesta hacer porque no acostumbramos a mirar al pasado para imaginarnos el futuro, parece encontrarse la indesmentible historia de un final que no se previó. Según mi compañero Yuval la primera acción de este negativo proceso, acción quizás de las más significativas, fue la brutal e impune demolición material del llamado “viejo” edificio, levantado en la segunda década del 1800. Sí, visión de filosofía arquitectónica. Entre exalumnos siempre se ha comentado que aquella determinación de echar abajo y transformar la historia en escombros contrastó brutalmente con todo aquello que involucra a los “valores institutanos”, en particular los profundamente culturales enraizados en el viejo cuño de la educación.

No podemos negar que, efectivamente, en las últimas décadas el país y su gente ha tomado conciencia de distintos esfuerzos de restauración y readaptación de muchas viejas estructuras, algunas bien materializadas y otras no tanto. Desafortunadamente, el antiguo edificio institutano, que hoy constituiría un tesoro arquitectónico tal como lo es el sí bien mantenido Museo de la Recoleta Domínica y de prácticamente idéntico diseño, no sobrevivió. Si lo hubiera hecho, el casco céntrico de Santiago contaría con una belleza de valor incalculable, salvada de la cadena de autodestrucción interminable. Y los alumnos, ante la fuerza de la Historia impregnada en sus paredes y en sus balcones, tendrían otra concepción de vida estudiantil.

Habría más Respeto, más Humanidad.

El segundo golpe que ha acercado hacia los actuales y difíciles días institutanos lo constituyó el cambio estructural de la instrucción y la educación chilena en general, a partir del ya señalado último cuarto de siglo pasado. Cuando todo Chile cambió. Y el tercero y más doloroso es el abandono del Alma Mater por parte de la mayoría de los exalumnos. Al respecto, baste indicar el hecho de que sólo escasamente algunos padres institutanos educaron y educan allí a sus respectivos hijos.

Nobleza y Respeto

En las conversaciones con mi compañero Yuval Geni coincidimos en considerar al Instituto Nacional como un organismo vivo, orgánico, que tuvo una brillante existencia y que hoy, como todos los seres vivos que cumplen su ciclo de vida,llega a su final. Esto, a pesar de su capacidad y potencialidad. Creemos que ha llegado el momento del término que la naturaleza implica y es imperativo que este final sea noble y respetuoso.

Es por esto lo de “loco”.En una frase, lo anterior significa algo duro, implacable: cerrar definitivamente el colegio. ¿Es esto una locura?

La idea que comentamos incluye crear una comisión pública, ojalá de institutanos comprometidos y que se encargue de comercializar el terreno donde se levanta el actual recinto educacional, mole tildada mayoritariamente como “fea”. Muy fea. Estos miles de metros cuadrados son, indiscutiblemente, de los más valiosos en la capital. Muchos millones de dólares. Con lo recaudado deberían crearse decenas de modernas escuelas en las periferias de la capital y en el país entero. Sí, a lo largo del territorio, quizás colaborando en la misma línea con los llamados Liceos Bicentenario. Todos estos nuevos establecimientos llevarían el nombre de Instituto Nacional, con la adición de su ubicación geográfica.

Ruego aquí responder seriamente a la siguiente interrogante: ¿Sería el mejor homenaje a la tradición institutana existente y la única manera de recrear una más moderna realidad, adaptada a un mundo nuevo que Chile aparentemente se niega a reconocer?

Creemos, indiscutiblemente, que los 205 años del Instituto Nacional fueron tremendamente prolíficos: crearon una tradición e identificaron valores. Pero, como el paso del tiempo es inexorable, parece haber llegado el momento de traspasar el simbólico estandarte y la vieja campana a otros paradigmas educativos, para el bien y el respeto del país y de sus jóvenes generaciones.Nos imaginamos esas hipotéticas y modernas escuelas en periferias y rincones de la Patria, donde están los jóvenes que Chile necesita que los miremos y los consideremos.

Ahora, para que algo así se llegase a practicar se necesita, creo yo, otra mirada en Chile. Una mirada valiente, transformadora, de cambio cuántico. Por supuesto, no la mediocridad ambiente que estamos viviendo. Reitero: aunque me (nos) crean locos, más de alguien se subiría al carro y, dicho sea de paso, ya hemos recibido apoyos en ese sentido respecto de esta, por ahora, aparentemente inalcanzable idea, pero apoteósica igual. Por lo demás, me gusta que sea una locura, así nacen las realidades más cuerdas, desde hace tantos siglos!

Agrego, a propósito del, párrafo anterior, un comentario llegado a mi página de Facebook en las últimas horas, con el mismo tema. Es de un periodista de más o menos mi generación y señala, a la letra: “Sinceramente creo que no llenar el país con Institutos Nacionales nos tiene en la berma de la historia que nos correspondía como nación de inspiración intelectual emblema en Sudamérica”.

En otras palabras, ni tanta locura.