Médico-cirujano. Miembro del Departamento de Medio Ambiente, Colegio Médico de Chile. Estudios en Neurobiología y Ciencias de la Conducta, Magister (c) en Salud Pública, Máster en Medicina y Fisiología del Sueño.
El 21 de mayo de 1971, ante el Congreso Pleno, Salvador Allende pronunció una frase que hoy suena casi temeraria: “No seríamos revolucionarios si nos limitáramos a mantener las libertades políticas”. Para el presidente chileno, esas libertades eran una conquista del pueblo y debían permanecer, pero no bastaban: había que hacerlas “reales, tangibles y concretas”, ejercitables en la medida en que se conquistara la libertad económica. Esa era su radicalidad democrática. No menos democracia para transformar la sociedad, sino más democracia como camino, en lo que llamó un modelo “democrático, pluralista y libertario”.
Cincuenta y cinco años después, la segunda vuelta presidencial brasileña del 25 de octubre se libró sobre una consigna mucho más modesta y, a la vez, más urgente: mantener. Mantener el voto, la alternancia, la confianza en el conteo, la posibilidad misma de una próxima elección limpia. Lo que para Allende era el piso se convirtió, en el Brasil de 2026, en el horizonte. Esa inversión dice mucho de nuestra época.
Lula llegó a esta elección con una biografía que es, en sí misma, una historia de la democracia brasileña: el obrero metalúrgico que contribuyó a fundar un partido político en plena dictadura, que perdió tres elecciones presidenciales antes de ganar una, que pasó 580 días en prisión antes de que el Supremo anulara sus condenas y que, una semana después de asumir su tercer mandato, vio a una turba bolsonarista asaltar la sede de los tres poderes en Brasilia. Su campaña de 2026 no prometió nacionalizar recursos naturales (como el cobre, en el caso de Allende) ni reemplazar la Constitución. Prometió, en esencia, que el país siguiera teniendo reglas.
Las diferencias con Chile son evidentes. Allende llegó a La Moneda con poco más de un tercio de los votos, “por la voluntad del pueblo ratificada por el Congreso”, como él mismo recordó, y se propuso una transformación estructural frente a un Parlamento adverso. Lula, que perdió la primera vuelta por casi dos puntos, ganó la segunda con el 51,79% de los votos válidos: 64,2 millones contra 59,8 millones de Flávio Bolsonaro. Uno quiso cambiar el orden socioeconómico desde una minoría; el otro busca conservar el orden democrático desde una mayoría estrecha.
Pero hay un punto en el que ambas historias se tocan, y es el más inquietante. En los dos casos, el adversario decisivo no fue el que discutía el programa, sino el que estaba dispuesto a desconocer las reglas. Allende lo advirtió en 1971 con una lucidez que todavía estremece: el peligro que podía alterar el camino chileno era “la violencia contra la decisión del pueblo”. Si llegaba, dijo, “correrían el más serio peligro la continuidad institucional, el Estado de derecho, las libertades políticas y el pluralismo”. En Brasil, la noche del 25 de octubre, Flávio Bolsonaro declaró que era “imposible reconocer el resultado” y anunció que pediría la anulación de las elecciones.
Lo que separa a 1973 de 2026 es quién sostuvo el edificio. Allende confió en las Fuerzas Armadas; en aquel mensaje de 1971 elogió su “tradición profesional y su sometimiento al poder civil”. Dos años después, desde La Moneda bombardeada, denunció que el capital foráneo y la reacción habían creado el clima “para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición”. En Brasil, el dique fue civil e institucional. El presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, nombrado por Jair Bolsonaro, confirmó el resultado y afirmó tener “absoluta seguridad de todo el proceso electoral”. Al día siguiente, el propio PL, el partido de Flávio, reconoció la victoria de Lula, aunque con reservas. La democracia brasileña fue respaldada, no por la lealtad de los cuarteles, sino en las urnas, por los tribunales, y una parte de la propia derecha.
Sería un error, sin embargo, leer ese desenlace como garantía. También el Chile de 1971 se creía excepcional: Allende celebraba un “sistema institucional abierto, que ha resistido incluso a quienes pretendieron violar la voluntad del pueblo”. Las instituciones resisten hasta que dejan de hacerlo. Y en Brasil, el candidato derrotado no se limitó a lamentar la derrota: anunció acciones para anular la elección y pedir la casación de la fórmula ganadora. La continuidad democrática no es una herencia; es un trabajo diario.
Aquí vuelve la frase de Allende. Una democracia que solo se defiende corre el riesgo de parecer, a ojos de muchos, una defensa del statu quo, y esa percepción es precisamente el combustible de quienes quieren destruirla. Allende entendió que las libertades políticas se vacían si no llegan a la mesa, a la escuela y al hospital; por eso hablaba de un Chile en el que todos los niños empezaran su vida “en igualdad de condiciones, por la atención médica que reciben, por la educación que se les suministra, por lo que comen”. Ese es el desafío del cuarto mandato de Lula: convertir la continuidad en profundización. Demostrar que la democracia no es solo el procedimiento que lo reeligió, sino la herramienta que mejora la vida de los más de 33 millones que no fueron a votar en la primera vuelta y también de los casi 60 millones que votaron por su adversario.
La experiencia chilena enseña, además, la otra cara de la radicalidad. Allende sabía que “una revolución social y económica exige años” y que imaginar que se pueden saltar las fases intermedias “es utópico”. Intentar una transformación profunda sin una mayoría que la sostuviera, en medio de una polarización extrema y bajo el asedio externo, fue parte de la tragedia de la Unidad Popular. Lula, que ha hecho de la negociación un oficio, lo sabe mejor que nadie. Pero la prudencia no puede convertirse en coartada de la inercia.
En su último mensaje, por Radio Magallanes, Allende dejó una consigna: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse”. Brasil se defendió el 25 de octubre, y lo hizo con votos. Ahora le toca lo que Allende consideraba la parte verdaderamente revolucionaria de la democracia: no limitarse a mantenerla. Si lo logra, las grandes alamedas de las que habló el presidente chileno quizá no se abran por donde él imaginaba, sino por donde hoy es posible: por el camino lento y terco de una democracia que no solo sobrevive, sino que cumple.
Nota sobre las fuentes: al final del texto en portugués.
Manter não basta: Allende, Lula e a democracia como uma tarefa inacabada
Juan Carrillo Azócar
Em 21 de maio de 1971, perante o Plenário do Congresso, Salvador Allende proferiu uma frase que hoje soa quase ousada: “Não seríamos revolucionários se nos limitássemos a manter as liberdades políticas”. Para o presidente chileno, essas liberdades eram uma conquista do povo e deviam permanecer, mas não bastavam: era preciso torná-las “reais, tangíveis e concretas”, exercitáveis na medida em que se conquistasse a liberdade econômica. Essa era sua radicalidade democrática. Não menos democracia para transformar a sociedade, mas mais democracia como caminho, no que ele chamou de um modelo “democrático, pluralista e libertário”.
Cinquenta e cinco anos depois, o segundo turno das eleições presidenciais brasileiras, em 25 de outubro, foi disputado em torno de um lema muito mais modesto e, ao mesmo tempo, mais urgente: manter. Manter o voto, a alternância, a confiança na apuração, a própria possibilidade de uma próxima eleição limpa. O que para Allende era o mínimo necessário tornou-se, no Brasil de 2026, o horizonte. Essa inversão diz muito sobre nossa época.
Lula chegou a essa eleição com uma biografia que é, por si só, uma história da democracia brasileira: o metalúrgico que ajudou a fundar um partido político em plena ditadura, que perdeu três eleições presidenciais antes de vencer uma, que passou 580 dias na prisão antes que o Supremo anule suas condenações e que, uma semana após assumir seu terceiro mandato, viu uma turba bolsonarista invadir a sede dos três poderes em Brasília. Sua campanha de 2026 não prometeu nacionalizar recursos naturais (como o cobre, no caso de Allende) nem substituir a Constituição. Prometeu, em essência, que o país continuasse tendo regras.
As diferenças com o Chile são evidentes. Allende chegou à La Moneda com pouco mais de um terço dos votos, “pela vontade do povo ratificada pelo Congresso”, como ele mesmo lembrou, e propôs-se a uma transformação estrutural diante de um Parlamento adverso. Lula, que perdeu o primeiro turno por quase dois pontos, venceu o segundo com 51,79% dos votos válidos: 64,2 milhões contra 59,8 milhões de Flávio Bolsonaro. Um quis mudar a ordem socioeconômica a partir de uma minoria; o outro busca preservar a ordem democrática a partir de uma maioria estreita.
Mas há um ponto em que ambas as histórias se cruzam, e esse é o mais inquietante. Nos dois casos, o adversário decisivo não foi aquele que contestava o programa, mas aquele que estava disposto a desconsiderar as regras. Allende alertou para isso em 1971 com uma lucidez que ainda causa arrepios: o perigo que poderia alterar o caminho do Chile era “a violência contra a decisão do povo”. Se isso acontecesse, disse ele, “correriam o mais sério perigo a continuidade institucional, o Estado de Direito, as liberdades políticas e o pluralismo”. No Brasil, na noite de 25 de outubro, Flávio Bolsonaro declarou que era “impossível reconhecer o resultado” e anunciou que pediria a anulação das eleições.
O que diferencia 1973 de 2026 é quem sustentou a estrutura. Allende confiou nas Forças Armadas; naquela mensagem de 1971, elogiou sua “tradição profissional e sua submissão ao poder civil”. Dois anos depois, da La Moneda bombardeada, denunciou que o capital estrangeiro e a reação haviam criado o clima “para que as Forças Armadas rompessem com sua tradição”. No Brasil, o barramento foi civil e institucional. O presidente do Tribunal Superior Eleitoral, Kassio Nunes Marques, nomeado por Jair Bolsonaro, confirmou o resultado e afirmou ter “absoluta segurança em todo o processo eleitoral”. No dia seguinte, o próprio PL, o partido de Flávio, reconheceu a vitória de Lula, embora com reservas. A democracia brasileira foi respaldada, não pela lealdade dos quartéis, mas nas urnas, pelos tribunais e por uma parte da própria direita.
Seria um erro, no entanto, interpretar esse desfecho como uma garantia. Também o Chile de 1971 se considerava excepcional: Allende celebrava um “sistema institucional aberto, que resistiu até mesmo àqueles que pretenderam violar a vontade do povo”. As instituições resistem até que deixem de fazê-lo. E no Brasil, o candidato derrotado não se limitou a lamentar a derrota: anunciou medidas para anular a eleição e solicitar a cassação da chapa vencedora. A continuidade democrática não é uma herança; é um trabalho diário.
Aqui volta a frase de Allende. Uma democracia que se limita a se defender corre o risco de parecer, aos olhos de muitos, uma defesa do status quo, e essa percepção é precisamente o combustível daqueles que querem destrui-la. Allende compreendeu que as liberdades políticas perdem o sentido se não chegarem à mesa, à escola e ao hospital; por isso falava de um Chile em que todas as crianças começassem sua vida “em condições de igualdade, pela assistência médica que recebem, pela educação que lhes é oferecida, pelo que comem”. Esse é o desafio do quarto mandato de Lula: transformar a continuidade em aprofundamento. Demonstrar que a democracia não é apenas o processo que o reelegeu, mas a ferramenta que melhora a vida dos mais de 33 milhões que não foram votar no primeiro turno e dos quase 60 milhões que votaram em seu adversário.
A experiência chilena ensina, além disso, o outro lado da radicalidade. Allende sabia que “uma revolução social e econômica exige anos” e que imaginar que se pode pular as fases intermediárias “é utópico”. Tentar uma transformação profunda sem uma maioria que a apoiasse, em meio a uma polarização extrema e sob cerco externo, foi parte da tragédia da Unidade Popular. Lula, que fez da negociação sua profissão, sabe disso melhor do que ninguém. Mas a prudência não pode se tornar um pretexto para a inércia.
Em sua última mensagem, pela Rádio Magalhães, Allende deixou um lema: “O povo deve se defender, mas não se sacrificar”. O Brasil se defendeu em 25 de outubro, e o fez com votos. Agora cabe ao Brasil o que Allende considerava a parte verdadeiramente revolucionária da democracia: não se limitar a mantê-la. Se conseguir, as grandes avenidas das quais falou o presidente chileno talvez não se abram onde ele imaginava, mas onde hoje é possível: pelo caminho lento e obstinado de uma democracia que não apenas sobrevive, mas cumpre.
Nota sobre as fontes:
- as citações da Primeira Mensagem ao Congresso Pleno, de 21 de maio de 1971, provêm do texto original publicado no Marxists Internet Archive: https://www.marxists.org/espanol/allende/1971/21-5-71.htm.
- As citações do último discurso, de 11 de setembro de 1973, transmitido pela Rádio Magalhães, provêm do texto publicado no Wikisource: https://es.wikisource.org/wiki/Último_discurso_de_Salvador_Allende.
