Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
Llevamos años hablando de igualdad de género, pero todavía cuesta que los hombres nos hagamos parte de esa conversación. En Chile existen organizaciones, académicos y activistas que llevan tiempo trabajando en masculinidades, muchas veces en colaboración con el movimiento feminista. Sin embargo, estos esfuerzos necesitan mayor continuidad y alcance.
En mi trabajo y en distintos espacios donde participo en Chile, me pregunto cómo lograr que esta discusión llegue a más hombres y se convierta en una preocupación pública. Creo que necesitamos dejar de tratar las masculinidades como un asunto que depende exclusivamente de la voluntad individual o de iniciativas aisladas. Por eso propongo crear un Servicio Nacional de Masculinidades, dependiente del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, con presupuesto propio, equipos profesionales y presencia en las distintas regiones del país.
Este servicio tendría que trabajar en articulación con el SernamEG, los municipios, los establecimientos educacionales y las organizaciones sociales y feministas que llevan años trabajando en este campo. Su función sería fortalecer esas experiencias, generar orientaciones, impulsar programas, formar profesionales y promover políticas públicas que permitan incorporar a los hombres en la transformación de las relaciones de género.
Esta propuesta tiene antecedentes internacionales. Canadá ha impulsado estrategias para involucrar a hombres y niños en la igualdad de género, mientras que Australia ha planteado la necesidad de desarrollar respuestas coordinadas para trabajar con masculinidades y prevenir la violencia. Creo que Chile necesita avanzar un paso más: pasar de programas e iniciativas dispersas a una institucionalidad pública especializada. Esa es una discusión que todavía tenemos pendiente.
Una de sus prioridades debería ser trabajar con niños y adolescentes. Yo también pasé por una etapa en la que me costaba relacionarme con otras personas, me daba vergüenza mostrar mis inseguridades y me preocupaba demasiado lo que los demás pensaran de mí. Muchos jóvenes viven experiencias similares, pero no siempre encuentran espacios para hablar de ellas. Necesitamos conversar sobre el rechazo, la presión de grupo, las emociones y las expectativas que existen sobre cómo debe comportarse un hombre.
También necesitamos abordar la violencia ejercida por hombres. No basta con condenar las agresiones una vez que ocurren. Se requieren programas especializados para trabajar con quienes ejercen violencia, formar profesionales y desarrollar estrategias de prevención, siempre resguardando la seguridad de las víctimas y coordinándose con las instituciones responsables de su protección.
Otro ámbito importante es el sufrimiento masculino. A muchos hombres nos cuesta pedir ayuda porque aprendimos a guardarnos lo que sentimos y a resolver los problemas solos. Esto no justifica que descarguemos nuestras frustraciones sobre otras personas, pero muestra la necesidad de generar espacios de orientación y acompañamiento. También necesitamos cuestionar una educación masculina basada en la competencia permanente, el aislamiento y la demostración de fuerza.
En mi trabajo municipal veo otra dificultad: las iniciativas de parentalidad suelen contar con una participación mayoritaria de mujeres. Después hablamos de corresponsabilidad, pero la crianza sigue recayendo principalmente en ellas. Un Servicio Nacional de Masculinidades podría impulsar estrategias para incorporar a padres y otros cuidadores masculinos en las tareas de crianza y cuidado, trabajando junto a los municipios.
La manosfera plantea un desafío adicional. Hay jóvenes que buscan respuestas a sus inseguridades en internet y encuentran discursos que responsabilizan a las mujeres de sus frustraciones. No se trata de estigmatizarlos, sino de comprender por qué estos discursos encuentran recepción y ofrecer otras formas de construir identidad masculina. El Estado podría impulsar investigaciones, iniciativas educativas y programas de prevención frente a la misoginia digital.
También necesitamos ampliar esta discusión a nuestra relación con los animales y la naturaleza. Las lógicas de dominación no se limitan a las relaciones entre personas: también aparecen en la explotación de otros seres vivos y los ecosistemas. Una perspectiva de eco-masculinidades permitiría incorporar el cuidado, la interdependencia y la responsabilidad ecológica a las políticas públicas.
Dicho lo anterior, la creación de un Servicio Nacional de Masculinidades no resolverá por sí sola las desigualdades de género. Tampoco reemplazará el trabajo que tantas organizaciones llevan años realizando. Pero permitiría dar continuidad, recursos y alcance nacional a una tarea que sigue dependiendo demasiado de iniciativas dispersas. Si queremos transformar las relaciones de género, necesitamos que el Estado chileno asuma que trabajar con los hombres también es una responsabilidad pública.
