En los últimos años, tras la apertura que significó el conocido caso Karadima, otras víctimas se han atrevido a revelar distintas experiencias de abuso y manipulación que ocurrieron durante años. Hechos graves y acallados, han apuntado a varios integrantes de la Iglesia Católica -laicos y clérigos- como hechores y a otros como encubridores.

Aquí, tres mujeres, estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), que son parte de distintas generaciones y que, por lo tanto, no se conocían entre ellas, relatan sus vivencias de violencia sexual.

Dos de ellas condicionan la entrevista a cambiar sus nombres para evitar represalias. Se trata de Sofía, una exestudiante de Teología en la PUC y de Catalina, quien cuando ocurrieron los hechos, estudiaba otra carrera de ciencias sociales, pero cursaba una asignatura de Teología. La tercera, es Karla Huerta, quien fue la primera en denunciar públicamente sus vivencias con el profesor Rodrigo Polanco.

Todas ellas se han encontrado en el nudo de una misma historia, esa que nadie quisiera contar en primera persona. En sus testimonios se describen episodios de acoso y demostraciones de poder que el cura y profesor de la Facultad de Teología habría cometido y que –incluso- alumnos (varones) también han atestiguado.

Así lo expresa Sofía: “Cuando hablábamos entre amigos y con las otras compañeras que sentían incomodidad frente al comportamiento de Polanco, el pacto era que, si lo veíamos aparecer en el recreo, nuestros compañeros sabían muy bien que, en ese momento, tenían que impedir que él se acercara a nosotras”.

Rodrigo Polanco Fermandois es un sacerdote diocesano de Santiago, doctor en Teología, investigador y actual académico titular de Teología en la PUC. Fue director de esa carrera, ha publicado artículos, y participado en actividades que abordan el llamado ‘tema de la mujer’. Actualmente, goza de un año sabático.

Karla dice: “Pienso que Rodrigo Polanco es una persona que no tiene límites éticos y que está dispuesta a todo por garantizar su impunidad”.

La razón de estos testimonios, lo sintetiza bien Sofía, quien argumenta: «Si la verdad no sale, nos seguiremos pudriendo y nunca vamos a tener una Iglesia Católica que esté a la altura de lo que es el Evangelio. Esto no puede quedar impune, creo que por eso se debe denunciar, por la dignidad propia y también la de nosotras las mujeres (…) Estoy dentro de la Iglesia y no tengo ni una duda de que quiero el bien para ella».

Catalina lo confirma: «Siempre es importante hablarlo cuando nos sentimos con la fuerza de decir estas cosas porque todavía existe una suerte de miedo, primero, a que te crean, y luego, a hacer el ridículo».

Por su parte, Huerta comenta una instancia investigativa que se mantiene abierta para quienes, en su proceso reparatorio, decidan denunciar otros hechos. «Hay una instancia en la Comisión Scicluna que le pidió al Arzobispado que abriera una investigación con la abogada Paulina Anguita, quien está llevando la causa contra Polanco. Quienes quieran denunciar pueden contactarse con ella y dar su declaración».

Testimonio de Catalina: “Cuando los abusos sexuales comenzaron a salir más a la luz, me di cuenta de que fui vulnerada”

Este relato pertenece a Catalina, una alumna de la Pontifica Universidad Católica de Chile que entró a estudiar en 2009 una carrera de ciencias sociales y que -por una obligación curricular- tuvo que tomar al menos un ramo teológico. Como indicamos, Catalina es un nombre elegido por miedo a que su caso impacte negativamente en su actual trabajo pues son muy pocas las personas con quienes se ha identificado como víctima. No se considera católica, aunque sí prestó declaraciones para aportar en una investigación canónica en curso contra Rodrigo Polanco.

«Cuando yo tomé el ramo teológico escuché muchos rumores de pasillo “ah, éste es el cura que sale en las noticias, y que te mira las piernas”. Ya había un imaginario social que te lo advertía. En ese entonces, yo tenía una mente mucho más inmadura, y pensaba “los curas están reprimidos sexualmente, por eso le miran las piernas a las mujeres.

Comencé a preguntarle más cosas y ahí nosotros —el cura Polanco y yo— tuvimos un par de encuentros fuera del horario de clases, pero me di cuenta de que solo conmigo tenía estas reuniones en que me invitaba a almorzar o me llevaba a su oficina. Previo a esas invitaciones, había algo que me hacía sentir incomoda, pero —al mismo tiempo— no lo quería asimilar porque fue muy difícil.

Los primeros signos que él mostraba fueron cuando me lo encontraba en el pasillo y yo estaba con mis compañeros y compañeras. Él me saludaba y me agarraba el brazo de manera brusca. No en el sentido que me lo agarraba rápido, sino que sutilmente su mano la ponía en mi brazo, y me apretaba muy fuerte, yo lo sentía muy apretado. Eso pasó más de una vez tanto en los almuerzos como en estos encuentros de pasillo.

Otra situación que para mí era incómoda, era que él me miraba mucho mis pechugas, descaradamente. A propósito de eso, cuando yo tenía clases con él, comencé a asistir más tapada, porque me sentía muy incómoda. De hecho, yo no me lo quería topar entremedio en la Facultad, pensé “qué lata, tampoco le puedo decir algo”, porque creía que tampoco era tan grave como para decirle que subiera la vista.

La situación que gatilló una alerta, y mucha rabia, fue en una reunión que tuvimos en su oficina que es bien oculta, como que efectivamente nadie mira de afuera. Lo que él hizo es que cuando me saludó, sobajeó su pecho contra mis pechugas. Él me sujetó la espalda y la corre de un lado a otro por lo menos unas cuatro veces. Por eso es que yo diría que hubo una intencionalidad detrás. Fue súper incómodo y la verdad es que después me bloqueé, y cuando los abusos sexuales comenzaron a salir más a la luz, yo me di cuenta de que fui vulnerada. Él después no dijo nada y actúo normal.

En una conversación de pasillo, le pregunté “¿cómo no te diste cuenta de lo que paso con el caso Karadima?” y él me dice “no, lo que pasa que cuando uno confía en alguien(…)” y como la verdad no sabía de todas las atrocidades que Karadima hizo, no seguí ese tema, pero después le pregunté: “¿cómo ustedes los curas pueden mantener lo sexual si es algo natural del ser humano?” y él se quedó helado, callado y me abrió los ojos gigantes, mirándome atónito. Para mí fue implícitamente ¡un te caché!… y él me respondió “Dios es amor, y con el amor de Dios basta”. No le debatí la respuesta y después de esa conversación hubo un alejamiento de su parte.

Después de leer el caso de Karla, me comuniqué con la Asociación de Abogadas Feministas (ABOFEM) que la acompañan diciéndoles que tenía un relato que podría servir también por la distancia de años. Pese al fallo de la Suprema, yo quería agradecerle. Si no hubiese sido por ella, yo y otra chica no nos hubiéramos atrevido hablar de esto. Ojalá nos podamos conocer, acompañar en este proceso y estar juntas porque —por lo que tengo entendido— somos tres, pero podemos ser cuatro, cinco o más”.

La violencia sexual es el delito menos denunciado

La violencia, en general, se manifiesta de diferentes maneras y muchas de ellas están subsumidas en la cotidianeidad y naturalización.

El abuso de poder y de conciencia son imperceptibles para quien lo viven y para su entorno, hasta que la víctima reconoce un agotamiento y estrés en su cuerpo, mente y espiritualidad. No así la violencia sexual, que es un crimen que deja secuelas irreparables en quienes la sufren y que no pocas veces ocurre en espacios íntimos y ocultos.

Según algunas psicólogas especialistas en terapias de reparación ante violencia extrema consultadas por Kairós News, aseguran que la dinámica de abuso no se genera de un momento para otro. De hecho, puntualizan que es más común que abusen de una mujer dentro de un contexto familiar por un cercano a ella, a que en la calle. Esto no quiere decir que el acoso callejero no exista. Hoy en Chile está regulado por la Ley 21.153. Por otro lado, las profesionales precisan que en la Iglesia, instituciones como el convento, pasan a sustituir la figura familiar de protección de las novicias porque brindan un techo, alimento, e incluso les dan educación y trabajo. Un lugar que se compromete a brindarles amparo y cobijo y donde también se han conocido casos de personas que han sido violentadas por sus autoridades eclesiásticas.

En este contexto que carece de medidas de prevención de la violencia sexual, distintas organizaciones de la sociedad civil han decidido esclarecer prejuicios y mitos en torno a lo que significa y cuáles son sus consecuencias.

Una de ellas es la Corporación Miles que en uno de sus informes definió la violencia sexual como toda conducta que amenace o vulnere el derecho de la mujer a decidir voluntaria y libremente su sexualidad. Este abuso comprende cualquier acto sexual que puede ser desde acoso verbal y acciones lascivas hasta el acceso carnal o genital violento y la violación. También, menciona que la agresión sexual está conectada a otras formas de violencia como la sicológica, física y la institucional, a propósito de la falta de diligencia y celeridad de las autoridades para concretar acciones preventivas y sanciones.

Según las estadísticas policiales, los crímenes por medio de lo sexual son los menos denunciados a causa de la estigmatización social, la revictimización y el miedo de las víctimas a revivir experiencias traumáticas. Pese a ello, existen algunos estudios que muestran algunas luces.

La Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres, solo en 2018, reportó más de 15 mil casos policiales de delitos sexuales. Ese mismo año, casi un 90% de las víctimas de violación fueron mujeres y el 98% de los agresores, fueron hombres. Mientras que, en el primer semestre de 2019, el 57% de las mujeres que fueron violadas son mayores de 18 años.

Las psicólogas advierten que el abuso de conciencia o manipulación está relacionado a la violencia sexual. Así como también puede perfectamente existir uno sin el otro. La gran diferencia radica en que el abuso de conciencia no es un delito como sí lo es el sexual.

En consecuencia, dada la poca sanción de la violencia es que el silenciamiento u ocultamiento de las víctimas por miedo sea más común de lo que parece.

Por otra parte, las profesionales aseguran que en la dinámica del abuso eclesiástico se va generando con una gradualidad importante, o sea, comienza con situaciones de abuso de poder que pasan casi inadvertidas hasta alcanzar otros niveles más graves. Es, entonces, en ese proceso que se convence a la víctima de que esto es una acción de dos y que, si el abusador habla, la víctima estará involucrada. Por el contrario, cuando la víctima devela la agresión y la persona responsable es impune, ocurrirá que la persona abusada pensará que fue su culpa o que no tuvo las herramientas suficientes para detenerlo.

Lo habitual es que las mujeres que sufren acoso o abuso no se reconozcan como víctimas porque, en general, la víctima se siente responsable de su propio abuso, a propósito de cómo reacciona su entorno social frente a otros casos.

Por último, la socióloga del Observatorio de Género y Equidad, Tatiana Hernández, aclara que la construcción de la masculinidad del agresor es permanentemente reforzada bajo la heternorma, más allá de la orientación sexual que éste tenga. Una expresión de género que muchas veces se oculta en el sacerdocio y que otras investigaciones profundizan. Además, subraya que en ningún caso la homosexualidad, bisexualidad u otra justifica o condiciona el abuso sexual contra las mujeres.

Testimonio de Sofía: Ventanas tapadas, símbolo de ocultamiento

Sofía, como le llamaremos en adelante por miedo a la persecución que podría iniciarse dentro de la Iglesia en su contra, decidió finalmente denunciar por la dignidad de todas las mujeres que, al igual que ella, fueron acechadas.

La mujer, de 49 años, retomó sus estudios de Teología en la Pontificia Universidad Católica y fue alumna de Rodrigo Polanco en el curso de Patrología en 2010, justo cuando estalla el caso Karadima. No usaba hábito, pero en ese tiempo ya se estaba preparando para profesar los votos perpetuos. El profesor Polanco la llamaba hermana. Actualmente es religiosa.

Un dato curioso que comparte Sofía en el siguiente relato y que también es mencionado por otros estudiantes es que cuando la infraestructura de la Facultad de Teología se trasladó a San Joaquín, las oficinas tenían vidrios grandes y solo el despacho del docente titular, Rodrigo Polanco, los mantenía cubiertos con papel tipo mantequilla.

«Él solía tocarnos fuertemente el brazo con su mano, y nosotras solíamos corrernos un poco. Dicen que es torpe en su trato, y creo que no es una persona torpe, sino que él traspasa los límites. Tomaba nuestro brazo de una forma posesiva. Personalmente, para mí y también para otras compañeras, la presencia de Polanco era incómoda porque él solía acercarse demasiado, prácticamente, se pegaba a nosotras.

En Patrología teníamos que entregar un trabajo de investigación y tuvimos que ir a su oficina por una entrevista. Fui, y aunque nunca tuve un contacto directo con el profesor, cuando entré a su oficina lo primero que me impactó fue cómo me miró. Fue una mirada lasciva, de pies a cabeza, o sea, sentí que me recorrió el cuerpo. Pensé “¡chuta! ¿andaré vestida de alguna manera inadecuada?”, o sea, lo primero que me pregunté “¿por qué me miró así si siempre he usado jeans?”.

Después me senté -ya incómoda- y cuando se levanta Polanco de su silla me dice que tiene un libro que me puede ayudar en mi investigación. Se ubica detrás mío y cuando deja el libro en la mesa, me rodeó como abrazándome por detrás. Pone su cara casi rozándome, me empieza a hablar y prácticamente me habla al oído. La sensación de sentir su respiración (…) me bloqueó totalmente.

Salí muy mal, mi rostro lo reflejó. Afuera me esperaba otro compañero, un amigo cercano, y cuando me vio, me preguntó “¿qué te pasó?” y yo le respondí que no pasaba nada, pero él insistió: “¿te hizo algo?”. Volví a negarlo y me respondió: “¡te conozco! y esa cara que tienes es que algo pasó en esa oficina, estás como desfigurada, pálida”. Finalmente lo negué una vez más y le dije que después conversábamos.

A partir de esa situación, a este amigo que fue seminarista y hoy es laico, le dije: “¡ayúdame a que este hombre no se acerque más a mí!”. Mientras, lo comenzamos a conversar con otra amiga de la carrera que le sucedió una situación muy similar en el mismo contexto de la reunión del ramo de Patrología.

Hablamos con una profesora que no estaba en la Facultad, y ella nos motivó a que confrontáramos a Polanco. También, le dijimos a otro profesor que era cura y al cual yo era cercana, quien me dijo que denuncie y me insistió tanto para que lo hiciera por otras mujeres que lo han pasado peor. Para mí fue incómodo cómo este profesor reaccionó. La sensación que yo tuve era que me quería utilizar como caballito de batalla, yo no estaba preparada para contar todo abiertamente.

Yo creo que denunciar tiene algo de reconciliación con una misma, porque ayuda a quitarse la culpa, desde preguntarme “pucha, ¿cómo andaré vestida?”, después a sacarme la culpa de por qué callé tantos años. A veces, nos achacamos a nosotras mismas que eres cobarde, que no fuiste capaz de hablar, no reaccionaste, tú que luchaste por los derechos de las mujeres, cuando te pasó te bloqueaste. Entonces esto de hablar, de escuchar el relato de la otra, es super liberador, y es una complicidad sana e importante. En esto somos iguales: somos una y en esto nos ayudamos.

Cuando leí el caso de una alumna por demanda a Rodrigo Polanco, me acordé perfectamente de lo que me pasó. No puede ser casualidad, entonces, yo me comuniqué con las abogadas feministas y les dije que tenía un relato que tal vez podría servir. Pero era tarde porque los ‘dados estaban tirados’ porque la Corte Suprema ya había fallado en favor de la PUC. Si con este relato hago un aporte de un granito de arena… genial, pero la vergüenza lamentablemente va a seguir existiendo”.

¿Quién es Rodrigo Polanco?

Rodrigo Polanco Fermandois es sacerdote diocesano que está incardinado la arquidiócesis de Santiago (Chile). Nació el 19 de abril de 1960 en Santiago y se ordenó sacerdote el 20 de diciembre de 1986. Es doctor en Teología graduado en la Universidad Gregoriana de Roma, y actualmente, es profesor titular de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En 1991 fue vicario parroquial de la “Parroquia de Karadima” llamada oficialmente Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en la comuna de Providencia. Fue parte de la Pía Unión Sacerdotal, la organización que se formó al alero del expárroco de El Bosque, Fernando Karadima, condenado por abusos y expulsado de su estado clerical por esos delitos.

Cuando el Vaticano informó la sanción a Karadima, el cura Polanco no siguió ligado a la figura de su mentor. “Sin embargo, previo al veredicto, sí lo defendió públicamente en los medios de comunicación”, según recuerda el diario La Tercera.

El diario electrónico El Mostrador, añade que “Polanco tenía 25 años cuando empezó a frecuentar al sacerdote en 1985, y con el tiempo se transformó en su “espía”, encargado de controlar a los seminaristas y jóvenes que rodeaban al expárroco de El Bosque. Su cercanía al influyente círculo de Karadima fue rentable. Polanco, de carrera ascendente, llegó a ser director del Seminario Pontificio Mayor en 2003. Doctorado en Teología en Roma, tiene una contundente carrera académica y docente desde fines de los noventa. A principios de esa década y hasta 1994 vivió con Karadima en la parroquia de Avenida El Bosque 822”.

A fines del año pasado, Polanco alcanzó notoriedad pública nuevamente cuando una estudiante de teología, Karla Huerta, llegó a los tribunales reclamando el incumplimiento de la Universidad Católica respecto de los procedimientos para las acusaciones de abuso sexual. Si bien la Corte de Apelaciones dio lugar las acusaciones de la alumna, la Corte Suprema revirtió el caso, más no se refirió a la culpabilidad o inocencia del profesor porque ese no era el tema de la causa judicial. Lo que la Suprema determinó el 18 de junio fue que la investigación administrativa realizada por la Secretaría General de la UC “no afectó el derecho a la imparcialidad en este procedimiento investigativo”. Y sobre el recurso de protección: “no se ha logrado acreditar en el obrar de las recurridas la existencia de alguna ilegalidad o arbitrariedad que afecte las garantías constitucionales enunciadas en el libelo de protección deducido”. Desde marzo de 2019, Rodrigo Polanco disfruta de un año sabático que le fue concedido por esa Universidad.

Testimonio de Karla: “La Universidad Católica decretó la impunidad de Rodrigo Polanco»

Este el testimonio de Karla Huerta, una mujer de 30 años, madre y estudiante de último año de Teología en la PUC, quien relata hechos que ocurrieron entre 2016 y 2018. Tiempo después, ella denuncia a la Iglesia y a algunas de sus instituciones como encubridoras de violencia sexual cometida por sus miembros. Se refiere a sus vivencias mientras fue Presidenta del Centro de Estudiantes de su carrera, lo que fue ratificado por testigos en una investigación interna que llevó a cabo la misma Universidad. Su caso se judicializó por la vía civil contra la mencionada casa de estudios.

«Fue en 2015 cuando el sacerdote Rodrigo Polanco se comenzó a acercar a mí de una manera muy extraña porque no había ningún contexto que nos involucrara; no había tomado ninguno de sus ramos hasta ese momento. La situación se torna tan angustiante para mí que ya me daba miedo subirme al ascensor de la facultad porque temía encontrármelo ya que él era muy invasivo.

El primer episodio de acoso sexual ocurrió un miércoles en la mañana. Estaba conversando en el patio de la Facultad junto a unos compañeros de Filosofía y otros de Teología. No eran muchos, pero tres de ellos se encontraban sentados en el banco del frente.

De repente vi asomarse por uno de los pasillos a Rodrigo Polanco. Internamente, yo generé una alerta porque su presencia ya me incomodaba, entonces, lo primero que hice fue darle la espalda y, en eso, él se acercó al grupo por detrás de mí. Me tomó de los hombros y sentí sus genitales rozando mi espalda durante mucho rato, mientras que le hablaba a mis compañeros. Quedé paralizada y recuerdo absolutamente nada de lo que él estaba hablando porque yo me nublé. Luego, él se fue y en ningún momento me miró a la cara. Después, lo único que pude hacer fue preguntarle a los demás si acaso lo conocían, lo negaron y me quedaron mirando. Nadie cuestionó su actitud. En el ambiente dejó esa típica sensación incómoda como cuando una autoridad eclesial se acerca y todos se ponen más tímidos».

El segundo episodio tiene lugar el mismo día de la primera situación y es una consecuencia inmediata de lo ocurrido anteriormente. Sucede en un foro en la facultad:

«Antes de que comenzara, fui a la mesa de café para prepararme algo y cuando iba llegando a la mesa, se me acercó Polanco y me dice ‘hazme un café’ y se fue. Y yo, sin cuestionarlo ni menos ignorarlo, fui rápidamente a hacerle un café. Se lo pasé delante de todos y una amiga que se dio cuenta me dijo que lo que yo había hecho era raro y ahí recién yo caí en cuenta y me lo recriminé. Me sentí humillada».

El tercer hecho de violencia también se dio en el Campus San Joaquín:

«Estaba junto a una amiga haciendo un trabajo en la sala del Centro de Estudio Teológico Manuel Larraín y otro compañero que iba pasando se quedó con nosotras. Y en eso, pasa Polanco por afuera de la sala y se devuelve. En ese momento yo comencé a temblar. Él entra a la sala, saluda, y a mí, frente a ellos, me toma del hombro y mete su mano dentro de mi blusa para ponerla sobre mi cuello. Y ahí se queda mientras saluda a los demás. Cuando se fue, me quedé enmudecida. Mis compañeros me quedaron mirando y cuando logré hablar les pregunté si se dieron cuenta de lo que pasó. Ellos asintieron y me preguntaron de vuelta: ‘¿qué onda?’, así que les respondí y le pregunté a mi amiga si acaso también le había pasado algo parecido con Polanco. Y ella, tajante, me dijo que él nunca había actuado así con ella y tampoco ha visto que se comportara así con otras personas.

El 25 de Julio del 2018, la investigadora María Graciela Donoso emitió un informe en el cual propone a la Secretaría General de la Universidad Católica el sobreseimiento definitivo del proceso de indagación formal “por estimarse que la investigación se encuentra agotada, que los hechos denunciados carecen de fundamento plausible y que, por ello, no corresponde la aplicación de sanción alguna en contra del profesor Rodrigo Polanco Fernandois”. La resolución de la investigación interna también constata por los testimonios recabados que existe un problema, pues se redacta literalmente que “el profesor Rodrigo Polanco tiene una torpeza en el trato físico con la comunidad”.

Es así, como Karla y su abogada María Molina Osorio acudieron a la Corte de apelaciones de Santiago y esta acogió, el 15 febrero de 2019, un recurso de protección para la estudiante en contra de las autoridades y algunos administrativos de la PUC involucrados en la investigación. Ellas alegaron irregularidades, transgresiones a la vida personal de Huerta y su hijo, y también lo poca acuciosa que fue la carpeta exploratoria que preparó Donoso. El fallo del juez Crisosto dictó que la “Universidad Católica vulneró la dignidad de la denunciante y su familia”.

«Ya cuando la denuncia llegó a la Corte de Apelaciones, Arturo Fermandois -el abogado defensor de Polanco- llevó unos argumentos insólitos como que él fue alumno del Colegio Verbo Divino, que fue deportista de excelencia y que salió en un comercial. Con ese argumento la Universidad Católica de Chile decretó la impunidad de Rodrigo Polanco. Una inocencia que jamás ha sido ratificada ni por la Corte de Apelaciones ni por la Suprema. Solo el ex decano de la Facultad de Teología, Joaquín Silva, dice en una declaración pública que Polanco no es culpable».