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De conquistar a cuidar: hacia las ecomasculinidades

Hace tiempo que vengo pensando que la discusión sobre masculinidades no puede quedarse solamente en aquello que los hombres debemos dejar de hacer. Para mí, la pregunta es más profunda: ¿qué hemos aprendido los hombres sobre cuidar?

Foto: Setengah lima Sore (Pexels)

 

Hace tiempo que vengo pensando que la discusión sobre masculinidades no puede quedarse solamente en aquello que los hombres debemos dejar de hacer. Para mí, la pregunta es más profunda: ¿qué hemos aprendido los hombres sobre cuidar? Soy hombre y hablo desde esa experiencia, pero también desde una convicción cada vez más fuerte: si no hacemos un giro hacia el cuidado, estamos poniendo en riesgo nuestra propia vida y las condiciones que hacen posible la vida en el planeta.

En Chile, esta distancia aparece en los datos. La II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INE muestra que, en un día tipo, las mujeres destinan en promedio 4 horas y 57 minutos al trabajo no remunerado, mientras los hombres destinamos 2 horas y 52 minutos. Son 2 horas y 5 minutos de diferencia cada día.

La diferencia también aparece cuando ampliamos la idea de cuidado. Según la misma encuesta, las mujeres tienen una mayor participación en el cuidado de mascotas y plantas, además de participar más en distintas tareas domésticas. El cuidado cotidiano sigue teniendo una marcada dimensión de género.

Al mismo tiempo, los hombres estamos sobrerrepresentados en otras formas de muerte. Según el Informe Nacional de Homicidios Consumados 2024, el 88,6% de las víctimas de homicidio consumado en Chile fueron hombres. Y los hombres también presentan una mayor mortalidad por suicidio. No creo que estos datos permitan afirmar que los hombres morimos más porque cuidamos menos. Sería una explicación demasiado simple. Pero sí creo que deben entrar en una misma conversación.

¿Qué relación existe entre una masculinidad que nos enseña a competir, resistir y autosostenernos, y nuestra dificultad para cuidar nuestros cuerpos, pedir ayuda, cuidar a otros y reconocer nuestra interdependencia? Esta pregunta me interpela personalmente. Muchos hombres fuimos educados para demostrar fortaleza, autonomía y capacidad de enfrentar solos los problemas, incluso cuando necesitamos de otros.

Esta pregunta me lleva directamente a pensar en las masculinidades. Porque quizás el problema no sea solamente que los hombres cuidemos menos, sino que hemos sido socializados para vivir como si pudiéramos existir separados de aquello que nos sostiene. Separados de nuestros cuerpos, de nuestras emociones, de otros hombres, de las tareas domésticas y también de la naturaleza. Se nos ha enseñado a conquistar, controlar y resistir mucho más que a cuidar, cooperar y reconocer nuestra dependencia.

Y es justamente aquí donde para mí aparece la necesidad de hablar de ecomasculinidades. No como una nueva identidad masculina ni como un modelo de “hombre correcto”, sino como una posibilidad de transformar esa relación con la vida. Si el ecofeminismo ha cuestionado la asociación entre dominación de las mujeres y dominación de la naturaleza, las ecomasculinidades pueden abrir una pregunta complementaria: ¿qué tendría que cambiar en la forma en que los hombres aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con los territorios que habitamos?

La arqueología feminista también me ayuda a cuestionar la imagen del ser humano como cazador, guerrero y conquistador. Ninguna comunidad pudo sobrevivir solamente cazando o luchando. Alguien tuvo que alimentar, criar, sanar, recolectar, procesar alimentos, mantener los espacios habitables y cuidar a otros. Para mí, reconocer esto cambia nuestra propia historia: el cuidado no es una actividad secundaria, sino una condición fundamental de la existencia humana.

Desde ahí, cuidar deja de ser una cuestión privada o doméstica y se convierte también en una cuestión cultural y ecológica. Cuidar a un hijo, acompañar a un amigo, pedir ayuda, atender a un animal, recuperar un bosque, proteger un humedal o defender una cuenca pueden ser también experiencias profundamente masculinas. Por eso necesitamos educación para el cuidado desde la infancia, corresponsabilidad efectiva en la crianza, políticas de salud que nos permitan reconocer nuestra vulnerabilidad y políticas ambientales que incorporen a los hombres en la restauración y protección de los territorios.

Mi convicción, finalmente, es que si los hombres no hacemos un giro hacia el cuidado, estamos en problemas como especie. No porque los hombres seamos los únicos responsables de la crisis ecológica, la violencia o el sufrimiento, sino porque una masculinidad basada en la conquista, la autosuficiencia y el dominio difícilmente podrá responder a una crisis planetaria que nos exige reconocer nuestros límites e interdependencias. Transformar las masculinidades puede ser, finalmente, una manera de cuidar la vida y también de cuidar nuestro propio futuro.

 

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