Sé que el título de mi columna es una provocación. Incluso pensé poner “una vida como productos de segunda selección”… Pero es que, más allá, de siglos de luchas y batallas –muchas más perdidas que ganadas-, a través de las cuales la mujer ha logrado cambios y logros significativos, las cosas están lejos de ser lo que de verdad correspondería. Especialmente, para mujeres de ciertas culturas, que viven tras velos negros, sus dolores y frustraciones. Es cierto que las mujeres del mundo occidental, letradas y empoderadas económicamente, hemos avanzado mucho.  Pero así y todo, si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta que falta tanto aun…

Revisemos nuestro país. A pesar de que siempre se estuvo prometiendo paridad en los cargos de elección popular, nunca lo conseguimos hasta la revuelta de octubre de 2019. Teníamos más hombres en la Cámara, en el Senado, en las alcaldías. Seguíamos viendo más hombres en el Gabinete de Ministros y en las subsecretarías. Había más hombres en los directorios de empresas públicas y privadas. En las rectorías de las universidades. ¡En todos lados! Y era una novedad, casi una anécdota, cuando veíamos a una mujer manejando un  metro o un bus del Transantiago, o siendo arbitra de futbol, o metida en una mina rodeada de puros hombres recios y curtidos por el sol. Gracias a la fuerza de la gente, el 11 de abril votaremos por la primera convención constituyente paritaria en el mundo. Un logro gigante.

Pero hay mucho por avanzar. Miremos las remuneraciones. “A igual pega, menos paga” es la lapidaria frase que grafica el sueldo de las mujeres. Y las mujeres no trabajan en la casa, son “dueñas de casa”. Y a la mujer se le anuncian las penas del infierno si es favorable al aborto, pero cuando busca trabajo en edad fértil, las  cosas se le complican mucho. “Las mujeres embarazadas son un cacho”, piensan los Jefes de Recursos Humanos…

Lo paradojal es que, aun año de la pandemia, el mundo ha descubierto que los países con mejor manejo del Covid son aquellos gobernados por mujeres. Como Jacinda Arden, en Nueva Zelandia; o las jefas de gobiernos como el de Taiwan, Suecia, Finlandia. Los resultados en esas naciones han sido espectaculares, con  bajísimas cifras de contagios y muertes.

Pero el mundo sigue gobernado por hombres. En Estados Unidos el presidente es de sexo masculino, y Khamala Harris es la segunda a bordo.

Las mujeres vivimos en un mundo en que somos de “segunda”. Valemos menos y somos minusválidas socialmente, a pesar de constituir exactamente el 50% de la humanidad. El año 2015, la directora general de la Unesco, Irina Bokova, señaló que en el mundo habían 759 millones de personas que no sabían leer ni escribir. Dos tercios de ellas eran mujeres…

Simone de Beauvoir dio en el clavo en 1949, en su emblemático ensayo “El segundo

sexo”. Allí, en un libro que fue prohibido en todos los colegios de Francia, sostuvo

que no se nacía mujer, sino que uno se construía como tal y que si las mujeres eran

consideradas inferiores a los hombres no era por cuestiones del sexo al nacer,

sino porque nos volvíamos inferiores tras un adoctrinamiento cultural disfrazado

de determinismo biológico.

Desde luego, el ser de “segunda” se manifiesta también en el ámbito afectivo-amoroso. ¿Por qué los hombres pueden calificar a las mujeres como “putas” o “sueltas” y una mujer no osaría hacerlo con un hombre? Más bien, el hombre “suelto” es muy macho, muy  “ganador”. ¿Por qué a las mujeres abusadas se las acusa de “ellas incitar” al débil macho, en razón de que “la carne es débil”? ¿Por qué la mujer “no solo debe serlo, sino parecerlo”,  aunque no sea la mujer del César? ¿Por qué al hombre no se le hacen esas exigencias? ¿Por qué tantas mujeres son violadas en el matrimonio pero el hombre no pasa ni por curado porque él es el esposo? ¿Por qué las mujeres muchas veces deben aguantar años como amantes de hombres casados, siendo siempre la otra, la de segunda? ¿Por qué la mujer se pasa años sin un sexo satisfactorio porque su pareja simplemente no indaga sobre sus gustos eróticos?

En fin. Tantos ámbitos en los que las mujeres nos hemos sentido de “segunda” más de una vez en la vida.

Es cierto que los tiempos están cambiando. Pero, ¿para quién realmente están cambiando? ¿Para esas jovencitas que vemos en Facebook contar su calvario con hombres, también jóvenes, golpeadores? Para chicas que optan por el suicidio ante situaciones psicológicamente inaguantables, después de ser violadas y culpadas de ello? ¿Para las mujeres del barrio alto que son presas de maridos de los cuales dependen económicamente, patológicamente narcisos? ¿Para aquellas mujeres que en otras culturas horrendas deben sufrir la ablación de sus genitales para evitar que tengan placer? ¿Para esas niñas de 12 o 13 años que deben casarse con hombres setentones, de los que pasan a ser su propiedad?

Desde luego, ya no debemos sufrir lo que sufrieron las inteligentes y adelantadas  “brujas” de la Edad Media, que eran quemadas vivas para evitar que influyeran y liberaran mentalmente al resto de las mujeres oprimidas en esos tiempos oscuros. Ya no debemos pagar con nuestras vidas las batallas para tener igualdad de oportunidades, para luchar por la equidad de género.

Pero aún así, hay mucho camino por recorrer. Si no baste preguntarse cuantos chilenos saben que se conmemora los 8 de marzo…