La pandemia ha sido el gran tema de los últimos meses. Ha ocupado titulares, entrevistas y opiniones en diarios, revistas y canales de todo el mundo. Todos hablan del virus, mostrando su postura editorial y dejando en claro, una vez más, que la objetividad no existe y que cualquier noticia tiene un trasfondo ideológico.

En este contexto, han aparecido temas contiguos como la pre-pandemia, los efectos colaterales y la post-pandemia. En el primer caso, es evidente que en nuestro país el virus llega en medio de un estallido social con calles cubiertas por personas que reclamaban dignidad.

El virus sigue mostrando que el Estado de Chile está al debe en materia de dignidad y/o decencia. En el caso de los daños colaterales, temas como la economía, violencia intrafamiliar y cesantía son parte de nuestra conversación diaria.

Al hacer un análisis de los problemas derivados de la pandemia, hay uno que ha sido olvidado: el derecho al juego.

El juego es definido como un quehacer ocurrido en un contexto espaciotemporal, que reúne a un grupo de personas que deciden realizar una acción, con reglas libremente consentidas y sin utilidad inmediata. Durante el juego reina el entusiasmo y la emotividad, ya sea una simple fiesta, un momento de diversión o una instancia orientada a la competencia. El juego, por momentos, se acompaña de sociabilidad y conllevaalegría.

Los griegos veían el juego en el teatro  y diversas religiones consideran las  liturgias como parte de este quehacer.

Johan Huizinga (1872 -1945) profesor, historiador y teórico de la cultura, publica en 1938 su texto “Homo ludens” (1938) (Hombre jugador) donde propone  entender el juego como una condición para laexistencia de la cultura, una manera de dar valor a los objetos y una forma de poner fin a cualquier tensión.

¿Por qué esta ausencia de juego se transforma en un daño colateral?

Sicólogos y otros profesionales de la educación han coincidido en que el juego debe ser considerado un pilar de la educación ya que abre la imaginación, potencia la capacidad de acceder a nuevos mundos, permite el trabajo en equipo, posibilita el acuerdo y crea nuevas formas de conocimiento.

Todas estas capacidades han sido minusvaloradas, desde antes de la pandemia. En un país cuya educación está sometida a pruebas estandarizadas, el juego ha perdido importancia.

En este contexto habría que preguntarse: ¿cómo juega un niño hacinado en un departamento y sometido a un estrés producto de los problemas de su familia?

Como muchas cosas, no se tiene la respuesta.

Se podrá argüir que la situación es puntual, sin embargo, no lo es. Hace años que al niño se lo sienta frente al televisor o, más recientemente, se le pasa un celular para que no moleste.

La Presidenta Bachelet, como una forma de ayudar a solucionar el problema, se propuso entrega barrios, no casas. Durante el gobierno del Presidente Frei Ruiz Tagle un trabajo del CONACE entrevistó a adolescentes y pre-adolescentes  de La Pintana y se les preguntó qué necesitaban para jugar con tranquilidad a la salida de su casa. Ellos dijeron que querían Carabineros para que les cuidaran la pelotay/o muñecas, pues los drogadictos –entre los cuales podía estar su padre, hermano o tío – se las robaban.

El problema del juego se transforma en estructural. Los niños/(as – es) no pueden jugar. No pueden,durante algunos minutos, ser Alexis Sánchez o la Chilindrina, pues su entorno les veta el derecho a soñar, jugar, traspirar y ensuciarse.

Erich Fromm destaca que la diferencia entre el ser humano y la estatua es que a estas últimas no les crece el pelo ni traspiran.

Una de las tareas que se debe enfrentar la post-pandemia es re-enseñar a jugar. Apagar el aparato electrónico y retomar la pelota, la tierra, los vecinos, traspirar, ensuciarnos.  Potenciar aquella capacidad lúdica, que como decía Huizinga, permite volver al lugar primario y recordar que una de las características del ser humano es ser un animal que juega.